Ojo enamorado

Ojo enamorado
En tu mirada

jueves, 7 de abril de 2016

SENTIDO ADIÓS:

DOÑA MIREYA

Por Eduardo Ruz Hernández

Cuando una persona se va de la vida deja un vacío que es muy difícil de llenar. No obstante, aunque la muerte se lleva la presencia física de una persona, no puede destruir los recuerdos, los afectos que se desarrollan en los corazones de quienes la trataron.
Los obituarios describen en breves pinceladas la obra de quienes parten de esta vida, pero ¿quién relata las emociones esparcidas que nos quedan y que son las que duelen más ante la ausencia? Es por eso que, ante la desaparición física de nuestra querida amiga y maestra de bibliotecarios Doña Mireya Priego López de Arjona, hemos recopilado el sentimiento de quienes tuvimos la dicha de convivir con ella en la Biblioteca Central Universitaria. Sea este un sentido homenaje de agradecimiento, y de solidaridad y afecto para con su familia:
— Mi corazón está detenido para no darme el lujo de sentir. Es pérdida para mí y descanso merecido para ella. Rosario Poot Sosa.
— Mujer valiosa e inteligente, capaz de reír, tener fe, esperanza, y en todo momento dar amor incondicional. Mujer sin igual que vivirá por siempre en los corazones de todos los que la amamos. Leydi Vázquez Borges.
— Mujer responsable y seria, de sonrisa y trato agradable. Puntual y cumplida en su trabajo, el cual desempeñó con el gusto de quien disfruta lo que hace. Maestra de bibliotecarios, quienes aprendimos a quererla y apreciarla. Juan Granados Navarrete.
— Persona excepcional, con grandes cualidades: elegante, inteligente, tenaz, generosa con sus bienes, dones y conocimientos. Amaba la biblioteconomía y disfrutaba la buena lectura. Mujer que se adelantó a su tiempo y destacó en un campo dominado por los hombres. Vivió una vida plena con mucho dolor y mucho gozo. Dios la templó en el crisol de la adversidad para forjar a ese ser maravilloso, sabio, humilde y deseoso de nuevo conocimientos que fue Doña Mire. Genny González Rivero.
— Como los buenos libros, siempre estaba dispuesta a aclarar una duda, a darte una explicación más profunda, otras referencias para que investigues más. Nos enseñó el orden en el trabajo, la constancia y la paciencia en todo lo que realizamos, a trabajar con los elementos con que contamos y a no esperar más. Nos enseñó a amar nuestro trabajo. Alguien digna de admiración, mujer valiente, dedicada a su familia y a las bibliotecas. Siempre la recordaré con cariño y admiración. Silvia López Cortés.
— Siempre la recordaré ahí sentada, con su sonrisa, paciencia y cariño que irradiaba. Nunca la vi enojada y sabios consejos daba, ya sea para una receta de cocina, asunto de amor o cosas de la vida o el trabajo. Fue un honor poder compartir tiempo con ella. Gabriela Ruz Hernández.
— Recuerdo su puntualidad, el disfrute de su trabajo con una sonrisa, el convertir la oficina en un hogar en el que nos encantaba vivir, su amor por las artes, las letras y la música. Nos enseñó a amar el conocimiento y a ponerlo en práctica, a no perder el tiempo y a aprovechar los breves lapsos para cultivarnos como personas. Tenía el don de la organización y de optimizar su tiempo: entre el quehacer de la casa, espacio para la lectura, y la oficina… se daba tiempo para alegrarnos con algún delicioso postre que ella misma preparaba.  Las Catedrales se construyen levantándolas piedra a piedra; los portentos mayores son los que se hacen con los actos pequeños de una vida diaria y ejemplar como la de Doña Mireyita. Rafael Pérez Herrera.
— Una de las virtudes más sencillas y útiles que me enseñó, fue que no es bueno quedarse con la duda. Ella siempre tenía la sana costumbre de ir matando la ignorancia que se le presentaba a lo largo de su jornada de trabajo. Como si se tratara de pequeñas arañas que tejieran sus telarañas en los rincones del conocimiento, doña Mireya acababa con las dudas esgrimiendo el diccionario. Jamás, justo es decirlo, se quedó sin investigar el significado de alguna palabra que le fuera desconocida. Gracias por el ejemplo cotidiano, por ese gran amor que siempre tuvo a la lectura y a los libros..
Mérida, Yucatán, a 16 de marzo de 2016. ERH. eduardoruzhernandez@gmail.com


viernes, 15 de enero de 2016

REGALO DE REYES 2016

 LA ROSCA DE REYES TRAE DOBLE PREMIO A LOS AFORTUNADOS
Para los Narradores Creativos con todo afecto

Por Eduardo Ruz Hernández

En la vida hay decisiones cruciales que se tienen que tomar, pero algunas de ellas se realizan de la manera más inverosímil posible. La decisión más fácil es aquella que no se toma, y la más difícil es aquella en la que el azar es quien la determina. Extraña historia es esta en que la decisión se hizo de la manera más sorprendente posible. 
Era un hermoso grupo de aspirantes a escritores que se reunían cada quince días para compartir ideas, sueños y, sobre todo, su profundo amor por las letras y por los libros. Leían historias, creadas por ellos mismos o escritas por monstruos de la pluma, que los dejaban embelesados y llenos de emociones encontradas. Eran felices, se sentían hermanos de tinta y letras, y vivían sus fantasías saboreando sus gustos.
Uno de sus mayores sueños era viajar a Europa y disfrutar la dicha de recorrerla. Cada año trazaban un itinerario para conocer el viejo continente y no faltaba reunión en que no armaran nuevos pedazos de rutas turísticas y/o literarias que podrían conocer. Habían efectuado la solemne promesa de tomar un café en alguno de los míticos lugares parisinos donde los intelectuales, pintores y escritores de antaño, degustaron el aromático brebaje al calor de intrincadas conversaciones con otros colegas. Aunque no se ponían de acuerdo si debían ir a “Les Deux Magots”, al “Café de Flore” o a “Le Select”. Algunos eran más prácticos e indicaban que lo importante era estar en París y, una vez ahí, caminar por sus calles y entrar al primer café que se encontraran por el camino.
Donde el espíritu nos lleve — decían entre risas.
Llevaban tres largos años soñando, pero también buscaban materializarlo reuniendo dinero con la venta de sus obras escritas entre familiares y amigos, las cuales eran compradas más por benevolencia que por un verdadero interés en su contenido.
En el mes de diciembre, comenzando el cuarto año de reuniones, el tesorero hizo una insólita propuesta: Lo recaudado no era tanto, pero no era tan poco, daba para que holgadamente uno de los integrantes viajara a Europa. Pero sólo uno. Se miraron unos a otros tratando de esclarecer cómo podría hacerse aquello que iría contra el espíritu de la fraternidad e igualdad reinante.
El más viejo de todos, un hombre de semblante sereno y profundo amor por la lectura, tuvo la idea. En el cercano enero, para el Día de Reyes, se compraría una rosca y se pondría en ella un solo muñequito, cual debiera ser porque uno sólo fue el niño que nació hace siglos en Belén. El que sacara el niño sería el encargado de realizar el viaje con la formidable encomienda de relatarlo pormenorizadamente para que todos, en su lectura, pudieran vivenciarlo.
La idea era buena: se dejaría al azar la difícil decisión de elegir al afortunado. Todos estuvieron de acuerdo y se retiraron, entre ansiosos y jubilosos, a esperar la próxima fecha.
Enero llegó con su solemne dicha. La Navidad y el año nuevo habían pasado muy rápidamente para todos los integrantes, que esperaban con enormes esperanzas la llegada del Día de Reyes para obtener su posible regalo. Fueron llegando uno a uno, nadie faltó, y contemplaron embelesados la enorme Rosca de Reyes que se había comprado. Tres de ellos se habían encargado de adquirirla con la especificación de contener un solo muñeco. Los saludos fueron breves y las lecturas incómodas. Era más que obvio que todos estaban esperado el momento para cortar el pan y encontrar “su” premio. La reunión, que siempre solía ser gozosa, se volvió tediosa y sofocante. Las voces se escuchaban apagadas y nadie podía quitarle los ojos de encima a la rosca. Finalmente, se decidió dejar de lado las lecturas, insípidas y fatigosas, y pasar directamente al corte de rosca.
¿Quién comenzaría? Todos dudaban. Nadie quería ser el primero. Se decidió que se comenzaría por edades, por lo que el más experimentado cortaría de último. Se midió meticulosamente la rosca, asentada sobre una caja de cartón, y se marcaron los cortes exactos en el cartón, igualitariamente, como todo lo que ellos hacían, para que no sobrara ningún pedazo. Luego, uno a uno, con mano temblorosa, los nueve integrantes fueron cortando el sabroso pan. Nadie presionó a que se rompiera para ver si ocultaba el buscado niño y, simpáticamente, nadie lo encontró al cortar. Como si todos se hubieran puesto de acuerdo, no comieron su pedazo sino hasta que el último miembro realizó el corte postrero. Luego, en profundo silencio, dieron un sorbo a sus cafés y procedieron a morder con mucho cuidado el pan.
El caso fue que casi todos fueron terminando de comer y a nadie le había salido el muñeco. No obstante, quedaban dos miembros que no acababan aún: la bella Musa, una inteligente y guapa muchacha que era el alma y entusiasmo del grupo, y el más longevo. No habían terminado por saborear cada bocado y comer lento: Una por gourmet y el otro por parsimonioso. Los otros siete integrantes comenzaron a desesperarse. Aunque era obvio que uno de ellos sería el afortunado, la incertidumbre los estaba consumiendo.
De pronto, la Musa entusiasta topó con algo duró en su pedazo de pan. Las caras de alivio por la sorpresa terminada llenaron el lugar. Ante los ojos de todos, la muchacha sacó un objeto trunco de su pan: Era la cabeza de un muñeco. En ese mismo instante el más veterano sacó algo de su pan y, como si fuera un rompecabezas, lo unió al pedazo que la Musa exhibía. Era el cuerpo sin cabeza del muñeco.
El asombro fue total. Había dos ganadores de un solo niño. Un tropel de murmullos invadió el lugar en tanto que los afortunados siguieron degustando su pan como si nada extraordinario hubiera acontecido.
Para julio, mediante una aportación voluntaria de todos los miembros, los dos ganadores viajaron a Europa. Llegaron a Barcelona y de ahí se fueron a París en tren. Al llegar a la Ciudad Luz les perdieron la pista. De hecho, nunca más volvieron a saber de ellos y el grupo lamentó profundamente su ausencia, no sólo por sus muy valiosas aportaciones, sino porque no pudieron leer jamás el morrocotudo relato de sus vivencias europeas.



lunes, 30 de noviembre de 2015

¿BELLEZA O RACISMO COLONIAL?

MÉRIDA CIUDAD BLANCA
Eduardo Ruz Hernández


Mérida, capital del estado de Yucatán, en México, es una ciudad fundada por los españoles el 6 de enero de 1542, cincuenta años después del descubrimiento de América, Esto se debió a dos cosas: no había gran riqueza en esas tierras, y la población indígena maya fue reacia de dejarse dominar por los peninsulares.
Estando la ciudad ubicada en una región tropical, el calor es un elemento omnipresente en la vida de sus habitantes, es por ello que los conquistadores mandaron construir sus casas de piedra, de techos altas, y con un jardín interior. También ese fue el motivo por el cual la gente vestía de blanco (color más fresco porque refleja y no retiene el calor), y  pintaba sus casas del mismo color. La cal, blanca, era utilizada para alejar a los insectos, por lo que albarradas, muros construidos poniendo piedra sobre piedra, también estaban de blanco así como los troncos de los árboles,
Esto hacía que los visitantes se toparan con el predominio del color blanco por donde fueran y creó la imagen de “Ciudad Blanca”, que por muchos años acompañó a la ciudad, siendo que hasta hace algunas décadas el Palacio Municipal relucía de blanco.
No obstante, con el paso de los años, algún historiador trasnochado, sacando a flote las viejas rencillas histórico-raciales que envolvieron a la península en una cruenta guerra [la Guerra de Casta de 1847 a 1902], cambió la connotación del calificativo “Blanca”, para darle un oscuro significado. Resulta que los españoles, al realizar la conquista de la península yucateca, determinaron que de todas las poblaciones fundadas, tres eran “exclusivas” para que vivieran ellos: Mérida, Campeche y Valladolid. Entonces, el calificativo de “Blanca” para Mérida, se convierte en un distintivo de la raza de sus conquistadores y habitantes: blanca.
Esta teoría cae por su propio peso ya que ni Valladolid, ni Campeche son reconocidas como “blancas”, pese a haber sido también exclusivas para españoles. Con todo, esta última teoría es la que más se ha extendido y es la que se les comenta a los turistas que la visitan.

Qué triste que mentes obtusas trastornen el calificativo dado a la bella ciudad de Mérida, para revivir odios y rencillas históricas ya superados. Como si durante el mes de mayo, en que la temperatura de la ciudad alcanza los 42 grados Celsius invitara a vestirse de colores obscuros y no de blanco. 

lunes, 29 de junio de 2015

REGRESO

E X I L I O
Por Eduardo Ruz Hernández

Lo primero en lo que pensó ese día es que debía regresar del exilio. Había pasado mucho tiempo fuera. Los motivos que lo llevaron a alejarse se habían diluido con el tiempo y tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para desenterrarlos. No era un opositor político, ni un guerrillero, ni mucho menos un criminal. Simplemente el entorno cotidiano le había comenzado a resultar muy doloroso y había tenido que irse para poder seguir viviendo.
Su esposa, su preciosa hija, se habían ido completamente de su vida. Unos segundos de distracción y un autobús urbano había chocado de frente contra el auto en el que viajaban. El único consuelo es que habían muerto instantáneamente. Su hija no parecía muerta sino dormida. Su esposa había conservado esa hermosa ingenuidad en el rostro, aunque el pecho le había quedado destrozado. Luego del accidente, la casa, las calles, la iglesia, los parques, cines, centros comerciales… hasta el aire se las recordaba dolorosamente.
Por eso había decidido irse muy lejos, a un país extraño donde todo fuera diferente. Ahí no habían autos, las mujeres caminaban pudorosamente cubiertas, el idioma era ininteligible y la comida repugnantemente diferente. Era difícil vivir ahí, pero necesario. No había lugar para los recuerdos, porque todo era nuevo.
No obstante, así como todo se había ido yendo de su mente con el paso de los años, después de hacer muchos amigos, de aprender a saborear la comida y a disfrutar las bebidas, canciones, danzas y lamentos de ese pueblo otrora tan extraño, había sentido la necesidad de regresar al lugar de donde había venido. No fue algo de lo que pudiera darse cuenta, sino una ligera percepción que fue creciendo paulatinamente y que únicamente se presentó cuando había madurado: Tenía que regresar del exilio…
Se fue despidiendo de sus amigos en esa lengua que ahora le sonaba tan dulce. Hicieron una fiesta en su honor en que bailaron las mujeres más bellas de la región. Se había ganado el cariño y el afecto de todos porque no había ido a quitarles nada, sino a darles todo. Sus mujeres, hermanas e hijas habían crecido junto a él y nunca les había faltado al respeto de modo alguno. Al contrario, había sido como un verdadero padre para muchas de ellas. Eso no tenían con qué pagarlo, por eso le daban una despedida inolvidable.
Regaló la mayor parte de sus cosas y se fue con una maleta más pequeña de la que había traído. Ese día, los pastores de los alrededores juntaron los rebaños para decirle adiós y las mujeres lloraron al verlo irse en la caravana de los camellos. Era un nuevo adiós, era un nuevo exilio de todo aquello que él ahora amaba.

El galeno dejó lo que hacía y se dirigió con pasos rápidos a donde la enfermera lo llamaba. La mujer verificaba asustada los signos vitales del enfermo.
— ¿Qué pasa? —preguntó sin entender cuál era la novedad.
Por toda respuesta la mujer le mostró la cara del hombre al que atendía: tenía los ojos muy abiertos y los miraba perplejo. El asombro del médico fue mayor que el del paciente.  Rápidamente procedió a examinarlo. El enfermo lo seguía mirando como si fuera un ser salido de una terrible pesadilla.
— Tranquilo. Soy el doctor Ernesto de la Fuente, su médico. Está usted en un hospital y está despertando de un coma profundo de varios años.

Aturdido, cerró nuevamente los ojos y comprendió que por fin había regresado del exilio…

jueves, 21 de mayo de 2015

TEXTEANDO 10

GATO
Por Eduardo Ruz Hernández

Lo había perdido todo: esposa, hijos, familia, casa. Su vida parecía estar acababa. Vivía por inercia, aún tenía trabajo y un pequeño cuchitril donde dormir. Pero la soledad lo atormentaba. Iba como muerto al trabajo, hacía todo mecánicamente y regresaba arrastrando los pies ¿Cuántos tiempo más sobreviviría?
Una mañana, en que caminaba lentamente con el tiempo justo para llegar a sus labores, encontró una caja llena de basura. Ahí, entre los desperdicios, se escuchaba un trémulo quejido. Se acercó intrigado y distinguió a un pequeño gato escuálido y casi muerto de hambre. Condolido por su desastroso estado, lo agarró con un periódico y se lo llevó al trabajo. El gato no volvió a emitir sonido alguno. Al ser rescatado de su abandono, olvidó seguir gimiendo su desgracia.
Silencioso, mudo, esperó a que su rescatador terminara su jornada de trabajo y se fue con él a su nuevo hogar. Ahí lo bañó e intentó darle de comer, pero el gato sólo quería agua. La comida no le interesaba.
-“Ya se resignó a morir”-pensó su nuevo amo, en tanto lo acariciaba con un paño seco y suave.
No obstante, no quiso renunciar y verlo morir, así que fue a una veterinaria a preguntar qué alimentos podría darle. Le aconsejaron una leche especial para gatitos desnutridos. La adquirió junto con un biberoncito que parecía de muñecas. Armado con las herramientas salvadoras, regresó para cuidar al gato.
Día tras día, noche tras noche, fue alimentando al gato. Tuvo que armarse de paciencia y tratarlo con mucha delicadeza. Éste se dejaba querer, pero no ponía mucho entusiasmo.
Un gato sin esperanzas ¡Que friega!-rezongó desalentado, pero siguió insistiendo.
Pasaron los días y con ellos las semanas, hasta que muy lentamente vio florecer al gato. Bueno, no es que el gato diera flores, pero ya se movía, jugaba, comía y dormía como un bendito. Era una enorme alegría verlo caminar majestuosamente por la casa. El gato era su vida.
Unos meses después, conoció a una hermosa mujer. Se asombró de que le hiciera caso y lo buscara. No sólo era guapa, si no también inteligente y excelente conversadora. Pasaba momentos muy gratos con ella. Todo se lo contaba a Caifás, el gato, quien lo miraba entre divertido e interesado cuando hablaba de aquella hembra.
Con cierto temor, había rehuido que Caifás conociera a su enamorada, pero no podía postergarlo eternamente. Un buen día se dio la oportunidad de llevarla a su pequeña casa. Se sentía muy nervioso. Entraron y buscó al gato por todas partes. Ella lo ayudó, pero fue inútil. No había gato. Él sintió que el alma se le salía del cuerpo ¿Dónde demonios estaba Caifás? Las manos le temblaban y ella lo condujo suavemente a una silla. Lo abrazó, lo acarició, lo calmó y lo llenó de mimos. Él fue recuperando la compostura. Al estar finalizando el trance amoroso en la cama, le pareció escuchar un débil gemido. Lo curioso del caso es que no provenía de fuera del cuarto, ni de dentro. El gemido provenía de sí mismo. Cuando terminaron y él la rodeó amorosamente con sus brazos, un ronroneo cadencioso surgió de lo más íntimo de su ser.

-Te moviste genial Caifás –le dijo ella golosa y él sólo se limitó a sonreír.

miércoles, 6 de mayo de 2015

TEXTEANDO 9

TELEVISIÓN
Por Eduardo Ruz Hernández

 -¡Papá mi hermano no me deja ver la televisión! –Se quejó entre alaridos la niña.
-¡Papá mi hermana no me deja dormir por estar viendo la tele! –Berreó el niño furioso.
El padre, sólo y sin madre que concilie, dejó su enorme cansancio sobre la cama y se levantó a ver cómo deshacer el escándalo.
Los gritos y recriminaciones estaban en plenitud. Sin ganas de discutir, tomó el martillo y despedazó a la causante de tanto grito. Sus hijos, asombrados, hicieron profundo silencio.
-¡Santo remedio y todos a dormir!-Pontificó sin nadie que lo contrariara.

Ahora los niños lloran abrazados en silencio porque, por su estúpida discusión, jamás podrán volver a ver televisión en su casa. Perdieron a su nana idiotizante. 
En tanto, ahora el padre duerme muy tranquilo.

miércoles, 29 de abril de 2015

TEXTEANDO 8

ADICTO
Por Eduardo Ruz Hernández

Sus hijos lo incentivaron para que se lo comprara. Él no quería. Le gustaba más el antiguo, “la piedra”, como le decían despectivamente los niños. Ya llevaba más de 7 años con él y no quería dejarlo. Le servía para lo esencial y sabía perfectamente cuál era su funcionamiento.
Pero no hay dicha que dure. Un buen día se descompuso y no hubo poder humano que lo arreglara. El técnico le hizo ver que invertir en esa antigualla era tirar el dinero.
-“Le saldría más barato comprarse uno nuevo”-sentenció con aires del verdadero conocedor que en sí era.
Así que no le quedó más remedio que hacerlo. Al principio se le hizo un lío. No sabía que botón apretar y se le confundían las funciones. Pero poco a poco, asesorado por sus hijos, fue agarrándole gusto al chunche. Tanto, que no puede pasar quince minutos sin recurrir a él.
Ahora sus propios hijos le dicen que debe dejarlo. Que no está bien lo que hace. Que lo suyo ya es una enfermedad. Pero él no les hace caso. Amorosamente saca su Smartphone y revisa sus correos, sus mensajes de WhatsApp, sus páginas favoritas de noticias, sus juegos de ingenio, Facebook, Twitter, Instagram… y, para colmo, el teléfono tiene una cámara de 53 megapíxeles que deja chica a la de su tío el fotógrafo.

-“No sé cómo tardé tanto en adquirir esta maravilla”-dice extasiado en tanto mueve con destreza sus dedos por la pantalla y abre y cierra aplicaciones, olvidando su entorno,  familia, amigos, vida…

TEXTEANDO 7

CALOR
Por Eduardo Ruz Hernández

La temperatura era en verdad terrible. Habría unos 43 o 44 grados Celsius. Sentía que la vida se le escapaba por los poros y que el calor lo abofeteaba al moverse.
-El sol está que muerde –dijo sin dirigirse a nadie en particular.
Ni una nube, ni un poco de brisa. Se movían despacio sufriendo la desdicha de tener que caminar en descampado. Nadie hablaba. Había que cuidar el aliento.
Un pájaro cruzó el horizonte. Batía las alas con desesperación. A medio vuelo, como si le hubiera alcanzado una flecha, detuvo su aleteo y cayó como piedra. El ruido al estrellarse contra la tierra fue seco. Todos lo voltearon a ver. Había que seguir caminando o ellos seguirían.
Maldijo no haber traído sombrero. ¿Quién demonios había hecho pasar de moda el usarlo? El ser calvo lo perjudicaba más que a los que tenían pelo. Notó que bajaban el ritmo. Pesaban los pies y arreciaba la sensación térmica. Se estaban ahogando en su propio sudor.
Alguien cayó al suelo. Nadie hizo nada por ayudarlo. Algunos comenzaron a quedarse parados como postes. Ya no podían seguir más. Él cerró los ojos y siguió avanzando. Cada vez más sólo, cada vez más lento.
Cuando se dio cuenta estaba en el suelo. No escuchó ruido alguno ni sintió el golpe. El sol lo abrasaba, le carcomía la piel al caer a plomo. Ni una nube, ni un árbol, ni un solo ser vivo. El sol había ganado. Nadie podía resistírsele.

Abrió los ojos y se sintió flotar. El sudor y la noche lo envolvían. Emitió un gemido. Alguien se movió en otra nube. La voz de reproche de su esposa le devolvió a la realidad:
-Si hubieras comprado un aire acondicionado, no tendrías pesadillas ni estaríamos padeciendo. Ya ni dormir en hamaca ayuda.

Él no respondió, ¿para qué?, simplemente sacó el pie y pateó la pared para mecerse en tanto el ventilador vomitaba aire caliente... 

martes, 28 de abril de 2015

TEXTEANDO 6

MOLESTIA
Por Eduardo Ruz Hernández

A aquel hombre le molestaba sobremanera tener que repetir las cosas tres veces. Sus empleados lo sabían y se cuidaban de no cometer dicho error o su cólera era proverbial.
Un buen día se enamoró perdidamente de una bella mujer con la que se casó. Meses después la mujer le dio un hijo y, al poco tiempo, murió sin pedirle permiso.
Han pasado los años y sus viejos empleados se ríen, disimuladamente, cuando lo escuchan repetirle una y otra vez, más de diez veces, las cosas a su hijo.

Por los hijos, tendrás que amar lo que tanto odiaste. Díganmelo a mí.