Ojo enamorado

Ojo enamorado
En tu mirada

viernes, 6 de enero de 2017

Regalo de Reyes 2017

NOSTALGIA ENROSCADA

Por Eduardo Ruz Hernández

El año comienza mal, cruelmente solitario. La muerte de su esposa llega en mal momento, cuando sus hijos han emigrado a otros países en busca de mejores horizontes. Lo que se suponía sería una vejez de ensueño al lado de la mujer adorada, se ha convertido en una tortura de soledad ante la ausencia infinita e incomprensible de su amada.
La rutina es una cruel ama que hace que repita, una y otra vez, los cansados pasos cotidianos que le hacen sobrevivir. Levantarse, asearse, hacer el café, desayunar, salir a pasear al perro, darle comida al gato, ir al mercado, mal cocinar algo para comer, leer el periódico, que parece una réplica de cualquier día de cualquier año anterior, ir por la correspondencia al apartado postal, llevar la ropa a la lavandería los miércoles, recogerla los jueves, ir al servicio religioso los domingos… Todo es una repetición mecánica de cotidianeidades que únicamente varía un poco los fines de semana en que camina como perro sin dueño por el Parque Anzures.
Lo peor de todo es la nostalgia, esa quemante sensación de haber vivido algo maravilloso que ya no existe y que recuerda en cada paso al rememorar los lugares visitados, los paseos, las conversaciones, los abrazos, la inefable dicha de estar juntos. Pero la vida sigue, siempre lo hace, y el sol sale nuevamente todos los días aunque uno no desee verlo. No queda más que vivir o, más bien, mal vivir.
La Navidad y las fiestas de fin de año son mortales para su ánimo. Por más que sus hijos insistieron en que viajara para reunirse con ellos, pretexta un malestar que no existe pero que muy pronto se le vendrá encima. No quiere irse. Tal vez siente un gozo avieso en atormentarse regodeándose en sus recuerdos. O simplemente, ante la perversa adversidad, se ha rendido y está esperando que la muerte venga también por él. Como fuese, la soledad ha sido su única compañera en aquellas “alegres” fechas.
Ahora, que inicia el año, acude al supermercado a surtir su de por sí vacía despensa. Es un lugar cercano a su casa donde siempre ha ido con su esposa. Los empleados lo conocen y es saludado con deferencia y sincero afecto. Al terminar de pagar, la cajera de da un boleto para participar en la rifa de inicio de año de la tienda. El boleto es una nueva puñalada al corazón de sus nostalgias, porque por años su esposa participó en aquella tradicional rifa sin jamás sacarse nada. No obstante, siguiendo la rutina, deposita el boleto en la urna luego de ponerle sus datos. Se ensaña consigo mismo obligándose a reproducir todas aquellas vivencias que ha compartido con ella.
El cinco de enero golpean a su puerta. Abre con la convicción de que pueda ser una nueva fatalidad, pero no lo es. Goyito, el joven que trabaja como “cerillo” en el supermercado, ha ido a llevarle el regalo que sacó en la rifa: una enorme Rosca de Reyes. No lo puede creer. Ahora que más sólo está, tiene una enorme Rosca de Reyes para compartir con nadie. Luego de gratificar al muchacho, se sienta a contemplar aquel delicioso pan. Por años ha disfrutado la tradición de cortarla en familia. Recuerda las expectativas de sus hijos al tomar el cuchillo y los hermosos ojos de su mujer, chispeantes de picardía, cuando evitaba sacarse el muñeco. Risas, gritos, comentarios y bromas. ¿Y qué queda de todo eso? Silencio y soledad.
Pasa largas horas mirando la Rosca sin saber qué hacer. Tal vez sería lo mejor regalársela a algún albergue de ancianos, de niños huérfanos, o de menesterosos. Lo piensa pero no se decide. La Rosca es tan grande y a la vez se ve tan rica, que si la regala no podrá siquiera probarla. Además, es la primera vez en su vida que se saca un Rosca en una rifa. Debe disfrutarla, saborearla, recrear con ella aquellos viejos tiempos que se han marchado.
Una idea se abre paso entre su nebulosa nostalgia. Va al cuarto y revisa el tocador de su mujer. Ahí está el teléfono celular de ella, regalo de sus hijos. Aunque han pasado siete meses, el aparato no deja de ser un chunche tecnológico de última moda. Busca el cargador y lo conecta para recargarlo. Después se prepara un café y, en tanto se quema la lengua al tomarlo hirviendo, va anotando lo que hará tan pronto el artilugio esté completamente restablecido.

Viernes 6 de enero. La noche cae lentamente sobre la ciudad. Revisa que todo esté listo. El chocolate caliente sobre la estufa, los platos y las tazas limpias bordean la mesa y la Rosca ocupa el lugar de honor en la misma, como si fuese un pavo hecho de pan y hoy fuera Nochebuena. Mira su reloj sin prisa. Se ha puesto sus mejores galas y cuando los invitados van llegando, no pueden dejar de admirar su porte. Ahí está su cuñada, cuyas invitaciones siempre ha despreciado desde la muerte de su esposa. Sus tres hijas la acompañan contentas de volver a ver al “Tío Letras”, como cariñosamente le dicen. También acude su hermano, al que hace muchos años no habla por aquel malentendido de la casa del abuelo. Su primo, el mujeriego, también acude con su nueva conquistas, una pelirroja piernilarga de hermosos senos. Tampoco podrían faltar las amigas de su esposa, las cuales concurren en tropel emocionadas de que no las haya olvidado. Por último, también está Goyito presente, ese buen chico que siempre se portó tan amable con su mujer y está tan pendiente de sus compras y de sus caras.
Nuevamente la casa se llena de ruidos y no puede evitar esbozar una sonrisa al sentir que algo de lo perdido ha vuelto. Conversa con todos y los saluda atentamente uno por uno, agradeciéndoles su asistencia. Es un día especial, la primera Rosca de Reyes sin ella. Entre risas y recuerdos alegres, uno a uno van cortando el sabroso pan. Los muñequitos se ponen sus moños y se niegan obstinadamente a salir. Han cortado más de la mitad y nada. Deciden hacer una segunda vuelta y es cuando sale el primero. La pelirroja es quien lo saca, ante los aplausos de los asistentes. El segundo casi le rompe un diente a la mejor amiga de su esposa, una flaquita muy guapa de ojos claros y sonrisa escurridiza. Pero el tercer muñequito, al que su hermano ha bautizado como “Houdini”, no aparece por ninguna parte.
No queda ni un pedazo de pan y al susodicho no le da la gana de salir. Las bromas no se hacen esperar: tal vez eran sólo dos, tal vez alguien se lo tragó para no dar los tamales el dos de febrero, tal vez se ha ido corriendo al ver la caterva de invitados… La risa brota con facilidad, como agua de una fuente, de la garganta de todos. Ha sido una velada maravillosa y las personas se van dándole las gracias por haber sido invitados. La flaquita se queda para ayudar a lavar los platos, aunque él insiste en que no lo haga. Es notorio que siente un sincero afecto por él, o tal vez algo más. Prefiere no investigarlo. La despide con una sonrisa y, al cerrar la puerta, las lágrimas invaden su rostro como guerreros furiosos de una blitzkrieg amorosa.
Se derrumba en una silla a contemplar la caja vacía de la enorme Rosca. ¿Qué queda después de partir el pan? ¿Qué nos deja de migajas la vida luego de pasar por ella? Levanta la caja para llevarla a la basura y escucha extrañado un ruido inusual. Algo se desliza por el cartón. Mira con detenimiento y encuentra, entre los pliegues de la caja, al muñeco faltante. No venía dentro de la Rosca, sino afuera. Vaya novedad. ¿A quién demonios se le habrá ocurrido semejante torpeza? Lo mira con detenimiento y descubre, asombrado, que las facciones de su cara son muy parecidas a las suyas. Le parece estúpido su razonamiento, todos los muñecos tienen las mismas facciones de fábrica, pero mira una y otra vez el parecido asombroso. No cabe duda: es él.
Se guarda el muñeco en la bolsa y se encamina a tirar la caja. Cierra la puerta del patio luego de meter al gato que lo espera, impávido, en el jardín junto a la puerta. Lo acaricia en tanto el taimado animal le da una vuelta con la cola enhiesta. Desde que ella se fue, el gato no ha vuelto a maullar, como si en su silencio conllevara un profundo duelo. El perro mueve la cola y pide entrar. La noche es fría, pero duda un momento antes de hacerlo. Recuerda que su mujer amaba al animal pero invariablemente era motivo de discusión si debía dormir en el jardín o dentro de la casa. Siempre le molestaron sus ladridos en la madrugada, cuando algo pasaba por la calle. Sin embargo, no recuerda oírlo ladrar últimamente. Los ojitos tristes del fiel animal denotan un silencio profundo. Al fin le permite el paso. Eso habría hecho ella.
Una vez con todos los habitantes adentro, apaga las luces y se encamina a su cuarto, “territorio libre de mascotas”, como le decía a ella medio en serio, medio en broma. Se cambia de ropa, se lava la cara y los dientes, y se encamina taciturno a la cama. Ya se ha acomodado para leer cuando recuerda el muñeco y regresa a buscarlo en su ropa. Nuevamente acostado, con la luz de lectura encendida, lo mira una y otra vez tratando de encontrar un designio oculto en su extraña presencia. Posteriormente, derrotado, apaga la luz y cierra los ojos.
Como banco de niebla ante la fuerza del sol, la nostalgia se va completamente, lo abandona, se pierde entre los vericuetos de sus sueños. El muñequito, ¿Gaspar, Melchor,  Baltazar o Jesús?, sigue a su lado. Lo acompaña, aconsejándolo y proporcionándole una ayuda invaluable. Ahí se quedará para el resto de su vida, sin dejarlo sólo nunca más. Se da vuelta en la cama, duerme profundamente, en tanto el gato y el perro, a sus pies, velan su abismal sueño. Al fin la soledad ha muerto.