Ojo enamorado

Ojo enamorado
En tu mirada

jueves, 6 de enero de 2011

DEL BAUL DE ARCHIVOS

TRIDUO DE REYES
Eduardo Ruz Hernández

  Era en verdad algo inaudito. Nunca en su vida le había sucedido. Se sentía nervioso, excitado, tenso:  algo podría pasarle. La rutina, lo que siempre se hace y que parece hacer que la vida no se salga de sus lineamientos, había sido trastocada. Se miró en el espejo y se preguntó a sí mismo que saldría mal en su vida. ¿Acaso moriría pronto?, ¿sufriría una enfermedad grave?, ¿se quedaría sin trabajo?, ¿sería asaltado con violencia?
La incertidumbre lo llenaba, lo ahogaba, lo mataba lenta e inexorablemente. Desesperado, llamó a su psiquiatra. Era en verdad urgente que lo viera.
El doctor Ulises Cardenal limpió sus lentes en tanto Joaquín se movía una y otra vez en la silla. Por un momento se lo imaginó como a un perro pletórico de pulgas. No acostumbraba recibir pacientes a las 2 de la madrugada, pero apreciaba al muchacho y palpaba que tenía un grave ataque de pánico. 
- Tu dirás Joaquín, ¿qué es lo que tanto te preocupa? Dime...
 El silencio flotó de un lado a otro del escritorio. Joaquín se contorsionaba en la silla como si tuviera tachuelas, pero su boca no se podía articular palabras. 
- ¿No se reirá de mí? - preguntó con timidez en medio de la más profunda angustia.
Ulises dibujó una suave sonrisa en el rostro. De alguna manera había que romper su ostracismo y que mejor que ser totalmente franco y abierto.
- Vamos Joaquín, hace 15 años que te conozco. Te he visto crecer y nada de lo que me digas, en cuanto que te está perturbando, lo voy a tomar a broma.
Joaquín miró detenidamente al doctor Cardenal. Sus canas, su amplia frente, su cara llena y su sonrisa plena. Mas parecía un bondadoso Papa Noel que un médico psiquiatra.
- Es que me sucedió algo terrible. ¡Algo que NUNCA me había pasado! El suspenso siguió flotando en el aire y Ulises arqueó las cejas. A duras penas el muchacho fue más explícito.
- Es que no pasó lo que siempre me pasa -dijo Joaquín mirando ansioso a un Ulises que no acababa de entenderlo.
- A ver, explícate mejor por favor. ¿Qué es lo que siempre te pasa? -interrogó suavemente el discípulo de Freud.
- El seis de enero: ¡La rosca! -trató de explicarse mejor ante la mirada interrogativa del galeno- Siempre parto la rosca en mi casa, en mi trabajo, en casa de mi novia, en la iglesia, con mi abuela...
- ¿Y?... No entiendo -aseveró Cardenal perdiendo en algo su mesurada paciencia.
- Que este año partí cinco Roscas, ¡CINCO!, y en ninguna me salió muñequito... ¡¡¡EN NINGUNA!!!
El doctor Ulises Cardenal lo miró con aires pensativos y, después de unos segundo que a Joaquín le parecieron siglos, le dio una respuesta; pero no cualquier respuesta, sino la que su paciente esperaba.
- Escribe tres cuentos sobre el Día de Reyes y la tradición de la Rosca. Uno detrás de otro, para no agraviar a ninguno de los Reyes. Una vez que lo hagas, mándalos a un concurso de cuentos y con el dinero que ganes compra Roscas de Reyes para los albergues de ancianos y de niños desamparados. Es la solución a tus angustias.
Joaquín lo miró aliviado y sonrío: ¡Al fin sabía que hacer!
Cuando su paciente salió feliz del consultorio, Ulises sonrio para sus adentros y, meneando la cabeza, se dijo a sí mismo:
- La rutina es la magia de las angustias -y dándoles tres golpes a la madera de su escritorio se fue a dormir.
* * *
Había que seguir el tratamiento. Joaquín se instaló frente a su computadora y, aprovechando los desvelos de la angustia, dio rienda suelta a sus más obscuros temores:

1.- GASPAR:
Era día de Reyes. Nada más rico que ese día. Temprano por la mañana, se abrían los regalos colocados en el ya desgastado árbol navideño. Al mediodía la visita a la querida abuelita que lo llenaba de dulces y comidas deliciosas. Y, por la noche, la suculenta Rosca de Reyes. ¡Como había esperado ese día! Llevaba tres años sin que le tocara el mentado muñequito. Siempre se salvaba por un pedacito y le tocaba a mamá, a papá, a la tía Dora o a Matildita, sin faltar su hermana Martha. Pero a él nunca le tocaba. Era como un embrujo, una especie de suerte que le indicaba que ese año todo saldría bien.
La tarde llegó con sus tonos rojoanaranjados y en tanto el manto de la noche se engullía deliciosamente la luz solar, la luna salió a reinar con toda su corte de estrellas.
Gaspar, su padre, tardó en llegar con la enorme Rosca que año con año compraba en la panadería "La Vuelta". La fruta cristalizada, el pan dorado y crujiente, todo era una ricura de sabor. El delicioso ambiente se conformaba con el chocolatito caliente, las risas y la música navideña que se oiría por ultima vez antes de que todo terminara.
La partición de Rosca comenzó entre las carcajadas de Marthita, que estaba segura de que este año no le tocaría muñeco. Su Mamá cortó un buen pedazo y no le tocó nada. Con una alegre sonrisa comió el delicioso pan de Reyes. Las tías Matilde y Dora se llevaron sendas tajadas de rosca sin mediar muñeco enterrado. Don Gaspar, en pleno festejo de cumpleaños, cortó el pedazo más grande y... nada. Sólo quedaba la mitad de la rosca y ningún maldito muñeco había salido.
El, nada tonto, hizo que cortaran rosca las dos abnegadas sirvientas de la familia, Rosa y Angélica, pero a ellas tampoco les apareció muñeco alguno. Unicamente quedaban Marthita y él. Su hermana estaba gozando el momento a lo grande, en tanto él sudaba a raudales por la frente, la cara y el cuello. Se sentía en un baño sauna.
Martha fue benévola y se ofreció a partir primero la rosca. El cruzó los dedos y maldijo por lo bajo. La niña, con su cara redonda, llena de pecas y de risas, cortó un enorme pedazo. El le quitó el cuchillo y despedazó el pan en busca de algún muñeco: ¡¡Nada!!
Protestó. De seguro que la rosca no traía muñecos. Ese viejo panadero les había hecho chafa. Pero no, su papá le confirmó que había sido testigo de la introducción de los viejos muñequitos de porcelana en la harina. Esos muñequitos, herencia de la bisabuela, eran de una hermosa porcelana italiana y estaban graciosamente confeccionados. Tres niños Dios, como los tres Reyes Magos.
La familia lo apuró, sólo él faltaba. Temblando, tomó el cuchillo y cortó un pedazo bastante grande, lo suficiente para contener a un muñeco extendido, pero no tan grande que no le pudiera caber en la boca. Antes que Marthita dijera nada, lo tomó rápidamente con la mano y se lo metió en la boca...

Nadie pensó que de la alegría de la Rosca pasarían a las lágrimas de un velorio. ¡Que suerte la de Miguelito! Le habían salido los 3 muñecos juntos, casi abrazados uno con otro y, al introducírselos a la boca, se le habían atorado en la garganta. La muerte fue casi instantánea. Fue más su orgullo de no perder que la fuerza que puso su padre por sacarle los muñecos de la garganta. Nada pudieron hacer. La sonrisa de Marthita se convirtió en horrible mueca al ver morir a su hermano. Lo enterraron con los tres muñequitos. ¿Qué más podían hacer? Fue su Regalo de Reyes...

2.- MELCHOR:
¡Como odiaba Melchor ese maldito día! Cada año era lo mismo. ¡Malditos fueran los Reyes y sus mentadas tradiciones mexicanas!. Ya sabía lo que le esperaba. Desde que don Juan Lara asumió la dirección de la empresa, el 6 de enero se celebraba a bombo y platillo. Se compraba la Rosca de Reyes mas grande del mercado y todos los empleados tenían que cortar un pedazo. Después el morbo, los nervios y las imprecaciones de los pobres trabajadores en tanto don Juan, cuchillo en ristre, despedazaba el pan buscando los mentados muñequitos...
¡Como detestaba ese día! Era humillante, era denigrante, era algo en verdad asqueroso. Y, ¡claro!, al pobre que le tocara el muñequito, tenía a fuerza que dar una esplendida fiesta el dos de febrero, día del cumpleaños del jefecito Juan Lara. De ahí su interés por la rosca y sus malditos muñecos.
 Llegó ese día a la oficina comiendo kilos de bilis y anticipando la humillación de don Juanito con su cuchillo despedazando el pan que se tendría que meter a la boca. Y las cosas no fueron distintas de otros años. La enorme rosca fue asentada en el escritorio del jefe y se comenzó a llamar a los empleados para el tradicional y odioso corte.
 Al mal paso darle prisa -pensó para sus adentros, y fue de los primeros en cortar. A decir verdad, fue el tercero. Don Juanito cortó el pan que se metería en la boca y, con deleite mal disimulado, lo destripó a conciencia. No encontró muñeco alguno. Se hizo un café para hacer más suave el golpe de masticar migajas cortadas, y se fue comiendo poco a poco el pan. Para su sorpresa, cuando sólo quedaba un pedacito, se dio cuenta de que ahí estaba escondido un muñeco. Con calmada parsimonia, se introdujo el pedazo de pan a la bolsa de la camisa utilizando una servilleta de camuflaje. Nadie lo notó. Después una irónica sonrisa se le dibujó en el rostro. Regresó a su trabajo.
 Las horas pasaron con angustiosa lentitud y, en tanto los empleados iban cortando el pan, la tensión aumentaba en la oficina. Dos muñecos habían salido, pero el tercero se resistía a ser encontrado. Cuando la rosca se agotó y no apareció el mentado niño de plástico, don Juan Lara ardió en cólera. Alguien le estaba viendo la cara y no le había seguido el juego a su capricho. Su cuchillito no había podido descubrir el muñeco. Melchor se carcajeó por dentro de sólo pensar que don Juan sería capaz de pagar las radiografías de todos los empleados para buscar el muñequito desaparecido.
Pero no por ahí iban las cosas. Don Juan estaba furioso y amenazó con aplicar fuertes castigos sino salía el culpable. Todos temblaron menos él. Y fue al extremo de hacer catear los escritorios de todos, la basura y hasta hizo que sacaran los objetos de sus bolsas y bolsillo: ¡Nada!. Cuando llegó la hora de salir, don Juan no los quería dejar ir. Alguien se estaba burlando de él, pero no podía descubrirlo.
 Cuando Melchor llegó a su casa, se sentía el hombre mas dichoso del mundo. Estaba en verdad feliz. No le había importado llevar el muñequito en el zapato todo el tiempo.
Se había burlado de don Juan Lara y su cuchillo humillador, se había burlado de los Reyes Magos y sus tradiciones estúpidas. Dio rienda suelta a su risa y fue el hombre mas dichoso sobre la tierra.
 Al día siguiente don Juan recibió una llamada telefónica. Era la esposa de uno de sus empleados que reportaba que su marido no iría a trabajar. Un infarto había terminado con su vida en pleno ataque de risa.

3.- BALTASAR:
   Despertó entusiasmado. Era Día de Reyes y algo habría recibido. Todo el año se había portado bien, todo el año había esperado con ansia ese día. Alegre, sonriente, bajó los ojos buscando un regalo debajo de su hamaca: ¡Nada! Otro año sin obsequio, otro año de mirar sólo la tierra.
-¡Contras! -pensó- Cómo hacerles entender a los Reyes que no quiero que me traigan regalos en el zapato, si no que sólo quiero que me traigan zapatos...
 Triste y cabizbajo, el niño se levantó y camino descalzo, como toda su vida había hecho. Y es que en eso de ser pobre, como que la magia de los Reyes no funciona.
* * *
- ¡Ya estoy curado! -gritó Joaquín. La magia de los ritos se había cumplido.

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Mérida, Yucatán, a 6 de enero de 2006

LA ROSCA DE DON ANDRÉS

Por Eduardo Ruz Hernández

La rosca de don Andrés era única. Cada seis de enero, todo el vecindario se reunía para departir alrededor del sabroso pan y tratar de encontrar el muñequito real que don Andrés, en una ceremonia parsimoniosa y secreta, escondía en tanto se elaboraba su enorme y gustada rosca. Nadie nunca tenía la menor idea del lugar donde encontrarían al bien elaborado muñequito de porcelana del niño Dios.
A diferencia de otras roscas donde se escondían tres muñecos, la rosca de Don Andrés sólo escondía uno y, lo mejor, no había castigo para quien los encontrara, sino un fabuloso premio. Año con año, sus vecinos fueron viendo como don Andrés echaba la casa por la ventana para celebrar tan excelsa fiesta. Y no era para menos, ya que ese día era su cumpleaños. La tradición había sobrevivido a todos los vaivenes de la vida de tan regio hombre, desde el nacimiento de sus hijos, hasta la muerte de su esposa, y el cúmulo del regalo había crecido a proporciones principescas, como cuando regaló un carro a don Julián cuando encontró el codiciado muñeco debajo de un higo cristalizado.
Este año el rumor del premio había hecho que el tumulto fuera mayor que otros años. Don Andrés ya era un anciano y la vida había sido más que espléndida con él. Sus tres hijos tenían exitosa carrera y sus inversiones habían hecho de él uno de los hombres más acaudalado de la región. Pero la edad no perdona y la salud se le escapaba de las manos.
Su ancianidad lo había atado a una silla de ruedas y requería la compañía diaria de una enfermera de planta para poder solucionar sus necesidades personales. Por eso, cuando la calle se cerró y don Mateo, el chinito panadero, comenzó a armar la enorme rosca de 300 metros, todo el mundo empezó a ver donde encontraría el valioso niño de porcelana.
La hora de partir llegó y la gente comenzó a pasar en riguroso orden. Primero iban a besarle la mano a don Andrés y después pasaban a cortar la tentadora rosca. Uno a uno fueron abriendo su pan, algunos con desesperación y otros con serena angustia. Todos querían obtener el desconocido premio. La rosca fue haciéndose cada vez más pequeña y no había rastros del muñeco. La agitación creció. ¿Este año don Andrés los había embromado y no había muñeco?
Al fin sólo quedaba un pedazo de 20 centímetros por cortar y tres niños faltaban por hacerlo. Los tres se acercaron a besarle la mano al anciano y él les acarició las cabezas: eran los hijos de la viuda Alicia. El primero cortó y la gente sostuvo la respiración. No faltó quien quisiera despedazarle el pan. Mateo lo impidió. El segundo y el tercero procedieron y no apareció el mentado muñeco. La gente se sentía defraudada y uno que otro reclamo se dejó sentir. El descontento comenzó a brotar.
Don Andrés los apaciguó y mirándolos con tristeza movió la cabeza.
- El muñequito está en la rosca –dijo con voz trémula.
La gente repitió sus palabras hasta que toda la masa popular asimiló un hecho que a todas luces era contradictorio: el muñeco estaba en la rosca, pero no había rosca donde buscar muñeco alguno. Los murmullos comenzaron.
Cuando se hizo la investigación posterior, muchos dijeron que fueron familiares de vecinos que nunca habían asistido los que lo iniciaron, pero otros fueron más sinceros al indicar que fueron los vecinos de toda la vida los primeros que comenzaron a decir palabras poco gratas contra el anciano. Y de lo dicho se pasó a los hechos. Una pequeña piedra fue lanzada, seguida por otras y al finalizar era una turba furiosa y sin ningún freno quien despedazó al noble anciano. Cuando la policía llegó, el cadáver aún humeaba y el lugar parecía una calle de Bagdad después de un ataque suicida de los rebeldes. El chinito Mateo lloraba desconsolado a la entrada de su panadería. ¿Cómo explicar que don Andrés no había mentido? Su único pecado fue querer hacer las cosas de una manera diferente.
La labor policíaca se centró en averiguar dónde había quedado el codiciado muñeco y por qué nadie lo había encontrado al cortar la rosca. La policía fue minuciosa en este caso, no podría serlo de otra manera, el mismo Presidente de la República había intervenido, sin contar los numerosos ministros, embajadores y funcionarios amigos de don Andrés o socios de sus hijos en sus múltiples negocios.
La calle fue revisada. Las casas fueron cateadas rigurosamente, con todo su contenido, desde el techo hasta los jardines. Los vecinos fueron encerrados e interrogados. Para desgracia de muchos, no faltaron los videos familiares que dejaron constancia visual de lo que había ocurrido. Los medios de comunicación, hicieron sus propias averiguaciones, algunas muy ligeras y otras hasta filosóficas. Desde que don Andrés quiso jugar una broma a sus vecinos, hasta que uno de sus enemigos había escondido el muñeco  para hacer que la turba lo eliminara. No obstante, había algo en lo que todos estaban de acuerdo: independientemente de que hubiera o no muñeco en la rosca, los vecinos habían cometido un deplorable crimen contra un hombre del que siempre habían recibido cosas buenas. ¡Que ingrata es la naturaleza humana!
Las investigaciones llevaban una semana cuando el detective investigador, Álvaro Roznev, recibió una llamada de una tienda especializada en la elaboración de dulces. La dueña, doña Ligia Martínez, quería comentarle algo que sucedió dos días antes del famoso día de Reyes. Don Andrés la había visitado y le había hecho una solicitud inusual: quería que al cristalizar una fruta ésta contuviera un pequeño secreto.
Roznev llamó al Depósito de Evidencias para saber si se habían recogido restos de frutas cristalizadas de la calle. La respuesta lo dejó helado: si, habían bastantes residuos. La gente, en su desesperación por abrir el pan de la rosca, había estado tirando las frutas. ¿El muñequito había quedado entonces en la calle? No, lo hubieran encontrado.
Álvaro Roznev no durmió esa noche mirando las cintas de video que se tenían del fatídico festejo. Algo no encajaba bien. ¿Dónde habían quedado los restos de la fruta cristalizada?

El chino Mateo salió a abrir la puerta de su panadería. Desde que murió don Andrés, ya no había querido seguir haciendo pan. La tristeza lo había embargado plenamente. Aquel hombre había sido siempre tan generoso con él, que verlo morir a manos de quienes se suponía eran sus vecinos, le había hecho perder la fe en el género humano. “¡Jamás volveré a hornear pan para esas alimañas!” –se había dicho para sí mismo el noble chino. No obstante, había tenido que ir a abrir la puerta ante la insistencia de los golpes.
Al abrir se topó con el detective Roznev acompañado por varios policías.
-¿En que le puedo servir señor? –preguntó con afligida amabilidad el panadero.
-Necesito que me conteste algunas preguntas –ladró el detective.
El chino escuchó con atención y respondió con honestidad. Si, toda la fruta cristalizada se había puesto en la rosca. Él no había tocado nada. Era un ritual que había realizado por más de 30 años y él era incapaz de tomar nada. Respetaba mucho a don Andrés. Si, el había sido testigo de que toda la gente cortara su pedazo de rosca. Eran pedazos chicos, no más de tres dedos para que les tocara a todos. No, no había notado nada inusual en la actitud de la gente. Bueno, estaban muy nerviosas y desesperadas porque había corrido el rumor que don Andrés estaba regalando su fortuna. Se había dicho de que el testamento se elaboraría con base a quien sacara el preciado muñeco.
El interrogatorio siguió y don Mateo contestó absolutamente todo. No le quedó la menor duda a Roznev de que ese hombre era fiel y leal a su otrora patrón.
-Sólo tengo una última pregunta don Mateo. ¿Dónde está su perro?
El chinito se sorprendió por la pregunta. Y por única respuesta se encaminó al patio para abrir la puerta. Un enorme martín inglés negro los miró con sus negros ojos entristecidos. Pese a su enorme tamaño, el perro no reflejaba ninguna fiereza en su rostro. Era tan manso como un gatito.
-Masaro –lo llamó su amo. Estos señores quieren conocerte.
El perro se acercó mansamente y lamió la mano de su amo con singular deleite.
Roznev hizo que sus hombres entraran al patio para buscar el muñeco perdido.

Al día siguiente la foto de Masaro adornada las portadas de todos los periódicos y un debate público se abrió para dilucidar si el perro debía obtener el premio o su amo. Los hijos de don Andrés resolvieron la cuestión: Masaro había ganado el premio al encontrar el muñeco y eso lo hacía dueño de la mansión de don Andrés y de una jugosa pensión para el resto de su vida. El chino Mateo se fue a vivir con él y lo siguió cuidando
Roznev fue promovido a Procurador de la República y nadie jamás puso en duda sus dotes policiacas.
Lo único triste de esta historia es que el chino Mateo jamás volvió a elaborar ninguna Rosca de Reyes, pero cada año le compraba una a su amado perro quien disfrutaba mucho encontrando los muñecos hechos de croquetas para perro que Mateo encargaba le metieran.
Descanse en paz don Andrés.

miércoles, 5 de enero de 2011

NOTA SOBRE EL RAMÓN


  Fray Diego de Landa, en su libro “Relación de las cosas de Yucatán” indica que: “Hay otro muy hermoso y fresco árbol que nunca pierde la hoja y lleva unos higuillos sabrosos que llaman Ox

   El ox o árbol de ramón, conocido también como ujuxte y llamado científicamente Brosimum alicastrum, es una planta que puede llegar a medir entre 20 y 45 metros de altura y hasta 150 centímetros de diámetro. Los frutos son apetecidos y con su pulpa pueden hacerse jaleas. La semilla es altamente nutritiva. Se cuecen o tuestan y se comen enteras. La harina de ramón, pura o mezclada con harina de maíz, puede utilizarse para hacer tortas, pasteles, tortillas, tostadas, galletas, atole, etcétera. También es apta para almacenar excedentes para tiempos de escasez.


TRADICIONAL REGALO DE REYES

ROSCA DE POBRES
Por Ernesto de la Fuente

La vida nunca es necesariamente como queremos. Eso lo sabía muy bien Eduardo, a quien la vida, o mejor dicho los errores que él había cometido en ella, lo habían vapuleado. ¿Cómo se explican la frustración de alguien que tuvo todo para ser feliz y que al final se había quedado sin nada?

Empezaba el año luego de unas desastrosas fiestas donde había constatado, una y otra vez, que uno paga muy caro por sus faltas. Sus hijos se habían disgregado viajando a distintos lugares y él se había quedado sólo para celebrar esas importantes fechas familiares sin mayor familia que su gato Mantequilla, cuya única habilidad era untarse para recibir caricias y, por supuesto, su apreciada comida.

Claro, la cosa fue peor cuando se gastó casi todo su dinero en pagar las deudas que había creado durante el año, y para comprarse un caro acompañante para no estar solo: una fina botella de un exquisito whisky que le había costado tanto como lo que gastaba en alimentarse todo el mes.

Por eso ahora que sus hijos le dijeron que vendrían a verlo para partir la Rosca de Reyes, el jueves 6 de enero, se sintió miserable porque todo su capital constaba únicamente de 50 pesos, alrededor de cuatro dólares. ¿Qué demonios podría comprar con esa cantidad? En plena efervescencia pos navideña y de inicio de año, salió a visitar los supermercados, panaderías y tiendas de abarrotes, ya que con la mercantilización de la rosca, todo el mundo se esforzaba en venderlas.

Desde los primeros supermercados que visitó, aquellos donde solía surtir su despensa, se dio cuenta que los precios estaban bastante arriba de su presupuesto. En unas partes estaban a 170 pesos, en otras a 250 pesos, y en otras más, a 350 y 400 pesos. No había ninguna que bajara de 100 pesos. Negocios son negocios, y ningún comerciante está dispuesto a perder cuando la demanda es mucha y la fiesta está encima.

Se pasó prácticamente todo el día yendo de tienda en tienda, como si estuviera pidiendo posada, intentando inútilmente encontrar algo que de plano parecía no existir, una rosca de 50 pesos. Desolado, con la amarga sensación de quien ha bebido más que comido en los últimos 15 días, comenzó a tratar de encontrar alguna alternativa, tal vez comprando algunos panes baratos y poniéndoles algún betún dulce encima, tal vez combinando panes tipo francés con jarabe de chocolate…

No, no parecía haber mayores alternativas, especialmente cuando el betún dulce y el jarabe de chocolate costaban más de 50 pesos ¿qué podría entonces hacer? Derrotado, caminó sin rumbo por la zona del mercado, donde la gente realmente pobre trataba de sobrevivir. Fue ahí que se topó con una muy humilde mestiza maya, vestida de hipil, que ofrecía “Roscas de Reyes a muy buen precio”. Parada junto a un humilde sabucán, la mestiza cubría su pelo con su rebozo  y miraba con tristeza a la gente que pasaba sin detenerse a comprarle. Sin muchas esperanzas, Eduardo le preguntó el precio de sus roscas. “Están a 50 pesos. Llévela marchante, seguro le va a gustar”.

No muy convencido, bastante desengañado de las posibles ofertas, pidió verlas. La humilde señora sacó una rosca no muy grande envuelta en papel de estraza. La rosca no se veía nada espectacular, ni frutas cristalizadas ni adornos, pero tampoco tenía tan mala cara. Eduardo sacó el arrugado billete de 50 pesos y se lo entregó a la mestiza. A la mujer le brillaron los ojos a ver que al fin había logrado vender una de sus roscas. Metió la magra rosca en una bolsa de plástico transparente, con trazas de ser de medio uso, y se la entregó con una hermosa sonrisa. Eduardo la agarró y antes de darse la media vuelta para marcharse, en tanto la señora metía el billete dentro de su pañuelo bordado, le hizo la consabida pregunta: “¿Tiene muñecos?”

La sonrisa se congeló en el rostro de la mestiza y se hizo un breve pero incómodo silencio entre ambos. En eso otra persona se acercó a ver la mercancía atraída por la venta que se había realizado. Porque han de saber que un producto vendido es como la sangre derramada en el mar que atrae a cientos de tiburones-futuros compradores. Eduardo lo meditó un segundo y, antes de recibir respuesta, sonrió y se marchó ¿Cuánto más podía pedir por 50 pesos?

Esa noche sus tres hijos pasaron a visitarlo. Todos ellos bien vestidos y sonrientes. Una acababa de llegar de Europa. Había ido a Suiza a pasar las fiestas con la familia de su novio. Otro regresaba de Sudamérica. Había ido a Maracaibo a pasar el fin de año con su tía y sus primos, a quienes adoraba. Y la más pequeña se había ido por seis meses a Nueva Guinea a completar un curso de gastronomía en una prestigiosa escuela de Chefs.

Los miró lleno de ternura recordando sus vidas cuando eran niños y no se despegaban de él por ningún motivo. Cuántas fiestas habían pasado juntos, cuantas roscas habían partido cuando eran poco diestros en el manejo del cuchillo para cortarlas. Y qué decir de los pleitos que se armaban por los muñequitos y por el tamaño de los pedazos. Pero todo eso había quedado atrás y ya sólo quedaban recuerdos en su cabeza llena de canas, de soledades y de fracasos. Sólo eso quedaba y la magra Rosca de Reyes que le había vendido la mestiza.

Bueno, vamos a cortarla”-dijo la más grande ante la cara de desconcierto de sus hermanos que no sabían qué hacer ante el poco atractivo espectáculo de la raquítica y deslucida rosca.
La más pequeña de edad, que de tamaño no tenía nada de chica, tomó el cuchillo y cortó un pedazo, duro y seco como un hueso. Hubo risas de parte de todos y los demás fueron cortando con bastante trabajo el pan. Ya que todos tuvieron su pedazo, se procedió a la ceremonia de remojarlo en el chocolate batido que había llevado la mayor. Lo había traído de Suiza y se veía a leguas que era muy caro y de exquisita elaboración.

Eduardo sintió diferente ese bocado. Había comido decenas de roscas durante su vida y esta no sabía igual. Su sabor prevalecía sobre el exquisito sabor del chocolate caliente. Era un sabor diferente, extraño, casi se podría decir que exótico. “¿Dónde compraste esta Rosca papá?” –le preguntó su adoraba hija artista gastronómica- “Tiene un sabor único”. “Es verdad”-secundó el maracucho adoptivo que adoraba curar animales exóticos y se pasaba más tiempo en Venezuela que en parte alguna del mundo-“Me recuerda en algo al sabor de las arepas que hacen en Machiques”. “Yo diría más bien” –intervino la mayor que había viajado por medio mundo gracias a su trabajo como cineasta- “Que se parece al sabor del pan que elaboran al norte del Líbano”.

Eduardo se les quedó mirando asombrado. A sus tres hijos el sabor del pan les traían sensaciones diferentes, pero a él también. Buscó entre sus recuerdos el excepcional sabor en tanto sus hijos seguían tratando de adivinar de qué material estaba elaborada la rosca. “Esto no es trigo ni mucho menos maíz” –sentenció la menor. “Ni cebada” –completó el mediano. “¿Sera yuca?” –adivinó la mayor pero los otros dos movieron negativamente la cabeza. Eduardo seguía tratando de recordar ¿dónde había experimentado antes ese sabor tan peculiar?

En tanto dilucidaban si eran peras o manzanas, los tres hijos y su padre devoraron la rosca y saborearon el exquisito chocolate suizo. Posteriormente se pusieron a conversar y nadie recordó que la rosca no tenía muñeco alguno. Estaba más interesante la plática en que cada uno contó sus peripecias, las cosas bonitas y nuevas que habían experimentado en su vida. La mayor habló de nieve, montañas, un futuro proyecto cinematográfico, nuevos amigos y planes de boda. El mediano habló un poco de sus excursiones a las montañas de Trujillo, cerca de las cuales su tía tenía un chaletito de invierno, los animales que encontró y la aventura de curar a un caballo mordido por una rara especie de serpiente. Las anécdotas con sus primos, fóbicos a los animales, alegraron el corazón de Eduardo. Y por último, la menor relató sus descubrimientos culinarios y el montón de amigos que había hecho, lo cual le había abiertos nuevas puertas para viajar próximamente a Japón a impartir un curso de cocina latinoamericana y tomar, a su vez, otro de cocina oriental.

En tanto ellos hablaban, Eduardo se sintió feliz de tenerlos, aunque sea, unos momentos con él. Luego, uno a uno, se despidieron  y, con un fuerte abrazo, dijeron adiós. Una sensación de paz se apoderó de Eduardo cuando les hizo la mano al verlos irse. Cerró la puerta y se sentó. Quedaba el xix del whisky pero decidió no tomarlo. Quería paladear la dicha de haber estado con sus hijos y haber disfrutado una Rosca de Reyes sui géneris. Porque, ultimadamente, el pan se corta con las personas que uno ama, la familia y los amigos ¿no?

Se acostó en su hamaca, la cual no abandonaba pese al frío que había, y se fue meciendo lentamente. Siempre había sentido que la hamaca era una especie de nube que permitía a los humanos experimentar delicias que sólo los ángeles conocen. “Ese sabor” – se torturaba una y otra vez- “¿dónde lo he sentido antes?”. Con esa tortuosa duda, y mecido por el suave vaivén de su hamaca, se durmió.

Flotaba sobre la selva en tanto veía a los pájaros volar por debajo de su horizonte visual. Por un momento olvidó que soñaba y disfrutó como propia esa deliciosa sensación de no tener peso y estar siendo mecido por el viento. La selva se veía espectacular. De pronto, un agujero se abrió bajo sus pies y un enorme hoyo le mostró la exuberancia de un fabuloso cenote, un pozo natural que se abría al derrumbarse el suelo calcáreo y pedregoso de la península de Yucatán, último hogar de los mayas cuando los españoles invadieron el Nuevo Mundo.

El cenote era verdaderamente impresionante. Altos y enormes árboles echaban sus raíces, como si fueran cordeles de pesca, dentro de su enorme ojo de agua. Los animales y los pájaros acudían a saciar su sed en él. Recordó los numerosos cenotes que visitó cuando sus hijos aún eran niños y vivía su madre con ellos. No obstante, ese cenote no se parecía a ninguno que hubiera conocido antes. En un instante bajó de los cielos y se vio caminando en la espesura de la selva muy cerca del cenote. Distinguió varios venados que no se inmutaron con su presencia, así como un enorme jaguar que lo miró divertido desde la frondosa rama de un árbol, bastante cerca de su futuro almuerzo herbívoro.

Escuchó los angustiosos aullidos de los monos y viró a ver. Se veían colonias de monos colgados de las impenetrables ramas de monumentales árboles. Parecían extraños frutos negros que se movían de rama en rama, columpiándose con sus elásticas colas. Una parvada de loros voló encima del cenote haciendo un ruido espectacular. Por un momento sintió que miraba el paisaje desde los ojos del jaguar. Luego se vio como venado observando el entorno. Su corazón comenzó a latir rápidamente ¿acaso presentía que sería devorado por un depredador? Se columpió juguetonamente, gracias a su cola, por entre los árboles.

Sin poderlo evitar, llegó a un frondoso árbol. El viento movía su follaje una y otra vez. Él se sintió a gusto. El aroma que lo rodeaba era exquisito. Buscó con sus ágiles dedos y encontró sus frutitos, redondos, verde amarillentos. Los comió lentamente sujetado fuertemente de una rama con su cola. Degustó uno, dos, tres… mordió una hoja, masticándola suavemente. Que delicioso estaba aquello. Ese sabor tan especial, tan particular…

La risa de unos niños hizo que mirara hacia abajo. Ahí, debajo de las ramas, estaban tres niños sonrientes. Conocía a esos chicuelos, en especial al varoncito que lo miraba divertido. La niña mayor le tomaba fotografías con su cámara y la más pequeña lo observaba fascinada.  Que simpáticos niños, alegres, sonrientes, disfrutando la dicha de estar en la selva, rodeados de árboles, de animales, junto a la boca del cenote y debajo del árbol de ramón…

“¿Debajo del árbol de ramón?” - se preguntó así mismo en su sueño. “Si, es cierto” –repitió asombrado- “Es un árbol de ramón”. Despertó abruptamente y se pasó a caer de la hamaca porque se levantó como disparado por un resorte. “¡Es ramón!” -gritó a la soledad de su casa- “Comimos una rosca de ramón”. Y estalló en carcajadas en tanto buscaba la botella de whisky para apurar el resto del líquido, el xix, para celebrar haberse acordado del exótico sabor.


SEGUNDA POSIBLE ENTREGA

Si más de cuatro lectores del blog manifiestan su interés, se escribirá una continuación de este cuento