Ojo enamorado

Ojo enamorado
En tu mirada

jueves, 20 de noviembre de 2014

DE LA VEJEZ Y LA SOLEDAD

Para mi hermano Fernando

LA VIEJITA DEL FRANCÉS

Por Eduardo Ruz Hernández

Desde hace varios años tengo la rutina de ir en auto al supermercado los sábados por la tarde. Voy a uno que está ubicado en el Paseo de Montejo, frente al Monumento a la Bandera. Cuando termino la compra, salgo por la calle lateral del supermercado y doy vuelta a la izquierda por la calle de atrás para regresar por la calle paralela que desemboca frente a un famoso negocio de venta de tortas, cuya única especialidad son las de pan francés con mortadela y mayonesa. Algunas veces me topo con una anciana que camina encorvada, con la espalda casi horizontal al piso. Viste un vestido de tela raída y transparente, y la suele acompañar un jovial perro negro de raza mestiza. Como decimos en Yucatán, un malix pek. De hecho, el perro fue el que hizo que comenzara a fijarme en la anciana.
  La mujer camina muy despacio y, a esa hora de la tarde, se dirige a una panadería muy reconocida, ubicada también frente al Monumento a la Bandera, a adquirir su pan francés. La veo y parece salida de otra dimensión, ya que esa colonia, Itzimná, es donde habita gente de muy buen poder adquisitivo de Mérida. Al parecer vive en una casita algo destartalada vecina de una fábrica de veladoras también muy reconocida, cuyo símbolo tiene algo que ver con la luz emblemática de la ciudad y puerto de Progreso.
  El sábado pasado, en que iba yo sólo cuando lo acostumbrado es que me acompañen mis hijos, la volvía a ver. Primero vi al perro correteando cerca de la casa. No pude evitar mirar hacia la casa buscándola pero no la vi. No obstante, habían dos autos estacionados ahí: una camionetita estaquitas y un sedán. Pero ella no estaba por ahí.
  Cuando hice mi alto frente a la tortería, para doblar a la izquierda en dirección al Monumento a la Bandera y al Paseo de Montejo, me la topé. Estaba intentando cruzar la calle. Me quedé impactado al verla. Tan anciana, con el pelo mal cortado y despeinada, terriblemente encorvada, con el vestido viejo de tela ajada por el uso, con una bolsa llena de migajas de pan.. Con paso vacilante, parsimonioso, cargando todo el peso de los años, del infortunio, de la soledad, cruzó la calle. Un auto que venía del Monumento a la Bandera paró para cederle el paso. El corazón se me estrujó en el pecho. Llevo viéndola ya varios meses y siempre me pregunto cómo vive esa pobre anciana ¿Alguien ve por ella? ¿O solo el perro fiel, como buen malix, le hace compañía?
  Al llegar a casa se lo comenté a mis hijos, que también la han visto conmigo, y ellos se limitaron a escucharme. Al terminar de contarles, cuestionaron mis elucubraciones. ¡Qué fácil es sacar conjeturas sin saber! Estaba pensando en una situación de abandono extremo, pero ellos me hicieron ver que podría no ser así. Simplemente, podría ser que ella es testaruda y se enterca en ir por el pan como ha hecho por tantos años. Sería más inhumano amarrar a un anciano e impedirle hacer aquello que siempre le ha gustado hacer. Mi hija, más versátil, me sugirió que preguntara en la panadería. Ellos la deben conocer.
Me quedé pensativo y ya no les dije nada. Seguí pensando en la ancianita encorvada, de ropa desgastada, con su bolsa de pan y el alegre perro malix que corretea junto a ella como fiel y amoroso acompañante. Recordé a mi querida abuela Sula Rosa Padrón Pavía, quien siempre solía decir (como mi hermano Fernando nunca me deja de recordar) que “cuando llegues a viejo no te pienses pobre, piénsate solo”. O sea, en la vejez ten más miedo a la soledad que a la pobreza. Y entonces recordé nuevamente al dichoso box malix pek que corretea libremente al lado de la anciana, acompañándola siempre en sus escapadas por el pan, y me dije a mí mismo que mi abuela era una santa y que tenía mucha razón. Bendita compañía. 


COMPLEMENTO
 Como buen escritor, les mandé el texto a mis amigos. Una gran amiga, Eloísa, me contestó: “Hermoso cuento, lo relatas de tal modo que veo a la viejita y a su perro. Pero, por favor, ve a la panadería e investiga ¿quién es?, ¿dónde vive y con quién? y algo importante ¿de qué vive?”
No me quedó más remedio que decirle la verdad, digo, hay cosas que no gustan decir, en especial cuando hablan mal de uno, pero trato de ser honesto. Así que le expliqué que al realizar el escrito había quitado una parte en donde decía que no podía ir a la panadería porque soy Harino Adicto en Recuperación (HA). Y pedirme que fuera a una panadería, sería como decirle a un Alcohólico Anónimo (AA) que entre en una licorería. Es algo realmente muy peligroso.
Por mi salud, tomé la decisión de cerrar la boca y no ingerir harinas, algo muy difícil para mí que amo el pan con locura.
También debo añadir que esa panadería es una de las mejores de Mérida y con una gran tradición. Baste decir que ahí venden el mejor pan francés de toda la ciudad. Ni que decir de los bísquets y otras delicias como conchas, tutis de queso de bola, mantecadas, pastelitos, pays de queso, bizcochitos de manteca, galletas marinas, biscottis, coellitos... etc. (Se me hace agua la boca de imaginarme el pan caliente, recién salido del horno). Y es que  ahora con este frío se antojan un panecito con un cafecito con leche bien caliente (me torturan esos pensamientos).
 Le prometí a mi amiga que el sábado le diría a mi hija, cuando pasáramos por la panadería, que baje del auto para preguntar sobre la viejita. Al menos esa era la idea. Pero mi hija nuevamente no fue conmigo y dudé de que mi silencioso hijo pudiera hacerme el favor. Así que me encaminé al supermercado a realizar mi compra semanal y me olvidé del asunto (que malo soy para cumplir lo ofrecido a los amigos).
Pero la providencia divina no se olvidó de mis palabras y me llevó a la panadería sin siquiera ir ¿Cómo? Resulta que hacía mis compras cuando me topé con una señora que se me hizo conocida. Bajita, entrada en años y con cara de buena gente, era un rostro conocido en mis andanzas por la ciudad. Me estrujé el cerebro tratando de recordar de dónde la conocía y el por qué me traía recuerdos gratos a la mente. -“Debe ser que la he visto en la Iglesia”, me dije a mi mismo no muy convencido.
Como la señora me inspiraba confianza, me armé de valor y, cuando me la topé nuevamente en la sección de frutas y verduras, le comenté que se me hacía conocida pero que no recordaba de dónde. Ella, con una amable sonrisa me dijo: -“De la panadería. Trabajé 36 años ahí y me acabo de jubilar”. La felicité muy cordialmente y aproveché la ocasión para preguntarle si no conocía a la viejita que iba a comprar pan francés acompañada por un perro negro.
No lo pensó mucho y me dijo: -“Claro que la conozco, es doña Tomasa”. Me describió con pelos y señas que era una viejecita que tenían muy descuidada y que vivía en una casita junto a la fábrica de veladoras. Me dijo que sabía que vivía con una hermana y censuró que no la atendiera como es debido, aunque la mandara a pedir caridad. Se me estrujó aún más el corazón ante sus palabras.
Nos despedimos amablemente y me quedé pensativo ante el nuevo descubrimiento que había hecho de tan singular personaje. ¿Sería la falta de atención a propósito para inspirar lástima y obtener por compasión donativos de las personas? ¿Sería esto posible? ¿No sería más bien que, dado la edad del familiar, debía ser tan anciana como ella, no les quedaba de otra que recurrir a la buena voluntad de los vecinos?

La información la obtuve, según deseaba conocer mi amiga, pero no sirve de nada si no le doy alguna utilidad. Pero no sé darle otra que publicarlo pensando que así tranquilizo mi conciencia...