REYES SIN ROSCA
Por Ernesto de la Fuente
El sonido repetitivo de la máquina
se ha convertido en un sonsonete que adormece. Cada 10 segundos emite un ruido
intraducible. A veces es agudo, a veces grave y a veces es un simple gritito
metálico, como si los componentes electrónicos se quejaran de tener que
monitorear a un yaciente humano “descompuesto”.
La rutina de la sala es variable,
pero segura. Las horas sagradas son cuando las enfermeras se “esconden” para
comer algo. Se supone que tienen horario establecido para saciar el hambre,
pero ahí resulta ser un tiempo muy largo, por lo que engañan su estómago con
botanitas: papitas, galletas, cacahuates o cualquier cosa comestible de rápida
ingesta. Ni que decir que la bebida predilecta es el agua negra industrializada
con letra estilizada. Eso nunca puede faltar, aunque sepan que los lleva a los
brazos de la diabetes. Que importa, al menos las ayuda a resistir sus largas y cansadas
jornadas.
Él las observa sin juzgarlas. Ha
perdido el ánimo de los primeros días en que intentaba hacerse notar e
interactuar con ellas. No las llamas, no les sonríe, y evita mirarlas a los
ojos. Ha pasado casi todo diciembre metido en esa cama que cada vez se parece
más a su lecho de muerte. No le ve sentido seguir peleando una batalla perdida.
Su cuerpo no da para más y él lo entiende. No quiere sentir las miradas llenas
de conmiseración de quienes están sanos y se desplazan ufanos por todas partes.
Ha llegado el momento de partir.
No obstante, ese día parece que
sucede algo diferente. Ve a las enfermeras correr jubilosas de un lado a otro.
Están adecentando a los enfermos, casi maquillándolos para que se vean
hermosos. Hasta a él le ha tocado. Varios doctores cruzan las salas revisando
las historias clínicas, tratando de componer por un rato la salud de los
perdidos. ¿Qué estará sucediendo?
A media mañana descubre, sin sentir
curiosidad ni darle mayor importancia, que un grupo numeroso de señoras está
entrando a la sala. Lucen muy bien vestidas y emperifolladas, como si fueran a
un desayuno de gala. Arrastran una mesa con ruedas al centro del pabellón.
Cuchichean sin aspavientos y están expectantes. Como le han acomodado bien la
almohada, puede verlas. Para su sorpresa, distingue que en el centro de la mesa
hay un enorme pan. ¡Es una rosca!
Divaga. Lejanos recuerdos asaltan su
mente trayéndole al momento pasados lejanos ya muertos. Vislumbra la rosca, la
Rosca de Reyes. ¡Ah!, concluye, hoy es 6 de enero, día de los Santos Reyes. Una
lágrima se le escurre por las mejillas. Es su cumpleaños. Por eso los recuerdos
de las velas encima de la rosca, por eso las risas y felicitaciones que le
llegan a la distancia, por eso siente la boca amarga y el alma triste. Ya nada
de eso existe y no hay nadie que lo celebre ni lo recuerde. Ha muerto en vida.
El movimiento de gente le hace salir
de sus nefastas divagaciones. Parece que está llegando un nuevo contingente que
esperaban. Mira cruzar por la puerta a tres hombres vestidos como antiguos
reyes: coronas doradas, barbas, ropaje amplio y de colores vivos, sonrisa
cincelada en el rostro. Risas, aplausos, hasta se escuchan cascabeles...
Cama por cama, los falsos reyes van
dejando su estela de fugaz felicidad y regalos. Se imagina lo que serán: jabón,
pañales desechables, papel de baño y una pequeña toalla. ¿Qué más se le puede
regalar a un desahuciado? El barullo se va acercando a su cama. Cierra los ojos
y finge dormir, pero una voz estentórea lo sacude: ¡Vasallo!
Asustado abre los ojos para ver
frente a sí a un Rey. No tiene corona ni viste ropaje de colores chillones,
pero su rostro resplandece y denota ampliamente su realeza. Una sonrisa cruza
su rostro y le agarra con firmeza el brazo. Sin dudarlo, lo levanta de la cama
y, poniéndole el brazo detrás de la espalda, lo lleva con suavidad hasta la
mesa donde está la sabrosa rosca.
Sus ojos lagriman ante tan bello
pan. El Rey le pone en la mano un fino cuchillo y lo invita a cortarla. Él
duda, pero la mirada del soberano lo lleva a actuar. Con el pulso tembloroso,
corta un pedazo y, al separarlo, encuentra al Niño Dios dentro del pan. Por
primera vez sonríe lleno de felicidad. Voltea a ver al Rey que también sonríe
y, con infinita dulzura, lo abraza.
El sonido de la máquina se dispara y
el personal corre a callar esa infernal molestia. En segundos, entre varias
enfermeras desconectan la máquina y se paran frente a la cama para tapar el
lamentable espectáculo. Una de ellas le dice en voz baja a la otra:
Que desafortunado
que se venga a morir en este momento. Ya ni disfrutar la Rosca nos dejan...