Ojo enamorado

Ojo enamorado
En tu mirada

jueves, 22 de enero de 2015

HISTORIA DE LA UADY




LA HUELGA OLVIDADA

Por Eduardo Ruz Hernández
Bibliotecario e Historiador UADY
Información tomada del Diario de Yucatán

Hay partes de la historia que, por uno u otro motivo, se olvidan, se esfuman en la memoria de las personas, dejando una extraña confusión que nos impide entender nuestra realidad actual. La huelga que paralizó a la Universidad Autónoma de Yucatán en febrero de 1988 es una de ellas. Gobernaba nuestro país el presidente Lic. Miguel de la Madrid Hurtado, en cuyos apellidos el pueblo vio sus desgracias, era gobernador de Yucatán el Lic. Víctor Manzanilla Schaffer, y Rector de la UADY el Ing. Álvaro J. Mimenza Cuevas. El país estaba sumido en una vorágine inflacionaria que había hecho que el gobierno se sacara de la manga aquel famoso “Pacto de Solidaridad Económica”, del que nunca entendimos cómo y con quien pactamos.  

Comenzaré la historia el viernes 12 de febrero de 1988. El Consejo Universitario se reunió para escuchar el informe del Rector Mimenza quien, entre otras cosas, informó que existía riesgo de huelga porque la Asociación Única de Trabajadores Administrativos y Manuales de la Universidad Autónoma de Yucatán (AUTAMUADY), no aceptaban la propuesta de aumento salarial del 38% y la Secretaria de Educación Pública se negaba a proporcionar más apoyos (vieja historia muy conocida por las universidades públicas). Con todo, en una “postura que enaltece porque antepusieron los intereses universitarios a los personales”, la Asociación de Personal Académico de la Universidad Autónoma de Yucatán (APAUADY) había aceptado el 38% de aumento. La huelga estallaría el lunes 15 de febrero, a la medianoche, con “consecuencias irreversibles que traería para la investigación, la docencia, el estudiantado y la paz que prevalece en nuestra entidad”.

En esa misma sesión presentó el Plan Institucional de Desarrollo 1988-1990, indicando que la inflación anualizada durante 1987 había sido del 160%, así como que se tenía contemplado en el presupuesto el pago de los intereses bancarios de préstamos que se habían tenido que solicitar para no detener la marcha de la universidad.

El sábado 13 de febrero, en tanto Ronald Reagan visitaba Mazatlán, en Mérida el Lic. Andrés Santos Ojeda, Secretario General de la AUTAMUADY, informaba que SI habría huelga el lunes 15 de febrero, ya que el sindicato pedía un alza en términos reales del 53%, y que si los académicos habían aceptado el aumento ofrecido era “porque sus sueldos eran más elevados”.

El 14 de febrero, domingo de carnaval, más de 300 trabajadores sindicalizados se reunieron en el auditorio “Benito Juárez”, de la Facultad de Medicina, para decidir si estallaba la huelga o no. Votaron a favor 137 para que la huelga estallara el 15 de febrero y 100 votaron por extender una prórroga para el 22 de febrero. Había también el aliciente de apoyar el movimiento nacional de solicitudes de aumento salarial de las universidades, al cual no se quería traicionar, ya que estaban 9 universidades en huelga y dos más, la de Veracruz y Puebla, estaban por unirse. La AUTAMUADY pertenecía al Sindicato Único Nacional de Trabajadores Universitarios (SUNTU), como sección 25.

El Secretario Santos manifestó que “el gobierno quiere poner topes a los salarios sin tomar en cuenta las necesidades de los trabajadores”, y les señaló a los trabajadores que deberán cumplir las guardias nocturnas, pues a quienes no las hagan se les impondrán multas equivalentes a una quincena de salario. El asesor jurídico del sindicato era el Lic. Julio Macossay Vallado.

El lunes 15 de febrero de 1988, en tanto el Banco de México anunciaba la próxima emisión de billetes de 100,000 pesos “como consecuencia y no causa de la inflación”, las banderas rojinegras cubrían las puertas del edificio central, y de todos los edificios universitarios, a la medianoche. “No hubo arreglo: estalló en la UADY la huelga”. La rectoría siguió ofreciendo el 38% y los trabajadores solicitando el 53.6%. Unos 13,500 alumnos resultarían afectados a partir del miércoles 17 de febrero, ya que la universidad estaba en el asueto del carnaval.

El Rector Mimenza, en un último intento por detener la huelga, ofreció un aumento salarial de 15% retroactivo al 16 de diciembre, y otro del 20% retroactivo al 1° de enero, pagaderos en la primera y segunda quincena de marzo. Aclaró que el incremento real sería del 38% pues el 3% restante representa el impacto en las prestaciones. Asimismo, sugirió que se firmaría una cláusula en la cual la UADY se comprometería a realizar ajustes al tabulador salarial antes del 15 de marzo.

Quiero recordarles que la universidad no es una empresa de lucro ni obtiene utilidades. Se mantiene con subsidios de los gobiernos federal y estatal y sus ingresos son insignificantes” También señaló el Ing. Mimenza que el personal de la UADY percibe salarios “muy por encima al salario mínimo y más que en otras instituciones” y además “cuenta con mejores prestaciones”. Y remató: “El incremento que piden no lo lograrán con huelgas o presiones. Rebasa las posibilidades de la universidad, pero respetamos su derecho de huelga… Lo único que lamentamos es que los estudiantes serán los más afectados”.

El Lic. Santos dijo que al personal de la UNAM se le había otorgado el 53% y el Rector aclaró que a esos empleados se les descuentan impuestos, además que “hay una enorme diferencia en cuanto a zonas económicas”.

El 16 de febrero, martes de carnaval, el SUNTU informó que otras cuatro universidades se unieron a la huelga nacional, sumando ya 15 universidades en todo el país. En Mérida todos disfrutaban del carnaval y se olvidaron de la huelga. El Paseo de Montejo estaba pletórico de gente. Gocemos hoy, mañana ya veremos que comemos. El 17 de febrero, miércoles de ceniza, el golpe es fuerte para los 13,500 alumnos de escuelas y facultades. El rumor es que la huelga “va para largo”, ya que no sería sino hasta fin de mes que el gobierno federal haría alguna oferta. El sindicato se dice preparado para afrontar un movimiento de larga duración. No obstante, ambas partes, autoridades y sindicato, dicen que las pláticas no están rotas. Están a la espera de que las autoridades educativas de la metrópoli formulen un nuevo ofrecimiento a las universidades que están en huelga en todo México. El sindicato, con 480 trabajadores, reitera que no aceptará menos del 53% que le dieron a la UNAM.

Se menciona que en otras universidades en huelga las autoridades han permitido que las actividades continúen para no perjudicar a los alumnos. El Presidente de la Junta de Conciliación y Arbitraje, Lic. Armín Villalobos Bustillos, aclara que el derecho laboral podría infringirse si se permite el acceso a los estudiantes.

Por su parte, el Lic. Manuel Imán Morales, Secretario General de la APAUADY, que agrupa a 1,200 docentes, informó que rectoría haría efectivo el 38%, retroactivo a diciembre, el 29 de febrero y que también recibirían un aumento del 20% en la primera quincena de marzo. “Somos institucionales y tenemos una responsabilidad con los padres de familia y estudiantes; no deseamos desestabilizar la universidad

El jueves 18 de febrero se comenzaron a buscar alternativas para impartir las clases extramuros y se suspendieron varios servicios que la universidad brindaba a la población, como las consultas dentales a personas de escasos recursos. El Secretario de Organización de la AUTAMUADY, José Luis Reynosa Caamal, explicó al Diario de Yucatán el por qué no aceptaron la última propuesta del rector. Indicó que un auxiliar de intendencia gana $106,000 mensuales y las secretarias “B”, que reciben mayor sueldo, $130,000, cantidades muy reducidas considerando la inflación. Y tenía la razón, ya que un kilo de huevo fresco “en oferta” costaba $1,595 el kilo, como indicaba la desaparecida cadena Blanco (su precio normal era de $1,665). El Diario costaba $300.

El viernes 19 se abrió una posibilidad de arregló. El Rector Mimenza hizo una propuesta definitiva: aumento del 3.4% al tabulador de salarios generales retroactivo al 1° de enero, que sumado al 38% eleva el ofrecimiento al 42.7%. Y se firmaría un convenio mediante el cual la UADY se comprometía a otorgar los aumentos salariales a los trabajadores cada mes, como establecía el Pacto de Solidaridad Económica, pese a que todos sus empleados percibían sueldos arriba del mínimo.

El sábado 20 de febrero terminó la huelga en la UADY, cuando el sindicato AUTAMUADY, después de las 18 horas y por decisión de sus agremiados, aceptó el 42.7% de aumento sobre los sueldos que recibían en diciembre pasado. A las 22 horas, líderes de trabajadores y directivos de la UADY se dirigieron al edificio central y quitaron las banderas rojinegras. Fueron únicamente cinco días de inactividad.

El personal académico también aceptó similar acuerdo. La UADY firmó un convenio con los sindicatos para que cada aumento que decretara el Gobierno Federal dentro del Pacto de Solidaridad Económica, se hiciera efectivo en la siguiente quincena del otorgamiento. Asimismo, se pagarían íntegros los sueldos que se dejaron de percibir por la inactividad.

El Secretario de la AUTAMUADY Andrés Santos manifestó: “El conflicto llegó a su fin por decisión de los trabajadores”. El Rector Álvaro Mimenza dijo: “Hay que tener mucho cuidado, porque muchos ven a la universidad como un botín y desean meter la mano en ella”. Y el Secretario de la APAUADY Manuel Imán comentó que en su sindicato “el aumento se logra mediante el diálogo”.


El lunes 22 de febrero de 1988 la UADY abrió nuevamente las puertas de todas sus escuelas y facultades, reanudando actividades sin mayores contratiempos. “Las instalaciones universitarias no sufrieron daños y los encargados de limpieza se presentaron temprano a trabajar”. Lo cual denota que con una excelente disposición, apertura al diálogo y buena gestión, todo se puede solucionar en el marco de la legalidad. Que es lo que todos deseamos para la actual huelga que atraviesa la UADY en enero de 2015. E.R.H. eduardoruzhernandez@gmail.com. UADY HUELGA

martes, 6 de enero de 2015

REGALO DE REYES 2015


REY QUIQUE
Por Eduardo Ruz Hernández

Acabamos de regresar de Valladolid, una hermosa ciudad colonial enclavaba en la Península de Yucatán. Fuimos en busca de descanso, y nos encontramos una interesante historia que, si no lo hubiéramos escuchado de labios de quien la vivió, diríamos que es sólo un cuento. Resulta que una de las cosas que más nos gusta hacer en Valladolid es caminar por las noches por la Calzada de los Frailes, una calle en diagonal que inicia en un lugar conocido como “Las cinco calles”, y termina en el convento de San Bernardino de Siena, en el barrio de Sisal. Es una calle con profundo sabor colonial, pletórica de historia y de recuerdos.

Tan pronto caía el sol, mi esposa y yo nos encaminábamos hacia ahí y disfrutábamos el lento caminar por entre sus altas casas. Al llegar al parque, junto al enorme atrio del convento, nos tomábamos un cafecito en un romántico puestecito en forma de carreta de madera, que diariamente ofrecía la bebida caliente en tanto se disfruta de la noche y de un carrusel movido por los hábiles brazos de un obrero. Una delicia de momento. Los niños correteaban en el atrio y terminaban cerca de nosotros enamorando a los caballitos de madera. Las gratas noches yucatecas se llenaban de alegres risas y ruidosas pisadas. Luego, cada hora, veíamos llegar un autobús turístico que vomitaba sus curiosos visitantes que merodeaban al arte sagrado del convento.

Desde el primer día de nuestro singular periplo, nos fijamos en un ancianito que “tomaba el fresco” en una silla del parque, cerca de la cafetería ambulante, vistiendo una alba guayabera y un sombrero de los que ya no suelen verse por estos lugares. Pasado un buen rato, un silencioso enfermero, distinguible por su pulcra bata, se acercaba a él y lo ayudaba a incorporarse para luego irse caminando a paso muy lento a una cercana casa del rumbo, casi en frente de una casa maya que aun adorna los alrededores del barrio de Sisal.

El tercer día de verlo tan sólo, algo nos movió a acercarnos a él y acompañarlo. Tal vez fue que nos acabamos pronto el café o que habían demasiados niños dando vueltas en los potrillos de madera. Nos sentamos a su lado y nos saludó con una leve inclinación de cabeza. No recuerdo ni siquiera cómo comenzó la conversación, pero en breve nos estaba contando su vida. La cual, justo es decirlo, se nos hizo muy interesante.

Aunque el ancianito parecía más yucateco que el chile habanero, nos aclaró desde el principio que él era yucateco por adopción. “Tomé agua de pozo” -nos dijo sonriendo- “En la mano de la mujer más hermosa que ustedes pudiesen imaginar”. Provenía este buen hombre de lejanas tierras y por azares del destino había llegado a Valladolid en una época en que sólo se podía llegar a Yucatán en barco. “No había autobús que llegara por estas tierras, y mucho menos tren”. El avión era para ricos y había que pasar la vergüenza de tener que ser pesado, como bulto, antes de poder abordarlo. “Eran aviones de hélices, pequeños y escandalosos” -nos contó entre risas.

¿Qué vino a hacer a esta lejana ciudad? Es algo que ni él mismo lo sabe, ya que fue su padre quien lo trajo siendo él apenas un jovencito. Como no tenía gran cosa que hacer, ya que su padre se iba a realizar sus negocios en los pueblos cercanos, él se dedicaba a recorrer el lugar y, más por ociosidad que por devoción, entraba a cuanta iglesia se encontraba. En una de ellas, “la de San Juan”, descubrió a unas señoritas que preparaban niños para su Primera Comunión con la ayuda de unas graciosas monjitas, que en aquella lejana época vestían unos hábitos impresionantes que hacían temblar el calor de estas tierras. Entre la belleza de las muchachas y la singularidad de las monjas (él pensaba que sólo en los conventos vivían monjas y que nunca salían) se aficionó a ir a la mencionada iglesia. Para que no lo vieran raro, se encubrió con un rosario que compró a las puertas de la Iglesia de San Servasio.

Varios días estuvo yendo hasta que una de las religiosas se le acercó y, dada sus muestras de “piedad”, lo involucró en las actividades. Fue así como conoció a las simpáticas señoritas e hizo amistad con ellas. “Fueron tiempos hermosos”- nos dijo con una sonrisa. Claro que él ya le había echado el ojo a una chica e hizo hasta lo imposible por conseguir su atención. “Era una mujer en verdad hermosa. Llena de vida… y de fe” -nos dice suspirando. “Yo no le caía muy en gracia, ya que para ella era un vulgar huach, un simple foráneo despreciable”. Los tres nos reímos antes sus palabras. “Pero yo estaba dispuesto a todo con tal de conseguir su cariño”.

Resulta que las primeras comuniones pasaron y él siguió frecuentando la Iglesia y el grupo apostólico que habían conformado las monjitas, las cuales se habían ido a misionar a otros lugares. Su padre decidió quedarse en Valladolid, sus negocios prosperaban, y le había conseguido un trabajo para ocuparlo, pero él sacaba tiempo para ir a la iglesia a ayudar en lo que se pudiera, con tal de estar cerca de su adorada Teresa, que así se llamaba su dulce dama. El sacerdote encargado de la iglesia les había pedido que visitaran comunidades marginadas cercanas a Valladolid, pero abandonadas por las autoridades. Ya había pasado la Navidad y no encontraban una actividad que motivara a los pobladores de un lejano pueblito situado a dos horas de Valladolid por camino malo. Entonces a él se le ocurrió que bien podrían celebrar el Día de Reyes.

La idea no cayó muy bien al principio, ya que en Yucatán no estaba muy arraigada esa celebración, pero al Padre le gustó la idea. “Los santos Reyes fueron los que le llevaron regalos al niño Jesús” -les explicó el sacerdote- “Nosotros podemos hacer lo mismo”. Entonces él, para impresionar a Teresa, propuso conseguir una Rosca de Reyes. Todos lo miraron extrañados cuando dijo eso, ya que nadie en Yucatán tenía ni sabía de esa ajena costumbre, que era algo más propio del interior del país y de los migrantes españoles. Él les explicó en qué consistía y se comprometió a conseguirla, algo fuera de toda lógica dada la lejanía de Yucatán con el resto del país.

Pero don Enrique, que así se llamaba el ahora viejito, la consiguió. Fue un plan con maña, ya que su padre, descendiente de españoles, había encargado una a la metrópoli. Sólo hubo que pedir que duplicaran el pedido e ir a buscarlas a Mérida, con dos días de anticipación, en que llegaron como carga en los avioncitos. Ni que decir que aquello había costado una buena suma, pero su padre la pagó muy contento de verlo tan trabajador e involucrado en las cosas del Señor. “Luego se molestó conmigo cuando supo que mi religiosidad tenía faldas”-nos dijo muerto de risa.

Pues allá fue el grupo apostólico el 6 de enero a esa lejana comunidad campesina maya a llevar regalitos para los niños, el mensaje de salvación para los adultos y una extraña y desconocida Rosca de Reyes para la comunidad. “Tere no me quitaba los ojos de encima durante todo el camino. Claro, no era porque me hubiera aceptado, sino porque yo llevaba la rosca en una caja bien cerrada y ella se moría de ganas por verla”. El camino fue accidentado, ya que no estaba pavimentado, sino era de simple tierra y muchas piedras. “Íbamos en tres camionetas, pero acabamos en dos cuando a una se le rompió el eje. Estábamos apretujados y yo feliz de tener a Tere junto de mi”.

Su llegaba a la población atrajo la atención de todos sus habitantes. “Serían unos 150, muy pobres todos. Nos recibieron con desconfianza, aunque conocían al Cura que hablaba muy bien la maya. Fuimos a la iglesita, medio derruida, y el Padre comenzó a hablarles. Nosotros invitábamos a los niños a venir, pero ellos no se despegaban de las faldas de sus madres, unas mestizas muy serias con sus hipiles descoloridos.”

La misión no marchaba nada bien, por lo que el joven enamorado, desesperado por atraer la simpatía de su dama, le pidió al sacerdote que tradujera lo que iba a decir. “Ya ni recuerdo lo que dije ni mucho menos sé lo que el Padre dijo en maya, pero el resultado fue sorprendente. La gente se interesó por conocer el contenido de la caja. Creo que entendieron que era algo así como pan de reyes”. Al abrir la caja todos quedaron como hipnotizados por la gruesa rosca. Alguien trajo un cuchillo, y un integrante de cada familia pasaba a cortar un pedazo. “Eso fue maravilloso”-comentó el anciano- “Ni los regalos, ni la oratoria del cura lograron moverlos tanto como la rosca. La comían con devoción y tierna curiosidad, pero el clímax fue cuando salió el primer muñequito hecho de cerámica. No hombre, los chiquitos brincaban de felicidad. Todos querían un muñequito aunque sólo a tres les tocó”.

Don Enrique sonríe con beatitud. Luego se queda callado saboreando esos gloriosos recuerdos. “¿Y qué pasó después?”-inquirimos picados por la curiosidad. El anciano sonríe y nos comenta. “Pues que como vieron que yo hablé y el Cura les dijo que yo había llevado la rosca, pensaron que yo era una especie de rey que les regalaba mi pan. Y los niños me empezaron a decir: Rey Quique, ya que los compañeros por llamarme Enrique me decían Quique. Y así pasé de Huach Quique a Rey Quique”.

La historia estaba en verdad interesante y teníamos ganas de que nos siguieran contando sus aventuras en esas lejanas épocas, pero su enfermero llegó y entendimos que le quedaba poco tiempo en la banca. Don Enrique le sonrió a su fiel ayudante e hizo ademán de incorporarse para irse. Con todo, mi esposa no pudo evitar preguntarle: “¿Y Teresa?”. Don Enrique sonrío radiante: “Se casó conmigo. Nos fuimos a Mérida unos años, luego a Guanajuato, pero al final regresamos… uno siempre regresa al lugar donde fue feliz.” Y añadió con tristeza. “Por sesenta años fui el hombre más feliz sobre la tierra, pero Tere ya se fue y  me quedé aquí venerando su ausencia”.

El enfermero la sujetó suavemente del brazo y lo ayudó a incorporarse. Don Enrique se levantó, se arregló la guayabera, agarró su bastón e inclinó ligeramente el sombrero como despedida. Dio unos pasos y volteando nos dijo: “Este fiel y maravilloso enfermero es Julio, mi ahijado, hijo de uno de aquellos niños que se sacó un muñequito…

El buen hombre le recriminó dulcemente: “Vámonos Don Rey Quique, debe tomar su medicina, ya se nos hizo tarde”. Y con paso lento se fueron alejando. Mi esposa y yo nos abrazamos en tanto las sombras de la historia poblaban la fresca noche en Valladolid…

     

jueves, 20 de noviembre de 2014

DE LA VEJEZ Y LA SOLEDAD

Para mi hermano Fernando

LA VIEJITA DEL FRANCÉS

Por Eduardo Ruz Hernández

Desde hace varios años tengo la rutina de ir en auto al supermercado los sábados por la tarde. Voy a uno que está ubicado en el Paseo de Montejo, frente al Monumento a la Bandera. Cuando termino la compra, salgo por la calle lateral del supermercado y doy vuelta a la izquierda por la calle de atrás para regresar por la calle paralela que desemboca frente a un famoso negocio de venta de tortas, cuya única especialidad son las de pan francés con mortadela y mayonesa. Algunas veces me topo con una anciana que camina encorvada, con la espalda casi horizontal al piso. Viste un vestido de tela raída y transparente, y la suele acompañar un jovial perro negro de raza mestiza. Como decimos en Yucatán, un malix pek. De hecho, el perro fue el que hizo que comenzara a fijarme en la anciana.
  La mujer camina muy despacio y, a esa hora de la tarde, se dirige a una panadería muy reconocida, ubicada también frente al Monumento a la Bandera, a adquirir su pan francés. La veo y parece salida de otra dimensión, ya que esa colonia, Itzimná, es donde habita gente de muy buen poder adquisitivo de Mérida. Al parecer vive en una casita algo destartalada vecina de una fábrica de veladoras también muy reconocida, cuyo símbolo tiene algo que ver con la luz emblemática de la ciudad y puerto de Progreso.
  El sábado pasado, en que iba yo sólo cuando lo acostumbrado es que me acompañen mis hijos, la volvía a ver. Primero vi al perro correteando cerca de la casa. No pude evitar mirar hacia la casa buscándola pero no la vi. No obstante, habían dos autos estacionados ahí: una camionetita estaquitas y un sedán. Pero ella no estaba por ahí.
  Cuando hice mi alto frente a la tortería, para doblar a la izquierda en dirección al Monumento a la Bandera y al Paseo de Montejo, me la topé. Estaba intentando cruzar la calle. Me quedé impactado al verla. Tan anciana, con el pelo mal cortado y despeinada, terriblemente encorvada, con el vestido viejo de tela ajada por el uso, con una bolsa llena de migajas de pan.. Con paso vacilante, parsimonioso, cargando todo el peso de los años, del infortunio, de la soledad, cruzó la calle. Un auto que venía del Monumento a la Bandera paró para cederle el paso. El corazón se me estrujó en el pecho. Llevo viéndola ya varios meses y siempre me pregunto cómo vive esa pobre anciana ¿Alguien ve por ella? ¿O solo el perro fiel, como buen malix, le hace compañía?
  Al llegar a casa se lo comenté a mis hijos, que también la han visto conmigo, y ellos se limitaron a escucharme. Al terminar de contarles, cuestionaron mis elucubraciones. ¡Qué fácil es sacar conjeturas sin saber! Estaba pensando en una situación de abandono extremo, pero ellos me hicieron ver que podría no ser así. Simplemente, podría ser que ella es testaruda y se enterca en ir por el pan como ha hecho por tantos años. Sería más inhumano amarrar a un anciano e impedirle hacer aquello que siempre le ha gustado hacer. Mi hija, más versátil, me sugirió que preguntara en la panadería. Ellos la deben conocer.
Me quedé pensativo y ya no les dije nada. Seguí pensando en la ancianita encorvada, de ropa desgastada, con su bolsa de pan y el alegre perro malix que corretea junto a ella como fiel y amoroso acompañante. Recordé a mi querida abuela Sula Rosa Padrón Pavía, quien siempre solía decir (como mi hermano Fernando nunca me deja de recordar) que “cuando llegues a viejo no te pienses pobre, piénsate solo”. O sea, en la vejez ten más miedo a la soledad que a la pobreza. Y entonces recordé nuevamente al dichoso box malix pek que corretea libremente al lado de la anciana, acompañándola siempre en sus escapadas por el pan, y me dije a mí mismo que mi abuela era una santa y que tenía mucha razón. Bendita compañía. 


COMPLEMENTO
 Como buen escritor, les mandé el texto a mis amigos. Una gran amiga, Eloísa, me contestó: “Hermoso cuento, lo relatas de tal modo que veo a la viejita y a su perro. Pero, por favor, ve a la panadería e investiga ¿quién es?, ¿dónde vive y con quién? y algo importante ¿de qué vive?”
No me quedó más remedio que decirle la verdad, digo, hay cosas que no gustan decir, en especial cuando hablan mal de uno, pero trato de ser honesto. Así que le expliqué que al realizar el escrito había quitado una parte en donde decía que no podía ir a la panadería porque soy Harino Adicto en Recuperación (HA). Y pedirme que fuera a una panadería, sería como decirle a un Alcohólico Anónimo (AA) que entre en una licorería. Es algo realmente muy peligroso.
Por mi salud, tomé la decisión de cerrar la boca y no ingerir harinas, algo muy difícil para mí que amo el pan con locura.
También debo añadir que esa panadería es una de las mejores de Mérida y con una gran tradición. Baste decir que ahí venden el mejor pan francés de toda la ciudad. Ni que decir de los bísquets y otras delicias como conchas, tutis de queso de bola, mantecadas, pastelitos, pays de queso, bizcochitos de manteca, galletas marinas, biscottis, coellitos... etc. (Se me hace agua la boca de imaginarme el pan caliente, recién salido del horno). Y es que  ahora con este frío se antojan un panecito con un cafecito con leche bien caliente (me torturan esos pensamientos).
 Le prometí a mi amiga que el sábado le diría a mi hija, cuando pasáramos por la panadería, que baje del auto para preguntar sobre la viejita. Al menos esa era la idea. Pero mi hija nuevamente no fue conmigo y dudé de que mi silencioso hijo pudiera hacerme el favor. Así que me encaminé al supermercado a realizar mi compra semanal y me olvidé del asunto (que malo soy para cumplir lo ofrecido a los amigos).
Pero la providencia divina no se olvidó de mis palabras y me llevó a la panadería sin siquiera ir ¿Cómo? Resulta que hacía mis compras cuando me topé con una señora que se me hizo conocida. Bajita, entrada en años y con cara de buena gente, era un rostro conocido en mis andanzas por la ciudad. Me estrujé el cerebro tratando de recordar de dónde la conocía y el por qué me traía recuerdos gratos a la mente. -“Debe ser que la he visto en la Iglesia”, me dije a mi mismo no muy convencido.
Como la señora me inspiraba confianza, me armé de valor y, cuando me la topé nuevamente en la sección de frutas y verduras, le comenté que se me hacía conocida pero que no recordaba de dónde. Ella, con una amable sonrisa me dijo: -“De la panadería. Trabajé 36 años ahí y me acabo de jubilar”. La felicité muy cordialmente y aproveché la ocasión para preguntarle si no conocía a la viejita que iba a comprar pan francés acompañada por un perro negro.
No lo pensó mucho y me dijo: -“Claro que la conozco, es doña Tomasa”. Me describió con pelos y señas que era una viejecita que tenían muy descuidada y que vivía en una casita junto a la fábrica de veladoras. Me dijo que sabía que vivía con una hermana y censuró que no la atendiera como es debido, aunque la mandara a pedir caridad. Se me estrujó aún más el corazón ante sus palabras.
Nos despedimos amablemente y me quedé pensativo ante el nuevo descubrimiento que había hecho de tan singular personaje. ¿Sería la falta de atención a propósito para inspirar lástima y obtener por compasión donativos de las personas? ¿Sería esto posible? ¿No sería más bien que, dado la edad del familiar, debía ser tan anciana como ella, no les quedaba de otra que recurrir a la buena voluntad de los vecinos?

La información la obtuve, según deseaba conocer mi amiga, pero no sirve de nada si no le doy alguna utilidad. Pero no sé darle otra que publicarlo pensando que así tranquilizo mi conciencia... 

lunes, 20 de octubre de 2014

ENCUENTRAN MÍTICO LIBRO IMPOSIBLE

                                           
                                                    EL LIBRO DE ARENA
Por Eduardo Ruz Hernández

La comunidad literaria mundial está estupefacta con la noticia del encuentro, en el Centro Nacional de Música de Argentina, del llamado “Libro de Arena”, que el escritor argentino Jorge Luis Borges (1899-1986) inmortalizó en un libro de relatos publicado en 1975.

El Director de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno de la República Argentina, Horacio Luis González, lo dio a conocer en rueda de prensa realizada en el marco de los festejos por la conmemoración del 116 aniversario del famoso escritor, a quien el Premio Nobel siempre le fue esquivo.

El Director, conocido como “el Tercer Horario” por ser el tercero con semejante nombre que dirige la Biblioteca, informó que el afanado bibliófilo alemán Dr Rom Hazler, encontró el pasado marzo el libro ocultó en un pilar del sótano del Centro Nacional de Música de Argentina, lugar en donde por años tuvo su sede la Biblioteca Nacional Argentina, y que ahora ocupa la imprenta del mencionado Centro.

Cediendo la palabra al descubridor, el Dr. Hazler explicó que por años se sintió cautivado por el relato de Borges y siempre consideró que no era un simple “cuento”, sino una historia real, por lo que se dedicó en cuerpo y alma a su búsqueda partiendo de la base que Borges, como Director de la Biblioteca Nacional, tendría acceso a partes ocultas del edificio que en ese entonces ocupaba la Biblioteca.

El Dr Hazler explicó que la clave para encontrar el libro fue la mención que hace Borges, al final del relato, de que lo dejó en la Biblioteca Nacional mencionando que “a mano derecha del vestíbulo una escalera curva se hunde en el sótano, donde están los periódicos y los mapas”. Con base a esta explicación, buscó concienzudamente hasta que dio con un ladrillo falso en un pilar y al quitarlo lo encontró.

El Dr. Hazler presentó el libro a los medios. El libro, no mayor que una Biblia de Guttemberg, está encuadernado en tela y en el lomo dice “Holy Writ” y abajo la palabra Bombay. El maestro Horacio explicó que Borges comentó que dicho libro le fue entregado por un vendedor de Biblias que dijo que lo adquirió en “los confines de Bikanir”, tal vez refiriéndose a Bikaner, una ciudad situada al noreste de la India.

La peculiaridad del libro, además de su inusitado peso, es que tal parece que realmente no tiene principio ni fin. Al explicar esto el Dr. Hazler comentó que él siempre había pensado que la afirmación de Borges era una metáfora, pero que realmente era así. Ante la presencia de las cámaras abrió el libro e invitó a una reportera que intentara encontrar la portada o el final del libro. Ella intentó varias veces pero fue una tarea inútil. Siempre se interponían varias hojas entre la portada y su mano, pareciendo que las páginas brotaran del libro. La audiencia sorprendida no le pudo encontrar explicación a este hecho, además de que se demostró que jamás se encuentra nunca la misma página que se abrió una vez.

Las páginas están impresas a dos columnas a la manera de una biblia. El texto es apretado y esta ordenado en versículos. La numeración de las páginas no es correlativa y asume números arábigos extravagantes y exorbitantes. Posee interesantes ilustraciones.

Los presentadores indicaron que no consideran que el libro sea “monstruoso”, como indicaba Borges en su relato, sino que es una rareza bibliográfica heredada de tiempos ancestrales y fruto de alguna civilización desaparecida.                                
                                    

miércoles, 24 de septiembre de 2014

SAN PIO DE PIETRELCINA


HACIENDO UNA NOVENA 
Por Eduardo Ruz Hernández

Nunca pensé que la primera novena de mi vida la haría pasado el medio siglo de vida. ¿Por qué nunca hice novenas antes? Es una pregunta un poco complicada de responder, ya que soy católico y las muestras de religiosidad no me son ajenas. No obstante, la respuesta tal vez sea muy simple: nunca vi que mi madre hiciera una, aunque sé que las hacía, pero muy en privado.
Ante eso, se me quedó en la cabeza la idea de que la novena sólo era una muestra de religiosidad popular que se hacía entre vecinos, amigos y/o familiares. Se comienza nueve días antes de la fiesta del santo que se va a celebrar, y se hacen una serie de rezos concatenados acompañados de un rosario diario. Se canta, algunos usan voladores, y al final se da comida (sándwiches, tortas, espagueti, tamales, ensalada rusa, sopa fría, sandwichón, etc.) acompañados de refrescos (horchata en muchos casos). Las personas que participan se van turnando para dar los alimentos y organizar los rezos, denominándolos “nocheros”.
La última noche se da la mejor comida y algunos hasta llevan mariachis o tríos para cantarle al santo al que se hace la novena. Aquí en mi tierra, Yucatán, son muy numerosas las novenas a la Virgen de Guadalupe, el Divino Niño (Jesús niño), San Judas Tadeo o el Niño de Atocha, entre otros.
No tengo memoria de haber participado en una novena popular. He visto, al pasar, muchas de ellas, pero no recuerdo haber asistido a una. Si lo he hecho en las Posadas decembrinas, que son muy parecidas. Así que me hallaba en la ignorancia práctica de lo que significa realizar una novena.
Hace algún tiempo leí que un hombre que no encontraba su camino, por “curiosidad” decidió participar en una novena que organizaba su hermana, pese a que él no era creyente. El resultado fue la conversión de su vida. Con esta noticia en mente, se me ocurrió comentarle a un buen amigo que es irreligioso, Miquel, el que me permitiera hacer una novena por él. El interés era doble: realizar por primera vez una novena, y hacerla por alguien a quien aprecio (ya que realmente lo considero un amigo) pero que considera de mayor valor la razón y la lógica, que las creencias religiosas.
Obviamente, al menos para mí, le pregunté si me permitía hacer una novena por él. Amablemente aceptó, agradeciéndome que le preguntara, pero me puso por condición que escribiera un “reporte” de mi experiencia de rezar una novena. He aquí el por qué estoy escribiendo esto.
Antes debo aclarar que la idea me vino también porque se acercaba la fiesta de San Pio de Pietrelcina, santo al que le tengo una “especial” devoción. Ahora les explico el por qué. Corría el año de 1962 y el Padre Pío aún vivía en San Giovanni Rotondo, Italia. Era conocida su fama de santo y se sabía que llevaba los estigmas de Jesús en sus manos, pies y costado izquierdo. Mucha gente lo visitaba en el convento, deseosa de verlo y, sobre todo, de confesarse con él, ya que tenía la sensibilidad de leer los corazones de las personas, por lo que los orientaba y encaminaba a Dios.
En octubre de ese año, mi hermano mayor estaba muriendo de cáncer. Mi padre, desesperado, aconsejado por un sacerdote amigo, escribió al santo (como cientos de personas hacían) para suplicarle la curación milagrosa de mi hermano por quien la ciencia médica ya no podía hacer nada. La carta fue enviada casi a fines de octubre y mi hermano falleció en el idus de noviembre.
Yo tenía en ese entonces nueve meses de nacido y crecí oyendo historias de mi hermano muerto y de aquella carta que se envió y que aparentemente no tuvo respuesta. Cuando falleció mi padre, varios años después de mi madre, me tocó la ingrata tarea de revisar su archivo personal para ver qué cosas de valor existían y para poder destruir lo demás. Trabajé varios meses y un buen día, encontré la famosa carta.
¿Verdaderamente el Padre Pío la leyó? Por la temporalidad del envió de la carta, puede ser que no. No obstante, mi madre me contó la contraparte de la historia al decirme que ella, en sus oraciones, le pidió a Dios que se hiciera Su Voluntad, aunque eso significara la vida de su hijo. La diferencia estuvo en que mi padre quería a su hijo con vida, no que se hiciera la voluntad de Dios.
Al ir creciendo fui descubriendo la vida del Padre Pío y leí varios libros al respecto. Con todo, ha existido siempre en mí una dualidad: por una parte estoy de acuerdo con mi madre en que se debe aceptar la voluntad de Dios (si no fuera así, no deberíamos rezar el Padre Nuestro) y por otra parte me he preguntado una y otra vez el por qué el padre Pío no se apiadó de mi familia y conservó la vida de mi hermano (cuya curación hubiera sido un milagro portentoso dado lo avanzado de su enfermedad).
Fue así que este 15 de septiembre comencé la novena al Padre Pío. Decidí incluir un Rosario, aunque la novena no indicaba expresamente que se rezara, pero lo hice recordando que el Padre Pío decía que el Rosario era la mejor arma contra el maligno. Mi índice de religiosidad llega a un rosario a la semana, así que rezarlo diario fue algo nuevo para mí. Eso sin contar que decidí incluir las letanías en recuerdo de mi madre, que se las sabía de memoria (tanto mi madre como mi abuela eran devotas del rezo del Rosario).
También me sentí raro rezando una novena por alguien que, si bien aceptó que se rezara por él, no tiene ni la más mínima fe en la acción divina. Bueno, debo reconocer nunca había rezado nueve rosarios por nadie, ni siquiera por un difunto. Aunque debo aclarar que la novena también la hice por mis intenciones. ¿Qué pedí? Cuando llegaba a la parte en donde decía “te pido la gracia...” agregaba: “que desees concedernos a Miquel y a mí”. No quería “profecías autocumplidas”, como dice mi amigo, así que lo dejé abierto a los designios divinos.
El quinto día se me complicó porque me invitaron a una reunión de cumpleaños y se me acortó el día, pero robándole tiempo al descanso, lo hice por la noche. El sexto día tuve la gracia de que una de mis hijas hiciera las letanías conmigo. El séptimo día se me movió el corazón al hacer la oración del día en que se pedía “Ruega a Dios para que los hombres, que no creen, tengan una gran y verdadera fe y se conviertan; arrepintiéndose en lo profundo de su corazón; y que las personas con poca fe mejoren su vida cristiana…”. Sentí que le estaba pidiendo al santo lo que en verdad necesitaba.
El noveno día, para terminar la novena, mi otra hija me ayudó a rezar el Rosario camino a su escuela. Ese día, 23 de septiembre, fui a misa por la noche para celebrar la fiesta de San Pio de Pietrelcina. Fue la misa que celebró mi sobrino sacerdote, lo cual hizo que fuera un doble gusto aunque sólo pudimos saludarnos antes de empezar la misa, ya que al terminar ambos corrimos para ver otras obligaciones.
Para terminar y seguir la tradición popular, compré una caja con 60 paquetitos de galletas de chocolate, y al día siguiente lo repartí entre mis compañeros de trabajo, público usuario y cualquier hijo de vecino con que me encontré, con el consiguiente cuestionamiento de que si estaba celebrando mi cumpleaños o mi jubilación.
¿Qué obtuve de la novena? Pues la dicha de rezar. Eso fue lo que más disfruté y me llenó el corazón. También el compartirlo con mis hijas y obsequiar desinteresadamente algo a las personas. ¿Se me apareció el santo en sueños? No ¿sentí el dulce olor a rosas que caracterizan sus intervenciones? Tampoco. De hecho la última noche me deprimí por tonterías. ¿Entonces? Es una pregunta que queda al aire y que también debería contestar el amigo por quien ofrecí la novena.

Sólo me queda agregar: ¡¡¡San Pio de Pietrelcina, ruega por nosotros!!!

NOTA DEL 7 DE OCTUBRE: Cuatro días después de terminar la Novena, mi vida dio un giró enorme cuando algo totalmente inesperado sucedió. No le encuentro mayor explicación que como resultado de la Novena. Algo que pensé era muy difícil de suceder, pasó. Agradezco mucho a San Pío este "milagro" por su intercesión. Sé que lo que me sucedió será para bien mío y de las personas que amo.  

miércoles, 2 de abril de 2014

GELATINA VERDE

¡ESTÁS MUERTO!: 

GELATINA VERDE

A mi médico de cabecera

Por Eduardo Ruz Hernández

Todavía puedo recordar claramente la expresión que puso el médico al ver mi radiografía. Su profesionalismo, sus años de ejercer la medicina, su labor como docente en la más prestigiosa Universidad de la región, quedaron pulverizados en unos segundos. No pudo evitar transformar su rostro y denotar el asombro, la perplejidad y el pasmo, ante esa placa fuera de toda lógica.  
Fue en ese momento, y no en ningún otro, que comprendí que yo debería estar muerto y no sentado respirando tranquilamente en tanto esperaba que el doctor, Elías Pratanás, saliera de ese estado de estupor científico. Por un momento sentí ganas de darle una certera cachetada para despabilarlo, pero por supuesto no me atreví. ¿Quién era yo para cuestionar la ciencia médica? El doctor, moviendo la cabeza aturdidamente, salió del consultorio y fue a un despacho adjunto a hablar por teléfono.
Debo confesar que decidí marcharme antes que la situación se complicará. No tenía ningún sentido quedarme ahí a esperar que el doctor Pratanás reconociera algo que iba en contra de todos sus conocimientos médicos. Además, corría el riesgo de que avisara a la Organización Mundial de la Salud para que me secuestraran e hicieran mil y un experimentos para explicar lo inexplicable. No sería el primer caso, pero no quería ser el último.
Y todo por la maldita epidemia mundial de Coqueluche Ignoto. O eso es lo que nos quisieron hacer creer a los millones de seres humanos que, desde Brasil a China y de Australia hasta Rusia, nos enfermamos y morimos (o debimos morir), ante la incapacidad de los gobiernos y de las Naciones Unidas de evitar que la muerte cabalgara alegremente segando vidas sin restricción alguna. Fue algo macabro. De diez personas, cuatro irremediablemente morían y seis eran inmunes. ¿Qué las hacía inmunes? Nadie sabía. Tampoco se comprendía el por qué, el cómo y/o el a través de qué, se transmitía la mortal enfermedad.
Brotó en todo el mundo el mismo día y a la misma hora. Murió desde el Presidente de los Estados Unidos, hasta el barrendero más pobre de Paquistán, pasando por fornidos soldados, enclenques oficinistas, niños saludables y ancianos agonizantes. Pero todo fue sin una razón, sin una explicación y sin una sola lógica. Hasta uno de los cosmonautas de la Estación Espacial Internacional murió fulminado. Murieron también científicos aislados por meses en las bases de la Antártida, tripulaciones de submarinos nucleares y monjes de estricto claustro. Lo peor, es que no había tratamiento, no había absolutamente nada que hacer más que sentarse a ver morir al enfermo.
Los síntomas eran rápidos y brutales: el paciente tosía fuertemente sin ningún antecedente de enfermedad previa y, entre siete y doce horas, colapsaban sus pulmones y moría sin que nada pudiera hacerse por él. Al realizar la autopsia se encontraban los pulmones ahogados con una espesa flema verde, materia orgánica sin bacterias o virus, de una consistencia semejante a la gelatina. Por eso, aunque la enfermedad fue bautizada por los medios oficiales como Coqueluche Ignoto, fue conocida popularmente como “Gelatina de limón” o simplemente “Gelatina”.
La epidemia concluyó tan extrañamente como empezó: a los 21 días de iniciada. La gente ya no volvió a enfermarse y murió toda aquella que ya había contraído la enfermedad. Todos, menos uno: Yo…
Después de ver la cara del doctor Pratanás, decidí huir para no acabar como conejillo de indias en laboratorio médico. Digo, eso de ser el único sobreviviente de una pandemia que acabó con el cuarenta por ciento de la humanidad, no es una distinción que le deseo a nadie. Como sabía que el Sistema de Salud tenía todos mis datos y que me cazaría como si fuera el criminal más peligroso del mundo, me alejé de mi entorno conocido y hui por la permeable frontera sur de mi patria. Huir no fue difícil. Habían muerto tantos, que las personas estaban como atontadas. Nadie podía presumir de no haber perdido a un ser querido: una madre, un esposo, una hija, un amigo, una tía, un hermano, un sobrino, una amante… El sentido de depresión social era grande. No obstante, hasta en eso había tenido suerte. Yo no perdí a nadie porque simplemente no tenía a nadie…
Vagué hasta llegar al sur del continente y me perdí en pueblos semivacíos y entre personas semivivas. La tasa de suicidios se había disparado al cien por ciento, y los gobiernos encontraban difícil hacer que las instituciones funcionaran. El sentido de derrotismo era poderoso y la vida languidecía ante una ciencia que era incapaz de resolver los problemas de salud del ser humano.
No fue sino hasta que llegué al borde del mundo, cuando decidí descansar y dejar de huir. No podría decir que esto se llamara vida. Ahí, junto a los acantilados de la costa fría y lluviosa, encontré erigida una sólida casa. Mi instinto me llevó a golpear a la puerta. Nadie me contestó. La puerta no estaba cerrada con llave. Entré dando voces. Lo último que quería era perturbar la vida de alguien. Nadie se molestó en responderme. Recorrí la casa y sentí que me gustaba el lugar. Había dos cuartos en la planta alta, una terraza desde donde se podía otear el horizonte marino y una acogedora sala.
Entré a la cocina saboreando mi descubrimiento y fue ahí que la encontré. Era una mujer de unos 35 años. Pelo largo, castaño claro, piel morena clara, ojos verdes. Era en verdad hermosa. Asustado al verla, me disculpé ampliamente. Me presenté y le indiqué que en momento alguno había querido irrumpir en su casa y mucho menos molestarla. Que había llamado y dado voces pero que nadie me había respondido. Por un instante pensé que me dispararía con alguna pistola imaginaria que sacaría debajo de la mesa. Pero no, no hizo nada más que quedarse viéndome. Su mirada denotaba una profunda tristeza.
Con su mano derecha agarraba fuertemente una muñeca y con la izquierda la acariciaba. Dudé de su cordura hasta que vi una foto de una hermosa niña en el sitio de honor de la pared. Comprendí que era una sobreviviente, alguien que había quedado viva pero sin ningún deseo de estarlo. Me senté junto a ella y me puse a cantar. Comencé con canciones de cuna, luego con canciones de enseñanza infantil, y le fui subiendo el tono hasta pegar de gritos como recordaba que había hecho hace muchos años, cuando era un alegre niño en el jardín de infantes.
En algún momento una sonrisa apareció en su rostro. Revisé la cocina: tenía suficientes provisiones y agua almacenada (con tanta lluvia y un buen sistema de captación, no parecía tener problemas en este aspecto). Así que me instalé en uno de los cuartos y me dediqué a atender a Rowina, como se llamaba la callada mujer. Convivimos, o sería mejor decir que simplemente estuvimos juntos bastantes días. Ella no daba ningún problema y yo no le ocasionaba ninguno. La cuidaba como si fuera mi hermana, aunque a veces la consideraba más bien una hija. Ella se dejaba querer.
Me preocupaba que comiera algo y pronto me di cuenta que lo que más le gustaba era que la abrazara, como si ella fuera una muñeca. La situación rayaba en lo absurdo, pero mi vida era eso. No tenía ningún sentido lógico que estuviera todavía vivo, pero lo estaba, así que me limitaba a disfrutar el día a día. En tanto, hacía los quehaceres de la casa: barrer, cocinar, lavar algo de ropa. Trataba de darle un ritmo tranquilo a mi vida: leía, caminaba cerca de los acantilados, miraba el amanecer, meditaba acerca de mi vida, y cuidaba con infinito cuidado a Rowina.
Cada diez días viajaba en la camioneta de la casa al pueblo más cercano para abastecerme de mercancías. También aprovechaba para realizar algunos trabajos que me permitieran ir sobreviviendo. A falta de hombres fuertes, mi presencia en ese lejano pueblo era una bendición. Por eso cuando me iba, tardaba dos o tres días en regresar. Me preocupaba Rowina, pero no tenía otra forma de conseguir alimentos. Una de esas veces en que regresé a la casa, llevaría ya como seis meses viviendo en ella,  Rowina comenzó a tomar conciencia nuevamente de la vida. Me estaba esperando. Al verme, contrariamente a su apatía, corrió a abrazarme. No me dijo nada, solamente hundió su cara en mi pecho y me abrazó como si fuera la única tabla a la cual agarrarse en un amargo naufragio.
Esa noche hablamos por fin. Me contó acerca de su hija Yolimar, de apenas 10 años. De cómo le había comenzado la Gelatina de limón sin ningún antecedente (vivían lejos del pueblo ellas dos solas) y lo terrible que fue verla morir en menos de  diez horas. No tenía sentido: ¿Cómo demonios se había contagiado? ¿Cómo es que ella no se había enfermado? Había sido una muerte cruel y sin sentido. La dejé llorar largamente y acaricié sus largos cabellos. Mi corazón se estremeció de dolor.
Ya había pasado la medianoche cuando ella me preguntó acerca de mi vida. No tenía gran cosa que contarle, simplemente era un hombre solo que mal vivía en un lejano país del que ella nunca había escuchado hablar. La lengua me tembló cuando ella me preguntó si no había muerto nadie cercano a mí por culpa de la Gelatina. No, le expliqué, sólo gente que conocía o con quien trabajaba. Hice un profundo silencio que ella comprendió mejor de lo que esperaba. Sentí su mirada sobre mis manos, como tratando de encontrar en ellas una respuesta. E hice lo que no debí hacer: le dije que a mí me había dado la Gelatina
Volteó a verme y su mirada se clavó, hiriente, en la mía. Entonces me hizo la pregunta que no quise contestarle al doctor Elías Pratanás:
-“¿Cómo es que aún estás vivo?
No sé el por qué se lo dije. Dentro de mí sabía que esa confesión significaría el fin de nuestra idílica relación. Pero se lo dije. Creo que nadie más que ella merecía una respuesta. Aunque no fuera una que le gustara escuchar.

La primera tos la tuve al despertar. Es más, creo que eso fue lo que me despertó. Era el día 21 de la pandemia, así que enseguida supe que era lo que tenía. No iba a engañarme, como muchos hicieron al principio, creyendo que era una enfermedad respiratoria, una infección de la garganta, un catarro o alguna de las mil y una infecciones que solían atacar al ser humano. No, desde el primer acceso de tos supe que era la gelatina lo que me había atacado. Obviamente, como militar que soy, no me quedó de otra que reportar mi estado. Fue ahí que me trasladaron a un Centro de Atención, que no era más que una antesala al cementerio. El crematorio estaba a un lado, no se podía correr ningún riesgo con los cadáveres, y el doctor Pratanás fue enseguida a certificar mi estado. Se me hizo la radiografía correspondiente y se me indicó que dado el nivel de avance, tendría un lapso entre siete y doce horas antes que sucediera lo inevitable.
Me preguntaron si requería el auxilio de algún ministro de culto. Respondí que no. Mi único amigo religioso, el padre Remigio, había muerto al principio de la pandemia y yo ya no le tenía fe a ninguno. Así que me acosté a toser mi vida junto con muchos otros enfermos que me rodeaban. Hay que reconocer que, aunque los servicios médicos no podían hacer absolutamente nada por nosotros, intentaban hacer menos doloroso el tránsito al otro mundo. Cada cierto tiempo una hermosa enfermera venía a limpiarnos la frente, a tomarnos el pulso y a ofrecernos alguna bebida. No se podía hacer nada más que monitorear la muerte de los pacientes.
Así vi morir a la gente que me rodeaba. Era una sensación bastante irreal y desagradable. Todos tosíamos, hasta nos sincronizábamos para hacerlo, pero no podíamos expulsar esa espesa gelatina que nos llevaba a la muerte. El Coqueluche Ignoto era fatal. No puedo explicar el por qué, pero comencé a tener accesos de tos cada vez más fuertes, rompiendo la sincronía con los demás pacientes cuya tos se iba espaciando hasta que morían. Desesperado, me levanté como pude y corrí al baño. Como nadie podía ya incorporase, los baños estaban vacíos. Recuerdo que me incliné en el inodoro y tosí con todas mis fuerzas. Sentí que sacaba los pulmones de mi cuerpo por la boca. Fue un acceso profundo y persistente. Y entonces esgarré una enorme y dura flema verde bañada en sangre. Fue algo sorprendente. Cuando la vi en el agua del retrete no daba crédito a mis ojos. Pero eso no fue lo peor. La flema gelatinosa y verde, sacó unas pequeñas patitas, como de insecto, y comenzó a moverse.
Debí haber llamado a una enfermera o a un doctor, pero no hice nada más que contemplar estupefacto como aquella gelatina verde con patas se alejaba a paso rápido hasta perderse entre los sanitarios. Esa fue la señal para que comenzara a vomitar toda la gelatina que inundaba mis pulmones. Expulsé enormes pedazos de esa extraña materia que me asfixiaba. Al final, me sentí exhausto. Tardé en darme cuenta de que ya no tosía, pero me sentí envuelto en un enorme cansancio. Regresé arrastrándome y me metí a la primera cama vacía que encontré. Caí rendido sin saber nada de lo que me rodeaba.
Cuando desperté, no había nadie más en la sala de recuperación. Todos habían muerto. Las enfermeras me contemplaban a distancia y cuchicheaban entre ellas. Tan pronto vieron que abrí los ojos, corrieron a tomarme los signos vitales y pronto me vi rodeado de médicos. Habían pasado 24 horas desde mi ingreso y seguía vivo milagrosamente.
Alarmados, me tomaron la radiografía y me llevaron ante el doctor Elías Pratanás. Fue ahí cuando me escapé y vagué sin rumbo hasta que llegué a casa de Rowina, al borde del acantilado. Y ahora, después de contarle mi historia, sabía que tendría que irme nuevamente. Mi sobrevivencia era una enorme injusticia ante la brutal muerte de su hija. Me levanté de su lado y fui a hacer mi maleta. Eran pocas las cosas que tenía, así que no tardé mucho. Ella me miraba con un dejo de odio y de profundo desprecio. No pude sostenerle la mirada.
Simplemente me fui. Caminé durante la madrugada hasta el pueblo. Ahí me quedé una semana hasta que decidí irme cuando vi llegar a Rowina en su camioneta. Sabía que la historia correría y yo ya no sería bien recibido. Decidí cruzar hacia otro continente. Viajé de marinero en un viejo barco. Tardamos dos meses y medio en cruzar el océano y llegar a otro continente. De ahí seguí mi camino. La pandemia había cesado y sólo era un triste recuerdo en millones de vidas. También eran un temor constante de que resurgiera. Un terror pleno e inconsciente.
Seguí viviendo como nómada. Vivía unos días en cada pueblo y seguía mi camino sin rumbo fijo. Viajé mucho tiempo de esta forma y descuidé mi anonimidad. Fue así que me atraparon. Cometí el error de querer viajar en avión para ir a otro continente. No pensé que fuera tanta su necesidad de capturarme, hasta que no me vi rodeado de hombres armados. Rápidamente me transfirieron a un pequeño cuarto y en poco tiempo me subieron a un moderno avión, el cual voló sin descanso por varias horas hasta llevarme a una enorme ciudad, pletórica de poder y riqueza.
El temor de que regresara el Coqueluche Ignoto, sumado a la frustración de no poder hacer nada para controlarlo, hicieron que la cacería de mi persona se hubiera convertido en una prioridad mundial. Tan pronto llegué a los laboratorios militares de investigación, fui examinado como un peligroso animal. Me extrajeron sangre hasta martirizarme y todos mis fluidos corporales fueron examinados minuciosamente. Mis pulmones se volvieron más populares que las estrellas mejor cotizadas de Hollywood. Yo era el único sobreviviente a la Gelatina Verde y tenían que saber el por qué.
Luego que acabaron con todos los análisis que se les ocurrieron, pasaron al interrogatorio. Como comprenderán, con ellos no tuve la honestidad que le había demostrado a Rowina. Simplemente les dije que había vomitado la gelatina, pero no entré en más detalles. Me interrogaron una y otra vez, tratando de hallar contradicciones en mis explicaciones. Pero me ceñí al guion que yo mismo había creado y de ahí no pudieron sacarme. Veinte años de entrenamiento militar me habían hecho de roca. No obstante, no se dieron por vencidos y decidieron sacarme la verdad con drogas. Buscaban desesperadamente una “verdad” conforme a sus necesidades.
En esas estaban cuando sucedió algo que nadie se esperaba: de la nada surgió un brote de Coqueluche Ignoto en el laboratorio. El pánico fue bestial y la gente huyó. Obviamente yo también lo hice. No entendí muy bien que había sucedido pero tampoco me quedé a averiguarlo. Todos los que estaban en el laboratorio murieron tosiendo y con los pulmones llenos de gelatina verde. Lo trágico es que su muerte fue mucho más rápido está vez: de tres a cuatro horas.
Me escurrí en la ciudad para encontrarme que la habían cerrado completamente. La virulencia de la enfermedad pronostica un brote fatal para el mundo, ya que está vez habían muerto todas las personas del laboratorio de una manera extremadamente rápida. Y, lo peor, sospechaban que yo había sido el agente patógeno que la había desencadenado. Decidieron que servía mejor muerto que vivo.
No había forma de escapar de la ciudad, así que me resigné a esconderme en un departamento abandonado. La electricidad fue cortada, lo mismo que el agua potable. No parecía que quisieran acabar con todos los que estaban dentro de la ciudad: en verdad lo querían hacer. La muerte de unos miles era un precio necesario de pagar para exterminarme junto con la enfermedad. Me sentí miserable pero no me moví. Mi instinto de supervivencia me decía que era mejor no salir,
La obscuridad me rodeaba cuando escuche un persistente pero tenue sonido que venía del corredor. Se escuchaba como que algo se desplazaba lentamente. Encendí una vela y la pude ver. La extraña y dura flema verde, impulsada con sus pequeñas patitas, se dirigía hacia mí. Se detuvo a dos metros y quedó como en espera. Pensé que alucinaba, por lo que puse un dedo encima de la vela. El dolor me hizo darme cuenta que lo que veía era muy real. Un ligero murmullo brotó en mi mente. Parecían hojas que se llevaba el viento, pero poco a poco fue adquiriendo sentido. La flema gelatinosa se estaba comunicando conmigo.
¿Me habrían inyectado alguna droga en el laboratorio? Lentamente, el sentido de los susurros fueron haciéndose comprensivos. Parecía un diálogo a alto nivel entre la Gelatina y todo lo que representaba, (la muerte de todo ser humano) y un hombre aturdido y abandonado por sus congéneres. Estaba parlamentando con otra forma de vida. De todo lo que “hablamos”, lo que me aterró es que la Gelatina solicitaba mi permiso para volver a “entrar” en mí. No parecía una solicitud rechazable, porque mi negativa implicaba que el Coqueluche Ignoto se reiniciará nuevamente en todo el mundo como pandemia.
No obstante, la Gelatina no podía forzarme a aceptar. Tenía que dar mi aprobación para que entrara en mí. ¿Qué sacaba yo de beneficio si lo permitía? ¿No sería sellar con esa acción mi muerte? Gelatina con patas me tranquilizó. Ofreció que nada me pasaría. Que una vez que yo permitiera su acceso, cesaría toda enfermedad y nunca más se produciría. Simplemente me necesitaba como vehículo de traslado.
¿Qué hubieran hecho ustedes? Mi reacción inicial fue negarme, pero mi preparación militar, los largos años de obediencia a directrices superiores, la formación de valores y el sentido del sacrificio en aras de un bien mayor, hicieron que aceptara. Tome a Gelatina entre mis manos y me la introduje en la boca. Fue algo asquerosamente doloroso. Pasaron unos minutos y sentí como mi mente perdía el control de mi cuerpo. Sin que yo hiciera nada, mi cuerpo se levantó y comenzó a caminar, luego a correr y más tarde a huir con unos ímpetus desconocidos. Mi mente no controlaba nada ni sentía el dolor o el cansancio de mi cuerpo. Mi cuerpo huyó de la ciudad por lugares que no se me hubieran ocurrido. Se subió a un auto y manejó con experta precisión. Me sentí sumamente extraño en ser un simple observador de mí mismo.
Estaba ya bastante lejos de la ciudad cuando se detuvo. En medio de la noche, a lo lejos, una enorme nube en forma de hongo se elevó rápidamente hacia los cielos. Fue algo portentoso. La ciudad donde había estado preso ya no existía. La desaparecieron totalmente junto con todos los que ahí estaban. Comprendí lo peligroso que me consideraban y me sentí realmente muy mal. Mi cuerpo siguió moviéndose. Parecía tener energías inagotables. Mi mente se desconectó.
Al despertar, nuevamente tenía el control de mí mismo. Me dolían todos los músculos y sentí como si una aplanadora me hubiera pasado encima. En tanto recobraba el dominio de mi cuerpo, extraños recuerdos comenzaron a venir a mi mente. Eran recuerdos de sucesos que yo no había vivido. Eran recuerdos ajenos que se habían convertido en propios. Comencé a comprender que la Gelatina con patas me había dejado un mensaje.
Lo que me venía a la mente era un hermoso jardín lleno de toda clase de árboles frutales. Era algo en realidad hermoso. No obstante, pasado un tiempo, los árboles comenzaban a enfermarse y sus ramas se iban secando poco a poco. Entonces, unos extraños jardineros llegaban y comenzaban a podar el jardín quitando las ramas secas y/o podridas. Hacían mucho ruido y no se andaban con contemplaciones. Al terminar, el jardín se veía mermado pero nuevamente, con lento vigor, iba recuperando la vida y se llenaban los árboles de flores y frutos.
Comprendí el mensaje. Esa pandemia era necesaria. Se estaba “podando” a la especie humana para revitalizarla y que nuevamente pudiera dar frutos. Lo que no me quedaba claro es “quién” o “qué” eran los “jardineros”. Porque si algo me quedaba claro, es que esa Gelatina con patas representaba una inteligencia superior a la nuestra. Tal vez venían de otra Galaxia para evitar la destrucción de nuestro planeta, o tal vez habían invadido la Tierra y buscaban exterminar a la especie depredadora: Nosotros...
Tan pronto me hube recuperado, decidí regresar con Rowina. Era lo más cercano a una persona amada que tenía. Tardé varios meses en volver. El camino fue lento y problemático. La civilización estaba en crisis. Habían muerto tantas personas que hacían falta muchas cosas, especialmente gasolina para mover los vehículos. En muchas ciudades ya no había electricidad ni agua potable, por lo que las personas emigraban al campo en busca de alimentos y agua, deseosas de iniciar una nueva vida. El mejor medio de transporte era la bicicleta, por lo que conseguí una y seguí mi larga ruta al sur.
Llenaría miles de hojas contando las aventuras que corrí para regresar a la casa que consideraba mi hogar. No es la idea de esta historia. Sólo diré que al fin llegué. Contra todo lo que había cavilado, Rowina seguí en esa casa y me estaba esperando. Una hermosa bebé la acompañaba. Le había puesto el mismo nombre que su hija muerta, Yolimar, y estaba llena de una gran calma y paz. Me quedé con ellas y seguí una vida tranquila.
La Gelatina verde no ha regresado. El mundo ha cambiado mucho. Yo prefiero seguir viviendo en el anonimato, aunque todos aquellos que me perseguían han muerto. Al menos eso me dijo la Gelatina con patasY yo le creo…


-¿Qué opina de esta historia doctor Elías? -preguntó el hombre enviado por el Gobierno.
 Pratanás lo miró dubitativo. Era una pregunta que conllevaba una respuesta compleja.
-Es muy difícil darle una respuesta. Es un caso muy grave.
La enfermera entró al lugar llevando la hoja con los registros corporales del paciente.
-Gracias Rowina -dijo el médico y examinó los registros- Parece que ya no tiene fiebre -sentenció aliviado.
Los tres miraron a través del espejo el cuerpo del paciente que se movía inquieto en la cama. Gruesas correas lo sujetaban. El doctor Elías tomó nuevamente el cuaderno y revisó por enésima vez la historia que ahí estaba escrita. Luego se decidió a dar su opinión.
-La historia está muy bien elaborada y es la forma en que el paciente ha tratado de explicar lo que ocurrió en su vida. Pero…
Un silencio envolvió el lugar
-Pero qué... -Exigió el hombre del Gobierno.
Pratanás frunció el ceño.
-Pero no nos queda más opción que rezar porque todo lo que escribió sean delirios de su mente alterada…
El hombre del Gobierno lo miró sorprendido.
-No entiendo. Supuse que eso eran...
El doctor Elías Pratanás contuvo una mueca y con cierta precaución le explicó:
-Hay dos cuestiones que debemos considerar -hizo una breve pausa y continuó con delicadeza- La radiografía muestra un cuerpo extrañó en su garganta…
-Usted mismo me dijo que debe ser un tumor.
El médico suspiró.
-Tal vez no lo haya comprendido bien, pero los tumores no se mueven de un lugar a otro en cuestión de horas…
-¿Qué me está queriendo decir? -cuestionó alarmado el hombre del Gobierno.

Y en ese momento ambos comenzaron a toser sin poder contenerse…