ISLA
Por Ernesto de la Fuente
La aventura no comienza bien. La idea es
cruzar a la isla y pasar el día ahí. Todo iba bien, a no ser por el accidente
que presencian y que los lleva a detenerse para ayudar. Un trascabo se sale de
la carretera que rodea la isla y el ingeniero que lo maneja sufre algunas
contusiones. Nada grave, pero el tiempo se les va y cuando llegan al poblado para
devolver el auto rentado los ferrys ya no están dando servicio. No tienen más
opción que quedarse a dormir en la isla.
Aquello no le cae en gracia a su esposa.
Sólo accedió a cruzar por complacerlo, ya que ella detesta la isla. Buenos
motivos tenía, porque en dicha paradisiaca isla su esposo ha disfrutado alegres
estancias con hermosas mujeres. La señora no disimula su disgusto ante la
perspectiva de quedarse durante la noche, además de que no han llevado su
equipaje y tendrán que permanecer con la misma ropa. El hombre, tratando de
compensar, propone comprar algún vestuario para estar a gusto durante la forzosa
estancia. Al día siguiente, en el primer ferry, saldrán a tierra firme. Ella
accede de mala gana.
Deciden ver los hoteles nuevos que están
junto al mar y cerca del poblado. En el primero, muy elegante, un empleado muy
bien uniformado les explica, con notable acento italiano, que la habitación cuesta:
“—Ottocentomila cinquecentotrentasette”. La cifra se les hace estratosférica,
por lo que agradecen la información y siguen caminando.
Otro hotel está en su camino, se ve muy
bien, lleno de palmeras, con bastantes turistas y una maravillosa arquitectura.
Al entrar sienten la mirada de los empleados y escuchan un ligero cuchicheo.
Los dos se miran y comprenden que no se ven muy bien; visten ropa de playa, y
están bastante bronceados y sudados por el esfuerzo de caminar en medio del tropical
calor.
Intenta que algún empleado les haga caso,
pero los ignoran con evasivas. Tal parece que no existen. Se sienten un par de
mendigos pidiendo limosna. No obstante, ante la cara de su esposa que denota
que le gusta el lugar, insiste hasta llegar con el gerente. El administrador lo
escucha sin interés y le dice tajantemente: “—No hay cuartos disponibles”. La
forma en que lo hace no deja lugar a dudas de que no los quiere como huéspedes.
Es una gran humillación. A salir, ella dice con amargura:
—Solo les interesa atender a los gringos.
Nosotros, como nacionales, somos como perros sarnosos para ellos. De nada sirve
que tengamos el dinero para pagar. Nos desprecian en nuestro propio país.
Está furiosa y no deja de despotricar
contra los empleados malinchistas que desprecian a los suyos en favor de los
malditos extranjeros.
— Tranquila —trata de calmarla— Llamaré a
un hotel muy bueno donde me conocen y verás que enseguida tendremos un cuarto.
No ha terminado de decirlo cuando se
arrepiente. La sombra de los celos nubla la vista de su esposa y un turbio
presentimiento le recorre la mente: Pagará muy caro por eso. Ella se queda
callada en tanto habla al hotel. Tal y como dijo, al ser reconocido por el
empleado le dan una habitación y hasta ofrecen ir a buscarlos, ya que están
bastante lejos del lugar. Muy contento cuelga el teléfono para enfrentarse al
ceño fruncido de su mujer.
—Me da gusto saber que al menos en algún
lugar somos bien recibidos, mi amor —las palabras suenan ácidas en la dulce
boquita de su bella esposa—, pero no me parece la forma en que este último
hotel nos trató.
—¿Y qué quieres que haga? —espeta él con falsa
resignación.
—Qué bueno que lo preguntas. Quiero que
entres a la página esa de consejos de viajes, donde eres miembro, y escribas
sobre el pésimo trato que hemos recibido, para que todos sepan la clase de
establecimiento que es. Quiero que todos nuestros connacionales estén enterados
de lo que les espera ahí si van.
El hombre la mira algo perplejo. Su esposa
siempre ha sido un adalid de la calma y el buen carácter, pero en este momento
no la reconoce. Opta por obedecer para llevar la fiesta en paz. Abre la página
en el Smartphone y, en tanto espera que vayan por ellos, describe con lujo de
detalles el deplorable trato que han recibido en el susodicho hotel de lujo.
Breve, conciso, directo, tiene amplia experiencia en redactar perfiles ya que
lleva años haciéndolo, más por gusto propio que por obligación o pago.
Termina y duda un momento antes de mandarlo.
No es muy afecto a poner notas negativas de los lugares que visita, ya que sabe
pueden perjudicar a los trabajadores, pero en este caso prefiere no tentarse el
corazón. Quiere complacer en algo a su esposa. Apretando los labios lo manda.
El auto llega por ellos y se van exhaustos al hotel benevolente.
Contra todo lo que podría esperar, el
hotel le gusta mucho a su esposa. Los empleados la tratan con una cortesía
exquisita y los llenan de atenciones y amabilidades. Les dan un cuarto
excelente con vista al mar y les dejan frutas y champaña de bienvenida. El
jacuzzi en el baño es un sueño. Duermen maravillosamente y al día siguiente,
cuando desayunan, su mujer le dice —ante su total sorpresa— que se quiere
quedar un día más a disfrutar del hotel. Él accede encantado. Bajan a la tienda
del hotel y compran algo de ropa. El gerente les regala batas, playeras y toallas
de aniversario de bodas. Todo el mal sabor de boca del día anterior se desvanece
ante lo bien que la pasan.
Al día siguiente, al irse, el gerente en
persona se ofrece a llevarlos al embarcadero. En el camino pasan junto al hotel
en donde fueron tratados con tanta desconsideración. El auto tiene que bajar la
velocidad porque docenas de taxis están estacionados recogiendo pasaje.
—¿Qué está sucediendo? ¿Por qué hay tantos
autos? —pregunta la esposa.
El gerente sonríe en tanto pasan con
lentitud por el lugar.
—El hospedaje se vino abajo. Los huéspedes
que ya estaban hospedados exigieron el cambio de hotel y las reservaciones se
están cancelando.
La mujer voltea a ver a su esposo con cara
de incredulidad.
—¿Tuviste algo que ver en esto? —pregunta
asombrada.
El hombre contrae los labios y no contesta.
El gerente lo mira con un dejo de sorpresa a través del retrovisor. El famoso
escritor se encoge de hombros y una amarga sonrisa cubre su rostro. Recuerda lo
que hace años le dijo un maestro: “—No hay veneno más poderoso que el de la pluma”
—. Y concluye: “—Ni forma alguna de complacer a una mujer”.
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