Ojo enamorado

Ojo enamorado
En tu mirada

lunes, 30 de noviembre de 2015

¿BELLEZA O RACISMO COLONIAL?

MÉRIDA CIUDAD BLANCA
Eduardo Ruz Hernández


Mérida, capital del estado de Yucatán, en México, es una ciudad fundada por los españoles el 6 de enero de 1542, cincuenta años después del descubrimiento de América, Esto se debió a dos cosas: no había gran riqueza en esas tierras, y la población indígena maya fue reacia de dejarse dominar por los peninsulares.
Estando la ciudad ubicada en una región tropical, el calor es un elemento omnipresente en la vida de sus habitantes, es por ello que los conquistadores mandaron construir sus casas de piedra, de techos altas, y con un jardín interior. También ese fue el motivo por el cual la gente vestía de blanco (color más fresco porque refleja y no retiene el calor), y  pintaba sus casas del mismo color. La cal, blanca, era utilizada para alejar a los insectos, por lo que albarradas, muros construidos poniendo piedra sobre piedra, también estaban de blanco así como los troncos de los árboles,
Esto hacía que los visitantes se toparan con el predominio del color blanco por donde fueran y creó la imagen de “Ciudad Blanca”, que por muchos años acompañó a la ciudad, siendo que hasta hace algunas décadas el Palacio Municipal relucía de blanco.
No obstante, con el paso de los años, algún historiador trasnochado, sacando a flote las viejas rencillas histórico-raciales que envolvieron a la península en una cruenta guerra [la Guerra de Casta de 1847 a 1902], cambió la connotación del calificativo “Blanca”, para darle un oscuro significado. Resulta que los españoles, al realizar la conquista de la península yucateca, determinaron que de todas las poblaciones fundadas, tres eran “exclusivas” para que vivieran ellos: Mérida, Campeche y Valladolid. Entonces, el calificativo de “Blanca” para Mérida, se convierte en un distintivo de la raza de sus conquistadores y habitantes: blanca.
Esta teoría cae por su propio peso ya que ni Valladolid, ni Campeche son reconocidas como “blancas”, pese a haber sido también exclusivas para españoles. Con todo, esta última teoría es la que más se ha extendido y es la que se les comenta a los turistas que la visitan.

Qué triste que mentes obtusas trastornen el calificativo dado a la bella ciudad de Mérida, para revivir odios y rencillas históricas ya superados. Como si durante el mes de mayo, en que la temperatura de la ciudad alcanza los 42 grados Celsius invitara a vestirse de colores obscuros y no de blanco. 

lunes, 29 de junio de 2015

REGRESO

E X I L I O
Por Eduardo Ruz Hernández

Lo primero en lo que pensó ese día es que debía regresar del exilio. Había pasado mucho tiempo fuera. Los motivos que lo llevaron a alejarse se habían diluido con el tiempo y tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para desenterrarlos. No era un opositor político, ni un guerrillero, ni mucho menos un criminal. Simplemente el entorno cotidiano le había comenzado a resultar muy doloroso y había tenido que irse para poder seguir viviendo.
Su esposa, su preciosa hija, se habían ido completamente de su vida. Unos segundos de distracción y un autobús urbano había chocado de frente contra el auto en el que viajaban. El único consuelo es que habían muerto instantáneamente. Su hija no parecía muerta sino dormida. Su esposa había conservado esa hermosa ingenuidad en el rostro, aunque el pecho le había quedado destrozado. Luego del accidente, la casa, las calles, la iglesia, los parques, cines, centros comerciales… hasta el aire se las recordaba dolorosamente.
Por eso había decidido irse muy lejos, a un país extraño donde todo fuera diferente. Ahí no habían autos, las mujeres caminaban pudorosamente cubiertas, el idioma era ininteligible y la comida repugnantemente diferente. Era difícil vivir ahí, pero necesario. No había lugar para los recuerdos, porque todo era nuevo.
No obstante, así como todo se había ido yendo de su mente con el paso de los años, después de hacer muchos amigos, de aprender a saborear la comida y a disfrutar las bebidas, canciones, danzas y lamentos de ese pueblo otrora tan extraño, había sentido la necesidad de regresar al lugar de donde había venido. No fue algo de lo que pudiera darse cuenta, sino una ligera percepción que fue creciendo paulatinamente y que únicamente se presentó cuando había madurado: Tenía que regresar del exilio…
Se fue despidiendo de sus amigos en esa lengua que ahora le sonaba tan dulce. Hicieron una fiesta en su honor en que bailaron las mujeres más bellas de la región. Se había ganado el cariño y el afecto de todos porque no había ido a quitarles nada, sino a darles todo. Sus mujeres, hermanas e hijas habían crecido junto a él y nunca les había faltado al respeto de modo alguno. Al contrario, había sido como un verdadero padre para muchas de ellas. Eso no tenían con qué pagarlo, por eso le daban una despedida inolvidable.
Regaló la mayor parte de sus cosas y se fue con una maleta más pequeña de la que había traído. Ese día, los pastores de los alrededores juntaron los rebaños para decirle adiós y las mujeres lloraron al verlo irse en la caravana de los camellos. Era un nuevo adiós, era un nuevo exilio de todo aquello que él ahora amaba.

El galeno dejó lo que hacía y se dirigió con pasos rápidos a donde la enfermera lo llamaba. La mujer verificaba asustada los signos vitales del enfermo.
— ¿Qué pasa? —preguntó sin entender cuál era la novedad.
Por toda respuesta la mujer le mostró la cara del hombre al que atendía: tenía los ojos muy abiertos y los miraba perplejo. El asombro del médico fue mayor que el del paciente.  Rápidamente procedió a examinarlo. El enfermo lo seguía mirando como si fuera un ser salido de una terrible pesadilla.
— Tranquilo. Soy el doctor Ernesto de la Fuente, su médico. Está usted en un hospital y está despertando de un coma profundo de varios años.

Aturdido, cerró nuevamente los ojos y comprendió que por fin había regresado del exilio…

jueves, 21 de mayo de 2015

TEXTEANDO 10

GATO
Por Eduardo Ruz Hernández

Lo había perdido todo: esposa, hijos, familia, casa. Su vida parecía estar acababa. Vivía por inercia, aún tenía trabajo y un pequeño cuchitril donde dormir. Pero la soledad lo atormentaba. Iba como muerto al trabajo, hacía todo mecánicamente y regresaba arrastrando los pies ¿Cuántos tiempo más sobreviviría?
Una mañana, en que caminaba lentamente con el tiempo justo para llegar a sus labores, encontró una caja llena de basura. Ahí, entre los desperdicios, se escuchaba un trémulo quejido. Se acercó intrigado y distinguió a un pequeño gato escuálido y casi muerto de hambre. Condolido por su desastroso estado, lo agarró con un periódico y se lo llevó al trabajo. El gato no volvió a emitir sonido alguno. Al ser rescatado de su abandono, olvidó seguir gimiendo su desgracia.
Silencioso, mudo, esperó a que su rescatador terminara su jornada de trabajo y se fue con él a su nuevo hogar. Ahí lo bañó e intentó darle de comer, pero el gato sólo quería agua. La comida no le interesaba.
-“Ya se resignó a morir”-pensó su nuevo amo, en tanto lo acariciaba con un paño seco y suave.
No obstante, no quiso renunciar y verlo morir, así que fue a una veterinaria a preguntar qué alimentos podría darle. Le aconsejaron una leche especial para gatitos desnutridos. La adquirió junto con un biberoncito que parecía de muñecas. Armado con las herramientas salvadoras, regresó para cuidar al gato.
Día tras día, noche tras noche, fue alimentando al gato. Tuvo que armarse de paciencia y tratarlo con mucha delicadeza. Éste se dejaba querer, pero no ponía mucho entusiasmo.
Un gato sin esperanzas ¡Que friega!-rezongó desalentado, pero siguió insistiendo.
Pasaron los días y con ellos las semanas, hasta que muy lentamente vio florecer al gato. Bueno, no es que el gato diera flores, pero ya se movía, jugaba, comía y dormía como un bendito. Era una enorme alegría verlo caminar majestuosamente por la casa. El gato era su vida.
Unos meses después, conoció a una hermosa mujer. Se asombró de que le hiciera caso y lo buscara. No sólo era guapa, si no también inteligente y excelente conversadora. Pasaba momentos muy gratos con ella. Todo se lo contaba a Caifás, el gato, quien lo miraba entre divertido e interesado cuando hablaba de aquella hembra.
Con cierto temor, había rehuido que Caifás conociera a su enamorada, pero no podía postergarlo eternamente. Un buen día se dio la oportunidad de llevarla a su pequeña casa. Se sentía muy nervioso. Entraron y buscó al gato por todas partes. Ella lo ayudó, pero fue inútil. No había gato. Él sintió que el alma se le salía del cuerpo ¿Dónde demonios estaba Caifás? Las manos le temblaban y ella lo condujo suavemente a una silla. Lo abrazó, lo acarició, lo calmó y lo llenó de mimos. Él fue recuperando la compostura. Al estar finalizando el trance amoroso en la cama, le pareció escuchar un débil gemido. Lo curioso del caso es que no provenía de fuera del cuarto, ni de dentro. El gemido provenía de sí mismo. Cuando terminaron y él la rodeó amorosamente con sus brazos, un ronroneo cadencioso surgió de lo más íntimo de su ser.

-Te moviste genial Caifás –le dijo ella golosa y él sólo se limitó a sonreír.

miércoles, 6 de mayo de 2015

TEXTEANDO 9

TELEVISIÓN
Por Eduardo Ruz Hernández

 -¡Papá mi hermano no me deja ver la televisión! –Se quejó entre alaridos la niña.
-¡Papá mi hermana no me deja dormir por estar viendo la tele! –Berreó el niño furioso.
El padre, sólo y sin madre que concilie, dejó su enorme cansancio sobre la cama y se levantó a ver cómo deshacer el escándalo.
Los gritos y recriminaciones estaban en plenitud. Sin ganas de discutir, tomó el martillo y despedazó a la causante de tanto grito. Sus hijos, asombrados, hicieron profundo silencio.
-¡Santo remedio y todos a dormir!-Pontificó sin nadie que lo contrariara.

Ahora los niños lloran abrazados en silencio porque, por su estúpida discusión, jamás podrán volver a ver televisión en su casa. Perdieron a su nana idiotizante. 
En tanto, ahora el padre duerme muy tranquilo.

miércoles, 29 de abril de 2015

TEXTEANDO 8

ADICTO
Por Eduardo Ruz Hernández

Sus hijos lo incentivaron para que se lo comprara. Él no quería. Le gustaba más el antiguo, “la piedra”, como le decían despectivamente los niños. Ya llevaba más de 7 años con él y no quería dejarlo. Le servía para lo esencial y sabía perfectamente cuál era su funcionamiento.
Pero no hay dicha que dure. Un buen día se descompuso y no hubo poder humano que lo arreglara. El técnico le hizo ver que invertir en esa antigualla era tirar el dinero.
-“Le saldría más barato comprarse uno nuevo”-sentenció con aires del verdadero conocedor que en sí era.
Así que no le quedó más remedio que hacerlo. Al principio se le hizo un lío. No sabía que botón apretar y se le confundían las funciones. Pero poco a poco, asesorado por sus hijos, fue agarrándole gusto al chunche. Tanto, que no puede pasar quince minutos sin recurrir a él.
Ahora sus propios hijos le dicen que debe dejarlo. Que no está bien lo que hace. Que lo suyo ya es una enfermedad. Pero él no les hace caso. Amorosamente saca su Smartphone y revisa sus correos, sus mensajes de WhatsApp, sus páginas favoritas de noticias, sus juegos de ingenio, Facebook, Twitter, Instagram… y, para colmo, el teléfono tiene una cámara de 53 megapíxeles que deja chica a la de su tío el fotógrafo.

-“No sé cómo tardé tanto en adquirir esta maravilla”-dice extasiado en tanto mueve con destreza sus dedos por la pantalla y abre y cierra aplicaciones, olvidando su entorno,  familia, amigos, vida…

TEXTEANDO 7

CALOR
Por Eduardo Ruz Hernández

La temperatura era en verdad terrible. Habría unos 43 o 44 grados Celsius. Sentía que la vida se le escapaba por los poros y que el calor lo abofeteaba al moverse.
-El sol está que muerde –dijo sin dirigirse a nadie en particular.
Ni una nube, ni un poco de brisa. Se movían despacio sufriendo la desdicha de tener que caminar en descampado. Nadie hablaba. Había que cuidar el aliento.
Un pájaro cruzó el horizonte. Batía las alas con desesperación. A medio vuelo, como si le hubiera alcanzado una flecha, detuvo su aleteo y cayó como piedra. El ruido al estrellarse contra la tierra fue seco. Todos lo voltearon a ver. Había que seguir caminando o ellos seguirían.
Maldijo no haber traído sombrero. ¿Quién demonios había hecho pasar de moda el usarlo? El ser calvo lo perjudicaba más que a los que tenían pelo. Notó que bajaban el ritmo. Pesaban los pies y arreciaba la sensación térmica. Se estaban ahogando en su propio sudor.
Alguien cayó al suelo. Nadie hizo nada por ayudarlo. Algunos comenzaron a quedarse parados como postes. Ya no podían seguir más. Él cerró los ojos y siguió avanzando. Cada vez más sólo, cada vez más lento.
Cuando se dio cuenta estaba en el suelo. No escuchó ruido alguno ni sintió el golpe. El sol lo abrasaba, le carcomía la piel al caer a plomo. Ni una nube, ni un árbol, ni un solo ser vivo. El sol había ganado. Nadie podía resistírsele.

Abrió los ojos y se sintió flotar. El sudor y la noche lo envolvían. Emitió un gemido. Alguien se movió en otra nube. La voz de reproche de su esposa le devolvió a la realidad:
-Si hubieras comprado un aire acondicionado, no tendrías pesadillas ni estaríamos padeciendo. Ya ni dormir en hamaca ayuda.

Él no respondió, ¿para qué?, simplemente sacó el pie y pateó la pared para mecerse en tanto el ventilador vomitaba aire caliente... 

martes, 28 de abril de 2015

TEXTEANDO 6

MOLESTIA
Por Eduardo Ruz Hernández

A aquel hombre le molestaba sobremanera tener que repetir las cosas tres veces. Sus empleados lo sabían y se cuidaban de no cometer dicho error o su cólera era proverbial.
Un buen día se enamoró perdidamente de una bella mujer con la que se casó. Meses después la mujer le dio un hijo y, al poco tiempo, murió sin pedirle permiso.
Han pasado los años y sus viejos empleados se ríen, disimuladamente, cuando lo escuchan repetirle una y otra vez, más de diez veces, las cosas a su hijo.

Por los hijos, tendrás que amar lo que tanto odiaste. Díganmelo a mí.

TEXTEANDO 5

BASURA
                                                                                            Por Eduardo Ruz Hernández

Decidió hacer caso del consejo que le dio aquel viejo maestro: “Cuando no tengas inspiración, inscríbete a un Taller de Narrativa y quédate con las ideas que tus compañeros desechen
Eso hizo, y por eso su seudónimo literario es “Recogedor de basura”.

TEXTEANDO 4

IDENTIFICACIÓN 
Por Eduardo Ruz Hernández

Siempre estuve detrás de ella, como perrito faldero. Todo el mundo lo sabía. Era como su eterna sombra pero nada más que eso. Intenté una y otra vez ganarme su corazón ubicado junto a su bien dotado pecho, pero fue cosa inútil. Eso sí, era su inseparable amigo del alma. Nada más.
Por años me resigné a ese desdichado papel con tal de disfrutar la dicha de su bella compañía, pero las migajas que recogí terminaron por ser más amargas de lo que pude imaginar. Y es que Shantal era una mujer exuberantemente bella. Su cuerpo era un monumento y verla hacía a cualquier hombre suspirar.
No era una mala persona. No se podría decir que era un cuerpo vacío o que tuviera relleno de paja el cerebro. Nada de eso. Era muy inteligente, noble y una gran amiga. Supongo que siempre supo que yo moría por ella, pero creo que quería más mi corazón que mi endeble cuerpo. Lo que fuera, el resultado fue muy agrio.
Como estuve eternamente enamorado de ella, siempre fui alguien en quien ella confiaba y en quien recurría. Nadie como yo para acompañarla de compras o al cine. Sabía que podía confiar en mí. De hecho, llegó a abusar de mi cordura al llevarme de compañero para comprar su ropa interior en una exclusiva boutique de ropa sexy.
Una noche recibí una llamada. Antes debo decir que todas las noches esperaba una llamada de ella. En mi febril deseo, esperaba que me llamara para ir a su lado… bueno, a algo más íntimo de ir al supermercado a comprar tomates. Tal vez algo como cambiar las sábanas de su cama y probar con ella su textura. Pero bueno, la llamada que llegó no era de ella, pero si con referencia a ella. Una cansada voz me preguntó mi nombre y, al recibir respuesta afirmativa, interrogó si conocía a mi deseada amiga.
Por ella haría todo, así que no la negué. La voz me dio una imperiosa orden: tenía que presentarme al Hospital Tal-cuál con el Teniente Perengano, de la policía de la ciudad. Asombrado, asustado y desconcertado, me vestí y acudí presuroso. El hombre me esperaba. No tenía el aspecto que ponen de los policías en las series de televisión: ni estaba mal vestido, ni fumaba, ni tenía sombrero, ni nada por el estilo. Era un hombre de alrededor de 40 años, vestido con una traje verde obscuro y con cara de extremo cansancio.
Sin mediar palabra me pidió que lo acompañara. El viaje se me hizo extraño porque en lugar de ir a los pisos superiores, donde están las distintas áreas de enfermos, bajamos hasta el sótano del edificio. Una extraña sensación comenzó a carcomerme el corazón. La incertidumbre de nuestro destino se acrecentó ante la horrorizada certeza que nos dirigíamos a un lugar poco grato: la morgue.
El encargado nos recibió indiferente. Era más que obvio que había realizado ese trámite por cientos de veces, y a las indicaciones del policía abrió uno de los cajones metálicos del archivo de cadáveres.
-“¿Es la señorita Shantal Perezequis?”-preguntó sin mayores emociones en la voz.
Me quedé pasmado. Delante de mí, sin mayores pudores, estaba el cuerpo desnudo de quien, en vida, había sido mi amiga Shantal. El cuerpo rígido, la cara lívida, sin color, calor ni vida. Era algo verdaderamente impactante. Ella, tan plena, tan hermosa, se veía como lo que ahora era: un pedazo duro de carne sin vida. No lo pude soportar, me desmayé.
El teléfono me despertó. Me moví torpemente en mi cama. Miré atontado la hora: eran las cinco de la mañana. Descolgué sin saber muy bien que sucedía y escuché la voz de Shantal que me llamaba. No entendí lo que dijo. Ella sólo escuchó mis gritos. Colgué. Cerré los ojos y cuando los abrí el Teniente Zutano me daba a oler un algodón con una sustancia muy fuerte. Lo aparté de un manotazo y me incorporé más rápido de lo que debía. Todo me daba vueltas. El policía movió la cabeza y terminó de llenar el reporte. Lacónicamente me dijo: -“Ya se puede ir” –y me fui.
Que Shantal no me hubiera hecho caso como hombre nunca, lo acepto, pero que después de muerta me hubiera perjudicado la vida es algo que jamás le perdonaré. Desde ese día mi sexualidad murió completamente. No me es posible ver a una mujer desnuda sin recordar su exuberante cuerpo hecho cadáver en la morgue del Hospital. Toda belleza se convierte en nada al morir. El cuerpo, como casa vacía, pierde todo su encanto tan pronto el corazón deja de bombear sangre.

¡Oh Dios! Por culpa de ella tuve que abandonar la ciudad e irme a vivir muy lejos, cambiar de vida, de trabajo, de aspecto... y todo porque no quiso entender que, antes de ser su amigo, era un hombre con necesidades. Si al menos me hubiera dicho que Si aunque fuese una sola vez, no hubiera terminado en aquel cajón frío del depósito de cadáveres, ni yo hubiera tenido que ir a identificar su cuerpo. Todo por identificarla. No fue suficiente el matarla, tuve también que identificarla. Maldita mujer, hasta en eso me fastidiaste.

viernes, 24 de abril de 2015

TEXTEANDO 3

VENDIENDO
Por Eduardo Ruz Hernández

Vino a verle con la profunda convicción de venderle algo. Sin embargo, de entrada, cometió un tremendo error: dio un precio tan inflado que al mencionarlo se desinfló. Quiso venderle zanahorias a un conejo que llevaba treinta y tres años comerciándolas.
Bueno, pero mejor que comerciar con zanahorias, es hacerlo con carne de conejo. Con eso no contaba el conejo, que, por cierto, estaba muy sabroso.



miércoles, 22 de abril de 2015

TEXTEANDO 2

¿AMOR?
Por Eduardo Ruz Hernández

Apagué la luz de la habitación, la desnudé despacio, con ternura; luego me quité la ropa. La abracé. Aquella noche de lluvia tibia no sentimos el frío. En la oscuridad, exploramos nuestros cuerpos sin palabras

La abrace con todas mis fuerzas, pero a ella no pareció importare. Mis lágrimas rodaron copiosamente y a ella no pareció importarle. Mis sollozos llenaron la habitación, pero a ella no pareció importarle. Era totalmente inútil conmoverla.
Decepcionado, dejé su esqueleto sobre la cama y me fui.


Murakami, Haruki. Tokio blues: norwegian Wood. 3a ed. México: Tusquets, 2011. P. 59

martes, 21 de abril de 2015

TEXTEANDO 1

ODIO
Por Eduardo Ruz Hernández

“Eso es porque nadie nace con odio. Y cuando morimos, el alma se libera de él” [*]

Ya estaba harta de vivir con ese dolor, así que fue a ver a un médico y le dijo: “Doctor, sáqueme el odio que tengo clavado en el corazón


[*] Albom, Mitch. Las cinco personas que encontrarás en el cielo. Madrid: Maeva; México: Océano, 2004. P. 182

lunes, 20 de abril de 2015

DENUNCIA



 NI UN PESO A DANTE
Por Eduardo Ruz Hernández

Murakami tiene la culpa de que ya no quiera nada con Dante. Nadie más que él. Comencé a leer sus libros y me obsesioné. Su narrativa me cautivó, no tanto por la descripción musical que hace en sus libros, ni por los lugares y alimentos que sus personajes visitan e ingieren, sino por los gatos, eso adorables felinos omnipresentes en todos sus escritos.

Así que cuando salió a la luz su último libro, Hombres sin mujeres, enseguida quise cómpralo. Pero había un pequeño inconveniente: no tenía dinero para mis gustos, únicamente para mantener a mi familia. Esperé mejores tiempos pero, cada vez que entraba a una tienda donde vendieran libros, revisaba cuidadosamente si tenían el de Murakami.

Ya sabía su precio: $229 pesos. Lo vi en Gandhi, lo confirmé en Sanborns, pero no fue sino hasta que visité a Dante, en que al fin me animé a comprarlo. Pagué con un billete verde de doscientos pesos, un billete azul de veinte pesos y una moneda amarilla de diez. Me entregaron el libro en una bolsa y la nota de venta. Me quedé parado esperando el cambio: un triste peso. Como la dependiente no hizo ademán de hacerme caso ni de dármelo, le indiqué que el libro costaba $229 pesos.

Entonces ella, para mi sorpresa, me dijo que viera bien, que el libro costaba $229.90. No me lo creía. Me resultó indignante que Dante le atribuyera noventa centavos más al precio. Y, lo peor, la mujer no hizo el menor intento, pese a ver mi reclamación, de darme los diez centavos del vuelto. Esa adorable monedita plateada que, para mí, vale mucho más que un peso porque las atesoro en sendos cochinos de barro en mi cuarto.

No quise seguir alegando nada, es propio de gente sin educación hacerlo, pero me fui sumamente indignado por los noventa centavos que me robó Dante, y los diez centavos que me robó doblemente la encargada.

Tal vez usted no lo sepa, pero los precios de los libros en México, por Ley, deben ser iguales en todas partes… menos en Dante.

Lo siento Dante, sé que esto a ti no te importa, pero no vuelvo jamás a comprar un libro contigo. Acabas de perder a un usuario. Todo por noventa centavos y una brillante moneda color plata de diez centavos. Los robos no se dan solos, van siempre acompañados. No me lo dijo Murakami, lo aprendí con Dante.

viernes, 17 de abril de 2015

TEXTEANDO 0

Jueves 16 de abril de 2015.
ODRADEK

Por Eduardo Ruz Hernández

Siempre he odiado este texto, no porque lo haya escrito Borges haciéndose pasar por Kafka, o Kafka intuyendo a Borges, sino porque toda mi vida me he encontrado al Odradek en los momentos más ingratos de mi historia.

Estaba junto al ataúd de mi hermanita, sonriendo porque no le pude sacar la huaya de la garganta; cuando se accidentó mi abuela, aquella piedra que le rajó el cráneo, me pareció verlo bailar de júbilo; pero el colmo fue cuando un autobús me golpeó y me desprendió el brazo izquierdo: su actitud fue de gozo y franco triunfalismo.

Por eso me juré nunca volver a leer ese texto, pero hoy nuevamente lo he hecho y me he dado cuenta de que ni mi hermana está muerta, ni mi abuela se rajó la cabeza y yo tengo completo mi brazo izquierdo.

Bueno, que más, tendré que aceptar que no debo verme en el espejo, porque acabaré por darme cuenta de que yo soy el Odradek, y Kafka y Borges, y todo ser humano que agarre una pluma…


Nota: El Odradek es un relato de Franz Kafka que está incluido en: "El libro de los seres imaginarios" del escritor argentino  Jorge Luis Borges.

miércoles, 11 de marzo de 2015

NEGOCIOS ARQUEOLÓGICOS

TAJADAS ECONÓMICAS
Por Eduardo Ruz Hernández
En un país que, por momentos, parece desmoronarse en pedazos, resulta sorprendente el cómo sus habitantes buscamos nuevos medios para acelerar el caos o complicarnos la vida unos a otros. No deja de llamar la atención el vivo interés que presentan los ejidatarios de Pisté por buscar un pellizco en las ganancias que da la zona arqueológica de Chichén Itzá, una de las nuevas siete maravillas del mundo y un imán para el turismo, tanto nacional como extranjero, que la visita para conocer las prodigios de la civilización maya.
De entrada no se puede culpar a los ejidatarios de buscar ganancias donde ven que todo el mundo las obtiene, comenzando por el Gobierno y terminando por los cientos de vendedores ambulantes que han hecho de Chichén-Itzá el primer gran mercado artesanal posicionado en plena zona arqueológica. Varias voces se han alzado para señalar el gran peligro que este reclamo puede conllevar para el turismo en nuestro estado. ¿Quién va a querer visitar un lugar donde la gente cierra la carretera con piedras y te cobra el paso, más cuando uno no tiene vela en el entierro del pleito y únicamente está de visita?
Con todo, es necesario indicar que lo que los ejidatarios están haciendo, no es nada nuevo en la historia de este México nuestro. Le pondré tres ejemplos muy significativos:
1.- Si quiere usted visitar la zona arqueológica de Bonampak, en Chiapas, para conocer las bellísimas pinturas realizadas por los mayas, se llevará la “grata” sorpresa de que, pese a que hay un camino transitable, no puede pasar por él. Tiene que pagarle a los lacandones, en cuya reserva están las ruinas, para que ellos le lleven. No hay otra opción, es “su” derecho como etnia indígena.
2.- Ir a Yaxchilán, Chiapas, en plena frontera con Guatemala, junto al río Usumacinta, implica un enorme absurdo. Para poder embarcarse y llegar a la zona arqueológica, hay que llegar a una simpática población llamada Frontera Corozal. Aunque parezca increíble, hay que pagar para poder entrar a la población, que no tiene nada de extraordinario ni proporciona ningún servicio gratuito. Así como lo lee. Luego, hay que pagar la entrada a la zona arqueológica en la población, el INAH no cuenta. Y después, por supuesto, hay que pagar la lancha para llegar a ese hermoso lugar situado en plena selva.
3.- Calakmul, Campeche no se queda atrás en los cobros múltiples. Situado en la reserva de la biósfera del mismo nombre, esta zona arqueológica es, a mi juicio, la más grande del área maya en todo México. Está en medio de la selva y conlleva toda una aventura llegar a ella. Ahí también reina el ejido. Con una pluma metálica te impiden la entrada a la carretera de 63 kilómetros que atraviesa la selva. El ejido te cobra por pasar: ¡Por auto y por persona! No, no dan recibos. A los 20 kilómetros, la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP), te cobra por concepto del acceso a la Reserva, como área natural protegida. Al llegar a la zona arqueológica, el INAH también te cobra. Lo único bueno es que el Museo, dependiente del Gobierno de Campeche, no cobra nada, es extrañamente gratuito, al igual que los mosquitos e insectos.
Así que es comprensible que, en un país donde todos quieren imponer su ley para provecho económico propio, no sea raro que salgan a relucir reclamos de todo hijo de vecino. Es triste decirlo, pero en México tener una actividad que produzca dinero conllevado el tener que pagar a casi todo mundo por eso. ¿Es eso justo, deseable y sano? No, pero lamentablemente es real y esperamos que, en el caso de Chichén Itzá, se le encuentre una pronta solución o acabaremos teniendo que pagar hasta por entrar a las poblaciones. eduardoruzhernandez@gmail.com

jueves, 22 de enero de 2015

HISTORIA DE LA UADY




LA HUELGA OLVIDADA

Por Eduardo Ruz Hernández
Bibliotecario e Historiador UADY
Información tomada del Diario de Yucatán

Hay partes de la historia que, por uno u otro motivo, se olvidan, se esfuman en la memoria de las personas, dejando una extraña confusión que nos impide entender nuestra realidad actual. La huelga que paralizó a la Universidad Autónoma de Yucatán en febrero de 1988 es una de ellas. Gobernaba nuestro país el presidente Lic. Miguel de la Madrid Hurtado, en cuyos apellidos el pueblo vio sus desgracias, era gobernador de Yucatán el Lic. Víctor Manzanilla Schaffer, y Rector de la UADY el Ing. Álvaro J. Mimenza Cuevas. El país estaba sumido en una vorágine inflacionaria que había hecho que el gobierno se sacara de la manga aquel famoso “Pacto de Solidaridad Económica”, del que nunca entendimos cómo y con quien pactamos.  

Comenzaré la historia el viernes 12 de febrero de 1988. El Consejo Universitario se reunió para escuchar el informe del Rector Mimenza quien, entre otras cosas, informó que existía riesgo de huelga porque la Asociación Única de Trabajadores Administrativos y Manuales de la Universidad Autónoma de Yucatán (AUTAMUADY), no aceptaban la propuesta de aumento salarial del 38% y la Secretaria de Educación Pública se negaba a proporcionar más apoyos (vieja historia muy conocida por las universidades públicas). Con todo, en una “postura que enaltece porque antepusieron los intereses universitarios a los personales”, la Asociación de Personal Académico de la Universidad Autónoma de Yucatán (APAUADY) había aceptado el 38% de aumento. La huelga estallaría el lunes 15 de febrero, a la medianoche, con “consecuencias irreversibles que traería para la investigación, la docencia, el estudiantado y la paz que prevalece en nuestra entidad”.

En esa misma sesión presentó el Plan Institucional de Desarrollo 1988-1990, indicando que la inflación anualizada durante 1987 había sido del 160%, así como que se tenía contemplado en el presupuesto el pago de los intereses bancarios de préstamos que se habían tenido que solicitar para no detener la marcha de la universidad.

El sábado 13 de febrero, en tanto Ronald Reagan visitaba Mazatlán, en Mérida el Lic. Andrés Santos Ojeda, Secretario General de la AUTAMUADY, informaba que SI habría huelga el lunes 15 de febrero, ya que el sindicato pedía un alza en términos reales del 53%, y que si los académicos habían aceptado el aumento ofrecido era “porque sus sueldos eran más elevados”.

El 14 de febrero, domingo de carnaval, más de 300 trabajadores sindicalizados se reunieron en el auditorio “Benito Juárez”, de la Facultad de Medicina, para decidir si estallaba la huelga o no. Votaron a favor 137 para que la huelga estallara el 15 de febrero y 100 votaron por extender una prórroga para el 22 de febrero. Había también el aliciente de apoyar el movimiento nacional de solicitudes de aumento salarial de las universidades, al cual no se quería traicionar, ya que estaban 9 universidades en huelga y dos más, la de Veracruz y Puebla, estaban por unirse. La AUTAMUADY pertenecía al Sindicato Único Nacional de Trabajadores Universitarios (SUNTU), como sección 25.

El Secretario Santos manifestó que “el gobierno quiere poner topes a los salarios sin tomar en cuenta las necesidades de los trabajadores”, y les señaló a los trabajadores que deberán cumplir las guardias nocturnas, pues a quienes no las hagan se les impondrán multas equivalentes a una quincena de salario. El asesor jurídico del sindicato era el Lic. Julio Macossay Vallado.

El lunes 15 de febrero de 1988, en tanto el Banco de México anunciaba la próxima emisión de billetes de 100,000 pesos “como consecuencia y no causa de la inflación”, las banderas rojinegras cubrían las puertas del edificio central, y de todos los edificios universitarios, a la medianoche. “No hubo arreglo: estalló en la UADY la huelga”. La rectoría siguió ofreciendo el 38% y los trabajadores solicitando el 53.6%. Unos 13,500 alumnos resultarían afectados a partir del miércoles 17 de febrero, ya que la universidad estaba en el asueto del carnaval.

El Rector Mimenza, en un último intento por detener la huelga, ofreció un aumento salarial de 15% retroactivo al 16 de diciembre, y otro del 20% retroactivo al 1° de enero, pagaderos en la primera y segunda quincena de marzo. Aclaró que el incremento real sería del 38% pues el 3% restante representa el impacto en las prestaciones. Asimismo, sugirió que se firmaría una cláusula en la cual la UADY se comprometería a realizar ajustes al tabulador salarial antes del 15 de marzo.

Quiero recordarles que la universidad no es una empresa de lucro ni obtiene utilidades. Se mantiene con subsidios de los gobiernos federal y estatal y sus ingresos son insignificantes” También señaló el Ing. Mimenza que el personal de la UADY percibe salarios “muy por encima al salario mínimo y más que en otras instituciones” y además “cuenta con mejores prestaciones”. Y remató: “El incremento que piden no lo lograrán con huelgas o presiones. Rebasa las posibilidades de la universidad, pero respetamos su derecho de huelga… Lo único que lamentamos es que los estudiantes serán los más afectados”.

El Lic. Santos dijo que al personal de la UNAM se le había otorgado el 53% y el Rector aclaró que a esos empleados se les descuentan impuestos, además que “hay una enorme diferencia en cuanto a zonas económicas”.

El 16 de febrero, martes de carnaval, el SUNTU informó que otras cuatro universidades se unieron a la huelga nacional, sumando ya 15 universidades en todo el país. En Mérida todos disfrutaban del carnaval y se olvidaron de la huelga. El Paseo de Montejo estaba pletórico de gente. Gocemos hoy, mañana ya veremos que comemos. El 17 de febrero, miércoles de ceniza, el golpe es fuerte para los 13,500 alumnos de escuelas y facultades. El rumor es que la huelga “va para largo”, ya que no sería sino hasta fin de mes que el gobierno federal haría alguna oferta. El sindicato se dice preparado para afrontar un movimiento de larga duración. No obstante, ambas partes, autoridades y sindicato, dicen que las pláticas no están rotas. Están a la espera de que las autoridades educativas de la metrópoli formulen un nuevo ofrecimiento a las universidades que están en huelga en todo México. El sindicato, con 480 trabajadores, reitera que no aceptará menos del 53% que le dieron a la UNAM.

Se menciona que en otras universidades en huelga las autoridades han permitido que las actividades continúen para no perjudicar a los alumnos. El Presidente de la Junta de Conciliación y Arbitraje, Lic. Armín Villalobos Bustillos, aclara que el derecho laboral podría infringirse si se permite el acceso a los estudiantes.

Por su parte, el Lic. Manuel Imán Morales, Secretario General de la APAUADY, que agrupa a 1,200 docentes, informó que rectoría haría efectivo el 38%, retroactivo a diciembre, el 29 de febrero y que también recibirían un aumento del 20% en la primera quincena de marzo. “Somos institucionales y tenemos una responsabilidad con los padres de familia y estudiantes; no deseamos desestabilizar la universidad

El jueves 18 de febrero se comenzaron a buscar alternativas para impartir las clases extramuros y se suspendieron varios servicios que la universidad brindaba a la población, como las consultas dentales a personas de escasos recursos. El Secretario de Organización de la AUTAMUADY, José Luis Reynosa Caamal, explicó al Diario de Yucatán el por qué no aceptaron la última propuesta del rector. Indicó que un auxiliar de intendencia gana $106,000 mensuales y las secretarias “B”, que reciben mayor sueldo, $130,000, cantidades muy reducidas considerando la inflación. Y tenía la razón, ya que un kilo de huevo fresco “en oferta” costaba $1,595 el kilo, como indicaba la desaparecida cadena Blanco (su precio normal era de $1,665). El Diario costaba $300.

El viernes 19 se abrió una posibilidad de arregló. El Rector Mimenza hizo una propuesta definitiva: aumento del 3.4% al tabulador de salarios generales retroactivo al 1° de enero, que sumado al 38% eleva el ofrecimiento al 42.7%. Y se firmaría un convenio mediante el cual la UADY se comprometía a otorgar los aumentos salariales a los trabajadores cada mes, como establecía el Pacto de Solidaridad Económica, pese a que todos sus empleados percibían sueldos arriba del mínimo.

El sábado 20 de febrero terminó la huelga en la UADY, cuando el sindicato AUTAMUADY, después de las 18 horas y por decisión de sus agremiados, aceptó el 42.7% de aumento sobre los sueldos que recibían en diciembre pasado. A las 22 horas, líderes de trabajadores y directivos de la UADY se dirigieron al edificio central y quitaron las banderas rojinegras. Fueron únicamente cinco días de inactividad.

El personal académico también aceptó similar acuerdo. La UADY firmó un convenio con los sindicatos para que cada aumento que decretara el Gobierno Federal dentro del Pacto de Solidaridad Económica, se hiciera efectivo en la siguiente quincena del otorgamiento. Asimismo, se pagarían íntegros los sueldos que se dejaron de percibir por la inactividad.

El Secretario de la AUTAMUADY Andrés Santos manifestó: “El conflicto llegó a su fin por decisión de los trabajadores”. El Rector Álvaro Mimenza dijo: “Hay que tener mucho cuidado, porque muchos ven a la universidad como un botín y desean meter la mano en ella”. Y el Secretario de la APAUADY Manuel Imán comentó que en su sindicato “el aumento se logra mediante el diálogo”.


El lunes 22 de febrero de 1988 la UADY abrió nuevamente las puertas de todas sus escuelas y facultades, reanudando actividades sin mayores contratiempos. “Las instalaciones universitarias no sufrieron daños y los encargados de limpieza se presentaron temprano a trabajar”. Lo cual denota que con una excelente disposición, apertura al diálogo y buena gestión, todo se puede solucionar en el marco de la legalidad. Que es lo que todos deseamos para la actual huelga que atraviesa la UADY en enero de 2015. E.R.H. eduardoruzhernandez@gmail.com. UADY HUELGA

martes, 6 de enero de 2015

REGALO DE REYES 2015


REY QUIQUE
Por Eduardo Ruz Hernández

Acabamos de regresar de Valladolid, una hermosa ciudad colonial enclavaba en la Península de Yucatán. Fuimos en busca de descanso, y nos encontramos una interesante historia que, si no lo hubiéramos escuchado de labios de quien la vivió, diríamos que es sólo un cuento. Resulta que una de las cosas que más nos gusta hacer en Valladolid es caminar por las noches por la Calzada de los Frailes, una calle en diagonal que inicia en un lugar conocido como “Las cinco calles”, y termina en el convento de San Bernardino de Siena, en el barrio de Sisal. Es una calle con profundo sabor colonial, pletórica de historia y de recuerdos.

Tan pronto caía el sol, mi esposa y yo nos encaminábamos hacia ahí y disfrutábamos el lento caminar por entre sus altas casas. Al llegar al parque, junto al enorme atrio del convento, nos tomábamos un cafecito en un romántico puestecito en forma de carreta de madera, que diariamente ofrecía la bebida caliente en tanto se disfruta de la noche y de un carrusel movido por los hábiles brazos de un obrero. Una delicia de momento. Los niños correteaban en el atrio y terminaban cerca de nosotros enamorando a los caballitos de madera. Las gratas noches yucatecas se llenaban de alegres risas y ruidosas pisadas. Luego, cada hora, veíamos llegar un autobús turístico que vomitaba sus curiosos visitantes que merodeaban al arte sagrado del convento.

Desde el primer día de nuestro singular periplo, nos fijamos en un ancianito que “tomaba el fresco” en una silla del parque, cerca de la cafetería ambulante, vistiendo una alba guayabera y un sombrero de los que ya no suelen verse por estos lugares. Pasado un buen rato, un silencioso enfermero, distinguible por su pulcra bata, se acercaba a él y lo ayudaba a incorporarse para luego irse caminando a paso muy lento a una cercana casa del rumbo, casi en frente de una casa maya que aun adorna los alrededores del barrio de Sisal.

El tercer día de verlo tan sólo, algo nos movió a acercarnos a él y acompañarlo. Tal vez fue que nos acabamos pronto el café o que habían demasiados niños dando vueltas en los potrillos de madera. Nos sentamos a su lado y nos saludó con una leve inclinación de cabeza. No recuerdo ni siquiera cómo comenzó la conversación, pero en breve nos estaba contando su vida. La cual, justo es decirlo, se nos hizo muy interesante.

Aunque el ancianito parecía más yucateco que el chile habanero, nos aclaró desde el principio que él era yucateco por adopción. “Tomé agua de pozo” -nos dijo sonriendo- “En la mano de la mujer más hermosa que ustedes pudiesen imaginar”. Provenía este buen hombre de lejanas tierras y por azares del destino había llegado a Valladolid en una época en que sólo se podía llegar a Yucatán en barco. “No había autobús que llegara por estas tierras, y mucho menos tren”. El avión era para ricos y había que pasar la vergüenza de tener que ser pesado, como bulto, antes de poder abordarlo. “Eran aviones de hélices, pequeños y escandalosos” -nos contó entre risas.

¿Qué vino a hacer a esta lejana ciudad? Es algo que ni él mismo lo sabe, ya que fue su padre quien lo trajo siendo él apenas un jovencito. Como no tenía gran cosa que hacer, ya que su padre se iba a realizar sus negocios en los pueblos cercanos, él se dedicaba a recorrer el lugar y, más por ociosidad que por devoción, entraba a cuanta iglesia se encontraba. En una de ellas, “la de San Juan”, descubrió a unas señoritas que preparaban niños para su Primera Comunión con la ayuda de unas graciosas monjitas, que en aquella lejana época vestían unos hábitos impresionantes que hacían temblar el calor de estas tierras. Entre la belleza de las muchachas y la singularidad de las monjas (él pensaba que sólo en los conventos vivían monjas y que nunca salían) se aficionó a ir a la mencionada iglesia. Para que no lo vieran raro, se encubrió con un rosario que compró a las puertas de la Iglesia de San Servasio.

Varios días estuvo yendo hasta que una de las religiosas se le acercó y, dada sus muestras de “piedad”, lo involucró en las actividades. Fue así como conoció a las simpáticas señoritas e hizo amistad con ellas. “Fueron tiempos hermosos”- nos dijo con una sonrisa. Claro que él ya le había echado el ojo a una chica e hizo hasta lo imposible por conseguir su atención. “Era una mujer en verdad hermosa. Llena de vida… y de fe” -nos dice suspirando. “Yo no le caía muy en gracia, ya que para ella era un vulgar huach, un simple foráneo despreciable”. Los tres nos reímos antes sus palabras. “Pero yo estaba dispuesto a todo con tal de conseguir su cariño”.

Resulta que las primeras comuniones pasaron y él siguió frecuentando la Iglesia y el grupo apostólico que habían conformado las monjitas, las cuales se habían ido a misionar a otros lugares. Su padre decidió quedarse en Valladolid, sus negocios prosperaban, y le había conseguido un trabajo para ocuparlo, pero él sacaba tiempo para ir a la iglesia a ayudar en lo que se pudiera, con tal de estar cerca de su adorada Teresa, que así se llamaba su dulce dama. El sacerdote encargado de la iglesia les había pedido que visitaran comunidades marginadas cercanas a Valladolid, pero abandonadas por las autoridades. Ya había pasado la Navidad y no encontraban una actividad que motivara a los pobladores de un lejano pueblito situado a dos horas de Valladolid por camino malo. Entonces a él se le ocurrió que bien podrían celebrar el Día de Reyes.

La idea no cayó muy bien al principio, ya que en Yucatán no estaba muy arraigada esa celebración, pero al Padre le gustó la idea. “Los santos Reyes fueron los que le llevaron regalos al niño Jesús” -les explicó el sacerdote- “Nosotros podemos hacer lo mismo”. Entonces él, para impresionar a Teresa, propuso conseguir una Rosca de Reyes. Todos lo miraron extrañados cuando dijo eso, ya que nadie en Yucatán tenía ni sabía de esa ajena costumbre, que era algo más propio del interior del país y de los migrantes españoles. Él les explicó en qué consistía y se comprometió a conseguirla, algo fuera de toda lógica dada la lejanía de Yucatán con el resto del país.

Pero don Enrique, que así se llamaba el ahora viejito, la consiguió. Fue un plan con maña, ya que su padre, descendiente de españoles, había encargado una a la metrópoli. Sólo hubo que pedir que duplicaran el pedido e ir a buscarlas a Mérida, con dos días de anticipación, en que llegaron como carga en los avioncitos. Ni que decir que aquello había costado una buena suma, pero su padre la pagó muy contento de verlo tan trabajador e involucrado en las cosas del Señor. “Luego se molestó conmigo cuando supo que mi religiosidad tenía faldas”-nos dijo muerto de risa.

Pues allá fue el grupo apostólico el 6 de enero a esa lejana comunidad campesina maya a llevar regalitos para los niños, el mensaje de salvación para los adultos y una extraña y desconocida Rosca de Reyes para la comunidad. “Tere no me quitaba los ojos de encima durante todo el camino. Claro, no era porque me hubiera aceptado, sino porque yo llevaba la rosca en una caja bien cerrada y ella se moría de ganas por verla”. El camino fue accidentado, ya que no estaba pavimentado, sino era de simple tierra y muchas piedras. “Íbamos en tres camionetas, pero acabamos en dos cuando a una se le rompió el eje. Estábamos apretujados y yo feliz de tener a Tere junto de mi”.

Su llegaba a la población atrajo la atención de todos sus habitantes. “Serían unos 150, muy pobres todos. Nos recibieron con desconfianza, aunque conocían al Cura que hablaba muy bien la maya. Fuimos a la iglesita, medio derruida, y el Padre comenzó a hablarles. Nosotros invitábamos a los niños a venir, pero ellos no se despegaban de las faldas de sus madres, unas mestizas muy serias con sus hipiles descoloridos.”

La misión no marchaba nada bien, por lo que el joven enamorado, desesperado por atraer la simpatía de su dama, le pidió al sacerdote que tradujera lo que iba a decir. “Ya ni recuerdo lo que dije ni mucho menos sé lo que el Padre dijo en maya, pero el resultado fue sorprendente. La gente se interesó por conocer el contenido de la caja. Creo que entendieron que era algo así como pan de reyes”. Al abrir la caja todos quedaron como hipnotizados por la gruesa rosca. Alguien trajo un cuchillo, y un integrante de cada familia pasaba a cortar un pedazo. “Eso fue maravilloso”-comentó el anciano- “Ni los regalos, ni la oratoria del cura lograron moverlos tanto como la rosca. La comían con devoción y tierna curiosidad, pero el clímax fue cuando salió el primer muñequito hecho de cerámica. No hombre, los chiquitos brincaban de felicidad. Todos querían un muñequito aunque sólo a tres les tocó”.

Don Enrique sonríe con beatitud. Luego se queda callado saboreando esos gloriosos recuerdos. “¿Y qué pasó después?”-inquirimos picados por la curiosidad. El anciano sonríe y nos comenta. “Pues que como vieron que yo hablé y el Cura les dijo que yo había llevado la rosca, pensaron que yo era una especie de rey que les regalaba mi pan. Y los niños me empezaron a decir: Rey Quique, ya que los compañeros por llamarme Enrique me decían Quique. Y así pasé de Huach Quique a Rey Quique”.

La historia estaba en verdad interesante y teníamos ganas de que nos siguieran contando sus aventuras en esas lejanas épocas, pero su enfermero llegó y entendimos que le quedaba poco tiempo en la banca. Don Enrique le sonrió a su fiel ayudante e hizo ademán de incorporarse para irse. Con todo, mi esposa no pudo evitar preguntarle: “¿Y Teresa?”. Don Enrique sonrío radiante: “Se casó conmigo. Nos fuimos a Mérida unos años, luego a Guanajuato, pero al final regresamos… uno siempre regresa al lugar donde fue feliz.” Y añadió con tristeza. “Por sesenta años fui el hombre más feliz sobre la tierra, pero Tere ya se fue y  me quedé aquí venerando su ausencia”.

El enfermero la sujetó suavemente del brazo y lo ayudó a incorporarse. Don Enrique se levantó, se arregló la guayabera, agarró su bastón e inclinó ligeramente el sombrero como despedida. Dio unos pasos y volteando nos dijo: “Este fiel y maravilloso enfermero es Julio, mi ahijado, hijo de uno de aquellos niños que se sacó un muñequito…

El buen hombre le recriminó dulcemente: “Vámonos Don Rey Quique, debe tomar su medicina, ya se nos hizo tarde”. Y con paso lento se fueron alejando. Mi esposa y yo nos abrazamos en tanto las sombras de la historia poblaban la fresca noche en Valladolid…