Ojo enamorado

Ojo enamorado
En tu mirada

viernes, 26 de mayo de 2017

DIVAGANDO

Llegó a la estación empapada de besos. Cuando subió al tren ya había olvidado quien se los había dado.

Quería una séptima vez pero él ya no pudo más. En venganza ella no fue al entierro.

Anhelaba ese libro con todas las fuerzas de su ser. Cuando al fin lo compró, lo puso en el estante junto a los otros 456 libros que no había leído.

La orgía fue tan gratificante que cuando la quiso plasmar en un cuento, dejó la computadora y volvió con sus  amigas  a recrearla y así poder tomar notas de los minuciosos detalles.

Plasmó tan bien su neurosis en el cuento, que todo el que lo leía se apropiaba de ella y terminaba siendo peor que él.



jueves, 11 de mayo de 2017

DESPRECIO LITERARIO

Miércoles 13 de mayo de 2015.

FURIBUNDO JUEZ
Por Eduardo Ruz Hernández

Leía con la firme determinación de encontrar substancia en los textos. Algo tenía que sacar de ellos, más que ideas, más que anécdotas, jugo intelectual. Así lo llamaba. Por eso era tan estricto en sus lecturas. No podía extraer aquel “substancia” de escritores que fantaseaban con sandeces. Porque eso sí, él amaba que lo narrado fuera verosímil. Si alguna de las lecturas no cumplía con su estricta observancia, la desechaba con inclemente asco.
Un día este temible lector sintió deseos de escribir. Había leído tanto y por tanto tiempo, lecturas cada vez más selectas, que cada día le resultaba más difícil encontrar libros que llenaran sus expectativas, por lo que decidió escribirlos.
Ante esa perspectiva, decidió inscribirse a un Taller de Creación Literaria. Al principio, todo fue muy bien. Se explicaba un poco y se incentivaba a que cada participante escribiera algo. Pero no todo fue dicha. La instructora les solicito que unos a otros se examinaran sus cuentos, y fue entonces que el rígido juez surgió desacreditando formas de escribir que no cumplían sus escrupulosos cánones de gusto.
Su duro juicio pronto cayó mal entre sus compañeros. Despedazaba escritos y enmendaba todo tipo de errores. Siendo lector de años, para él eso era de lo más sencillo. No así para los demás. Uno de sus compañeros tenía alma de poeta y agujereaba la verosimilitud en sus textos. En sus escritos, las miradas se convertían en pájaros y las voces en peces que navegaban por los ríos de sonidos hasta acabar llegando al puerto de los oídos.
Con este compañero se ensañaba con particular énfasis. Lo detestaba por escribir anécdotas inverosímiles que conllevaban situaciones absurdas. Pero su compañero no se daba por aludido y seguía dejando que las ideas saltaran de un lado a otro como conejos y huyeran rugiendo como leones heridos. Al fin, cansado de sus sandeces, el lector inexorable se negó a examinar aquellos escritos.

El curso acabó y cada quien siguió su propio camino. Aquel riguroso juez obtuvo lo que quiso y acabó escribiendo sus propios jugos literarios para poder beberlos a su gusto. Pasaron algunos años y un día, en tanto inspeccionaba una librería en busca de algo que colmara sus finos gustos, encontró un libro escrito por aquel antiguo compañero. Le asombró la enorme cantidad de ejemplares de aquel título y que lo promovieran como el más vendido. Leyó una y otra vez el título sin entenderlo: Cien años de soledad

lunes, 8 de mayo de 2017

ANOTACIONES AL MARGEN

CUENTOS CORTOS
Por Eduardo Ruz Hernández

El sol entra silenciosamente por la ventana, en tanto las tinieblas y su vida escapan estrepitosamente por la puerta.


Queda sola, cierra los ojos, la pesadilla se apodera de ella.


Ocho balas, dos muertos. Eso de la economía no es su fuerte.


Cuando el lobo se quita la piel, no asusta a las ovejas. Tarde comprende que no son herbívoras. Es todo un delicioso banquete.


Cuando su mujer le sirve la comida, mira el plato con profunda extrañeza.
— ¿Qué me diste? —reclama alterado.
— Lengua, lengua de escritor.


Devora el libro con tantas ansias que no deja ni la encuadernación. Su madre lo regaña: No por ser comején debe ser mal educado.


No lo acaba de creer, gracias a que pierde la dama gana la partida. El divorcio lo ha favorecido. Jaque mate.

viernes, 6 de enero de 2017

Regalo de Reyes 2017

NOSTALGIA ENROSCADA

Por Eduardo Ruz Hernández

El año comienza mal, cruelmente solitario. La muerte de su esposa llega en mal momento, cuando sus hijos han emigrado a otros países en busca de mejores horizontes. Lo que se suponía sería una vejez de ensueño al lado de la mujer adorada, se ha convertido en una tortura de soledad ante la ausencia infinita e incomprensible de su amada.
La rutina es una cruel ama que hace que repita, una y otra vez, los cansados pasos cotidianos que le hacen sobrevivir. Levantarse, asearse, hacer el café, desayunar, salir a pasear al perro, darle comida al gato, ir al mercado, mal cocinar algo para comer, leer el periódico, que parece una réplica de cualquier día de cualquier año anterior, ir por la correspondencia al apartado postal, llevar la ropa a la lavandería los miércoles, recogerla los jueves, ir al servicio religioso los domingos… Todo es una repetición mecánica de cotidianeidades que únicamente varía un poco los fines de semana en que camina como perro sin dueño por el Parque Anzures.
Lo peor de todo es la nostalgia, esa quemante sensación de haber vivido algo maravilloso que ya no existe y que recuerda en cada paso al rememorar los lugares visitados, los paseos, las conversaciones, los abrazos, la inefable dicha de estar juntos. Pero la vida sigue, siempre lo hace, y el sol sale nuevamente todos los días aunque uno no desee verlo. No queda más que vivir o, más bien, mal vivir.
La Navidad y las fiestas de fin de año son mortales para su ánimo. Por más que sus hijos insistieron en que viajara para reunirse con ellos, pretexta un malestar que no existe pero que muy pronto se le vendrá encima. No quiere irse. Tal vez siente un gozo avieso en atormentarse regodeándose en sus recuerdos. O simplemente, ante la perversa adversidad, se ha rendido y está esperando que la muerte venga también por él. Como fuese, la soledad ha sido su única compañera en aquellas “alegres” fechas.
Ahora, que inicia el año, acude al supermercado a surtir su de por sí vacía despensa. Es un lugar cercano a su casa donde siempre ha ido con su esposa. Los empleados lo conocen y es saludado con deferencia y sincero afecto. Al terminar de pagar, la cajera de da un boleto para participar en la rifa de inicio de año de la tienda. El boleto es una nueva puñalada al corazón de sus nostalgias, porque por años su esposa participó en aquella tradicional rifa sin jamás sacarse nada. No obstante, siguiendo la rutina, deposita el boleto en la urna luego de ponerle sus datos. Se ensaña consigo mismo obligándose a reproducir todas aquellas vivencias que ha compartido con ella.
El cinco de enero golpean a su puerta. Abre con la convicción de que pueda ser una nueva fatalidad, pero no lo es. Goyito, el joven que trabaja como “cerillo” en el supermercado, ha ido a llevarle el regalo que sacó en la rifa: una enorme Rosca de Reyes. No lo puede creer. Ahora que más sólo está, tiene una enorme Rosca de Reyes para compartir con nadie. Luego de gratificar al muchacho, se sienta a contemplar aquel delicioso pan. Por años ha disfrutado la tradición de cortarla en familia. Recuerda las expectativas de sus hijos al tomar el cuchillo y los hermosos ojos de su mujer, chispeantes de picardía, cuando evitaba sacarse el muñeco. Risas, gritos, comentarios y bromas. ¿Y qué queda de todo eso? Silencio y soledad.
Pasa largas horas mirando la Rosca sin saber qué hacer. Tal vez sería lo mejor regalársela a algún albergue de ancianos, de niños huérfanos, o de menesterosos. Lo piensa pero no se decide. La Rosca es tan grande y a la vez se ve tan rica, que si la regala no podrá siquiera probarla. Además, es la primera vez en su vida que se saca un Rosca en una rifa. Debe disfrutarla, saborearla, recrear con ella aquellos viejos tiempos que se han marchado.
Una idea se abre paso entre su nebulosa nostalgia. Va al cuarto y revisa el tocador de su mujer. Ahí está el teléfono celular de ella, regalo de sus hijos. Aunque han pasado siete meses, el aparato no deja de ser un chunche tecnológico de última moda. Busca el cargador y lo conecta para recargarlo. Después se prepara un café y, en tanto se quema la lengua al tomarlo hirviendo, va anotando lo que hará tan pronto el artilugio esté completamente restablecido.

Viernes 6 de enero. La noche cae lentamente sobre la ciudad. Revisa que todo esté listo. El chocolate caliente sobre la estufa, los platos y las tazas limpias bordean la mesa y la Rosca ocupa el lugar de honor en la misma, como si fuese un pavo hecho de pan y hoy fuera Nochebuena. Mira su reloj sin prisa. Se ha puesto sus mejores galas y cuando los invitados van llegando, no pueden dejar de admirar su porte. Ahí está su cuñada, cuyas invitaciones siempre ha despreciado desde la muerte de su esposa. Sus tres hijas la acompañan contentas de volver a ver al “Tío Letras”, como cariñosamente le dicen. También acude su hermano, al que hace muchos años no habla por aquel malentendido de la casa del abuelo. Su primo, el mujeriego, también acude con su nueva conquistas, una pelirroja piernilarga de hermosos senos. Tampoco podrían faltar las amigas de su esposa, las cuales concurren en tropel emocionadas de que no las haya olvidado. Por último, también está Goyito presente, ese buen chico que siempre se portó tan amable con su mujer y está tan pendiente de sus compras y de sus caras.
Nuevamente la casa se llena de ruidos y no puede evitar esbozar una sonrisa al sentir que algo de lo perdido ha vuelto. Conversa con todos y los saluda atentamente uno por uno, agradeciéndoles su asistencia. Es un día especial, la primera Rosca de Reyes sin ella. Entre risas y recuerdos alegres, uno a uno van cortando el sabroso pan. Los muñequitos se ponen sus moños y se niegan obstinadamente a salir. Han cortado más de la mitad y nada. Deciden hacer una segunda vuelta y es cuando sale el primero. La pelirroja es quien lo saca, ante los aplausos de los asistentes. El segundo casi le rompe un diente a la mejor amiga de su esposa, una flaquita muy guapa de ojos claros y sonrisa escurridiza. Pero el tercer muñequito, al que su hermano ha bautizado como “Houdini”, no aparece por ninguna parte.
No queda ni un pedazo de pan y al susodicho no le da la gana de salir. Las bromas no se hacen esperar: tal vez eran sólo dos, tal vez alguien se lo tragó para no dar los tamales el dos de febrero, tal vez se ha ido corriendo al ver la caterva de invitados… La risa brota con facilidad, como agua de una fuente, de la garganta de todos. Ha sido una velada maravillosa y las personas se van dándole las gracias por haber sido invitados. La flaquita se queda para ayudar a lavar los platos, aunque él insiste en que no lo haga. Es notorio que siente un sincero afecto por él, o tal vez algo más. Prefiere no investigarlo. La despide con una sonrisa y, al cerrar la puerta, las lágrimas invaden su rostro como guerreros furiosos de una blitzkrieg amorosa.
Se derrumba en una silla a contemplar la caja vacía de la enorme Rosca. ¿Qué queda después de partir el pan? ¿Qué nos deja de migajas la vida luego de pasar por ella? Levanta la caja para llevarla a la basura y escucha extrañado un ruido inusual. Algo se desliza por el cartón. Mira con detenimiento y encuentra, entre los pliegues de la caja, al muñeco faltante. No venía dentro de la Rosca, sino afuera. Vaya novedad. ¿A quién demonios se le habrá ocurrido semejante torpeza? Lo mira con detenimiento y descubre, asombrado, que las facciones de su cara son muy parecidas a las suyas. Le parece estúpido su razonamiento, todos los muñecos tienen las mismas facciones de fábrica, pero mira una y otra vez el parecido asombroso. No cabe duda: es él.
Se guarda el muñeco en la bolsa y se encamina a tirar la caja. Cierra la puerta del patio luego de meter al gato que lo espera, impávido, en el jardín junto a la puerta. Lo acaricia en tanto el taimado animal le da una vuelta con la cola enhiesta. Desde que ella se fue, el gato no ha vuelto a maullar, como si en su silencio conllevara un profundo duelo. El perro mueve la cola y pide entrar. La noche es fría, pero duda un momento antes de hacerlo. Recuerda que su mujer amaba al animal pero invariablemente era motivo de discusión si debía dormir en el jardín o dentro de la casa. Siempre le molestaron sus ladridos en la madrugada, cuando algo pasaba por la calle. Sin embargo, no recuerda oírlo ladrar últimamente. Los ojitos tristes del fiel animal denotan un silencio profundo. Al fin le permite el paso. Eso habría hecho ella.
Una vez con todos los habitantes adentro, apaga las luces y se encamina a su cuarto, “territorio libre de mascotas”, como le decía a ella medio en serio, medio en broma. Se cambia de ropa, se lava la cara y los dientes, y se encamina taciturno a la cama. Ya se ha acomodado para leer cuando recuerda el muñeco y regresa a buscarlo en su ropa. Nuevamente acostado, con la luz de lectura encendida, lo mira una y otra vez tratando de encontrar un designio oculto en su extraña presencia. Posteriormente, derrotado, apaga la luz y cierra los ojos.
Como banco de niebla ante la fuerza del sol, la nostalgia se va completamente, lo abandona, se pierde entre los vericuetos de sus sueños. El muñequito, ¿Gaspar, Melchor,  Baltazar o Jesús?, sigue a su lado. Lo acompaña, aconsejándolo y proporcionándole una ayuda invaluable. Ahí se quedará para el resto de su vida, sin dejarlo sólo nunca más. Se da vuelta en la cama, duerme profundamente, en tanto el gato y el perro, a sus pies, velan su abismal sueño. Al fin la soledad ha muerto.



jueves, 28 de julio de 2016

LA EPIFANÍA DE DON SEÑOR:

¿POR QUÉ VIERTO TINTA CREATIVA?

Por Eduardo Ruz Hernández 

Comencé a escribir cuentos cortos cuando mis hijos eran muy pequeños. Conforme crecieron, cuando les iba a dar las buenas noches, inicié la costumbre de relatarles ficciones. Encender la luz para leerlos les habría matado el sueño, así que me acostaba con ellos e inventaba historias que, debo reconocer, disfrutábamos enormemente. Así nacieron los cuentos de Tuchos, horribles miedos que se materializaban y ellos destruían con su valor, la trama de una novela galáctica sobre Paul, Krost Peluk, que fue todo un éxito y concluyó al crecer ellos y enredarse terriblemente el argumento, y varias historias más que ya no recuerdo.
Esa experiencia narrativa me hizo darme cuenta de que existen tres razones por las cuales escribo. La primera, la más importante, es porque me produce gozo hacerlo. Disfruto enormemente escribiendo y dándole rienda suelta a la creatividad que cabalga en mi desbocada imaginación. 
La segunda está íntimamente ligada a la primera, de hecho no se puede concebir sin ella: me realiza poder transmitir, a través de mis escritos, el gozo que experimento al escribir. Si un solo lector capta ese gozo y lo hace suyo, me siento pleno como escritor y ser humano.
La tercera razón es un simple sueño que, pese a serlo, no me impide seguir escribiendo. Es una meta y, estoy consciente, puede que no la alcance: quisiera obtener ingresos de lo que escribo. O sea, quiero hacer de la escritura mi forma de vida. Soy realista y sé que no es sencillo, máxime que tengo una familia que depende de mí, pero eso no me impide soñar y desear que, algún día, esto se cumpla. 
Mientras tanto, me conformo con cumplir mis dos principales razones: Gozar escribiendo y transmitir ese gozo.  Si lo consigo o no, tú que me lees eres quien mejor lo puede determinar…


jueves, 21 de julio de 2016

CRÓNICAS DE ZURHER 9

ENCOMIENDA                                      

Por Ernesto de la Fuente, Elomnisciente

Nunca olvidaré ese sábado por la mañana. Mis padres habían salido por lo que tenía toda la casa para mí. No hay mayor dicha que disfrutar de una soledad acompañada por la enorme biblioteca de mi abuelo. Prometían ser horas de deleitosa lectura, pero todo cambió cuando alguien golpeó la puerta. No esperaba ninguna visita, por lo que acudí a verificar quien osaría tocar golpeando con la mano, sin utilizar el timbre Vernadeano que permitía desplegar a quien lo pulsaba.
Miré por el visor de entrada y quedé estupefacto, la persona que estaba parada ahí era imponente, su estatura, complexión y porte me dejaron sin aliento. Sin dudarlo pulse el botón y la puerta se abrió. El hombre entró y lo miré más sorprendido aún. Era como si un personaje de mis más fabulosos sueños se hubiera materializado delante de mí. Sonrío al verme y dijo con una seguridad que me heló la sangre:
— Tú eres Kutzor, el nieto de Marnik.
Caminó hacia la sala y sin esperar mi autorización se sentó frente a la Imagen que por años había ocupado el sitio de honor en la casa del abuelo y ahora lo hacía en nuestra casa. Anonadado miré la Imagen, la misma que todos los días observaba con respeto y enorme admiración. En ella mi adorado abuelo Marnik lucía su esplendorosa juventud enfundado en el uniforme blanco de las tropas de la Confederación Galáctica. A su lado, rodeando sus hombros suavemente, estaba el mítico guerrero de la Confederación Galáctica, Rom Hazler, el mejor estratega militar de la historia, reverenciado por todos los hombres que pelearon bajo su mando y quienes relataban increíbles historias sobre su desempeño en las guerras. Mi abuelo pasó todos los días de su vida hablando maravillas de él, narrando lo extraordinario que había sido pelear a su lado en la batalla del planeta Arkedón, donde se decidió el destino de todas las galaxias y Hazler salvó a la humanidad de su aniquilación.
Me froté los ojos, que tenía abiertos como platos, y miré alternadamente al visitante y a la Imagen. Si, eran la misma persona: Rom Hazler, Río Hazler, Gran líder, Faro Luminoso de la Batalla [cómo le dicen en el Sistema Aerok], Arma justiciera [como lo llaman en el Sistema Otag], el ComandanteGeneral, Soldado de la Confederación, Caudillo, Guerrero Intergaláctico, estaba sentado en la sala de mi casa. Pero lo increíble es que se veía exactamente igual, sin ningún cambio, y eso no era posible porque mi abuelo había muerto muy anciano y el hombre sentado frente a mí tenía la misma edad que cuando la Imagen fue captada hace más de setenta años.
¿Ya sacaste conclusiones? –dijo sonriente ante mi cara de angustia incrédula.
No pude abrir la boca para decir nada. Estaba muy emocionado. ¿No estaría soñando? ¿No tendría una pesadilla fruto de la cena o de los frutos extraños que trajo mi madre?
— Vamos Kutzor, no le des vueltas al asunto. Vine a verte porque mi tiempo de partir ha llegado y es necesario que la historia sea contada. ¿Y quién mejor que tú para hacerlo?
La ironía iba más allá de mi sentido de toda realidad. Que una leyenda toque a la puerta de tu casa es una cosa, pero que además te diga que te ha escogido para narrar una historia, es algo que te hace caer en lo absurdo, porque en ese entonces sólo tenía 14 años… era un simple adolescente perdido entre los vericuetos de la vida.
Tu abuelo me sirvió con total entrega y sé que tú también lo harás. Toma –me dijo dándome un brazalete de fino metal— Es Lazú, mi ordenador límbico, es mi segunda memoria. Está programado para contestar todas tus dudas y recrear esa historia que tantas veces te habrá contado Marnik.
¿La batalla del planeta Arkedón? ¿La derrota del Imperio Latniuq?
Sí, así es… —se quedó pensativo unos segundos antes de levantarse, mirar su propia imagen, darme una palmadita en el hombro y alejarse con rapidez ante una puerta que se abrió sin necesidad de comando alguno.
Y ahí me quedé, con el brazalete en la mano y la tremenda encomienda de contar la historia de una victoria que nadie jamás había entendido, porque todos los pronósticos estaban en contra de los humanos que se enfrentaban a una extraña civilización que habitaba varias decenas de sistemas planetarios y de la cual no se poseía mayor información, sólo que eran terriblemente malignos y perversos...


jueves, 7 de abril de 2016

SENTIDO ADIÓS:

DOÑA MIREYA

Por Eduardo Ruz Hernández

Cuando una persona se va de la vida deja un vacío que es muy difícil de llenar. No obstante, aunque la muerte se lleva la presencia física de una persona, no puede destruir los recuerdos, los afectos que se desarrollan en los corazones de quienes la trataron.
Los obituarios describen en breves pinceladas la obra de quienes parten de esta vida, pero ¿quién relata las emociones esparcidas que nos quedan y que son las que duelen más ante la ausencia? Es por eso que, ante la desaparición física de nuestra querida amiga y maestra de bibliotecarios Doña Mireya Priego López de Arjona, hemos recopilado el sentimiento de quienes tuvimos la dicha de convivir con ella en la Biblioteca Central Universitaria. Sea este un sentido homenaje de agradecimiento, y de solidaridad y afecto para con su familia:
— Mi corazón está detenido para no darme el lujo de sentir. Es pérdida para mí y descanso merecido para ella. Rosario Poot Sosa.
— Mujer valiosa e inteligente, capaz de reír, tener fe, esperanza, y en todo momento dar amor incondicional. Mujer sin igual que vivirá por siempre en los corazones de todos los que la amamos. Leydi Vázquez Borges.
— Mujer responsable y seria, de sonrisa y trato agradable. Puntual y cumplida en su trabajo, el cual desempeñó con el gusto de quien disfruta lo que hace. Maestra de bibliotecarios, quienes aprendimos a quererla y apreciarla. Juan Granados Navarrete.
— Persona excepcional, con grandes cualidades: elegante, inteligente, tenaz, generosa con sus bienes, dones y conocimientos. Amaba la biblioteconomía y disfrutaba la buena lectura. Mujer que se adelantó a su tiempo y destacó en un campo dominado por los hombres. Vivió una vida plena con mucho dolor y mucho gozo. Dios la templó en el crisol de la adversidad para forjar a ese ser maravilloso, sabio, humilde y deseoso de nuevo conocimientos que fue Doña Mire. Genny González Rivero.
— Como los buenos libros, siempre estaba dispuesta a aclarar una duda, a darte una explicación más profunda, otras referencias para que investigues más. Nos enseñó el orden en el trabajo, la constancia y la paciencia en todo lo que realizamos, a trabajar con los elementos con que contamos y a no esperar más. Nos enseñó a amar nuestro trabajo. Alguien digna de admiración, mujer valiente, dedicada a su familia y a las bibliotecas. Siempre la recordaré con cariño y admiración. Silvia López Cortés.
— Siempre la recordaré ahí sentada, con su sonrisa, paciencia y cariño que irradiaba. Nunca la vi enojada y sabios consejos daba, ya sea para una receta de cocina, asunto de amor o cosas de la vida o el trabajo. Fue un honor poder compartir tiempo con ella. Gabriela Ruz Hernández.
— Recuerdo su puntualidad, el disfrute de su trabajo con una sonrisa, el convertir la oficina en un hogar en el que nos encantaba vivir, su amor por las artes, las letras y la música. Nos enseñó a amar el conocimiento y a ponerlo en práctica, a no perder el tiempo y a aprovechar los breves lapsos para cultivarnos como personas. Tenía el don de la organización y de optimizar su tiempo: entre el quehacer de la casa, espacio para la lectura, y la oficina… se daba tiempo para alegrarnos con algún delicioso postre que ella misma preparaba.  Las Catedrales se construyen levantándolas piedra a piedra; los portentos mayores son los que se hacen con los actos pequeños de una vida diaria y ejemplar como la de Doña Mireyita. Rafael Pérez Herrera.
— Una de las virtudes más sencillas y útiles que me enseñó, fue que no es bueno quedarse con la duda. Ella siempre tenía la sana costumbre de ir matando la ignorancia que se le presentaba a lo largo de su jornada de trabajo. Como si se tratara de pequeñas arañas que tejieran sus telarañas en los rincones del conocimiento, doña Mireya acababa con las dudas esgrimiendo el diccionario. Jamás, justo es decirlo, se quedó sin investigar el significado de alguna palabra que le fuera desconocida. Gracias por el ejemplo cotidiano, por ese gran amor que siempre tuvo a la lectura y a los libros..
Mérida, Yucatán, a 16 de marzo de 2016. ERH. eduardoruzhernandez@gmail.com


viernes, 15 de enero de 2016

REGALO DE REYES 2016

 LA ROSCA DE REYES TRAE DOBLE PREMIO A LOS AFORTUNADOS
Para los Narradores Creativos con todo afecto

Por Eduardo Ruz Hernández

En la vida hay decisiones cruciales que se tienen que tomar, pero algunas de ellas se realizan de la manera más inverosímil posible. La decisión más fácil es aquella que no se toma, y la más difícil es aquella en la que el azar es quien la determina. Extraña historia es esta en que la decisión se hizo de la manera más sorprendente posible. 
Era un hermoso grupo de aspirantes a escritores que se reunían cada quince días para compartir ideas, sueños y, sobre todo, su profundo amor por las letras y por los libros. Leían historias, creadas por ellos mismos o escritas por monstruos de la pluma, que los dejaban embelesados y llenos de emociones encontradas. Eran felices, se sentían hermanos de tinta y letras, y vivían sus fantasías saboreando sus gustos.
Uno de sus mayores sueños era viajar a Europa y disfrutar la dicha de recorrerla. Cada año trazaban un itinerario para conocer el viejo continente y no faltaba reunión en que no armaran nuevos pedazos de rutas turísticas y/o literarias que podrían conocer. Habían efectuado la solemne promesa de tomar un café en alguno de los míticos lugares parisinos donde los intelectuales, pintores y escritores de antaño, degustaron el aromático brebaje al calor de intrincadas conversaciones con otros colegas. Aunque no se ponían de acuerdo si debían ir a “Les Deux Magots”, al “Café de Flore” o a “Le Select”. Algunos eran más prácticos e indicaban que lo importante era estar en París y, una vez ahí, caminar por sus calles y entrar al primer café que se encontraran por el camino.
Donde el espíritu nos lleve — decían entre risas.
Llevaban tres largos años soñando, pero también buscaban materializarlo reuniendo dinero con la venta de sus obras escritas entre familiares y amigos, las cuales eran compradas más por benevolencia que por un verdadero interés en su contenido.
En el mes de diciembre, comenzando el cuarto año de reuniones, el tesorero hizo una insólita propuesta: Lo recaudado no era tanto, pero no era tan poco, daba para que holgadamente uno de los integrantes viajara a Europa. Pero sólo uno. Se miraron unos a otros tratando de esclarecer cómo podría hacerse aquello que iría contra el espíritu de la fraternidad e igualdad reinante.
El más viejo de todos, un hombre de semblante sereno y profundo amor por la lectura, tuvo la idea. En el cercano enero, para el Día de Reyes, se compraría una rosca y se pondría en ella un solo muñequito, cual debiera ser porque uno sólo fue el niño que nació hace siglos en Belén. El que sacara el niño sería el encargado de realizar el viaje con la formidable encomienda de relatarlo pormenorizadamente para que todos, en su lectura, pudieran vivenciarlo.
La idea era buena: se dejaría al azar la difícil decisión de elegir al afortunado. Todos estuvieron de acuerdo y se retiraron, entre ansiosos y jubilosos, a esperar la próxima fecha.
Enero llegó con su solemne dicha. La Navidad y el año nuevo habían pasado muy rápidamente para todos los integrantes, que esperaban con enormes esperanzas la llegada del Día de Reyes para obtener su posible regalo. Fueron llegando uno a uno, nadie faltó, y contemplaron embelesados la enorme Rosca de Reyes que se había comprado. Tres de ellos se habían encargado de adquirirla con la especificación de contener un solo muñeco. Los saludos fueron breves y las lecturas incómodas. Era más que obvio que todos estaban esperado el momento para cortar el pan y encontrar “su” premio. La reunión, que siempre solía ser gozosa, se volvió tediosa y sofocante. Las voces se escuchaban apagadas y nadie podía quitarle los ojos de encima a la rosca. Finalmente, se decidió dejar de lado las lecturas, insípidas y fatigosas, y pasar directamente al corte de rosca.
¿Quién comenzaría? Todos dudaban. Nadie quería ser el primero. Se decidió que se comenzaría por edades, por lo que el más experimentado cortaría de último. Se midió meticulosamente la rosca, asentada sobre una caja de cartón, y se marcaron los cortes exactos en el cartón, igualitariamente, como todo lo que ellos hacían, para que no sobrara ningún pedazo. Luego, uno a uno, con mano temblorosa, los nueve integrantes fueron cortando el sabroso pan. Nadie presionó a que se rompiera para ver si ocultaba el buscado niño y, simpáticamente, nadie lo encontró al cortar. Como si todos se hubieran puesto de acuerdo, no comieron su pedazo sino hasta que el último miembro realizó el corte postrero. Luego, en profundo silencio, dieron un sorbo a sus cafés y procedieron a morder con mucho cuidado el pan.
El caso fue que casi todos fueron terminando de comer y a nadie le había salido el muñeco. No obstante, quedaban dos miembros que no acababan aún: la bella Musa, una inteligente y guapa muchacha que era el alma y entusiasmo del grupo, y el más longevo. No habían terminado por saborear cada bocado y comer lento: Una por gourmet y el otro por parsimonioso. Los otros siete integrantes comenzaron a desesperarse. Aunque era obvio que uno de ellos sería el afortunado, la incertidumbre los estaba consumiendo.
De pronto, la Musa entusiasta topó con algo duró en su pedazo de pan. Las caras de alivio por la sorpresa terminada llenaron el lugar. Ante los ojos de todos, la muchacha sacó un objeto trunco de su pan: Era la cabeza de un muñeco. En ese mismo instante el más veterano sacó algo de su pan y, como si fuera un rompecabezas, lo unió al pedazo que la Musa exhibía. Era el cuerpo sin cabeza del muñeco.
El asombro fue total. Había dos ganadores de un solo niño. Un tropel de murmullos invadió el lugar en tanto que los afortunados siguieron degustando su pan como si nada extraordinario hubiera acontecido.
Para julio, mediante una aportación voluntaria de todos los miembros, los dos ganadores viajaron a Europa. Llegaron a Barcelona y de ahí se fueron a París en tren. Al llegar a la Ciudad Luz les perdieron la pista. De hecho, nunca más volvieron a saber de ellos y el grupo lamentó profundamente su ausencia, no sólo por sus muy valiosas aportaciones, sino porque no pudieron leer jamás el morrocotudo relato de sus vivencias europeas.



lunes, 30 de noviembre de 2015

¿BELLEZA O RACISMO COLONIAL?

MÉRIDA CIUDAD BLANCA
Eduardo Ruz Hernández


Mérida, capital del estado de Yucatán, en México, es una ciudad fundada por los españoles el 6 de enero de 1542, cincuenta años después del descubrimiento de América, Esto se debió a dos cosas: no había gran riqueza en esas tierras, y la población indígena maya fue reacia de dejarse dominar por los peninsulares.
Estando la ciudad ubicada en una región tropical, el calor es un elemento omnipresente en la vida de sus habitantes, es por ello que los conquistadores mandaron construir sus casas de piedra, de techos altas, y con un jardín interior. También ese fue el motivo por el cual la gente vestía de blanco (color más fresco porque refleja y no retiene el calor), y  pintaba sus casas del mismo color. La cal, blanca, era utilizada para alejar a los insectos, por lo que albarradas, muros construidos poniendo piedra sobre piedra, también estaban de blanco así como los troncos de los árboles,
Esto hacía que los visitantes se toparan con el predominio del color blanco por donde fueran y creó la imagen de “Ciudad Blanca”, que por muchos años acompañó a la ciudad, siendo que hasta hace algunas décadas el Palacio Municipal relucía de blanco.
No obstante, con el paso de los años, algún historiador trasnochado, sacando a flote las viejas rencillas histórico-raciales que envolvieron a la península en una cruenta guerra [la Guerra de Casta de 1847 a 1902], cambió la connotación del calificativo “Blanca”, para darle un oscuro significado. Resulta que los españoles, al realizar la conquista de la península yucateca, determinaron que de todas las poblaciones fundadas, tres eran “exclusivas” para que vivieran ellos: Mérida, Campeche y Valladolid. Entonces, el calificativo de “Blanca” para Mérida, se convierte en un distintivo de la raza de sus conquistadores y habitantes: blanca.
Esta teoría cae por su propio peso ya que ni Valladolid, ni Campeche son reconocidas como “blancas”, pese a haber sido también exclusivas para españoles. Con todo, esta última teoría es la que más se ha extendido y es la que se les comenta a los turistas que la visitan.

Qué triste que mentes obtusas trastornen el calificativo dado a la bella ciudad de Mérida, para revivir odios y rencillas históricas ya superados. Como si durante el mes de mayo, en que la temperatura de la ciudad alcanza los 42 grados Celsius invitara a vestirse de colores obscuros y no de blanco.