Ojo enamorado

Ojo enamorado
En tu mirada

miércoles, 29 de abril de 2015

TEXTEANDO 8

ADICTO
Por Eduardo Ruz Hernández

Sus hijos lo incentivaron para que se lo comprara. Él no quería. Le gustaba más el antiguo, “la piedra”, como le decían despectivamente los niños. Ya llevaba más de 7 años con él y no quería dejarlo. Le servía para lo esencial y sabía perfectamente cuál era su funcionamiento.
Pero no hay dicha que dure. Un buen día se descompuso y no hubo poder humano que lo arreglara. El técnico le hizo ver que invertir en esa antigualla era tirar el dinero.
-“Le saldría más barato comprarse uno nuevo”-sentenció con aires del verdadero conocedor que en sí era.
Así que no le quedó más remedio que hacerlo. Al principio se le hizo un lío. No sabía que botón apretar y se le confundían las funciones. Pero poco a poco, asesorado por sus hijos, fue agarrándole gusto al chunche. Tanto, que no puede pasar quince minutos sin recurrir a él.
Ahora sus propios hijos le dicen que debe dejarlo. Que no está bien lo que hace. Que lo suyo ya es una enfermedad. Pero él no les hace caso. Amorosamente saca su Smartphone y revisa sus correos, sus mensajes de WhatsApp, sus páginas favoritas de noticias, sus juegos de ingenio, Facebook, Twitter, Instagram… y, para colmo, el teléfono tiene una cámara de 53 megapíxeles que deja chica a la de su tío el fotógrafo.

-“No sé cómo tardé tanto en adquirir esta maravilla”-dice extasiado en tanto mueve con destreza sus dedos por la pantalla y abre y cierra aplicaciones, olvidando su entorno,  familia, amigos, vida…

TEXTEANDO 7

CALOR
Por Eduardo Ruz Hernández

La temperatura era en verdad terrible. Habría unos 43 o 44 grados Celsius. Sentía que la vida se le escapaba por los poros y que el calor lo abofeteaba al moverse.
-El sol está que muerde –dijo sin dirigirse a nadie en particular.
Ni una nube, ni un poco de brisa. Se movían despacio sufriendo la desdicha de tener que caminar en descampado. Nadie hablaba. Había que cuidar el aliento.
Un pájaro cruzó el horizonte. Batía las alas con desesperación. A medio vuelo, como si le hubiera alcanzado una flecha, detuvo su aleteo y cayó como piedra. El ruido al estrellarse contra la tierra fue seco. Todos lo voltearon a ver. Había que seguir caminando o ellos seguirían.
Maldijo no haber traído sombrero. ¿Quién demonios había hecho pasar de moda el usarlo? El ser calvo lo perjudicaba más que a los que tenían pelo. Notó que bajaban el ritmo. Pesaban los pies y arreciaba la sensación térmica. Se estaban ahogando en su propio sudor.
Alguien cayó al suelo. Nadie hizo nada por ayudarlo. Algunos comenzaron a quedarse parados como postes. Ya no podían seguir más. Él cerró los ojos y siguió avanzando. Cada vez más sólo, cada vez más lento.
Cuando se dio cuenta estaba en el suelo. No escuchó ruido alguno ni sintió el golpe. El sol lo abrasaba, le carcomía la piel al caer a plomo. Ni una nube, ni un árbol, ni un solo ser vivo. El sol había ganado. Nadie podía resistírsele.

Abrió los ojos y se sintió flotar. El sudor y la noche lo envolvían. Emitió un gemido. Alguien se movió en otra nube. La voz de reproche de su esposa le devolvió a la realidad:
-Si hubieras comprado un aire acondicionado, no tendrías pesadillas ni estaríamos padeciendo. Ya ni dormir en hamaca ayuda.

Él no respondió, ¿para qué?, simplemente sacó el pie y pateó la pared para mecerse en tanto el ventilador vomitaba aire caliente... 

martes, 28 de abril de 2015

TEXTEANDO 6

MOLESTIA
Por Eduardo Ruz Hernández

A aquel hombre le molestaba sobremanera tener que repetir las cosas tres veces. Sus empleados lo sabían y se cuidaban de no cometer dicho error o su cólera era proverbial.
Un buen día se enamoró perdidamente de una bella mujer con la que se casó. Meses después la mujer le dio un hijo y, al poco tiempo, murió sin pedirle permiso.
Han pasado los años y sus viejos empleados se ríen, disimuladamente, cuando lo escuchan repetirle una y otra vez, más de diez veces, las cosas a su hijo.

Por los hijos, tendrás que amar lo que tanto odiaste. Díganmelo a mí.

TEXTEANDO 5

BASURA
                                                                                            Por Eduardo Ruz Hernández

Decidió hacer caso del consejo que le dio aquel viejo maestro: “Cuando no tengas inspiración, inscríbete a un Taller de Narrativa y quédate con las ideas que tus compañeros desechen
Eso hizo, y por eso su seudónimo literario es “Recogedor de basura”.

TEXTEANDO 4

IDENTIFICACIÓN 
Por Eduardo Ruz Hernández

Siempre estuve detrás de ella, como perrito faldero. Todo el mundo lo sabía. Era como su eterna sombra pero nada más que eso. Intenté una y otra vez ganarme su corazón ubicado junto a su bien dotado pecho, pero fue cosa inútil. Eso sí, era su inseparable amigo del alma. Nada más.
Por años me resigné a ese desdichado papel con tal de disfrutar la dicha de su bella compañía, pero las migajas que recogí terminaron por ser más amargas de lo que pude imaginar. Y es que Shantal era una mujer exuberantemente bella. Su cuerpo era un monumento y verla hacía a cualquier hombre suspirar.
No era una mala persona. No se podría decir que era un cuerpo vacío o que tuviera relleno de paja el cerebro. Nada de eso. Era muy inteligente, noble y una gran amiga. Supongo que siempre supo que yo moría por ella, pero creo que quería más mi corazón que mi endeble cuerpo. Lo que fuera, el resultado fue muy agrio.
Como estuve eternamente enamorado de ella, siempre fui alguien en quien ella confiaba y en quien recurría. Nadie como yo para acompañarla de compras o al cine. Sabía que podía confiar en mí. De hecho, llegó a abusar de mi cordura al llevarme de compañero para comprar su ropa interior en una exclusiva boutique de ropa sexy.
Una noche recibí una llamada. Antes debo decir que todas las noches esperaba una llamada de ella. En mi febril deseo, esperaba que me llamara para ir a su lado… bueno, a algo más íntimo de ir al supermercado a comprar tomates. Tal vez algo como cambiar las sábanas de su cama y probar con ella su textura. Pero bueno, la llamada que llegó no era de ella, pero si con referencia a ella. Una cansada voz me preguntó mi nombre y, al recibir respuesta afirmativa, interrogó si conocía a mi deseada amiga.
Por ella haría todo, así que no la negué. La voz me dio una imperiosa orden: tenía que presentarme al Hospital Tal-cuál con el Teniente Perengano, de la policía de la ciudad. Asombrado, asustado y desconcertado, me vestí y acudí presuroso. El hombre me esperaba. No tenía el aspecto que ponen de los policías en las series de televisión: ni estaba mal vestido, ni fumaba, ni tenía sombrero, ni nada por el estilo. Era un hombre de alrededor de 40 años, vestido con una traje verde obscuro y con cara de extremo cansancio.
Sin mediar palabra me pidió que lo acompañara. El viaje se me hizo extraño porque en lugar de ir a los pisos superiores, donde están las distintas áreas de enfermos, bajamos hasta el sótano del edificio. Una extraña sensación comenzó a carcomerme el corazón. La incertidumbre de nuestro destino se acrecentó ante la horrorizada certeza que nos dirigíamos a un lugar poco grato: la morgue.
El encargado nos recibió indiferente. Era más que obvio que había realizado ese trámite por cientos de veces, y a las indicaciones del policía abrió uno de los cajones metálicos del archivo de cadáveres.
-“¿Es la señorita Shantal Perezequis?”-preguntó sin mayores emociones en la voz.
Me quedé pasmado. Delante de mí, sin mayores pudores, estaba el cuerpo desnudo de quien, en vida, había sido mi amiga Shantal. El cuerpo rígido, la cara lívida, sin color, calor ni vida. Era algo verdaderamente impactante. Ella, tan plena, tan hermosa, se veía como lo que ahora era: un pedazo duro de carne sin vida. No lo pude soportar, me desmayé.
El teléfono me despertó. Me moví torpemente en mi cama. Miré atontado la hora: eran las cinco de la mañana. Descolgué sin saber muy bien que sucedía y escuché la voz de Shantal que me llamaba. No entendí lo que dijo. Ella sólo escuchó mis gritos. Colgué. Cerré los ojos y cuando los abrí el Teniente Zutano me daba a oler un algodón con una sustancia muy fuerte. Lo aparté de un manotazo y me incorporé más rápido de lo que debía. Todo me daba vueltas. El policía movió la cabeza y terminó de llenar el reporte. Lacónicamente me dijo: -“Ya se puede ir” –y me fui.
Que Shantal no me hubiera hecho caso como hombre nunca, lo acepto, pero que después de muerta me hubiera perjudicado la vida es algo que jamás le perdonaré. Desde ese día mi sexualidad murió completamente. No me es posible ver a una mujer desnuda sin recordar su exuberante cuerpo hecho cadáver en la morgue del Hospital. Toda belleza se convierte en nada al morir. El cuerpo, como casa vacía, pierde todo su encanto tan pronto el corazón deja de bombear sangre.

¡Oh Dios! Por culpa de ella tuve que abandonar la ciudad e irme a vivir muy lejos, cambiar de vida, de trabajo, de aspecto... y todo porque no quiso entender que, antes de ser su amigo, era un hombre con necesidades. Si al menos me hubiera dicho que Si aunque fuese una sola vez, no hubiera terminado en aquel cajón frío del depósito de cadáveres, ni yo hubiera tenido que ir a identificar su cuerpo. Todo por identificarla. No fue suficiente el matarla, tuve también que identificarla. Maldita mujer, hasta en eso me fastidiaste.

viernes, 24 de abril de 2015

TEXTEANDO 3

VENDIENDO
Por Eduardo Ruz Hernández

Vino a verle con la profunda convicción de venderle algo. Sin embargo, de entrada, cometió un tremendo error: dio un precio tan inflado que al mencionarlo se desinfló. Quiso venderle zanahorias a un conejo que llevaba treinta y tres años comerciándolas.
Bueno, pero mejor que comerciar con zanahorias, es hacerlo con carne de conejo. Con eso no contaba el conejo, que, por cierto, estaba muy sabroso.



miércoles, 22 de abril de 2015

TEXTEANDO 2

¿AMOR?
Por Eduardo Ruz Hernández

Apagué la luz de la habitación, la desnudé despacio, con ternura; luego me quité la ropa. La abracé. Aquella noche de lluvia tibia no sentimos el frío. En la oscuridad, exploramos nuestros cuerpos sin palabras

La abrace con todas mis fuerzas, pero a ella no pareció importare. Mis lágrimas rodaron copiosamente y a ella no pareció importarle. Mis sollozos llenaron la habitación, pero a ella no pareció importarle. Era totalmente inútil conmoverla.
Decepcionado, dejé su esqueleto sobre la cama y me fui.


Murakami, Haruki. Tokio blues: norwegian Wood. 3a ed. México: Tusquets, 2011. P. 59

martes, 21 de abril de 2015

TEXTEANDO 1

ODIO
Por Eduardo Ruz Hernández

“Eso es porque nadie nace con odio. Y cuando morimos, el alma se libera de él” [*]

Ya estaba harta de vivir con ese dolor, así que fue a ver a un médico y le dijo: “Doctor, sáqueme el odio que tengo clavado en el corazón


[*] Albom, Mitch. Las cinco personas que encontrarás en el cielo. Madrid: Maeva; México: Océano, 2004. P. 182

lunes, 20 de abril de 2015

DENUNCIA



 NI UN PESO A DANTE
Por Eduardo Ruz Hernández

Murakami tiene la culpa de que ya no quiera nada con Dante. Nadie más que él. Comencé a leer sus libros y me obsesioné. Su narrativa me cautivó, no tanto por la descripción musical que hace en sus libros, ni por los lugares y alimentos que sus personajes visitan e ingieren, sino por los gatos, eso adorables felinos omnipresentes en todos sus escritos.

Así que cuando salió a la luz su último libro, Hombres sin mujeres, enseguida quise cómpralo. Pero había un pequeño inconveniente: no tenía dinero para mis gustos, únicamente para mantener a mi familia. Esperé mejores tiempos pero, cada vez que entraba a una tienda donde vendieran libros, revisaba cuidadosamente si tenían el de Murakami.

Ya sabía su precio: $229 pesos. Lo vi en Gandhi, lo confirmé en Sanborns, pero no fue sino hasta que visité a Dante, en que al fin me animé a comprarlo. Pagué con un billete verde de doscientos pesos, un billete azul de veinte pesos y una moneda amarilla de diez. Me entregaron el libro en una bolsa y la nota de venta. Me quedé parado esperando el cambio: un triste peso. Como la dependiente no hizo ademán de hacerme caso ni de dármelo, le indiqué que el libro costaba $229 pesos.

Entonces ella, para mi sorpresa, me dijo que viera bien, que el libro costaba $229.90. No me lo creía. Me resultó indignante que Dante le atribuyera noventa centavos más al precio. Y, lo peor, la mujer no hizo el menor intento, pese a ver mi reclamación, de darme los diez centavos del vuelto. Esa adorable monedita plateada que, para mí, vale mucho más que un peso porque las atesoro en sendos cochinos de barro en mi cuarto.

No quise seguir alegando nada, es propio de gente sin educación hacerlo, pero me fui sumamente indignado por los noventa centavos que me robó Dante, y los diez centavos que me robó doblemente la encargada.

Tal vez usted no lo sepa, pero los precios de los libros en México, por Ley, deben ser iguales en todas partes… menos en Dante.

Lo siento Dante, sé que esto a ti no te importa, pero no vuelvo jamás a comprar un libro contigo. Acabas de perder a un usuario. Todo por noventa centavos y una brillante moneda color plata de diez centavos. Los robos no se dan solos, van siempre acompañados. No me lo dijo Murakami, lo aprendí con Dante.

viernes, 17 de abril de 2015

TEXTEANDO 0

Jueves 16 de abril de 2015.
ODRADEK

Por Eduardo Ruz Hernández

Siempre he odiado este texto, no porque lo haya escrito Borges haciéndose pasar por Kafka, o Kafka intuyendo a Borges, sino porque toda mi vida me he encontrado al Odradek en los momentos más ingratos de mi historia.

Estaba junto al ataúd de mi hermanita, sonriendo porque no le pude sacar la huaya de la garganta; cuando se accidentó mi abuela, aquella piedra que le rajó el cráneo, me pareció verlo bailar de júbilo; pero el colmo fue cuando un autobús me golpeó y me desprendió el brazo izquierdo: su actitud fue de gozo y franco triunfalismo.

Por eso me juré nunca volver a leer ese texto, pero hoy nuevamente lo he hecho y me he dado cuenta de que ni mi hermana está muerta, ni mi abuela se rajó la cabeza y yo tengo completo mi brazo izquierdo.

Bueno, que más, tendré que aceptar que no debo verme en el espejo, porque acabaré por darme cuenta de que yo soy el Odradek, y Kafka y Borges, y todo ser humano que agarre una pluma…


Nota: El Odradek es un relato de Franz Kafka que está incluido en: "El libro de los seres imaginarios" del escritor argentino  Jorge Luis Borges.