Ojo enamorado

Ojo enamorado
En tu mirada

lunes, 19 de febrero de 2018

ANOTACIONES

ROBO POSPUESTO

Por Eduardo Ruz Hernández

Los golpes en la puerta despiertan al cura párroco de la Iglesia de Nuestra Señora de la Soledad y de la Alta Gracia. — “¿Quién rayos será a esta impropia hora?” —se cuestiona el anciano sacerdote en tanto se levanta aturdido de la cama y camina al ropero, seminconsciente, a ponerse una sotana, férreo uniforme sin el cual se le hace imposible enfrentar la vida. Los golpes no cesan y se ve en la necesidad de gritar para indicar que, muy lentamente, va en dirección a la puerta.
Más dormido que despierto, el Muy Ilustre Señor Canónigo don Miguel Reyes, de 86 años, barriga prominente y grandes achaques, quita lentamente la tranca y abre la puerta. Frente a él, saliendo de entre las sombras, logra distinguir a doña Cecilia, la viuda del otrora hombre más rico del valle, don Trinidad Farías (a quién Dios tenga en su santa gloria y el demonio en su enorme decepción). Junto a ella está una muchacha enfundada en un vestido verde y portando un sombrero de girasoles que cubre su largo cabello teñido de azul. Su desparpajado aspecto asusta al cura.
— ¿Qué sucede doña Cecilia? ¿A que debo el honor de su visita a estas horas de la noche? Usted sabe que a mi edad es casi de madrugada para mí.
Doña Cecilia frunce el ceño, se pasa la mano por la peluda barbilla y exclama con voz chillona.
— No vendría a importunarlo si no fuera importante, señor cura.
Hace una pausa conteniendo la rabia y prosigue atropelladamente:
— Encontré a esta rapazuela dentro de mi casa revisando mis cosas…
El anciano sacerdote la mira sin entender la situación.
— Pero doña Cecilia, yo no soy el Ministerio Público, soy solo un pobre sacerdote. Mi jurisdicción no llega a dar mayores castigos que los espirituales. Le ruego vaya al Ayuntamiento, con don Genaro, el Jefe de la Comandancia de Policía… — deja de hablar al ver como gruesos lagrimones resbalan por los ojos de la vieja rica.
La muchacha los mira divertida en tanto juega con su pelo y masca vulgarmente un chicle.
— ¿Cómo te llamas chiquilla? — pregunta el cura intentando distraer la insólita y desagradable situación.
— Soy Alicia cotamadre hieloquemada.
El cura contrae la cara ante el espantoso lenguaje de la chica, y viendo que por ahí no sacará nada, interroga nuevamente a la anciana viuda,  a quien mucho respeta por sus generosas aportaciones al mantenimiento de la Iglesia y por los obscuros secretos de juventud que de él sabe.
— ¿Y qué desea que yo haga, doña Cecilia?
— ¡Que hable con esta mequetrefe! ¡La encontré en mi casa, jugando con lo que es mío!… — nuevo reguero de lágrimas cae como cascada de los ojos de la mujer acaudalada.
Don Miguel capta al fin el problema: una joven jugando con las “pertenencias” de la anciana viuda. Recuerda que doña Cecilia contraerá matrimonio con Gregorio, el peón de rancho al que le dobla la edad. El cura, conciliador, toma a la joven del brazo y la pone a buen resguardo detrás de él, dentro de la casa.
— Pierda cuidado doña Cecilia, yo hablaré con la joven para que aprenda a respetar las cosas ajenas y ya no la moleste más.
— Limones dulcimargos — dice la muchacha siguiéndole la corriente al anciano sacerdote con tal de que la vieja la deje en paz.
Doña Cecilia se marcha, el cura cierra lentamente la puerta y Alicia respira aliviada de estar en un lugar donde al fin podrá usar la larga noche para dormir, y no para sacudir desenfrenadamente la cama.

martes, 6 de febrero de 2018

¿SOY ESCRITOR?

¿DEBO DEDICARME A ESCRIBIR?

Siempre me ha gustado escribir, fruto de mis largas horas de lectura. Aunque he vivido toda mi vida trabajando con libros, poco es lo que he escrito. Durante un breve periodo de mi vida me pagaban por escribir artículos para una revista. Fue una época dorada. Pero no todo puede ser como uno quiere. Las obligaciones familiares hicieron que me dedicara a un trabajo que me ha dejado una retribución segura y olvidara los “sueños guajiros” de vivir escribiendo.

Ahora, que han pasado más de treinta años, quisiera jubilarme del trabajo que he desempeñado. Tengo el derecho a hacerlo, pero me retiene todavía la cuestión económica. Pierdo un porcentaje al jubilarme. Es por eso que recurro a ti, lector, para saber si vale la pena arriesgarse y dedicarme de lleno a escribir.

Considero, muy pesimistamente, que ya hay demasiados escritores y no creo ser uno sobresaliente. Con todo, si a ti te agrada como escribo, por favor házmelo saber donando lo que buenamente consideres. Si junto lo suficiente para compensar lo que perdería al jubilarme, me retiraré y dedicaré completamente a escribir.

En fin, no creo lograr nada con esto, pero tampoco pierdo nada al intentarlo. Bueno, sí, puedo perder la esperanza ¿No? Aunque se supone que la esperanza es lo último que se pierde...

Si deseas apoyarme te doy esta liga para hacerlo:


Por ahora estoy trabajando en una novela con tintes históricos y de ficción titulada:

“Der Tank”. 

Espero poder terminarla y darla a conocer.

Gracias por leer estas letras y compadecerte o reírte de mí. Da igual ¿no? Aquí sigo.

Carpe Díem


miércoles, 17 de enero de 2018

REGALO DE REYES 2018

PEDAZO DE ROSCA
A mi esposa.

Por Eduardo Ruz Hernández

Hasta la muerte requiere papeles. ¿Quién lo diría? La vida es para ellos un remanso de paz. Tantos años invertidos en hacer crecer a una familia para ver sus frutos irse lejos. Su hija Margot, casada con un italiano, vive en Kazajistán, a cinco días de viaje, con un par de gemelos aún pequeños. Sauer, su orgullo, su varón que estudió para Chef en Francia, se casó con una colega coreana y está en Japón con dos hermosos hijos adolescentes. Maravillosos hijos, pero lejos, muy lejos de su familia nuclear.
Han dado todo por ellos. Veinte años atrás, vendieron la casa de sus sueños para apoyarlos económicamente y se fueron a vivir a un departamentito a otra ciudad más tranquila y bella, pero desconocida para ellos. Ahora se quedaron solos, Liebe y él, y aunque no se lamentan, tampoco alardean de una soledad que les pesa cuando ambos han superado las ocho décadas. Pero ¿a quién quejarse? Educaron a los niños para ser libres, independientes y felices, y eso precisamente hicieron con sus vidas. Ellos son simplemente unos ancianos cada vez más estorbosos. No obstante, el bello carácter de su esposa le ha hecho posible sortear los inconvenientes de la vida. Eso y sus hermosos ojos verde claro.
No hay problemas, angustia y pena que no se diluyan ante esa mirada. El cuerpo no es el de antes, las arrugas llenan su rostro, la carne ha perdido tono y elasticidad, pero sus ojos, sus bellos ojos, jamás pierden la chispa que incendia su alma. Por eso la ama con profunda pasión y soporta los males que la edad trae consigo a los viejos cuerpos. Bien escribió Bécquer: “Por una mirada un mundo…”
La relativa paz se rompe definitivamente el 23 de diciembre cuando Liebe manifiesta un agudo dolor en el pecho y se desmaya. No hay más opción que llevarla a Urgencias al Hospital de los Trabajadores, al que tienen derecho por haber dejado su vida laborando para el Estado por más de 40 años. El ingreso es relativamente rápido, ya que cuenta con la identificación de afiliados que conlleva la prestación de los servicios sanitarios. Eso será lo único sencillo.
Los minutos se convierten en horas y la información simplemente no fluye. Nadie sabe nada, tampoco pueden informarle. La desesperación comienza a consumirlo: ¿Cómo está ella? ¿Qué problema de salud tiene? ¿Qué medicamentos requiere para curarse? El vacío absoluto. Cansado, sale un momento en busca de algo para comer, ya que ha pasado más de diez horas. Cuando regresa y pregunta por enésima vez, una malencarada dependiente le informa que el doctor preguntó por los parientes de la paciente, y cómo no había nadie presente no se realizaron unos análisis que se requerían. Impotente y furioso, no sabe qué hacer ya que sus quejas se estrellan ante la apatía e indiferencia de los custodios. Confundido, entiende que, para ellos, la culpa y responsabilidad de todo será siempre de él y de nadie más.
La Navidad es una simple repetición de la ausencia de novedades. En tanto, se entretiene escuchando a los demás pacientes para amortiguar su desencanto. Tiene que reconocerlo, algunas historias son mucho peor que la suya. El sufrimiento no se reparte con equidad y la frustración tampoco. Falso consuelo en un mar de incertidumbres.
Finalmente, a las once de la noche del 25 de diciembre, un médico se digna a explicarle, en menos de tres minutos, que su esposa está muy grave y requiere de una costosa válvula para regular alguna función interna, que no comprende, entre los pulmones y el corazón. Antes de que pueda preguntar, lo conmina a esperar, porque la válvula tardará algunos días en llegar y no hay otra cosa que hacer más que monitorear sus signos vitales y darle un sedante para mantenerla tranquila y que no empeore su condición. Eso es todo.
Por si aquellos problemas no fueran suficientes, olvidó llevar el teléfono celular que le compraron sus hijos y nos les ha podido anunciar los pormenores del sufrimiento materno. Tampoco se atreve a irse por miedo a que nuevamente requirieran su presencia al momento de su ausencia. ¿Qué hacer?
Desde un teléfono público llama a Rosario, su vecina, para que entre a la casa y conteste las llamadas de sus hijos. Pide que les deje muy en claro que no deben venir, ya que eso implicaría muchos problemas para sus vástagos y sus familias. Menudo asunto, piensa, ahogándose en problemas y sin poder pedir ayuda a quienes por años apoyó siempre.
Un día después, le informan que pasarán a su esposa a una cama en el hospital. Eso le permitirá verla. Aquella noticia le alegra el alma, piensa que la situación mejorará para él, pero lamentablemente será todo lo contrario. Ponen a su esposa en un pabellón con otros cinco pacientes. Sólo están separados por simples cortinas, pero eso no es la peor. Junto a cada cama hay una silla de reducidas dimensiones para que un familiar utilice. Al principio lo considera una cortesía. Está tan dichoso de poder ver a Liebe, que no se fija en las minucias del asunto. Ella se ve fatal: los ojos hundidos, la piel reseca y fláccida, el pelo enmarañado. Es una triste caricatura de lo que fue. Tiene puesto suero, no la han alimentado en días. No sabe si porque no se ha podido o porque no ha querido hacer. Dedica un buen tiempo en acicalarla: la peina, le limpia la cara con delicadeza, asea su cuerpo con sumo cuidado. Trata de que sea nuevamente ella, al menos externamente.
Tarde se da cuenta de que las enfermeras que deben atender el pabellón únicamente se limitan a dirigir orquesta. Los familiares son quienes deben hacer todo por sus enfermos, desde ver que hagan sus necesidades fisiológicas, hasta bañarlos, cambiarles de ropa y, el colmo, darles sus medicamentos. La situación es mucho peor. Por la noche, los familiares tienen que ver cómo arreglárselas para dormir en la silla. Arte de acróbatas es, por lo que la mayoría termina en el piso sobre de una cobija. Por supuesto que la mala noche está asegurada y sí el familiar no toma medidas, acabará convirtiéndose en segundo enfermo.
Al amanecer del día siguiente, se ausenta unos momentos para ir al baño y a buscar comida; cuando regresa recibe severa reprimenda de las enfermeras: ¿Quién cree que verá por su esposa si él no está? Se muerde la lengua para no gritarles: ¡Ustedes! Sabe que no debe ni puede ganarse su encono, porque la que pagará todo será su amada. Baja la mirada y asiente sin decir palabra. Al cansancio, el hambre y la angustia, se le suma la indignación del trato. Pero ¿qué hacer? Llevarse a su esposa a un hospital privado es impensable. No podría pagarlo. Tiene que aceptar lo que tiene, callarse y tratar de sobrellevarlo todo. No está seguro de poder.
Al tercer día de estar malviviendo a la sombra de la cama de su enferma, siente que va a colapsar. Lleva más de diez días sin bañarse. Esta adolorida, cansado, hambriento, con la desesperación ahogándolo. No ve cómo saldrá del problema. Perdido en sus complejas elucubraciones de abandono, no escucha que una voz lo llama. Es Rosario, la vecina, que ha venido a verlo. La cara amiga lo reconforta, aunque debe soportar un nuevo regaño, como si no hubiera tenido suficientes con los de las enfermeras. ¿Por qué nunca le dijo a la vecina en qué hospital estaba? ¿En qué estaba pensando al no pedir ayuda? Liebe es muy querida en todo el edificio. También sus amigas de la Iglesia están preocupadas. Todo el mundo está preguntando por ella. Se siente un estúpido. Rosario ha tenido que hacer averiguaciones por su cuenta para poder dar con ellos. Luego del regaño, lo manda a su casa.
— “Váyase a dar un baño y a descansar, que da pena. Yo me quedo a cuidarla.”
Obedece como niño. No sabe ni cómo llega a su departamento. Todo está patas arriba. Nada le importa. Se da un buen baño, se pone ropa limpia y cae como piedra en su cama. No sabe nada del mundo por diez horas. Lo despierta el sonido del teléfono. Es su hija alarmada. Le explica en breves palabras lo que sucede. Calma, no logrará nada viniendo. Es cosa de esperar. La realidad se convierte en otra al brotar de su labios: está muy bien atendida, los mejores doctores velan por su salud, no hay de qué preocuparse. Para evitar lidiar con su varón, le pide a Margot que lo llame y le explique. Él tiene que regresar al hospital.
Va a la Cocina Económica de la esquina y come su primer alimento decente en dos semanas. Cuando regresa se encuentra con que Rosario ya organizó todo. Hay turnos de amigas que lo ayudarán a sobrellevar la guardia perpetua. Él está muy agradecido. No sabe ni qué decir. La situación ha cambiado favorablemente, hasta las enfermeras se portan diferentes con él. Los días siguen pasando con su terrible y lenta rutina. Rosario ha mejorado todo, las amigas hacen guardia durante el día y a él le tocan las noches. Su departamento ha recobrado el orden y Liebe está muy bien atendida aunque ha bajado mucho de peso. El fin de año se va y el año nuevo llega sin ninguna variación en la situación. Ya no lleva cuenta de los días que han pasado. Se le han hecho eternos. ¿Está cumpliendo una condena por algo que hizo mal en la vida?
Llega a considerar que los médicos están esperando que pase el tiempo para que la naturaleza cobre su cuota y ya no haya necesidad de realizar la intervención. Es terrible considerarlo pero ellos ya no son unos jovencitos. A su edad están más cerca de la tumba que de la cuna. Tal vez deba aceptarlo ¿Para qué prolongar los sufrimientos? Tarde se entera que la costosa válvula hace cinco días que llegó pero no han podido proceder porque no hay médico disponible. Al suplente se le venció el contrato y el médico de base está de vacaciones. La vida se escapa por un delgado hilo. Nada se puede hacer.
Cuando al fin hay médico disponible y las condiciones son propicias, Liebe se despide, se va en silencio, como ha estado todos los días desde que ingresó al Hospital. No queda nada de ella, sólo hueso y pellejo. Impactado dolorosamente por la noticia, inicia los trámites para sacarla del Hospital y proceder al sepelio. Es cuando comienza su verdadero calvario. Ya no es su esposa, es solamente un cadáver y, para llevárselo, tiene que identificarlo. Primero debe encontrar su acta de nacimiento. Grave problema porque él no sabe dónde guarda su esposa los papeles. Revuelve todo hasta encuentra el requerido documento. Lo lleva esperanzado de que terminará de una buena vez con todo. Error de iluso: El acta debe ser reciente.
Corre al Registro Civil a sacar una copia. No trabajan ese día. Celebran un obscuro Estatuto Jurídico y están de fiesta. Hasta el día siguiente. Espera angustiosa de horas muertas. Con exasperante calma burocrática consigue el acta y la lleva a las oficinas administrativas, retorcido suplicio de Tántalo. Sí, está muy bien, pero ¿quién demonios es él para reclamar el cuerpo? Necesita acreditar su parentesco. Requiere una copia de su acta de matrimonio. Siente deseos de estrangular a la dependiente, pero se contiene. Otro tortuoso trámite. Regresa al día siguiente. Sí, efectivamente él es su esposo pero ¿cuál es su dirección? Porque la dirección registrada no coincide con el área de servicio del Hospital Sur. No entiende cuál es la importancia del asunto hasta que la mujer detrás de ventanilla le aclara, con acre voz, que si no demuestra que vive en la jurisdicción del Hospital tendrá que pagar los servicios que recibió su pariente. La cuenta alcanza siete cifras, incluyendo la válvula que nunca se le colocó.
Está que trina. Verifica la dirección que tienen registrada y comprueba que no es realmente la suya. Regresa a su departamento a buscar un comprobante domiciliario. Cuando lo encuentra estalla en llanto. Siente que ya no puede más. Está harto. No obstante, regresa con la certeza de que nuevamente le pedirán un nuevo documento. Prevenido, trae una carpeta de archivo con todos los documentos que encuentra a su paso, incluidos el certificado de bautizo, primera comunión, confirmación y matrimonio religioso. La dependiente lo mira con condescendencia: Ya está todo bien. Le dan el maldito papelito rosado para que le entreguen el cuerpo.
Sale buscando una funeraria. Tropieza y rueda por las escaleras. Todos los papeles caen al suelo. Sintiéndose el hombre más miserable sobre la tierra, los recoge. Uno de ellos le llama la atención, tiene el logotipo de una famosa funeraria. Lo examina y se da cuenta de que es un certificado pagado por servicios funerarios futuros. Es una póliza. Está conmocionado. Liebe la pagó previendo esto. Llama y el cielo se le abre cuando un amable empleado se pone a su disposición. No encuentra ninguna traba, sólo soluciones maravillosas.
La velación y el entierro son discretos y hasta gratos después del infierno hospitalario. Liebe estaría más que feliz con ellos. Las vecinas, junto con Rosario y las devotas de la iglesia y hasta el sacerdote de la parroquia, asisten y lo acompañan en su dolor. Él les agradece de corazón pero no puede parar de llorar. Ha sido demasiado. No sabía que la vida le tuviera tanto encono. ¿Merecía todo ese sufrimiento extra además de la muerte de su esposa? No hay respuesta. Avisa a sus hijos con parcas palabras. ¿Para qué venir? Con que ellos estén bien es suficiente. Mejor que vengan cuando él muera para disponer de las cosas, piensa para sus adentros sin decirlo.
Por primera vez en semanas dispone de la tarde y la noche libres. Duerme como bendito. Cuando despierta se olvida de todo y busca a Liebe. Le cuesta trabajo recordar que  está muerta y su cuerpo está siendo consumido por los gusanos en la tumba. ¿Qué le queda? ¿Solamente recuerdos? Se sienta y en tanto toma un café trata de rehacer su vida. ¿Qué día es? Quince de enero. Ya pasó el día de Reyes. Recuerda la Rosca, las reuniones familiares, los hijos cortándola con goloso deleite, luego lo harían con Rosario y las vecinas. Liebe tenía una hermosa costumbre: en lugar de castigar a quienes sacaran muñeco haciéndoles apadrinar la fiesta del dos de febrero, ella les daba un magnífico regalo. Era un hermoso detalle que apreciaban mucho los vecinos. Por eso la querían tanto, siempre se daba a los demás.
Deprimido, sale del departamento sin rumbo fijo. Sólo quiere caminar. Encuentra una panadería y pregunta si les queda Rosca de Reyes. La respuesta es negativa. Emprende una cruzada por todas las panaderías de la ciudad buscando la mítica Rosca. Pierde la cuenta de cuantas visita. Decide regresar cuando va cayendo el manto obscuro de la noche. De pronto, ve a un señor salir con una gran rosca de una panadería escondida. Entusiasmado, entra buscando lo mismo. No, ya no quedan, era la última. Su cara de abatimiento conmueve a la empleada.
— “Me queda solamente un pedazo.”
Sonríe por primera vez en casi un mes. La mujer quiere regalárselo pero él insiste en pagarlo. Regresa al departamento cuando ya la noche ha engullido el día. Se prepara un café con leche. Considera que hubiera sido un buen detalle invitar a las vecinas a una Rosca. Sólo buenos deseos le quedan en la cabeza. Abre el empaque y saca la Rosca. Decide no calentarla. Muerde un pedazo y lo apura con el brebaje hirviendo. Le sabe a gloria. Al segundo bocado se topa con algo duro: Es el muñeco. Lo examina con tristeza ¿Cuál sería el regalo que le hubiera dado su esposa si viviera? Sus ojos se inundan. Las lágrimas caen a raudales siguiendo las arrugas de sus mejillas.
Tres días después Rosario toca la puerta del departamento. Algo no está bien. Por más que llama no abre la puerta. Nerviosa, utiliza la llave que le dejó Liebe para emergencias y entra. Está sentado en la mesa del comedor. Tiene la cabeza echada hacia atrás y una sonrisa cincelada en el rostro. Su mano derecha sujeta un muñeco sobre la mesa. Las cucarachas devoran los restos de un pedazo de rosca y una taza de café está tirada y rota en el piso. El grito de Rosario alerta a los vecinos. Liebe siempre da regalo, siempre.



viernes, 15 de septiembre de 2017

BENDITOS SENOS

MARAVILLAS DEL SER
                                                                                                  
Por Eduardo Ruz Hernández

Hace Algunos ayeres el inmortal escritor argentino Jorge Luis Borges escribió: “Los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres”  [Fuente: Tlön, Uqbar, Orbis Tertius].

Ahora, parafraseándolo, yo escribiría: “Los senos y las ubres son maravillosos, porque incitan y alimentan a los niños”. Apedréenme, pero no puedo dejar de pensarlo. Benditos senos, benditas ubres ¿qué sería del mundo sin ustedes?


Meditaciones de un idus de septiembre vertiginoso, pletórico de mareos y repleto de nauseas. No, nadie está embarazado, mi laberinto está descontrolado. Debo de estar navegando en el mar proceloso de la cruda imaginación.

viernes, 26 de mayo de 2017

DIVAGANDO

Llegó a la estación empapada de besos. Cuando subió al tren ya había olvidado quien se los había dado.

Quería una séptima vez pero él ya no pudo más. En venganza ella no fue al entierro.

Anhelaba ese libro con todas las fuerzas de su ser. Cuando al fin lo compró, lo puso en el estante junto a los otros 456 libros que no había leído.

La orgía fue tan gratificante que cuando la quiso plasmar en un cuento, dejó la computadora y volvió con sus  amigas  a recrearla y así poder tomar notas de los minuciosos detalles.

Plasmó tan bien su neurosis en el cuento, que todo el que lo leía se apropiaba de ella y terminaba siendo peor que él.



jueves, 11 de mayo de 2017

DESPRECIO LITERARIO

Miércoles 13 de mayo de 2015.

FURIBUNDO JUEZ
Por Eduardo Ruz Hernández

Leía con la firme determinación de encontrar substancia en los textos. Algo tenía que sacar de ellos, más que ideas, más que anécdotas, jugo intelectual. Así lo llamaba. Por eso era tan estricto en sus lecturas. No podía extraer aquel “substancia” de escritores que fantaseaban con sandeces. Porque eso sí, él amaba que lo narrado fuera verosímil. Si alguna de las lecturas no cumplía con su estricta observancia, la desechaba con inclemente asco.
Un día este temible lector sintió deseos de escribir. Había leído tanto y por tanto tiempo, lecturas cada vez más selectas, que cada día le resultaba más difícil encontrar libros que llenaran sus expectativas, por lo que decidió escribirlos.
Ante esa perspectiva, decidió inscribirse a un Taller de Creación Literaria. Al principio, todo fue muy bien. Se explicaba un poco y se incentivaba a que cada participante escribiera algo. Pero no todo fue dicha. La instructora les solicito que unos a otros se examinaran sus cuentos, y fue entonces que el rígido juez surgió desacreditando formas de escribir que no cumplían sus escrupulosos cánones de gusto.
Su duro juicio pronto cayó mal entre sus compañeros. Despedazaba escritos y enmendaba todo tipo de errores. Siendo lector de años, para él eso era de lo más sencillo. No así para los demás. Uno de sus compañeros tenía alma de poeta y agujereaba la verosimilitud en sus textos. En sus escritos, las miradas se convertían en pájaros y las voces en peces que navegaban por los ríos de sonidos hasta acabar llegando al puerto de los oídos.
Con este compañero se ensañaba con particular énfasis. Lo detestaba por escribir anécdotas inverosímiles que conllevaban situaciones absurdas. Pero su compañero no se daba por aludido y seguía dejando que las ideas saltaran de un lado a otro como conejos y huyeran rugiendo como leones heridos. Al fin, cansado de sus sandeces, el lector inexorable se negó a examinar aquellos escritos.

El curso acabó y cada quien siguió su propio camino. Aquel riguroso juez obtuvo lo que quiso y acabó escribiendo sus propios jugos literarios para poder beberlos a su gusto. Pasaron algunos años y un día, en tanto inspeccionaba una librería en busca de algo que colmara sus finos gustos, encontró un libro escrito por aquel antiguo compañero. Le asombró la enorme cantidad de ejemplares de aquel título y que lo promovieran como el más vendido. Leyó una y otra vez el título sin entenderlo: Cien años de soledad

lunes, 8 de mayo de 2017

ANOTACIONES AL MARGEN

CUENTOS CORTOS
Por Eduardo Ruz Hernández

El sol entra silenciosamente por la ventana, en tanto las tinieblas y su vida escapan estrepitosamente por la puerta.


Queda sola, cierra los ojos, la pesadilla se apodera de ella.


Ocho balas, dos muertos. Eso de la economía no es su fuerte.


Cuando el lobo se quita la piel, no asusta a las ovejas. Tarde comprende que no son herbívoras. Es todo un delicioso banquete.


Cuando su mujer le sirve la comida, mira el plato con profunda extrañeza.
— ¿Qué me diste? —reclama alterado.
— Lengua, lengua de escritor.


Devora el libro con tantas ansias que no deja ni la encuadernación. Su madre lo regaña: No por ser comején debe ser mal educado.


No lo acaba de creer, gracias a que pierde la dama gana la partida. El divorcio lo ha favorecido. Jaque mate.

viernes, 6 de enero de 2017

Regalo de Reyes 2017

NOSTALGIA ENROSCADA

Por Eduardo Ruz Hernández

El año comienza mal, cruelmente solitario. La muerte de su esposa llega en mal momento, cuando sus hijos han emigrado a otros países en busca de mejores horizontes. Lo que se suponía sería una vejez de ensueño al lado de la mujer adorada, se ha convertido en una tortura de soledad ante la ausencia infinita e incomprensible de su amada.
La rutina es una cruel ama que hace que repita, una y otra vez, los cansados pasos cotidianos que le hacen sobrevivir. Levantarse, asearse, hacer el café, desayunar, salir a pasear al perro, darle comida al gato, ir al mercado, mal cocinar algo para comer, leer el periódico, que parece una réplica de cualquier día de cualquier año anterior, ir por la correspondencia al apartado postal, llevar la ropa a la lavandería los miércoles, recogerla los jueves, ir al servicio religioso los domingos… Todo es una repetición mecánica de cotidianeidades que únicamente varía un poco los fines de semana en que camina como perro sin dueño por el Parque Anzures.
Lo peor de todo es la nostalgia, esa quemante sensación de haber vivido algo maravilloso que ya no existe y que recuerda en cada paso al rememorar los lugares visitados, los paseos, las conversaciones, los abrazos, la inefable dicha de estar juntos. Pero la vida sigue, siempre lo hace, y el sol sale nuevamente todos los días aunque uno no desee verlo. No queda más que vivir o, más bien, mal vivir.
La Navidad y las fiestas de fin de año son mortales para su ánimo. Por más que sus hijos insistieron en que viajara para reunirse con ellos, pretexta un malestar que no existe pero que muy pronto se le vendrá encima. No quiere irse. Tal vez siente un gozo avieso en atormentarse regodeándose en sus recuerdos. O simplemente, ante la perversa adversidad, se ha rendido y está esperando que la muerte venga también por él. Como fuese, la soledad ha sido su única compañera en aquellas “alegres” fechas.
Ahora, que inicia el año, acude al supermercado a surtir su de por sí vacía despensa. Es un lugar cercano a su casa donde siempre ha ido con su esposa. Los empleados lo conocen y es saludado con deferencia y sincero afecto. Al terminar de pagar, la cajera de da un boleto para participar en la rifa de inicio de año de la tienda. El boleto es una nueva puñalada al corazón de sus nostalgias, porque por años su esposa participó en aquella tradicional rifa sin jamás sacarse nada. No obstante, siguiendo la rutina, deposita el boleto en la urna luego de ponerle sus datos. Se ensaña consigo mismo obligándose a reproducir todas aquellas vivencias que ha compartido con ella.
El cinco de enero golpean a su puerta. Abre con la convicción de que pueda ser una nueva fatalidad, pero no lo es. Goyito, el joven que trabaja como “cerillo” en el supermercado, ha ido a llevarle el regalo que sacó en la rifa: una enorme Rosca de Reyes. No lo puede creer. Ahora que más sólo está, tiene una enorme Rosca de Reyes para compartir con nadie. Luego de gratificar al muchacho, se sienta a contemplar aquel delicioso pan. Por años ha disfrutado la tradición de cortarla en familia. Recuerda las expectativas de sus hijos al tomar el cuchillo y los hermosos ojos de su mujer, chispeantes de picardía, cuando evitaba sacarse el muñeco. Risas, gritos, comentarios y bromas. ¿Y qué queda de todo eso? Silencio y soledad.
Pasa largas horas mirando la Rosca sin saber qué hacer. Tal vez sería lo mejor regalársela a algún albergue de ancianos, de niños huérfanos, o de menesterosos. Lo piensa pero no se decide. La Rosca es tan grande y a la vez se ve tan rica, que si la regala no podrá siquiera probarla. Además, es la primera vez en su vida que se saca un Rosca en una rifa. Debe disfrutarla, saborearla, recrear con ella aquellos viejos tiempos que se han marchado.
Una idea se abre paso entre su nebulosa nostalgia. Va al cuarto y revisa el tocador de su mujer. Ahí está el teléfono celular de ella, regalo de sus hijos. Aunque han pasado siete meses, el aparato no deja de ser un chunche tecnológico de última moda. Busca el cargador y lo conecta para recargarlo. Después se prepara un café y, en tanto se quema la lengua al tomarlo hirviendo, va anotando lo que hará tan pronto el artilugio esté completamente restablecido.

Viernes 6 de enero. La noche cae lentamente sobre la ciudad. Revisa que todo esté listo. El chocolate caliente sobre la estufa, los platos y las tazas limpias bordean la mesa y la Rosca ocupa el lugar de honor en la misma, como si fuese un pavo hecho de pan y hoy fuera Nochebuena. Mira su reloj sin prisa. Se ha puesto sus mejores galas y cuando los invitados van llegando, no pueden dejar de admirar su porte. Ahí está su cuñada, cuyas invitaciones siempre ha despreciado desde la muerte de su esposa. Sus tres hijas la acompañan contentas de volver a ver al “Tío Letras”, como cariñosamente le dicen. También acude su hermano, al que hace muchos años no habla por aquel malentendido de la casa del abuelo. Su primo, el mujeriego, también acude con su nueva conquistas, una pelirroja piernilarga de hermosos senos. Tampoco podrían faltar las amigas de su esposa, las cuales concurren en tropel emocionadas de que no las haya olvidado. Por último, también está Goyito presente, ese buen chico que siempre se portó tan amable con su mujer y está tan pendiente de sus compras y de sus caras.
Nuevamente la casa se llena de ruidos y no puede evitar esbozar una sonrisa al sentir que algo de lo perdido ha vuelto. Conversa con todos y los saluda atentamente uno por uno, agradeciéndoles su asistencia. Es un día especial, la primera Rosca de Reyes sin ella. Entre risas y recuerdos alegres, uno a uno van cortando el sabroso pan. Los muñequitos se ponen sus moños y se niegan obstinadamente a salir. Han cortado más de la mitad y nada. Deciden hacer una segunda vuelta y es cuando sale el primero. La pelirroja es quien lo saca, ante los aplausos de los asistentes. El segundo casi le rompe un diente a la mejor amiga de su esposa, una flaquita muy guapa de ojos claros y sonrisa escurridiza. Pero el tercer muñequito, al que su hermano ha bautizado como “Houdini”, no aparece por ninguna parte.
No queda ni un pedazo de pan y al susodicho no le da la gana de salir. Las bromas no se hacen esperar: tal vez eran sólo dos, tal vez alguien se lo tragó para no dar los tamales el dos de febrero, tal vez se ha ido corriendo al ver la caterva de invitados… La risa brota con facilidad, como agua de una fuente, de la garganta de todos. Ha sido una velada maravillosa y las personas se van dándole las gracias por haber sido invitados. La flaquita se queda para ayudar a lavar los platos, aunque él insiste en que no lo haga. Es notorio que siente un sincero afecto por él, o tal vez algo más. Prefiere no investigarlo. La despide con una sonrisa y, al cerrar la puerta, las lágrimas invaden su rostro como guerreros furiosos de una blitzkrieg amorosa.
Se derrumba en una silla a contemplar la caja vacía de la enorme Rosca. ¿Qué queda después de partir el pan? ¿Qué nos deja de migajas la vida luego de pasar por ella? Levanta la caja para llevarla a la basura y escucha extrañado un ruido inusual. Algo se desliza por el cartón. Mira con detenimiento y encuentra, entre los pliegues de la caja, al muñeco faltante. No venía dentro de la Rosca, sino afuera. Vaya novedad. ¿A quién demonios se le habrá ocurrido semejante torpeza? Lo mira con detenimiento y descubre, asombrado, que las facciones de su cara son muy parecidas a las suyas. Le parece estúpido su razonamiento, todos los muñecos tienen las mismas facciones de fábrica, pero mira una y otra vez el parecido asombroso. No cabe duda: es él.
Se guarda el muñeco en la bolsa y se encamina a tirar la caja. Cierra la puerta del patio luego de meter al gato que lo espera, impávido, en el jardín junto a la puerta. Lo acaricia en tanto el taimado animal le da una vuelta con la cola enhiesta. Desde que ella se fue, el gato no ha vuelto a maullar, como si en su silencio conllevara un profundo duelo. El perro mueve la cola y pide entrar. La noche es fría, pero duda un momento antes de hacerlo. Recuerda que su mujer amaba al animal pero invariablemente era motivo de discusión si debía dormir en el jardín o dentro de la casa. Siempre le molestaron sus ladridos en la madrugada, cuando algo pasaba por la calle. Sin embargo, no recuerda oírlo ladrar últimamente. Los ojitos tristes del fiel animal denotan un silencio profundo. Al fin le permite el paso. Eso habría hecho ella.
Una vez con todos los habitantes adentro, apaga las luces y se encamina a su cuarto, “territorio libre de mascotas”, como le decía a ella medio en serio, medio en broma. Se cambia de ropa, se lava la cara y los dientes, y se encamina taciturno a la cama. Ya se ha acomodado para leer cuando recuerda el muñeco y regresa a buscarlo en su ropa. Nuevamente acostado, con la luz de lectura encendida, lo mira una y otra vez tratando de encontrar un designio oculto en su extraña presencia. Posteriormente, derrotado, apaga la luz y cierra los ojos.
Como banco de niebla ante la fuerza del sol, la nostalgia se va completamente, lo abandona, se pierde entre los vericuetos de sus sueños. El muñequito, ¿Gaspar, Melchor,  Baltazar o Jesús?, sigue a su lado. Lo acompaña, aconsejándolo y proporcionándole una ayuda invaluable. Ahí se quedará para el resto de su vida, sin dejarlo sólo nunca más. Se da vuelta en la cama, duerme profundamente, en tanto el gato y el perro, a sus pies, velan su abismal sueño. Al fin la soledad ha muerto.



jueves, 28 de julio de 2016

LA EPIFANÍA DE DON SEÑOR:

¿POR QUÉ VIERTO TINTA CREATIVA?

Por Eduardo Ruz Hernández 

Comencé a escribir cuentos cortos cuando mis hijos eran muy pequeños. Conforme crecieron, cuando les iba a dar las buenas noches, inicié la costumbre de relatarles ficciones. Encender la luz para leerlos les habría matado el sueño, así que me acostaba con ellos e inventaba historias que, debo reconocer, disfrutábamos enormemente. Así nacieron los cuentos de Tuchos, horribles miedos que se materializaban y ellos destruían con su valor, la trama de una novela galáctica sobre Paul, Krost Peluk, que fue todo un éxito y concluyó al crecer ellos y enredarse terriblemente el argumento, y varias historias más que ya no recuerdo.
Esa experiencia narrativa me hizo darme cuenta de que existen tres razones por las cuales escribo. La primera, la más importante, es porque me produce gozo hacerlo. Disfruto enormemente escribiendo y dándole rienda suelta a la creatividad que cabalga en mi desbocada imaginación. 
La segunda está íntimamente ligada a la primera, de hecho no se puede concebir sin ella: me realiza poder transmitir, a través de mis escritos, el gozo que experimento al escribir. Si un solo lector capta ese gozo y lo hace suyo, me siento pleno como escritor y ser humano.
La tercera razón es un simple sueño que, pese a serlo, no me impide seguir escribiendo. Es una meta y, estoy consciente, puede que no la alcance: quisiera obtener ingresos de lo que escribo. O sea, quiero hacer de la escritura mi forma de vida. Soy realista y sé que no es sencillo, máxime que tengo una familia que depende de mí, pero eso no me impide soñar y desear que, algún día, esto se cumpla. 
Mientras tanto, me conformo con cumplir mis dos principales razones: Gozar escribiendo y transmitir ese gozo.  Si lo consigo o no, tú que me lees eres quien mejor lo puede determinar…