Ojo enamorado

Ojo enamorado
En tu mirada

miércoles, 29 de septiembre de 2010

DELIRIOS COTIDIANOS

Amargo

Hoy amanecí con un extraño sabor amargo en el alma. Como si algo se hubiera resquebrajado en mí y alguien le hubiera dado vueltas para terminar de romperlo. El despertar me supo agrio, el desayuno desabrido y el ir a trabajar me hizo sentir hosco. La energía se me había ido y la vida me sabía insípida. Caminaba distraído hacia la oficina cuando noté que algo me miraba. Voltee sorprendido y me encontré contigo.

Algo me debió haber dicho tu mirada que una chispa se encendió en mi alma y el calor de un nuevo fuego me envolvió.

Ahora que no te veo me pregunto si yo también podré pasar la chispa que me diste. Trataré de hacerlo con el próximo que se me acerque. Te miro, me miras y todo queda impreso en el alma. Nada se rompió, sólo fue el ruido oxidado de una mente ociosa.

viernes, 24 de septiembre de 2010

DE AMORES PERDIDOS

Presentimiento
Ernesto de la Fuente

Miró sin entender y entendió sin mirar. Su comprensión fue tan grande que, finalmente, entendió que no comprendía nada y que su vida era una barca abandonada a la deriva en medio de un poderoso huracán. Resignado, arrió las velas para no oponer resistencia a la fuerza del viento y, sin mediar palabra, abandonó la casa sin llevar nada más que la ropa que tenía encima. Ella siguió haciendo la cena pero, antes, levantó uno de los dos platos que había servido en la mesa. El perro la miró entendiendo todo.




DE LOS EFLUVIOS DEL AMOR

¿CIEGO?
 Ernesto de la Fuente

Miró por la ventana y se asombró de no encontrar el sol. En su lugar, una enorme y bella luna llenaba el firmamento. Era tan grande su resplandor, que opacaba el de todas las estrellas juntas.
Suspiró y la miró embelesado. Tanta belleza lo cautivó.
Toda la noche contempló su embrujante belleza.
Cuando la luna se perdió en el horizonte, el  sol se negó a salir para aquel hombre.
Los doctores dijeron que tiene un extraño padecimiento: es ciego ante la luz del sol pero ve mejor que nadie cuando la luna reina en el firmamento.
Bendita ceguera, bendita luna...



miércoles, 22 de septiembre de 2010

Cuentos de amores perdidos

Amor, piérdeme
 Por Ernesto de la Fuente
Todos los días era la misma historia. Cuando bajaba a la cocina se realizaba el ritual mañanero de caricia y apapacho. Luz, ruido, bajar la escalera, murmullos, abrir la puerta, asalto a la cocina y su insistencia, una y otra vez, para que le hiciera caso, para que la llene de caricias y mimos.
No importaba que el hambre triturara mi estómago, no importaba que tuviera que llegar al trabajo en 10 minutos, no importaba que tuviera un ojo semi abierto y otro semi cerrado, no importaba nada, siempre debería primero realizar el amoroso ritual de caricias.
Por años legué a detestar esta aduana amorosa que me obstaculizaba el paso y me hacía las mañanas escabrosas. Pero hoy, en que nadie me hace caso, en que nadie me busca ni me espera con santa desesperación, ¡Hoy! , siento su profunda ausencia y su trágica partida.
 ¡Ah condenada Perla!
¡Cómo te extraño!
Nunca tendré una gata como tú.

viernes, 17 de septiembre de 2010

CARCELERO DE LIBROS

Por Eduardo Ruz Hernández


Las llaves suenan en mi bolsillo cuando camino. Su suave tintineo me recuerdan mi grave oficio: carcelero de libros.

- Pero, ¿cómo es posible -se preguntará curioso lector- que en las postrimerías del siglo XX exista un oficio tan absurdo?.

- No sé que le extraña tanto -le contestaré lleno de asombro- Mi oficio es de los más dignos y loables que existen sobre la tierra.

- ¿Qué tiene de digno o ensalsable cuidar como celoso perro guardian unos pobres libros que languidecen de hastío en los fríos anaqueles de una prodigiosa biblioteca? -me reclamará usted con justa indignación- ¿Qué tiene de digno cuidar que nadie toque esos libros, que nadie se adentre en sus secretos y en los mares de conocimientos que desean dar a conocer a cualquier lector que ose tocar sus páginas?

Con la cólera en la boca, sintiendo que la ira le llena de aire los pulmones, me gritará con la santa violencia de los justos:

- ¡Usted representa un abominable oficio en extinsión, un deplorable trabajo de entorpecer el libre correr de la sabiduría por los cerebros de los hombres! ¡Es usted la traba, el tope, la presa que no permite que las aguas del conocimiento impregnen a los hombres con su exquisito aroma.

Yo lo escucharé en silencio en tanto mis oídos recibirán andanada tras andanada de feroces palabras que acuchillarán mi alma con una mortal herida. Ya que la santa indignación se haya calmado, le contestaré con ese tono sereno y reposado que solemos tener los carceleros, aquellos que sabemos que somos inmunes a los gritos porque nosotros tenemos la llave que abre la puerta de la libertad:

- Amigo, los libros no fueron encarcelados por rebeldes o bandidos, ni siquiera por poseer un alto contenido subersivo o representar una ideología peligrosa para la especie humana. Estos libros fueron puestos en resguardo porque son muy valiosos. Contienen la manifestación cultural de un pueblo y sería más que un crímen si alguien los destruyera. No se perderían unas cuantas hojas de papel impreso, sino siglos de tradiciones, costumbres, ideas, pensamientos y hechos relevantes de un importante conglomerado humano. La muerte de estos libros sería tal vez peor que matar a todos los hombres que les dieron vida. Así como existe el genocidio, el asesinato de estos libros sería un culturicidio. Imagínese cuanta sabiduría se desparramaría en la nada del olvido, siglos y siglos de conocimientos se perderían en el caos de la negra noche de la ignorancia. ¿Comprendes ahora por qué estos libros están celosamente guardados? ¿Entiendes el por qué llevo en la bolsa estas llaves?

Me mirará con desconfianza y me disparará a quema-oreja esta terrible pregunta:

- Pero... ¿qué utilidad tiene un libro si nadie lo puede consultar? Un libro cerrado niega la esencia para que fue creado. Un libro asentado en el anaquel es peor que un cadáver refrigerándose en la morgue de un hospital. ¿De que sirven todos esos libros si nadie jamás podrá acariciar sus lomos, si nadie tendrá la dicha de posar sus ojos somos sus bien impresas letras? Un libro que jamás ha sido hojeado es como una mujer casada que nunca ha podido compartir el amor conyugal con su esposo. Tristes han de estar esos pobres libros que, con celo digno de mejor causa, has encarcelado en aras de su propio bienestar. Patético hombres eres que privas a unos pobres libros de su gloriosa esencia....

Le miraré con profunda tristeza y le diré casi entre susurros:

- Los libros no están en una cárcel sino en un pequeño paraíso. En realidad, los que están encarcelados son ustedes que vienen a esta Biblioteca... Los libros gozan de plena libertad en esta prodigiosa Biblioteca, libres de todo mal y destrucción, a los que estarían totalmente expuestos si ustedes, los usuarios, tuvieran pleno acceso a ellos. NO soy yo el carcelero, son ustedes los que, con su falta de cultura y amor a los instrumentos de la misma, han hecho que lleve estas llaves.

Y sin decir más palabras, me alejo lentamente en tanto el suave tintineo de las llaves sigue sonando en el bolsillo de mi camisa...

e susurros:

- Los libros no están en una cárcel sino en un pequeño paraiso

De un abominable oficio en extinsión, un deplorable trabajo de entorpecer el libre correr de la sabiduría por los c

Los hombres! ¡Es usted la traba, el tope, la presa que no permite que las aguas del conocimiento impregnen a los hombres!

jueves, 16 de septiembre de 2010

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De la amabilidad de la muerte


LA LLAVE DE LA MUERTE


Por Eduardo Ruz Hernández


1.- FLORA

Se sentó a esperar a la muerte. En la terraza, con vista al jardín, en la cómoda silla-hamaca que su esposa había comprado en Campeche, frente a dos vasos de jugo de frutas, armado de infinita paciencia y acompañado por su fiel compañero, con su potecito de jugo de frutas también. Artimañas de su esposa que logró que el noble Florencio amara los jugos de frutas de la época tanto como las vísceras hervidas que le daba.
El viento mecía los árboles y las flores impregnaban el lugar con su dulce aroma. ¡Que mejor lugar para esperar! ¡Que paz y tranquilidad se respiraba! Sería la dicha completa si Flora, su amada esposa, estuviera a su lado.
Pero no. Se había ido. No se marchó de pronto, sino que lentamente se fue despidiendo, día con día, en tanto el cáncer devoraba su cuerpo. Los mejores médicos ofrecieron sus servicios gratuitos para prolongar la vida de su adorada esposa. Pero ella no aceptó. “Prefiero vivir tranquila mis últimos días, que matirizada en un hospital” –le dijo- “Además –añadió como excusa- ni Florencio ni tú podrían estar todo el tiempo a mi lado”
Filemón aceptó la decisión de su amada y pasó las últimas semanas de vida de su cónyuge cuidándola con sin igual amor. Hizo para ella lo que por años ella hizo para él. Le hacía de comer, la bañaba, arreglaba el jardín siguiendo sus indicaciones, y cuidaba de Florencio como si fuera el hijo que nunca pudieron tener (que de hecho lo era).
Cuando llegó la hora de partir, Flora bajó la mano para acariciar a su bienamado perro y regaló su más bella sonrisa a su desconsolado esposo. Así se fue la vida del cuerpo desgastado de su compañera y así perdió Filemón la roca firme de su vida.
El Banco de Occidente pagó todos los gastos del entierro de Flora, y el velorio fue el más concurrido que se haya tenido memoria en la ciudad. Todos fueron a darle sus condolencias al inconsolable viudo: desde los mendigos del parque hasta el alcalde y el gobernador, pasando por empresarios, artistas, obreros, policías, médicos, bibliotecarios, jubilados... No había nadie que no tuviera algo que agradecerle a este buen hombre que era la amabilidad hecha persona.
Tres camiones llenos de flores acompañaron el cortejo fúnebre y los aullidos de Florencio marcaron el descenso a la tumba de los restos de Flora. Extraño entierro fue aquel en donde los deudos fueron un abatido hombre y su afligido perro.
Luego de 43 años de feliz matrimonio, Filemón estaba por fin sólo. Bueno, ni tanto, tenía a Florencio a su lado. Para un hombre que se había consagrado a hacer feliz a su esposa a quien adoraba, la soledad no le vino muy bien que digamos. Todo le recordaba a ella. Y si bien su buen carácter no cambió, un dejo de tristeza llenó su mirada y fue consumiendo poco a poco sus interminables días de labores.
Por supuesto que no faltaron numerosas mujeres que lo buscaron tratando de conseguir su atención y deseando llenar su vida. No se piense que porque Filemón tuviera 73 años no era un buen partido, deseado por contemporáneas y jóvenes por igual. Cómo no serlo cuando este hombre destilada amabilidad y un carácter más dulce que la miel.
Varias se le ofrecieron, algunas no muy recatadamente, pero Filemón amablemente declinó todas las ofertas. No, nunca habría nadie como Flora. Una mujer tímida, delicada, que jamás se le impuso y cuyo único fin en la vida era disfrutar sus flores, la compañía de su marido y la dicha de su fiel perro tirado a sus pies.
El molde de Flora se había roto al nacer ella y jamás podría sentirse feliz con mujer alguna. Eso lo supo Filemón desde siempre, por lo que utilizó todos y cada uno de los días que vivió junto a su mujer para hacerla feliz en todo momento. Nada le dio más felicidad a Filemón que la dulce sonrisa de su musa.
Todavía recordaba cuando la veía pasar del brazo de su padre por el viejo parque de San Juan Caralampio. Ella tan frágil, tan dulce, tan bella, y su padre tan serio, tan rudo, tan orgulloso de tenerla a su lado. Cuánto no hizo Filemón por conseguir el tímido amor de tan angelical hembra. Movió viento, cielo, mar y tierra para alcanzar su corazón y ser su único propietario. Y nunca, nunca, se arrepintió de haberlo hecho.

2.- FLOR

La infancia de Filemón no fue nada fácil. Hijo único de una madre soltera que tuvo que abandonar el hogar paterno e irse muy lejos para sobrevivir, Filemón llevó una niñez llena de carencias materiales, pero pletórica de amor y dicha. Flor, su madre, vivía por y para él. Pero no se crea que lo mimó y/o consintió como ahora se acostumbra hacer con los críos. No, para nada. Su madre, bendita mujer, lo enseñó a ser responsable, trabajador y, sobre todo, le enseñó la dulzura de un buen carácter como cimiento para una vida feliz.
Jamás de los jamases, Filemón recibió de su madre un grito, un regaño o una mala cara. Flor siempre tuvo para con él, y para todo ser viviente que la trató, una sonrisa en el rostro y una palabra dulce. Con firme determinación, sin perder la paciencia, su progenitora lo fue educando. Diariamente, luego de arreglar la casa, lavar los platos, hacer su tarea y criar a los animalitos de su pequeño huerto, hijo y madre practicaban la educación del carácter.
Una y otra vez la noble señora le repetía: “Un buen carácter es la mejor inversión que puedes hacer en la vida”. Y remataba: “Una sonrisa te abrirá más puertas que una llave”. Cómo recordaba aquellas palabras dulces y sabias dichas con la verdad del corazón. El espejo siempre fue su gran maestro. Se miraba una y otra vez en él para aprender a controlar sus reacciones, a no dejar traslucir cualquier brizna de enojo o falta de caridad con el prójimo.
“Trata bien a todo el mundo”, “No permitas que tu egoísmo te domine”, “Sonríe, siempre sonríe”, “Preocúpate en todo momento por los demás”, “Nadie es más importante que tu prójimo” –le repetía una y otra vez su madre.
Pero no sólo le daba clases teóricas. Día con día, Filemón era testigo de la calidez y amabilidad conque doña Flor trataba a las personas con que se topaba. Recta, fina, sonriente, siempre tenía “algo” que ofrecerles a los demás.
Terminaba Filemón sus estudios básicos cuando su madre entro a trabajar de cocinera a un restaurante. Ahí se quedó. El dueño, don Germán, la adoraba y en más de una ocasión quiso profundizar la “amistad”. Pero su madre, con extrema suavidad, se negaba a ahondar aquello que no podía ser más que “relaciones obrero-patronales”. No obstante, Filemón disfrutó de la preferencia del dueño y pronto empezó a hacer sus pininos de ayudante de mesero. A los clientes les caí en gracia su gentileza y buena educación. Era todo un caballerito.
Cuando la adolescencia llegó a Filemón, doña Flor apretó las tuercas y le hizo cargar más responsabilidades. Tenía que estudiar y trabajar, además de cumplir con el apostolado de las “viejitas rotas”, como las llamaba él en secreto. Había que visitar casas de viejitas pobres para ayudarlas en algo. Filemón, cual hijo adoptivo de todas ellas, las visitaba y llevaba pequeñas ayudas, alimenticias y medicinales, que su madre les mandaba.

3.- EL BANCO DE OCCIDENTE

No es necesario decir que el buen carácter de Filemón, y su sentimiento sincero de ayudar al prójimo, le hicieron de muchos amigos. Fue precisamente este hecho, lo que le abriría las puertas del famoso Banco de Occidente. Andaba comenzando sus estudios de Contador Privado, los únicos estudios que su magro sueldo le permitía pagarse, cuando un compañero le suplicó fuera a ayudarlo a poner unas lámparas al citado Banco.
Filemón, que no sabía decir “no” a un buen amigo, acudió presuroso al llamado. Cuatro brazos terminaron rápido el trabajo, por lo que pronto se desocupó y aprovechó para recorrer el Banco. Pasaba por el área de atención al cliente, cuando escuchó los gritos de don Miguel Ladan. En aquella época. el hombre no era más que un pequeño comerciante, por lo que comprenderán que los encargados del área no le prestaban mucha atención a sus reclamos. Pero Filemón no pudo soportar ver a un hombre frustrado por la mala atención, por lo que hizo algo que cambió el rumbo de su vida, y el del Banco de Occidente también.
Con sin igual simpatía, tranquilizó a don Ladan. Cosa encomiable fue aquella porque el hombre no era de carácter sencillo. Y por si esto no fuera suficiente, le ofreció la resolución de su problema y un “bono de disculpa” por el error cometido. El comerciante, desarmado ante tanta amabilidad, se tranquilizó y se fue con una sonrisa en los labios prometiendo regresar al día siguiente a constatar las gestiones del improvisado empleado.
Filemón fue con el dueño del Banco, don Sóstenes De La Rocha y Coca, y, utilizando esa persuasión que sólo da el sincero deseo de ayudar al prójimo, consiguió resolver el error cometido por el Banco. En lo que el gerente no estuvo de acuerdo, es en el mentado “bono de disculpa”, que no tenía parangón en ninguna institución de crédito que se precie de serlo.
Entonces Filemón lo arriesgó todo con tal de no defraudar al comerciante. “Contráteme y no me pague nada en el primer mes de sueldo para que de ese dinero le de su bono a don Miguel”. Don Sóstenes sonrío: La idea no era nada mala. “Sólo le voy a poner una condición –mencionó el amable joven recordando los consejos de su madre- Si ese bono de disculpa le reditúa económicamente algo al Banco, regréseme el doble de mi salario”. La sonrisa del banquero fue mayor, pues había matado dos pájaros de un tiro: tener contento a un cliente y obtener un trabajador gratis por un mes.
Contra todo lo que podía esperar De La Rocha y Coca, el “bono de disculpa” redituó muchísimo al Banco, tanto que seis meses después le devolvió a Filemón el triple de su salario, y diez años después seguía cobrando las regalías por tan excelente idea. Y es que resulta que don Miguel Ladan, sumamente satisfecho por los egregios servicios del noble Filemón, recomendó el Banco con todos sus proveedores y clientes, y al llegar los recomendados y toparse con Filemón, lo recomendaban a su vez y se hizo una bola de nieve de recomendaciones que volvieron al Banco de Occidente el más cotizado de toda la ciudad.
Bueno, eso sin contar que los negocios de don Ladan crecieron tanto y con tan buen tino, que terminó volviéndose el principal accionista del Banco y uno de los hombres más ricos del país. ¿Y Filemón? Pues se convirtió en el principal atractivo del Banco ejerciendo un extraño puesto de Gerente de Relaciones Públicas-Vicepresidente del banco-Oficial de Mantenimiento y Supervisor de Servicios.
El exquisito trato de Filemón era algo que maravillaba y enamoraba a todos los clientes del Banco. Y es que el buen hombre nunca hizo discriminación con ningún cliente. Lo mismo atendía a connotados empresarios, que a ancianas, jubilados y obreros. Para él, como le enseñó su madre, todos merecías el mejor trato y la más bella sonrisa.
Pero lo más bello de Filemón era su falta de hipocresía. Todo lo que decía y hacía, era con total honestidad. No sonreía por quedar bien con nadie, ni trataba bien a la gente buscando que le redituara dividendos personales. Era amable, sencillo y dulce, porque esa era su forma de ser, porque así lo había educado su santa madre.
Comenzaba a enamorar a Flora cuando su mamá enfermó de gravedad. Filemón le pidió a Flora que tuviera a bien acompañarlo a ver a su madre al hospital. Quería que su progenitora le diera el “Visto Bueno” a su hermosa pretendiente. Doña Flor, llena de tubos y aparatos, sonrío al verlos. Sus ojos se llenaron de lágrimas cuando vio a Flora. Y sólo alcanzó a musitar cuando se iban: “Hazla tan feliz como me has hecho a mí”. Nunca hijo alguno obedeció tan bien a su madre como Filemón.

4.- FILEMÓN

La vida siempre sigue, eso ni dudarlo, y Filemón prosiguió su activo puesto en el Banco de Occidente. Si bien su trato no mermó ni un ápice, sus ojos reflejaban un dejo de tristeza que denotaba el enorme sufrimiento que llevaba en el alma. La muerte de su madre la había podido sobrellevar gracias al amor de Flora, pero ahora que ella había muerto, no encontraba motivo alguno para seguir adelante. La añoraba con todo su ser y deseaba reunirse con ella donde fuese que estuviese.
Soportó tres años más, pero ya no. Solicitó su jubilación, y ni todos los ruegos de don Sóstenes De La Rocha y Escudero, hijo, ni los ofrecimientos de mejores percepciones salariales le hicieron cambiar de opinión. Filemón se quería ir a su casa a acompañar al perennemente triste Florencio. Los otros bancos, al escuchar el rumor de la jubilación de Filemón, corrieron a hacerle jugosas ofertas. Poco les importó que nuestro hombre tuviera 76 años. Era lo de menos, ya que su salud de roble era por todos conocida y su trato era por todos codiciado.
Pero Filemón, como Jesús en el desierto, no cayó en las tentaciones y prosiguió sus planes de retiro. Edith, su sobrina política, hija de la difunta hermana de su esposa, lo apoyó en ese duro trance. Ella lo adoraba como a un abuelo y se había hecho cargo de las minucias de la casa para que él pudiese seguir trabajando.
La casa en si no era grande. No tenía más que una recámara, pero el 75 por ciento del enorme terreno era un jardín pletórico de flores y árboles frutales de diversos tipos: mango, guayaba, zapote, mamey, tamarindo, guanábana, zaramullo, ciruela, nance, piña, limones, naranjas agrias, plátanos, papaya, melón, sandía... Era un envidiable huerto que con amor había cultivado por años su adorada Flora, por lo que Florencio y él decidieron seguir cuidando ese pequeño paraíso tropical.
Flora nunca quiso que Filemón construyera más habitaciones ni que acrecentara la casa. “¿Para qué? –le había dicho- Si lo más hermoso de una casa es el jardín”. Filemón nunca le llevó la contra a su esposa. Ni tampoco insistió cuando el doctor les dijo que su mujer no podía tener hijos. “Adoptemos a uno” –le había sugerido él. Pero ella sabiamente le contestó: “Si Dios no nos da hijos es por algo –para sentenciar como lo hacía su madre- No debemos exigir aquello que Dios no considera necesario para nosotros”
Y al poco tiempo de decir esto, fue que se encontraron un pequeño y maltratado cachorro tirado en el parque como si fuera basura. Flora lo adoptó enseguida y lo amó tanto o más que si fuera su propio hijo. Fue él quien lo bautizó como Florencio, ya que era “hijo de Flora”. La ocurrencia le hizo gracia a su señora y Florencio entró a formar parte indispensable de sus vidas.

5.- LA MUERTE

Acomodó los vasos en la bandeja, junto con la jarra, y se dirigió a la terraza. “Ya estamos aquí Florencio” –le dijo con alegría a su acompañante que movió la cola alegremente. Aunque ambos ya eran ancianos, físicamente no se sentían como si lo fueran, pero era obvio que tampoco eran unos “jovencitos”. Filemón acarició al perro y luego sirvió el jugo de frutas, esta vez tocaba de naranja agria, en los dos vasos que puso sobre la mesita y en el potecito del animal. La brisa mecía las ramas de los árboles y la noche liberaba sus encantos. El viudo se dejó caer en la silla en tanto contemplaba la otra que había permanecido vacía por muchos días, ya ni sabía cuantos.
“En eso de esperar a la muerte –dijo a Florencio- Hay que saber tener paciencia”. Miró al noble animal y recordó cuando al principio ambos competían por la atención de Flora. Por un tiempo sintió que eran rivales de amores, pero la bella dulzura de su esposa suavizó cualquier confrontación de machos celosos. Ahora, el perro y él eran los mejores amigos y compañeros. La muerte de su ama, la de ambos, los había unido tremendamente.
Respiró hondamente y se quedó pensativo mirando las flores y el bamboleo de las hojas. Fue entonces que cabeceó un momento. El sonido del agua siendo bebida lo despertó. Sin inmutarse saludó a su esperada visitante con toda la amabilidad de que era capaz. El ángel de la muerte lo miró entre complacido y gratamente sorprendido.
“Son pocos los que me reciben con tanto agrado”-musitó. El anciano desplegó su magna amabilidad para agradecerle la visita y preguntarle, con sincero interés, como había sido su día y si le podía ayudar en algo. Las palabras de Filemón hicieron mella en el ángel cosechador de vidas, quien sinceramente conmovido tuvo que reconocer que nadie, en sus miles de años de existencia, había denotado un verdadero interés en él.
La conversación fluyó con simpatía. Filemón era un excelente oyente. El ángel habló desahogando sus numerosas penas, ya que no es fácil ni grato llevarse la vida de tantos que ni desean ni están preparados para irse. Florencio movió la cola interesado. Los amigos de su amo eran también sus amigos.
El jugo se gastó del vaso y Filemón, solícito, se ofreció a servir más. “Le agradezco –dijo el ángel de la muerte- pero ya me tengo que ir”. El rostro del viejo se iluminó: “¿Me iré contigo?” –se atrevió a preguntar. El ángel movió la cabeza negativamente: “Todavía no es hora”. Filemón comprendió y agradeció con fineza la visita. El segador de existencias se marchó. La brisa seguía soplando. En el reloj sólo habían transcurrido 33 segundos, pero él sintió que estuvieron horas conversando.
Los días continuaron su camino y Florencio y Filemón prosiguieron sus actividades cotidianas. Barrer las hojas del jardín, cosechar las frutas, abonar y podar los rosales, cortar las flores y, sobre todo, preparar los deliciosos jugos de frutas para la noche. El ángel de la muerte no venía todos los días, pero cuando lo hacía Florencio y Filemón pasaban una grata velada. Siempre tenía cosas interesantes que contar, y nada agradaba más a Filemón que ser de útil al prójimo, así fuera la mismísima muerte.

6.- LA LLAVE

El tiempo fue pasando con lenta rapidez y la vida fue cambiando. Edith, su sobrina, había muerto hacía largos años, lo mismo que Cristina, su sobrina nieta, y ahora quien veía por ellos, o al menos eso creía, era su sobrina bisnieta, Carla Florencia. La muchacha adoraba a los dos viejitos, hombre y perro, tanto como lo había hecho por muchos años su madre y su abuela.
Filemón ya no salía de su casa. Ella le traía cualquier cosa que necesitara. No lo hacía porque no pudiera, ya que físicamente estaba igual que a sus 76 años, sino porque le entristecía ir constatando la muerte de toda la gente que había conocido. Y es que no sólo sus amigos habían muerto, sino los hijos y hasta los nietos de sus amigos. El Banco de Occidente se había fusionado con un Banco de Escocia, tomando un extraño nombre con sabor a licor extranjero. Por pura vergüenza, había dejado de cobrar la pensión, para no tener que demostrar, cada cierto tiempo, que él era Filemón y seguía vivo.
Además ¿que más gastos hacía si el perro y él seguían una dieta más que frugal? Florencio era otra cuestión. A quien le preguntaba, tenía que decirle que el perro que veían era el tataranieto de aquel perro que hace años había vivido en esa casa. Porque se supone que los perros no viven tanto, pero Florencio seguía vivito y coleando.
La noche se acercaba y Filemón despidió a Carla. A la joven, 47 años tenía, le encantaba pasear por el jardín como hacía muchos años había hecho su tía bisabuela. Y por no sé que endemoniados vericuetos, la chica se parecía mucho a Flora. ¡Cómo le recordaba a su adorada esposa!
La noche llegó y Filemón procedió a sacar el jugo del refrigerador. Con estos modernos aparatos, ya era posible conservarlos varios días. El calor reinaba, así que el jugo helado les caería bien para refrescarse. Llevó la bandeja con la jarra y los dos vasos a la mesa y, luego de asentarlos, los llenó al igual que el potecito de Florencio. Cansado, se dejó caer en la silla-hamaca, la cual extrañamente había soportado tantos años sin romperse. Cualquiera diría que los hilos no eran de cáñamo sino de titanio entrelazado.
Se sentó a esperar a la muerte, como había hecho a lo largo de tantos días, semanas, meses, años. Dio el primer respiro y descubrió su llegada. El ángel de la muerte lo miraba. Estaba de pie, frente a él. Filemón sonrío. “¿Qué sucede viejo amigo? ¿Por qué no te sientas a disfrutar el jugo? Está muy rico. Florencio no te quiso esperar y ya se lo acabó” La sonrisa iluminaba su rostro. El ángel seguía serio. Filemón no dejó de sonreír. Era algo que no podía evitar. “¿Qué te agobia compañero?” –reiteró con sincera preocupación.
“Hoy te vas conmigo”-espetó el ángel contrariado. “¡Ah! Me da gusto. Siempre es bueno estar contigo” El ángel segador de vidas lo miró como lo hizo la primera vez: entre complacido y gratamente sorprendido. “Nunca dejas de sorprenderme”-le dijo como un sincero cumplido.
“¿Florencio nos acompañará?”-se arriesgó a preguntar el anciano hombre. “Por supuesto –sentenció la mal llamada muerte- El lugar a donde vamos no sería lo que es si Florencio no pudiese entrar. Por algo lo llaman paraíso”
Filemón le dio la mano al ángel y comenzó a caminar, en tanto Florencio trotando alegremente a su lado. “Dime buen amigo, si me es permitido saber –inquirió el hombre- ¿Por qué no me llevaste antes?”
El ángel sonrío y dijo con agria dulzura: “Porque si te llevaba me iba a quedar sin amigos”
Y, sonriendo, los tres se fueron alejando del jardín terrenal para entrar en el maravilloso jardín del edén donde su esposa Flora y su madre doña Flor los esperaban.
En tanto iban llegando, Filemón recordó las santas palabras de su progenitora: “Un buen carácter te abrirá más puertas que una llave”...

Mi Único cuento premiado en concurso


EL DON
Ernesto de la Fuente

Hay gente que le tiene miedo a la muerte, que se espanta, se pone pálida y se marea cuando siente que la belleza negra se acerca. Yo no. Es algo demasiado natural para mí y que, lamentablemente, no puedo evitar. Era un niño de apenas 4 años cuando la vi por primera vez. Sufría unas terribles calenturas, fiebres asesinas de 40 grados, y ella me cuidaba y sonreía desde los brazos de mi hamaca. Pensaba que era una sirvienta contratada por mi madre y hasta le decía “Paquita" de cariño, ya que me recordaba a mi vieja nana Francisca.
No hablaba, sólo me miraba y sonreía. Era como una niña vestida de negro y con la sonrisa mas bella que a mis tiernos años había yo contemplado. Recuerdo que cuando al fin pude levantarme de la hamaca, le pregunté a mi madre donde estaba aquella bella niña-mujer que me cuidaba. Mi madre no me comprendía, y cuando le expliqué cómo era, solamente se quedó callada. Desde eso aprendí a nunca preguntar por su presencia.
Los domingos eran hermosos. Ir a misa por las mañanas, paseo por el parque, carreras, recoger flores y después íbamos de visita a casa de la abuela. Nadie como ella, querendona, linda, nos hacía unas comidas dignas de reyes y nunca le faltaban el suculento postre. Luego nos dejaba jugar con su viejo gato y su hermosa tortuga de jardín. ¿Quién me diría que ahí la volvería a ver?
Ese domingo entré muy alegre tan pronto mamá abrió la puerta. Quería mostrarle a mi abuelita las hermosas flores que mi hermana y yo recogimos en el parque. Y ahí estaba sentada: elegante, firme, dulce. Por unos instantes no la reconocí, pero ella me sonrío. Ya no se veía como una niña-mujer, era una anciana de cabello cano y cara bondadosa. Su impecable vestido negro, lleno de encajes, le daba un aire majestuoso. Mi abuela salió de la cocina y ella desapareció entre las sombras del jardín.
Ese día abracé y besé como nunca a mi abuela. Ella no estaba enferma ni se sentía mal, por lo que le dio risa mi asustado proceder.
-Parece que me fuera a ir -me reprochó dulcemente en tanto reía de mis besos interminables.
El postre me supo amargo y no repetí. Las lágrimas se me quedaron atoradas con el pan dulce y el café con leche. Por la noche, lloré interminablemente y mi madre creyó que había tenido una pesadilla. No, no había podido cerrar los ojos. Al día siguiente, temprano, cuando el timbre de la casa sonó, yo ya sabía que pasaría.
La volví a ver en el entierro. Se le veía algo compungida y sentí que deseaba disculparse conmigo. Fue la primera vez que me hizo la mano y que yo me despedí de ella. Desde ese día supe que mi vida nunca sería como la de los demás mortales y, créanme, fue una sensación horrible. La veía en muchos lugares, en los hospitales era seguro encontrarla, ni que se diga en las calles y hasta una vez la vi parada en la carretera esperando a alguien.
No obstante, se me heló la sangre en las venas cuando un día, estando en sexto año, entré a mi salón de clases y la encontré sentada en el pupitre detrás del mío. Ese día Jaimito, mi mejor amigo, fue el niño mas consentido y mimado por mi. Le regalé mi trompo, lo invité a un refresco y a una torta, y jugamos y nos divertimos como nunca. Esa noche el teléfono sonó en mi casa y mi madre puso una cara de susto como pocas veces le había visto. Cuando colgó le dije algo que ella nunca olvidó:
-¿Dónde están velando a Jaimito?
Al crecer la cosa se fue haciendo algo inconveniente para mí. Los tíos, los primos, los amigos, los vecinos, siempre había alguien que yo quisiera a quien ella visitaba. Se convirtió en alguien conocido, a quien podía encontrar en cualquier parte. Su apariencia cambiaba según fuera la persona que visitara: niño, adulto o viejo. Lo que no cambiaba es su elegante y majestuoso vestido negro y su sonrisa, tan bella y dulce que me hacía siempre reconocerla.
Tenía yo 18 años cuando me la encontré en la cocina de mi casa. Está vez su sonrisa denotaba un dejo de tristeza pero sus facciones me dejaron entrever perfectamente a quien se llevaría esta vez. Fue la primera vez que le quise hablar y pedirle que no lo hiciera, pero ella se llevó el índice a los labios y me ordenó callar. Fue la primera y única vez que rompí el silencio y dije de su existencia. Mi madre lo sabía, o tal vez sólo sospechaba, pero no dudo ni un punto y coma de mi historia.
Serenamente, agradeció mis palabras y me tranquilizó. Me pidió la acompañara a la iglesia y los dos asistimos a misa. Fue una ceremonia hermosa, como asistir a una misa de cuerpo presente antes de que el muerto no pudiera oír las palabras. Esa noche hubo reunión en casa: las tías, el abuelo, los primos, las amigas, un verdadero jolgorio. Nadie sabía que celebrábamos, pero todo el mundo se divirtió de lo lindo. Cantamos, reímos, bailamos, contamos chistes y recordamos a los que se habían ido. Mi madre se acostó muy contenta, una bella sonrisa iluminaba su rostro. La misma sonrisa con la que mi padre la encontró al día siguiente, sin vida, pero inmensamente dichosa.
Con mi madre murió la única persona que sabía de mi don, ¿o sería mejor decir maldición? Nunca más volví a hablar con nadie de Paquita y ya no me volví a asombrar de su presencia, ni cuando la encontré en el cumpleaños de mi sobrino, ni cuando me la topé en la maternidad al ir a visitar a una amiga. No puedo negar que su presencia también era un designio para mi. Un día me la topé al abordar un autobús. Estaba sentada junto al chofer, como conversándole algo al oído. Me bajé enseguida diciéndole adiós con la mano. Y la vez que abordé el avión y la vi parada, como una enorme mujer obesa, junto a la aeromoza. Cuantos líos me trajo luego con la policía que no cesaba de interrogarme y presionarme para que les dijera cómo había sabido con anticipación que el avión se estrellaría. Creían que yo había sido responsable, causante o cómplice de la tragedia.
Pero la vida siguió y conocí a una hermosa mujer: Maribel. Nos enamoramos y no dudé un instante en pedirle que se casara conmigo. Ella aceptó y la boda fue tan alegre que hasta me olvidé de mi don. Hay cosas que quisiera olvidar, pero no puedo. Luego de la ceremonia y de la fiesta, nos fuimos al hotel para nuestra noche de bodas. Mi novia se había casado de blanco con la justa razón de quien llegaba inocente, pura y limpia hasta el altar. Entramos al cuarto y ella corrió al baño perseguida por mis besos. Aún escuchó su risa clara, sonora, bella, como canto de aves en mi mente. Yo me mal quité la ropa para esperarla en el tálamo nupcial, y fue entonces que la vi.
Estaba sentada en la cama con un camisón negro hermosísimo. Su pelo largo, negro y suelto, la envolvía cubriendo su desnudez. Fue la única vez que no me sonrío. Una lágrima corrió por su mejilla. Cerré los ojos y Paquita desapareció.
Pensé que había sido una alucinación producto de los nervios, del cansancio, de los tragos que tomé en la fiesta, de las ansias de amar a mi virginal mujer. Maribel salió del baño hecha una musa. Era en verdad hermosa, una diosa. Olvidé todo y la amé con dulce pasión. Fue la noche más feliz de mi vida, lástima que fuera la única. Al día siguiente me encontraba en el hospital, mi esposa estaba grave y murió ese mismo día. ¿Puede la felicidad matar a alguien?, ¿o fue su pobre corazón que tenía un defecto congénito no detectado?
Lloré toda mi sangre en lágrimas y aún así sentí que no fue suficiente. Durante días me encerré en la casa que juntos habíamos comprado, pintado, amueblado, llenado, con una botella de licor como única compañera. ¿Cómo demonios te explicas a ti mismo que los dones pueden ser las peores maldiciones? Fue hasta ayer que decidí encender la computadora y escribir mi historia.
Ahora no estoy sólo, Paquita está conmigo. Me mira dulcemente y contempla detrás de mi hombro lo que sobre ella escribo. Parece estar satisfecha sobre su semblanza, aunque siento en su mirada un dejo de reproche por maldecir el don de verla.
Bueno Paquita, terminemos de una buena vez con esta historia que por algo estás aquí a mi lado. Me iré contigo, pero antes quiero dejar escrito que no es ningún don el poder verte y que no ha sido ninguna dicha tenerte de amiga. No te rías, que no me causa gracia tu alegría. Vamos, deja que agarre esa pistola y terminemos de una buena vez.

De comidas y gordos bis



Despedida de gordura



Ernesto de la Fuente



El doctor se lo había dicho: tenía que bajar de peso o próximamente serviría de cena a los gusanos. Era horrible, no podía concebirlo. El siempre había sido gordo y le gustaba serlo. Nunca se había negado un bocado y ahora, que tenía 40 años, tendría que cerrar la boca para no morir. No podía concebirlo.
Salió del consultorio triste y desesperado. Vio pasar una muchacha hermosamente delgada comiendo un rico y delicioso pan dulce. Al rato, una alegre gordita comía una exquisita torta en su cara. Un poco después, su esposa servía la cena y él tenía que explicarle que estaba a dieta por orden médica. Enseguida vio como desaparecían las tortillas, el pan, las galletas, los helados, los deliciosos pasteles, las papas fritas y todo aquello que a él le gustaba. Ni hablar de gorditas, zopes, cochinita pibil o mole. Todo eso quedaba en el pasado.
La situación le estaba incomodando terriblemente. Siempre había sido de buen diente, y eso de comer galletitas dietéticas, cereal con fibra, carne a la plancha, verduras y frutas en exceso... era el colmo!
Lo peor, era que lo tenía que hacer porque ya le daba trabajo moverse y tenía un entumecimiento constante de la mamo derecha. Era la presión arterial, le había explicado el galeno, que le estaba enviando la sangre a las nubes y tenía su pobre corazón trabajando intensamente. No quería morir de un ataque cardíaco como le había sucedido a su joven tío...
La muerte lo atormentaba, pero el hambre era tenaz. Eso de vivir con la eterna sensación de que el estómago esta vacío no le gustaba. Para colmo, todos los días pasaba frente a una panadería y el puro olor lo estaba matando de hambre.
Llevaba una semana así, cuando decidió que tendría que despedirse de su gordura. Si, ¿por qué no?, si hay despedidas de soltero, despedidas de trabajo y demás, ¿por qué no hacerse a él mismo una despedida de gordura?
Lo planeo bien. Salio temprano de su casa y se tomó el día de trabajo libre.
Primero fue a desayunar a un hotel de 6 estrellas y comió de todo: huevos, frijol, carnitas fritas, cochinito, lechón asado, chicharrón, carne roja, pollo en escabeche... todo, menos las frutas. Después se sirvió café y devoró prácticamente todo el pan que encontró a su paso. A punto de reventar, subió a una habitación y se acostó a dormir. Se levantó al mediodía con hambre y bajo a seguir devorando todo lo que encontró. En la cena, se dirigió a un restaurante de comida mexicana y se dio un atracón con gorditas, zopes, suaves, panuchos, salbutes, tamales, vaporcitos, etc.
Lleno, plenamente satisfecho, abordó su auto y se dirigió a su casa. Al llegar le dijo a su esposa que estaba muy cansado.
-¿No vas a cenar? -le preguntó su solícita mujer
Como no quería levantar sospechas, se sentó y en dos segundos devoró la ensalada dietética que su mujer le preparó. Luego se desvistió y se metió a la cama.
Al día siguiente los gritos de su esposa despertaron a todo el vecindario.
Todos corrieron a ver que le acontecía a la buena señora. Ella, parada en la puerta de la calle, no podía explicarse solamente gritaba como loca señalando la parte de arriba de su casa. Cuando los vecinos entraron a la habitación, vieron una escena que les paró el pelo e hizo vomitar a más de tres. Una masa inmunda de gusanos se revolcaba en la cama dentro de las ropas de aquel buen gordo.

Se lo había dicho el doctor. Lástima que no le hizo caso...

De comidas y gordos

La maldición del comer

Ernesto de la Fuente

Aquel hombre era distinto a los otros. Detestaba tener que ir al baño a realizar sus necesidades fisiológicas. Aunque Freud habla de una etapa de placer anal, este hombre nunca la había tenido. Sentía que se denigraba a sí mismo cada vez que tenía que realizar la necesidad básica de desalojar los intestinos.
Tan pronto tuvo edad, estudió nutrición y fue examinando uno por uno los alimentos. Sólo ingería aquellos que eran adecuados. Luego estudió la teoría de un científico muy brillante que decía que el organismo debía consumir solo aquello que lo nutriera. Fue entonces que se hizo socio de aquel hombre de ciencias y se pusieron a buscar el alimento ideal, aquel que era absorbido totalmente por el organismo humano y no dejaba ningún residuo.
Su búsqueda duró varios años y al fin rindió buenos resultados. Pero como su amigo y socio falleció, aquel hombre quedó dueño absoluto de la fórmula, la patentó enseguida y la vendió con muy buenas utilidades. Tenía muchas aplicaciones, especialmente en el campo de la medicina y de la ciencia espacial. Los médicos la requerían para aquellos pacientes que iban a ser operados o que les tenían que corregir el orificio anal por problemas de diversas índoles. En el espacio, a la NASA le interesó porque reducía los desechos de las naves espaciales.
Todo parecía ser la felicidad, pero no faltaron las voces que predijeron que su uso prolongado podría tener desastrosas consecuencias para un ser humano. El no los escuchó. Como dueño absoluto de NUTRIVAC, él tenía todo el alimento que quería sin pagar un centavo. Porque era un alimento sumamente caro de elaborar.
Pero él solo eso comía. Por diez años disfrutó los placeres de no tener que ir al baño más que a expulsar líquidos. Era maravilloso. Sin embargo, la dicha nunca es eterna.
Una tarde salió de su oficina y se dirigió al parque a caminar. Unos niños jugaban llenos de risas en tanto sus madres los observaban. Se sentó a disfrutar el ambiente apacible. Un pequeñín se acercó a su madre y ella le dio una rica y jugosa manzana. El niño la devoró con verdadera delicia y él lo observó con ojos de deleite. En eso, el niño, en un acto espontáneo, se acercó a convidarlo a su manzana. Fue un acto tan tierno y bello, que él no se pudo negar y comió un pedazo ante la risa del niño. La manzana le supo a gloria luego de años de solo comer su alimento total.
Cuando el sol cayó, los niños se marcharon y él también. El incidente no habría tenido mayores consecuencias a no ser porque al día siguiente el estómago le comenzó a doler horriblemente. Era un dolor tan intenso que se dobló y lanzó alaridos de dolor.
Enseguida fue llevado al mejor hospital. Los más eminentes doctores trataron de ayudarlo, pero pronto se dieron cuenta de que nada podían hacer por él. Su estómago ya no era capaz de digerir alimentos que tuvieran residuos, y la cáscara de la manzana lo estaba matando. Además, su colon se había pegado, por lo que los desechos no tenían por donde salir.
Aunque intentaron una operación de urgencia, ya era demasiado tarde. Aquel hombre comenzó a morir y, en tanto sus ojos se cerraban para nunca más volverse a abrir, recordó con deleite el sabroso mordisco que le había dado a la manzana.
-Con razón Eva perdió el paraíso -se dijo a sí mismo en tanto expiraba su último aliento.

Cuentos cortos de Ernesto de la Fuente

El acompañante

Mi madre me dijo que lo dejara.
- Nada bueno te va a traer – me aseveró con su voz calmada en tanto yo la miraba de reojo y trataba de sonreír.
Le hice caso por un tiempo, pero no pude evitar regresar a él. Me gustaba, ¿por qué negarlo?, me atraía enormemente y llenaba plenamente mi soledad. No obstante, evitaba que me vieran con él y cuidaba mucho los pequeños detalles. Sabía muy bien que lo nuestro era un amor prohibido.
Pasaron los años y mi madre me volvió a decir una tarde:
- Hija, tienes que dejarlo. Nada bueno te va a traer esa relación- y esta vez añadió con un dejo de profundo reproche- Ahora tienes hijos, tienes un buen esposo que te quiere. No lo tires por la borda, no vale la pena.
Nuevamente sonreí y le dije que ya la había dejado, que nunca me volvería a ver con él. Pero mentía, lo sabía mi madre y lo sabía yo. No podía alejarme de él, lo necesitaba y, aunque parezca tonto, mi madre lo entendía y me comprendía.. De hecho, muchas veces se llevaba a los niños a pasear para que no nos vieran juntos. Tácitamente aceptaba nuestra relación, aunque jamás la aprobó.
- Nada bueno te va a dejar- me repetía siempre que podía, y yo me limitaba a sonreír.
Cuando mi esposo se enteró, se armó una fuerte discusión en casa. Nunca lo había visto tan enojado. Me amenazó con llevarse a los niños y tuve que jurarle por lo más sagrado que ya no seguiría con él.
Pero lo hice, en privado, lejos de ellos, sin que nadie lo notara. Seguí manteniendo nuestra relación secreta. Pero las palabras de mi madre fueron proféticas. Un día me encontré sentada enfrente del médico, quien contemplaba los últimos análisis que me habían hecho. Su rostro se veía más preocupado que de costumbre, y la pregunta que me hizo me paralizó el corazón:
- Señora, ¿desde cuando? –no necesitó darme mayores explicaciones y por primera vez fui honesta con alguien.
- Desde que era adolescente… - mi silencio lo explicaba todo.
El doctor me miró y me dijo con toda honestidad, como siempre le había pedido que me hablara:
- Ya nada se puede hacer.
Lo siguiente que hice fue ir a ver a mi madre y decírselo. La admisión de mi culpa no me hizo sentirme mejor, así que agregué.
-Tenías razón madre, nada bueno me iba a dejar esa relación –y ,delante de ella, tiré a la basura a mi acompañante secreto por 30 años, en tanto la tos cubría mi voz y el cáncer de pulmón galopaba libremente hacia todo mi cuerpo.

lunes, 13 de septiembre de 2010

DE CENTENARIOS Y ZOOLOGICOS




ECOLOGÍA PERDIDA



ANIMAYA O EL PARQUE DEL BOCHORNO



Por Eduardo Ruz Hernández




El domingo 12 de septiembre, empujado por los insistentes deseos de mi hijo, me vi envuelto en un viaje al Parque del Bicentenario, el cual por extraños caprichos del Alcalde en turno fue llamado Animaya.

Lo primero que mis hijas me preguntaron es el por qué de ese nombre y no simplemente “Bicentenario”. Para quienes no conocen Mérida, la de Yucatán, México, tal vez esto no tenga sentido, pero permítanme explicárselos. En 1910 se fundó, durante los festejos del centenario de la independencia de México de España, el parque zoológico “El Centenario”. Este parque se fundó enfrente del Parque de la Paz, sobre la Avenida Itzaes (una de las más importantes de la ciudad) en cruzamiento con la calle 59. Ahora bien, hay que entender el contexto de su fundación, ya que el lugar donde se enclavó el zoológico, era un Jardín Botánico, por lo que contaba con numerosos árboles y hermosos jardines.

Durante 100 años para todo hijo de vecino nacido en Yucatán, zoológico es sinónimo de Centenario y no al revés. Es muy común decir: “Vamos al Centenario”, y todo yucateco bien nacido comprende enseguida de que se trata. Ir al Centenario es algo muy yucateco, en donde el usar los juegos, caminar por el parque, ver los animales y, sobre todo, subirse al “trenecito”, es algo lleno de profundo significado cultural. Claro que, con el paso de los años, el lugar se ha ido quedando pequeño para las numerosas generaciones que habitan esta otrora pueblerina ciudad. Pero eso no ha sido impedimento para que los yucatecos sigamos yendo a visitarlo.

Muchos recuerdos bellos de mi infancia, y la de mis hijos, se construyeron ahí. Desde el cochinito y el león de concreto a los que me subía de niño, hasta el tren descarrilado el día en que llevé a mi hija enferma a pasear, los monitos capuchinos haciendo el amor que mi hijo vio sin querer ni proponérselo, sin olvidar el dedo de mi hermano mordido por una ratita blanca y los paseos escolares con los compañeros de la primaria.

No obstante, no faltó una alcaldesa visionaria que, viendo la estrechez del espacio de los animales y la sobredemanda popular, consideró la necesidad de hacer un nuevo y mejor Centenario o zoológico. Fue ahí que surgió la idea de crear el Parque del Bicentenario que luego le darían por llamar Animaya.

Unas hectáreas cedidas en donación fueron el punto de partida y se comenzó con la idea. Nada mejor que la vecindad de un nuevo conjunto habitacional para darle vida. Y así, sin quererlo ni deberlo, nació el nuevo Parque entre la enorme expectativa popular.

Debo confesar que había leído mucho al respecto y me sentía intrigado de la ubicación del parque, así que, ante la insistencia de mi hijo partimos todos juntos a conocerlo.

¿Cómo ir? Pues sabía que tenía que tomar la avenida Jacinto Canek y cruzar el periférico. Todo hermosamente indicado por letreros a la vera del camino cada ciertos kilómetros. Pasamos el periférico y por arte de magia los letreros desaparecieron. Pasamos dos glorietas y de pronto nos vimos llegando a Caucel. “No, no puede ser -le dije a mis hijos- Animaya está antes de Caucel”, así que doblamos. Regresando a Mérida nuevamente encontramos letreros con flechas señalando el rumbo perdido. Mis hijos me fueron ayudando, porque no podía combinar el manejar y estar buscando letreros en los enormes camellones de las muy bien pavimentadas avenidas.

Dimos algunas vueltas hasta que la enorme estela maya, símbolo del lugar, nos indicó que habíamos llegado. Estacionamos y percibí algunos signos de lo que nos esperaba: padres de familia chorreando sudor caminando a sus autos con sus hijos desfalleciendo. Cuando comenzamos a caminar, vi a un señor dentro de su auto con su hija recostada en el asiento y el aire acondicionado encendido a todo lo que daba. Un vendedor nos ofreció sombrillas: “Llévelas, no hay nada de sombra adentro”. Nos sonaron proféticas sus palabras.

Al llegar a la puerta, una señora con dos hijas acaloradas le recriminada al pobre guardia por el ambiente del lugar. Pasamos la puerta y nos encontramos una explanada de adocreto, piedra, con unas pocas palmeritas. Como comprenderán parecía que caminábamos en el desierto. Presurosos fuimos a la estela maya, un “edificio” de 35 metros que simula una estela maya y cuyo único chiste es tener un elevador para subir y desde ahí apreciar todo el entorno. Por supuesto, subimos, no sin antes constatar que la supuesta piedra con que estaba hecho el monumento era metal cubierto de tablaroca pintada. Un ventilador nos alivió el calor de la espera y con rapidez fuimos llevados a la parte de arriba donde nos dio una calurosa bienvenida un empleado y el bochorno más terrible que se puedan imaginar. ¿Cómo es que a 35 metros sobre el suelo no se sintiera una brizna de viento?

Al mirar por el entorno lo comprendimos: estábamos rodeados de planchas de piedra, conjuntos habitacionales en gran parte sin árboles. Un horno de piedra en pocas palabras. ¿A quien demonios se le ocurre construir casas sin dejar áreas verdes entre ellas? Baños sauna completos.

Bajamos y escuché que un padre convencía a sus hijos que no había nada más que ver en el lugar. Se ve que el calor le pegó feo andando con dos niños menores de 6 años.

Nos pusimos a caminar para recorrer el lugar. No había ningún trenecito, camioncito, o carrito de golf que lo llevara a uno. El bochorno, calor húmedo, estaba horroroso. Todos sudábamos como locos y una enorme sed nos invadió. No faltaron los reproches por no haber llevado una botella de agua purificada y el colmo fue cuando mi hijo, el impulsor de la idea, comenzó a reclamar: “¿De quién fue la idea de venir aquí?”

¿Animales? Bueno, en una gran hondonada con un hermoso lago, vimos varios herbívoros: un búfalo de agua africano, unos antílopes, venados, jirafas, avestruces, alpacas, pavos reales asándose y tirados por el calor y, en un encierro especial, al hermoso Tapir que la gente confundía con un oso hormiguero, ya que para todo esto no vimos letrero alguno que identificara a los animales. No dudo que haya, pero entre el calor y el martirio de caminar, íbamos buscando los “sombreaderos”, espacios construidos para dar sombra y ver a los animales. Ahí tomamos agua en unos dispensadores de agua purificada, pese a la inicial resistencia de mis hijas por la posible promiscuidad higiénica. ¿A quién le importa la higiene cuando uno se muere de sed?

Lo más estúpido de todo es que si bien el lago era el centro del encierro, los animales no tenían acceso a él para refrescarse o tomar agua. Me pregunto quién habrá sido el simpático que se le ocurrió semejante imbecilidad. Pero bueno, en una islita llena de vegetación en el centro del lago, estaban unos patos muy felices y los monos arañas, quienes disfrutaban su libertad como ningún otro animal. Ellos si fueron beneficiados con el nuevo parque. Al menos alguien disfruta su edén.

El calor estaba haciendo mella en nosotros cuando una de mis hijas hizo una revelación: “Papá, ya sé porque casi puro animal africano hay: porque sólo ellos pueden soportar este calor”. Y es que los tenían en una seca pradera sin mayores árboles. ¿A quién se le ocurrió poner animales sin siquiera sembrarles algunos frondosos árboles? ¿Es que no saben de la simbiosis entre el reino animal y vegetal?

Más muertos que vivos terminamos la visita y comprendimos el por qué toda la gente se sentaba a la sombra de la estela a disfrutar el fresco que la enorme fuente lanza al aire con un chorro de agua. No, definitivamente, hay que ser más que animal maya para querer ir a soportar el terrible bochorno del parque. Para que pueda funcionar, es vital que trasplanten árboles, que hagan un jardín botánico lleno de especies de la región para que el lugar se convierta en un pulmón vegetal y reine el fresco.

En el camino-calvario para ver los animales, el único lugar con verdadero fresco fue junto a dos enormes árboles, de más de 10 metros de altura y de grueso tronco, que seguramente no fueron arrasados al construir el parque y ya llevan muchos años en el lugar. Con más árboles como esos, otra cosa sería el ambiente. Nada les cuesta a las autoridades municipales, sean del color que sean, pedir asesoría a los biólogos del Centro de Investigaciones Científicas de Yucatán (CICY), para que les proporcionen árboles y les diseñen un jardín botánico armónico como el que ellos poseen en Xkumpich.

Y no crean que la temperatura era de 40º C. No, apenas había 33º C grados. No me imagino lo que sería ir en mayo al lugar. No, definitivamente no nos quedaron ganas de regresar. Todos votamos por mejor ir al Centenario la próxima vez que nos entren ganas de interactuar con los animales y la naturaleza. Votación unánime. Luego tuvimos que ir a casa a cambiarnos la ropa de lo sudados que estábamos y a beber agua como camellos.

sábado, 11 de septiembre de 2010

SANTA LUCÍA EN EL OLVIDO

LA HISTORIA SE NOS CAE A PEDAZOS (*)
Por Eduardo Ruz Hernández
Enfrascados en dimes y diretes, exaltando y renegando de nuestra historia, porfiando por reconocer o desconocer a quienes fundaron o refundaron esta hermosa ciudad donde vivimos, los meridanos recibimos el bicentenario del inicio de la lucha por la Independencia de nuestro México.

Para bien o para mal, este septiembre todos los ojos estarán puestos en nuestro señorial Paseo de Montejo, pero pocos o casi nadie, reparará en uno de los rincones más tradicionales, históricos y bellos de nuestra Muy Noble y Leal Ciudad de Mérida, la de Yucatán. Me refiero al otrora hermoso Parque de Santa Lucía, hoy sumido en el más cruel y horroroso abandono, pese a que cada jueves es el escenario, desde 1965, de la muy tradicional “Serenata Yucateca”, ventana abierta al turismo Nacional e Internacional que nos visita.

No hay que ser arquitecto, ni mucho menos ingeniero, para darse cuenta que los Portales de Santa Lucía están a punto de dar con sus piedras en el suelo. Llenos de humedad, cuarteados, sumidos en el abandono, han sido cercados con cinta amarilla y vallas metálicas para que ningún hijo de vecino los acompañe en su agonía. Me pregunto: ¿Por qué el abandono?

El 6 de noviembre de 1804 el gobernador y capitán general don Benito Pérez Valdelomar promovió ante el Ayuntamiento la conversión “en una plaza vistosa y agradable el muladar fétido y asqueroso de Santa Lucía”. Para esto, diseñó la plazoleta cuadrada y pidió a los dueños de las residencias, José Miguel Quijano dueño de la ubicada en el lado poniente y doña Tomasa Argüelles de la ubicada en el lado norte, que construyeran portales con arquerías en los frentes de sus casas, lo cual cumplieron ambos. Los portales se construyeron con sencillez: se hicieron 24 arcos sostenidos por columnas dóricas rústicas, 11 mirando al oriente y 11 al sur, más uno de acceso por cada calle, la 55 y la 60.

En el transcurso de los años, numerosos yucatecos, como el Ing. David López Cortés, tuvieron la dicha de vivir amparados bajo sus arcos, hasta que a principios de los años setentas un particular se las dio por ir comprando predios con miras a establecer un negocio. Por una u otra razón, el negocio no prosperó y, para colmo, las residencias quedaron vacías, vendidas por sus dueños a un malogrado proyecto. Esto ha ido asesinando lentamente los portales, ya que el dueño de los predios no ha invertido peso alguno en su conservación y/o reparación. ¿Qué nos queda? ¿Esperar a que se caigan?

Considero que el Ayuntamiento de Mérida debe dar un plazo perentorio al dueño para reparar los históricos portales y, en caso de que no cumpla, expropiarlos junto con los terrenos adyacentes por una real y verdadera causa de utilidad pública. Esos terrenos son un excelente lugar para que el Ayuntamiento ubique muchas de sus dependencias y, si lo considera, también podría construir locales para poner a la renta y recuperar la inversión: galerías de arte, librerías, algún restaurante o cafetería, podrían ser buenos inquilinos para inyectarles nueva vida.

Dejar que los portales se caigan sería algo imperdonable para nuestra Mérida ya que son pate del patrimonio cultural que tenemos la obligación de dejarles a nuestros hijos. E.R.H. eduardoruzhernandez@gmail.com
(*) Este artículo fue mandado al Diario de Yucatán para su posible publicación, pero no se consideró de interés, por lo que doy permiso para que cualquier períodico o revista lo reproduzca, ya que la historia es patrimonio de todos.