Ojo enamorado

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En tu mirada

viernes, 25 de septiembre de 2026

REGALO DE REYES 2026

 REYES SIN ROSCA

Por Ernesto de la Fuente

El sonido repetitivo de la máquina se ha convertido en un sonsonete que adormece. Cada 10 segundos emite un ruido intraducible. A veces es agudo, a veces grave y a veces es un simple gritito metálico, como si los componentes electrónicos se quejaran de tener que monitorear a un yaciente humano “descompuesto”.

La rutina de la sala es variable, pero segura. Las horas sagradas son cuando las enfermeras se “esconden” para comer algo. Se supone que tienen horario establecido para saciar el hambre, pero ahí resulta ser un tiempo muy largo, por lo que engañan su estómago con botanitas: papitas, galletas, cacahuates o cualquier cosa comestible de rápida ingesta. Ni que decir que la bebida predilecta es el agua negra industrializada con letra estilizada. Eso nunca puede faltar, aunque sepan que los lleva a los brazos de la diabetes. Que importa, al menos las ayuda a resistir sus largas y cansadas jornadas.

Él las observa sin juzgarlas. Ha perdido el ánimo de los primeros días en que intentaba hacerse notar e interactuar con ellas. No las llamas, no les sonríe, y evita mirarlas a los ojos. Ha pasado casi todo diciembre metido en esa cama que cada vez se parece más a su lecho de muerte. No le ve sentido seguir peleando una batalla perdida. Su cuerpo no da para más y él lo entiende. No quiere sentir las miradas llenas de conmiseración de quienes están sanos y se desplazan ufanos por todas partes. Ha llegado el momento de partir.

No obstante, ese día parece que sucede algo diferente. Ve a las enfermeras correr jubilosas de un lado a otro. Están adecentando a los enfermos, casi maquillándolos para que se vean hermosos. Hasta a él le ha tocado. Varios doctores cruzan las salas revisando las historias clínicas, tratando de componer por un rato la salud de los perdidos. ¿Qué estará sucediendo?

A media mañana descubre, sin sentir curiosidad ni darle mayor importancia, que un grupo numeroso de señoras está entrando a la sala. Lucen muy bien vestidas y emperifolladas, como si fueran a un desayuno de gala. Arrastran una mesa con ruedas al centro del pabellón. Cuchichean sin aspavientos y están expectantes. Como le han acomodado bien la almohada, puede verlas. Para su sorpresa, distingue que en el centro de la mesa hay un enorme pan. ¡Es una rosca!

Divaga. Lejanos recuerdos asaltan su mente trayéndole al momento pasados lejanos ya muertos. Vislumbra la rosca, la Rosca de Reyes. ¡Ah!, concluye, hoy es 6 de enero, día de los Santos Reyes. Una lágrima se le escurre por las mejillas. Es su cumpleaños. Por eso los recuerdos de las velas encima de la rosca, por eso las risas y felicitaciones que le llegan a la distancia, por eso siente la boca amarga y el alma triste. Ya nada de eso existe y no hay nadie que lo celebre ni lo recuerde. Ha muerto en vida.

El movimiento de gente le hace salir de sus nefastas divagaciones. Parece que está llegando un nuevo contingente que esperaban. Mira cruzar por la puerta a tres hombres vestidos como antiguos reyes: coronas doradas, barbas, ropaje amplio y de colores vivos, sonrisa cincelada en el rostro. Risas, aplausos, hasta se escuchan cascabeles...

Cama por cama, los falsos reyes van dejando su estela de fugaz felicidad y regalos. Se imagina lo que serán: jabón, pañales desechables, papel de baño y una pequeña toalla. ¿Qué más se le puede regalar a un desahuciado? El barullo se va acercando a su cama. Cierra los ojos y finge dormir, pero una voz estentórea lo sacude: ¡Vasallo!

Asustado abre los ojos para ver frente a sí a un Rey. No tiene corona ni viste ropaje de colores chillones, pero su rostro resplandece y denota ampliamente su realeza. Una sonrisa cruza su rostro y le agarra con firmeza el brazo. Sin dudarlo, lo levanta de la cama y, poniéndole el brazo detrás de la espalda, lo lleva con suavidad hasta la mesa donde está la sabrosa rosca.

Sus ojos lagriman ante tan bello pan. El Rey le pone en la mano un fino cuchillo y lo invita a cortarla. Él duda, pero la mirada del soberano lo lleva a actuar. Con el pulso tembloroso, corta un pedazo y, al separarlo, encuentra al Niño Dios dentro del pan. Por primera vez sonríe lleno de felicidad. Voltea a ver al Rey que también sonríe y, con infinita dulzura, lo abraza.

El sonido de la máquina se dispara y el personal corre a callar esa infernal molestia. En segundos, entre varias enfermeras desconectan la máquina y se paran frente a la cama para tapar el lamentable espectáculo. Una de ellas le dice en voz baja a la otra:

Que desafortunado que se venga a morir en este momento. Ya ni disfrutar la Rosca nos dejan...