Ojo enamorado

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En tu mirada

sábado, 6 de enero de 2024

 REGALO DE REYES 2024 

ROSCA SECA 

Por Ernesto de la Fuente


“Seguiría esas caderas hasta las puertas del infierno”

Repite la frase que ha encontrado en una vieja plaquette donde publicaba cuentos con sus amigos escritores. ¿Cuántos años han pasado? No lo recuerda. Es lo malo de la vejez, uno va perdiendo todo, incluso la memoria.

No obstante, aún queda la vaga sombra de aquellas plumas que, cual espadas de mosqueteros, acudían presurosas a las reuniones literarias para verter sus negras tintas. ¡Cuántas veces no rieron y riñeron, royendo impresionantes e impresentables historias cortas!

Pero lo que el amor a la tinta unió, el tiempo se encargó de desunir. ¿Quién les iba a decir que eran tan frágiles antes impredecibles eventos epidemiológicos? Un pequeño virus pudo con ellos y les desbarató la vida. Y ahora, nuevamente, el ciclo calendárico repite el tan aciago día, el último en que se congregaron. Conserva destellos de la reunión: la risa de las bellas musas, la necedad de los viejos mañosos, la ocurrencia de los jóvenes incautos y, sobre todo, el silencio que se hizo cuando leyó su cuento, aquel nefasto engendro literario que les robaría el futuro.

¡Claro, no podía faltar la Rosca! Era una tradición impuesta por el cumpleaños de alguien, ¿o era por un aniversario? No sabía. Lo que no puede olvidar es el sabor de aquel pan. Todavía conserva el simpático muñeco que salió y que tanta risa causó a todos porque se trabó en su prótesis dental.

¡Cómo nos reímos! —se dijo a sí mismo en voz alta.

Otra vez el 6 de enero, pero no hay con quien reunirse. Hay roscas por todas partes, pero no hay con quien cortarlas.

Revisa las carpetas con desesperación hasta que encuentra la foto. La musa egregia la tomó, porque la musa docta no era de fotos, menos la afligida y mucho menos la jacarandosa. ¡Qué bien se ven todos sonrientes!

—Papá, ¿Vas a querer que compre la rosca de Reyes? —mira a su hija sin muchos ánimos— ¿O acaso al fin te vas a comer el pedazo de rosca del congelador?

—¿De qué estás hablando? —pregunta extrañado.

Su hija toma aire y le explica con suma paciencia. Se nota que no es la primera vez que se lo dice.

—Ese pedazo que trajiste de una reunión hace unos años y que dijiste que algún día te lo comerías.

—¿Cuál? —no parece entender.

—Vaya contigo padre. ¿Ves ese refrigerador nuevo que le compraste a mamá antes de que se nos fuera? Lo compraste porque cada semana quería tirar el recipiente con tu rosca. Decía que ocupaba un espacio que ella requería. Por eso lo compraste. ¿No recuerdas?

Mueve la cabeza confundido. Detesta esa muletilla que ella siempre repite: “¿no recuerdas?” Es obvio que no recuerda. Tal parece que ella cree que le gusta jugar a las malditas adivinanzas con su pasado.

Su hija saca el recipiente del congelador y se lo muestra. Él lo mira con interés. Un breve destello, cual cometa Halley, cruza su memoria. Sí, la rosca de la última reunión. Las risas, los abrazos, los dulces besos… y la tos, una tos a la que no le dieron importancia…

—Por mí no compres rosca —afirma categórico para después con dulzura suplicar: —¿me la calientas en el horno por favor?

Su hija pone cara de asombro, pero no replica. Abre el recipiente, le quita el papel aluminio al pan y lo introduce al horno de aire caliente. Duda en la programación del tiempo, pero finalmente lo hace al azar.

—Será como descongelar una piedra, pero allá tú —dice con una media sonrisa.

Él sonríe por primera vez en mucho tiempo. Le viene a la mente una historia que le contó su padre hace muchísimos años. Algo que sucedió en la tundra rusa, donde encontraron un mamut perfectamente congelado y lo destazaron para comerlo. ¿Comería una rosca-mamut del Pleistoceno?

Se sentó en la cocina en tanto seguía observando la foto. ¿Por qué sus recuerdos parecían ser fruto de sueños febriles? Evoca voces, aromas, palabras, sonrisas, silencios y, sobre todo, ese profundo afecto que se tenían. Cierra los ojos y trata de capturar los escurridizos recuerdos que lo evaden. Un verdadero tormento el esfuerzo. Derrotado, se dirige a su hija lleno de angustia:

—Niña, ¿por qué no puedo acordarme de las cosas? ¿Qué demonios me sucede? Siento como si tuviera un agujero en la memoria y mis recuerdos huyeran despavoridos como caballos desbocados ante un fiero león.

Su hija lo mira con tristeza y le dice algo que, de alguna forma, él ya sabe que se lo ha repetido muchas veces con anterioridad:

—Papá, tienes principio de Alzheimer. Por eso te sucede lo de la memoria. Se te presentó después que te enfermaste de Covid 19 —se muerde los labios y con lágrimas remata— El médico dijo que podía ser una secuela, pero no lo recuerdas…

Se queda callado. Tiene un caos en el cerebro y su memoria es como la Biblioteca de Alejandría siendo incendiada. ¿Quién fue el maldito que la quemó?

Un timbre suena y la hija saca con pinzas de metal el pedazo de rosca y se lo sirve en un plato. Él se queda mirando el pan: sí, parece un ladrillo cocido. Hace ruido con la garganta, emulando un zumbido.

—¿Qué pasa? Ahí está lo que me pediste —objeta la hija

—Sí, pero no está completo.

—¿Qué le falta? —pregunta su primogénita extrañada.

—Le falta un buen café. ¿No ves que está muy seca?

Su hija sonríe y le prepara un delicioso café en su vieja y enorme taza. Dos dedos de leche, deslactosada light, agua hirviendo al tope, y una cucharada rebosante de café arábico soluble. Se lo sirve humeante.

—¿Está Café? —preguntó el hombre con desconfianza.

—¡Por supuesto! ¡Caliente, Amargo, Fuerte y Enorme! —recalca ella divertida.

Ambos esbozaron una sonrisa cómplice, rememorando la anécdota en que su padre cambió la última palabra de café de “Escaso” a “Enorme”. Seguramente la tía abuela que se lo decía se revuelca en su tumba al escucharlo. Se alegra que recuerde el viejo chiste familiar. Un par de lágrimas se escurren por sus mejillas.

En tanto, el padre remoja la añeja rosca en el café y añade:

—Un buen pan siempre pide a gritos un buen café…y más cuando se come en honor a los buenos amigos que ya no están…