Ojo enamorado

Ojo enamorado
En tu mirada

martes, 5 de junio de 2018

SUEÑOS REALES


ISLA

Por Eduardo Ruz Hernández

La aventura no comienza bien. La idea es cruzar a la isla y pasar el día ahí. Todo iba bien, a no ser por el accidente que presencian y que los lleva a detenerse para ayudar. Un trascabo se sale de la carretera que rodea la isla y el ingeniero que lo maneja sufre algunas contusiones. Nada grave, pero el tiempo se les va y cuando llegan al poblado para devolver el auto rentado los ferrys ya no están dando servicio. No tienen más opción que quedarse a dormir en la isla.
Aquello no le cae en gracia a su esposa. Sólo accedió a cruzar por complacerlo, ya que ella detesta la isla. Buenos motivos tenía, porque en dicha paradisiaca isla su esposo ha disfrutado alegres estancias con hermosas mujeres. La señora no disimula su disgusto ante la perspectiva de quedarse durante la noche, además de que no han llevado su equipaje y tendrán que permanecer con la misma ropa. El hombre, tratando de compensar, propone comprar algún vestuario para estar a gusto durante la forzosa estancia. Al día siguiente, en el primer ferry, saldrán a tierra firme. Ella accede de mala gana.
Deciden ver los hoteles nuevos que están junto al mar y cerca del poblado. En el primero, muy elegante, un empleado muy bien uniformado les explica, con notable acento italiano, que la habitación cuesta: “—Ottocentomila cinquecentotrentasette”. La cifra se les hace estratosférica, por lo que agradecen la información y siguen caminando.
Otro hotel está en su camino, se ve muy bien, lleno de palmeras, con bastantes turistas y una maravillosa arquitectura. Al entrar sienten la mirada de los empleados y escuchan un ligero cuchicheo. Los dos se miran y comprenden que no se ven muy bien; visten ropa de playa, y están bastante bronceados y sudados por el esfuerzo de caminar en medio del tropical calor.
Intenta que algún empleado les haga caso, pero los ignoran con evasivas. Tal parece que no existen. Se sienten un par de mendigos pidiendo limosna. No obstante, ante la cara de su esposa que denota que le gusta el lugar, insiste hasta llegar con el gerente. El administrador lo escucha sin interés y le dice tajantemente: “—No hay cuartos disponibles”. La forma en que lo hace no deja lugar a dudas de que no los quiere como huéspedes. Es una gran humillación. A salir, ella dice con amargura:
—Solo les interesa atender a los gringos. Nosotros, como nacionales, somos como perros sarnosos para ellos. De nada sirve que tengamos el dinero para pagar. Nos desprecian en nuestro propio país.
Está furiosa y no deja de despotricar contra los empleados malinchistas que desprecian a los suyos en favor de los malditos extranjeros.
— Tranquila —trata de calmarla— Llamaré a un hotel muy bueno donde me conocen y verás que enseguida tendremos un cuarto.
No ha terminado de decirlo cuando se arrepiente. La sombra de los celos nubla la vista de su esposa y un turbio presentimiento le recorre la mente: Pagará muy caro por eso. Ella se queda callada en tanto habla al hotel. Tal y como dijo, al ser reconocido por el empleado le dan una habitación y hasta ofrecen ir a buscarlos, ya que están bastante lejos del lugar. Muy contento cuelga el teléfono para enfrentarse al ceño fruncido de su mujer.
—Me da gusto saber que al menos en algún lugar somos bien recibidos, mi amor —las palabras suenan ácidas en la dulce boquita de su bella esposa—, pero no me parece la forma en que este último hotel nos trató.
—¿Y qué quieres que haga? —espeta él con falsa resignación.
—Qué bueno que lo preguntas. Quiero que entres a la página esa de consejos de viajes, donde eres miembro, y escribas sobre el pésimo trato que hemos recibido, para que todos sepan la clase de establecimiento que es. Quiero que todos nuestros connacionales estén enterados de lo que les espera ahí si van.
El hombre la mira algo perplejo. Su esposa siempre ha sido un adalid de la calma y el buen carácter, pero en este momento no la reconoce. Opta por obedecer para llevar la fiesta en paz. Abre la página en el Smartphone y, en tanto espera que vayan por ellos, describe con lujo de detalles el deplorable trato que han recibido en el susodicho hotel de lujo. Breve, conciso, directo, tiene amplia experiencia en redactar perfiles ya que lleva años haciéndolo, más por gusto propio que por obligación o pago.
Termina y duda un momento antes de mandarlo. No es muy afecto a poner notas negativas de los lugares que visita, ya que sabe pueden perjudicar a los trabajadores, pero en este caso prefiere no tentarse el corazón. Quiere complacer en algo a su esposa. Apretando los labios lo manda. El auto llega por ellos y se van exhaustos al hotel benevolente.
Contra todo lo que podría esperar, el hotel le gusta mucho a su esposa. Los empleados la tratan con una cortesía exquisita y los llenan de atenciones y amabilidades. Les dan un cuarto excelente con vista al mar y les dejan frutas y champaña de bienvenida. El jacuzzi en el baño es un sueño. Duermen maravillosamente y al día siguiente, cuando desayunan, su mujer le dice —ante su total sorpresa— que se quiere quedar un día más a disfrutar del hotel. Él accede encantado. Bajan a la tienda del hotel y compran algo de ropa. El gerente les regala batas, playeras y toallas de aniversario de bodas. Todo el mal sabor de boca del día anterior se desvanece ante lo bien que la pasan.
Al día siguiente, al irse, el gerente en persona se ofrece a llevarlos al embarcadero. En el camino pasan junto al hotel en donde fueron tratados con tanta desconsideración. El auto tiene que bajar la velocidad porque docenas de taxis están estacionados recogiendo pasaje.
—¿Qué está sucediendo? ¿Por qué hay tantos autos? —pregunta la esposa.
El gerente sonríe en tanto pasan con lentitud por el lugar.
—El hospedaje se vino abajo. Los huéspedes que ya estaban hospedados exigieron el cambio de hotel y las reservaciones se están cancelando.
La mujer voltea a ver a su esposo con cara de incredulidad.
—¿Tuviste algo que ver en esto? —pregunta asombrada.
El hombre contrae los labios y no contesta. El gerente lo mira con un dejo de sorpresa a través del retrovisor. El famoso escritor se encoge de hombros y una amarga sonrisa cubre su rostro. Recuerda lo que hace años le dijo un maestro: “—No hay veneno más poderoso que el de la pluma” —. Y concluye: “—Ni forma alguna de complacer a una mujer”.



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martes, 8 de mayo de 2018

SUEÑOS PERDIDOS


CAMINO

Por Eduardo Ruz Hernández

Salen de la iglesia colonial y miran el parque en donde se levanta la estatua a la madre. Sienten la urgencia de huir. Fieros sicarios los persiguen. Le da la mano a su esposa y caminan presurosos por las calles. Buscando multitudes se dirigen al mayor mercado de la ciudad. Muchedumbre por todas partes, sonido estridente de música, miles de voces promoviendo diferentes artículos, desde fruta hasta comida y calzado.
Moverse, confundirse entre la gente, hacer distancia entre ellos y sus sanguinarios perseguidores. Entran al mercado donde los estrechos pasillos se convierten en ratoneras pletóricas de personas que van y vienen. La mujer lo guía y él la sigue en completa sumisión. ¿A dónde más podrían ir? Los pasadizos laberínticos se van cerrando y llegan a un escondido negocio. Una mujer asiática —¿china, coreana, japonesa, filipina? — los recibe con una cordial sonrisa. Entran —hay varios sillones y un aroma extraño en el ambiente— y los invita a sentarse.
Su compañera cruza unas palabras con la encargada, quien mueve la cabeza en señal de asentimiento. Requieren quitarse los zapatos y calcetines. El hombre protesta: ¿cómo van a huir sin zapatos? Su mujer —con la mirada— lo incita a obedecer. La encargada trae dos recipientes de cerámica para que introduzcan los pies. En jarras de porcelana acarrea agua caliente para llenarlos. El hombre está nervioso, se siente terriblemente vulnerable.
La suave voz de la señora camboyana los conmina a cerrar los ojos. Obedecen.
—Imaginen el mejor sitio en donde podrían estar en este momento. …
Una playa con el cielo azul plagado de blancas nubes. El mar frente a él, infinito y de color turquesa. Las olas rompiendo suavemente en la playa, de fina arena, en tanto el viento mueve las ramas de cientos de palmeras. Está cómodamente sentado en una silla de tela, escuchado los sonidos que lo envuelven y adormecen: el mar lamiendo la arena, la brisa jugando con su cabello, las palmeras moviéndose bajo el sol, los graznidos de las gaviotas buscando alimento…
No hay lugar para la angustia y mucho menos para el miedo. Mira a su alrededor y encuentra a su esposa recostada en un camastro. Comprende —sin que nadie se lo explique—, que la imaginación de ella ha embonado con la de él, y que están compartiendo el mismo ensueño. Su mente toma posesión de la dicha de estar ahí y pierde contacto con el sillón, el agua caliente que moja sus pies desnudos y la dama vietnamita que aún le habla…


Entran violentamente al local y miran con recelo a su alrededor. Solo hay algunos sillones y una mujer extranjera. Sin mediar palabra, revisan el negocio abriendo puertas, mirando por debajo de los muebles y golpeado el piso con los zapatos. No, no hay nadie. El que los dirige ve su celular y confirma la ubicación. Deberían estar ahí. Vuelven a examinar y corroboran lo obvio: no están. Se miran confundidos y deciden irse. La dueña recoge los dos pares de zapatos guardándolos en un armario, donde yacerán olvidados —por siempre—junto con varios cientos más…





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viernes, 20 de abril de 2018

PODEROSO ARCÁNGEL



SANTA INDIGNACIÓN

 “¿O piensas que no puedo yo rogar a mi Padre, que pondría
 al punto a mi disposición más de doce legiones de ángeles?”
Mateo 25, 53

Por Eduardo Ruz Hernández

El capitán Darío Ferguen, jefe del Departamento de Investigación Criminal, baja a la morgue para hablar con el doctor Mosteiro. Está harto de las llamadas del alcalde, del gobernador y hasta del secretario de gobierno. Presionan para que aclare la cuestión de los sesenta y seis masacrados de La Cordunza, un violento barrio pero no hasta ese extremo de la gran ciudad. La prensa también está presionándolo, buscando la exclusividad de la inédita nota roja para alimentar el morbo enfermizo de sus ávidos lectores.
Parvada de desgraciados. Se alimentan de excremento social gruñe hastiado en tanto el elevador va llevándolo lentamente a su destino.
La morgue es un caos. Personal en bata entra y sale llevando muestras y trayendo resultados de los laboratorios, ubicados en el piso superior. Nadie se percata de su presencia. Sin inmutarse no está para susceptibilidadesentra a la oficina del encargado y lo encuentra con los teléfonos sonando en tanto lidia con tres médicos.
¡Mosteiro! ¿Qué demonios pasa con tu reporte? ¿Por qué no lo has entregado? Tengo a medio mundo fastidiándome y tú aquí jugando a los debates con tus colegas.
La abrupta entrada de Ferguen tiene el impacto deseado. Se hace el silencio y el veterano galeno indica a los demás que los dejen solos. Grita a su secretaria que corte las llamadas. La gente obedece, saben del mal carácter del jefe. Cuando quedan silenciosamente solos, el forense se deja caer en la silla y explica:
Esto es un desastre Darío. No veo ni pies ni cabeza a la investigación…
¿De qué carajos hablas? ¿Tan difícil es decir las causas de muerte de sesenta y seis malnacidos? ¿No encontraste suficientes evidencias? ¡Es una maldita masacre! Tengo todo el avispero oficial atosigándome en busca de explicaciones y no les puedo decir nada porque tú no has acabado de jugar al doctorcito. ¡Cabrón! ¡Quiero resultados, no que me maquilles los cadáveres para las fotos!
El doctor Mosteiro lo mira fijamente. Le molesta la tremenda grosería de su jefe y amigo, pero no le queda de otra que aceptar sin chistar sus reclamos. Él tampoco está satisfecho.
¿Quieres resultados? Bueno te diré lo que tengo: Sesenta y seis hombres muertos, certeramente asesinados. No hay balas. Se usó algo que debería llamarse “arma blanca”, pero nunca habíamos visto algo semejante duda, pero ante la inquisitiva mirada de su jefe prosigue. Suponemos que es una especie de espada… pero no estamos seguros.
¡No frieguen! ¿Qué los hace dudar? ¡Explícame!
Una cosa es el arma, el instrumento homicida, y otra la forma en que se usa. No comprendemos cómo una espada seccionó en dos los cuerpos, cortando la caja torácica como si fuera mantequilla, atravesándoles el corazón de lado a lado, partiendo en dos todas las cabezas… y todo en un solo corte. ¿Comprendes? El culpable de la masacre acabó con cada uno de esos hombres efectuando un solo golpe. Tanta fuerza y precisión son extraordinarias.
¿Estás hablando de un solo culpable? ¿Estás bromeando? Debieron ser como cien los involucrados en la matanza…
No capitán, toda la evidencia señala que fue la misma persona la que usó un solo instrumento para destazar, en fracciones de segundo, a todos y cada uno de esos malandros. No hubo mayor respuesta de las víctimas. Todo indica que murieron casi al mismo tiempo…
Darío Ferguen miró a Mosteiro sin creerle.
¿Estás idiota? ¿Cómo puedes afirmarlo? Eso no puede ser.
Darío, yo tampoco lo creía, pero la evidencia está ahí, muy clara, verificada completamente, en la escena del crimen y en los sesenta y seis cuerpos, por todos y cada uno de los médicos que trabajamos aquí.
¿Cómo demonios pudo ocurrir? ¡Está de locos!
No tengo ni la más remota idea… Estamos anonadados por los hechos. Va más allá de nuestra competencia científica hace una pausa y concluye para zafarse del embrollo: Yo te diría que intentes interrogar a la víctima, testigo, sospechoso y presunto culpable, o lo que sea ese hombre. Está en la jaula preventiva. Tal vez tú si le logres sacar la verdad.

La puerta se abre y el policía de guardia da un respingo al ver entrar a las solitarias cárceles al jefe del Departamento de Investigación Criminal, quien se encamina presuroso al área donde se encuentran los presos especiales. Ahí, en la última celda, está Miguel Kuzil, la única persona hallada con vida en medio de la carnicería de La Cordunza. El policía corre detrás de su jefe para abrirle. Sin mediar palabra, mete la llave y franquea el paso a un exaltado Ferguen, quien encarando al detenido le espeta:
Mira, sé que te han interrogado varias veces y que respondes con largos silencios. ¡No puede seguir así! ¡Requiero que me digas qué fue lo que realmente pasó en La Cordunza! ¡Si no hablas por las buenas, veré que hables por las malas! ¿Entiendes?
El hombre lo mira con suspicacia y contesta con hosquedad:
—¿Está dispuesto a aceptar la verdad cualquiera que esta sea?
—¡Claro! ¡Estoy harto de este embrollo!
—Siéntese por favor, se lo explicaré lo mejor que pueda…
Ferguen obedece, respirando hondo, deseando que la pesadilla acabe.
—Todo comenzó con mi nombre…
—Te llamas Miguel ¿no?
—Sí, precisamente, ahí dio inicio todo. Mi madre, al nacer, me puso bajo la protección del santo en cuyo honor me llamo. ¿Lo conoce?
—No veo la relación con toda esta situación.
—No la comprenderá si no advierte que me llamó Miguel por el príncipe de las milicias celestiales, a quien, como le dije, mi madre me encomendó cuando nací.
—¿San Miguel Arcángel? ¿El que sale blandiendo una espada en tanto pisotea al demonio?
—Sí, el mismo. ¿Va entendiendo?
—No muy bien, pero la espada parece darme un indicio…
Miguel ignora el comentario y prosigue su historia:
—Siempre fui muy miedoso de niño. Mi padre era un hombre fornido y yo era todo lo contrario: un niño delicado, más parecido a mi madre. Por eso ella me enseñó, desde pequeño, a invocar la protección de mi Santo Patrono.
Darío lo mira fijamente. Investigaron al testigo-sospechoso y no encontraron nada inusual en él: Maestro de literatura en una escuela de Educación Media Superior, no practica ningún deporte, no tiene cuerpo atlético, conocimientos de artes de defensa personal, ni mucho menos de esgrima. Soltero y con el pasatiempos de dar largas caminatas por la ciudad, algo que bien podría explicar su presencia en La Cordunza.
—¿Y qué tiene que ver San Miguel Arcángel con todo esto?
—¡Todo! — exclama jubiloso el detenido—. Él me defendió.
El funcionario lo observa tratando de dilucidar si debe requerir la presencia de un psiquiatra para evaluar al detenido, pero opta por seguirle el juego y dejarlo hablar.
—Si fue como dices… ¿Cómo lograste que tu protector se materialice? Tengo entendido que es un ser espiritual, no tiene cuerpo como nosotros...
—Gracias a mi madre. Ella me enseñó una poderosa oración para lograr su intercesión.
Ferguen considera irse, pero recuerda la descripción de los cuerpos tasajeados realizada por el doctor Mosteiro y se contiene. Debe tener paciencia. Hasta las mayores fantasías están cubiertas con algo de verdad. Con ánimo sereno dice:
—Por favor, cuéntame con detalle lo que aconteció…

El viernes el niño llega a casa con la ropa destrozada, sucia, y el labio roto y sangrando. Está muy triste pero no llora. Sabe esconder su dolor y frustración. La madre se angustia, el padre seguramente se enojará. Nunca ha podido comprender cómo él, un hombre fuerte, ha tenido un hijo tan enclenque. La mujer limpia el rostro de su hijo, hace que se cambie de ropa y lo llena de mimos. Después van al cuarto de su progenitora donde le muestra el hermoso cuadro que cuelga junto a su cama. La imagen de un ser alado, blandiendo una enorme espada y pisando a un horroroso demonio envuelto en llamas, lo mira desde arriba.
—Él es San Miguel Arcángel, tu santo patrono. Es el general de los ejércitos celestiales, quien dirige las huestes benditas que alaban a Dios. A él vas a invocar siempre que estés en peligro y ten por seguro que te librará de todo mal. Por eso llevas su nombre.
El niño mira el cuadro con cierta esperanza, pero después recuerda lo que le ha enseñado su maestro de historia en la escuela: Dios y los ángeles son frutos de la fantasía humana. Su madre descubre la incredulidad en su mirada y enfatiza:
—San Miguel sólo puede ayudarte si tienes fe. Debes creer en él o no conseguirás nunca su protección.
El chiquito no dice nada. Mira desconcertado al ángel guerrero. La mamá lo lleva hasta su ropero, lo abre y toma una caja de madera. Ahí, de un ajado sobre, extrae un papel amarillento, muy arrugado, y se lo muestra al niño. Miguelito lee sorprendido lo que dice el añejo documento escrito con elegante y dibujada letra.
—Apréndetela de memoria hijo. Te aseguro que si la rezas con verdadera devoción, nada malo podrá ocurrirte.
El niño abre los ojos y lee, una y otra, vez aquellas sacrosantas palabras que lo librarán de los golpes y burlas de los niños mayores.

El lunes, Miguelito prueba el poder resolutivo de aquella oración. Al salir de clases la recita en silencio, repetidas veces, en tanto camina presuroso a casa. Una cuadra después, se da cuenta que alguien lo sigue. Tiembla al ver que es Pipo, el matón de sexto grado, alguien que ha repetido tantas veces el curso escolar que es prácticamente un adolescente. ¿Servirá de algo su oración? Pipo camina detrás pero no se aproxima. Minutos después, la banda de los seis acosadores se acerca. Ahí está Mauricio, el que le pegó el viernes. Miguelito tiembla pensando en la nueva paliza que recibirá, pero cuando sus perseguidores están alcanzándolo, un chiflido se escucha y los atacantes se detienen, lo que aprovecha Pipo para tundirlos a golpes. Asustados, corren huyendo de la paliza. Desde ese día, Pipo lo escolta y nadie vuelve a molestarlo.
Miguelito está feliz. La oración ha dado resultado, aunque también observa extrañado que Pipo comienza a visitar su casa todos los sábados por la tarde y conversa con su padre, quien parece estar enseñándolo a boxear. Hasta se queda a cenar algunas veces y lo trata con serena indiferencia.
Con el paso de los años Miguel va olvidando la oración y perdiendo poco a poco la fe. Hasta que un día, 27 años después, en una de sus andanzas diarias por la ciudad, caminando por un parque, es testigo involuntario de una venta clandestina a gran escala. Ahí, rodeado por quienes no lo quieren de testigo, recita con desesperación extrema aquella antigua oración materna…

Darío Ferguen mueve la cabeza desconcertado. Es la historia más increíble que ha escuchado en toda su larga vida. Tan irreal que de sólo pensarlo duda de su cordura. ¿Una oración que invoca a un ángel para que aparezca y acabe con todos aquellos que desean hacerle mal al devoto? Inverosímil. El tipo está desquiciado y debe existir una explicación racional a todo aquello. Tal vez que un padre le pagó a un matón para que protegiera de por vida a su hijo. No, tampoco puede ser. Aquel hombre no tiene padres, murieron en un accidente muchos años atrás. Entonces: ¿una sociedad secreta de fornidos espadachines? Mientras más vueltas les da a los acontecimientos, más absurdos le parecen. Derrotado, llama al doctor Mosteiro a su oficina.   
—¿Qué pusiste al fin en el maldito informe? — pregunta sin ánimos de discutir.
—Algo impreciso, como pediste: La causa de muerte fueron heridas por armas blancas indeterminadas. No entré en detalles. Que saquen las conclusiones que les dé la gana. Tal vez hubo una convención secreta de ninjas en la ciudad y realizaron algún ritual de iniciación ¿No?
Darío sonríe amargamente y relee el boletín oficial que mandó a sus superiores y a la prensa. La explicación de que fue una venta de estupefacientes interrumpida por un nuevo Cartel de drogas fue brillante, aunque no justificase que nadie se llevara las dos toneladas que quedaron intactas en el camión. Así como tampoco tenía lógica la presencia de un testigo, Kuzil, de quien la policía negó tener conocimiento de su existencia.
—¿Qué hiciste con el sospechoso-culpable? — inquiere el forense.
—Lo mandé literalmente a tiznar a su madre…
—¿Y cómo es eso?
—Regresó al pueblito de donde era su mamá. Tiene terminantemente prohibido regresar, so pena de rajársela toda.
—¿Y aceptó sin chistar?
—Claro, parece que iniciará una nueva vida enfocada en lo espiritual.
Mosteiro ríe de buena gana.
—No te atreverías a tocarlo si vuelve, ¿verdad?
El curtido policía esboza una media sonrisa y mueve la cabeza.
—¡Ni de chiste! … Pero algo le tenía que decir para que se fuera...
—Estoy de acuerdo contigo, es mejor no tenerlo por aquí.
Se levanta. Estando por irse, recuerda algo y comenta:
—¿Te quedaste con la evidencia?
Por toda respuesta, Ferguen saca del cajón de su escritorio un papel —de los utilizados en las entrevistas con los sospechosos—, lo abre y los dos hombres leen lo que está escrito, guardando un silencio cómplice que dice muchas cosas y a la vez no dice nada.

Oración a San Miguel Arcángel en Jueves Santo.
   Glorioso príncipe de las milicias celestiales, servidor fiel y obediente del Dios trino y uno, arcángel que prefirió servir a Dios antes que caer en la soberbia de los demonios.
   Tú que la noche sagrada del Jueves Santo esperabas con las doce legiones de ángeles las órdenes de Dios Padre para intervenir, y que miraste profundamente consternado cómo era apresado como un vil malhechor el Hijo de tu Señor, amarrado, insultado, escupido, burlado, golpeado y torturado, y que a pesar de tu santa indignación obedeciste silenciosamente la orden de no intervenir.
   En este día y en este momento, te suplico que redimas el dolor que padeciste por esos agravios y lo descargues en aquellos que desean hacerle mal a este humilde devoto tuyo. Da libertad a tu espada para evita que el mal me haga daño. Amén.




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viernes, 30 de marzo de 2018

GATO INOLVIDABLE


                                                                                                       Para mi hija con todo amor

REGRESO

Por Eduardo Ruz Hernández

— ¡Abuelo! ¡Abuelo! ¡Hay un gato en el jardín maullando para que le abran la puerta!
El anciano se levanta con dificultad ante los requerimientos de su nieto. Hace años que no hay mascotas en la casa, debido a los constantes viajes que realiza. Se acerca y observa al animalito que chilla zalameramente requiriendo pronta atención. Es negro, de ojos verde amarillentos y muy buen porte.
—Debe ser de algún vecino —dictamina tratando de explicar su presencia—. Ábrele.
El gato entra como bólido y se dirige sin tardanza a la cocina. Parece conocer muy bien la casa. Sus maullidos se acrecientan. Se acerca al abuelo restregándose amistosamente en sus piernas. Un ronroneo persistente se escucha. El hombre abre el refrigerador y saca un par de rebanadas de jamón para dárselas. La alegría del felino es evidente y devora la comida con singular deleite.
— ¿De dónde habrá venido? —Cuestiona el niño—. Es muy dócil y amigable.
El viejo lo examina con detenimiento. Hay algo en él que llama su atención.
— Conozco a este gato negro —asegura con firmeza en tanto frunce el ceño denotando gran sorpresa—. Pero no puede ser…
En eso llega su hija, la tía del niño, quien mira al micifuz en tanto se relame los bigotes satisfecho, y exclama sorprendida:
— ¡Es igualito a Tomasito!
— ¿Quién es Tomasito? —pregunta extrañado el niño.
El pensativo anciano contesta:
— Un gato que tuvimos hace muchos años y que un buen día se fue y nunca regresó. Yo dije que murió, pero tu tía consideró que simplemente estaba desaparecido.
— ¿Desaparecido? —cuestiona extrañado el chiquillo.
El abuelo acaricia su cabeza explicándole:
— Es un término que se usa en las guerras, cuando un soldado participa en una batalla y nunca se vuelve a saber de él. No regresa y tampoco se encuentra su cadáver…
Contemplan al minino que ha comenzado a lavarse la cara con ayuda de su pata delantera y los mira de reojo. Después, como siguiendo una rutina establecida, busca una silla en el comedor y sube para acostarse. Parece estar tomando posesión de la casa que abandonó hace mucho tiempo.
— ¡No puede ser! —Sentencia el hombre—. Tomasito se fue hace 20 años. Ningún gato vive tanto tiempo.
El animal lo voltea a ver como si supiera que está hablando de él y lanza un maullido contestatario. Los tres lo observan con asombro.


— ¡Tía! ¡Tía! ¡Tía! ¡El abuelo no despierta!
La mujer corre a ver a su padre quien yace sentado en su silla favorita, con la cabeza ladeada, como si viera algo en el jardín. Intenta hacerlo reaccionar pero es inútil. El hombre se ha marchado dejando abandonado su estorboso cuerpo. Un viejo amigo ha venido a buscarlo y no ha podido negarse a acompañarlo. En tanto las lágrimas cubren el rostro de la hija, un maullido se escucha a lo lejos: Los gatos siempre regresan por sus amos.



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FOBIAS GENÉTICAS

SIN CERVEZA                                            

Por Eduardo Ruz Hernández

Acaba de ver un interesante capítulo de Viaje a las Estrellas, en donde el Señor Spock salva la nave Enterprise de un capitán colérico, loco y lujurioso. Está por comenzar a retomar la lectura del libro “Corazón: Diario de un niño”, de Edmundo de Amicis, cuando su madre lo llama. Es mediodía y su padre ha llegado con sed. Le da una jarra amarilla, dinero, y le dice que vaya a la cantina “La Negrita”, a la vuelta de la casa, frente a “El Motor eléctrico”, a comprar cerveza de barril.
Anda, no tardes, que tu papá ya quiere comer.
Sale y pone la trampa de la puerta para abrirla sin utilizar llave. Es una varita de metal que se empuja y por medio de un gancho abre la cerradura. En tanto camina bajo el sol se pregunta por qué lo han designado a él para realizar tan infausta tarea. Tiene dos hermanos mayores que no tiene idea en dónde pueden estar. El sólo tiene diez años y nunca, jamás, ha entrado a una cantina. Llega a la puerta del lugar y escucha el ruido, las conversaciones estentóreas, las risas, las burlas, la música de mala muerte. Sólo es empujar la mampara verde y entrar. Preguntarle a alguien por la cerveza de barril y para que llenen la jarra amarilla. Luego pagar e irse. Parece sencillo, pero algo no le permite hacerlo. Está petrificado agarrando la jarra, aterrado al pensar que debe entrar al lugar donde la gente sale cayéndose, diciendo leperadas y comportándose como payasos mal pagados.
No, no puede hacerlo. Imposible. Nadie se lo ha explicado, no lo sabe, pero lleva en la sangre el gen de su abuelo paterno que detestaba la cerveza y, peor aún, a los borrachos. Un abuelo que era el único, entre varios hombres, que no tomaba ni perdía la compostura ante el alcohol, que lo detestaba con todas las fibras de su ser. ¿Quién iba a decir que el más pequeño de sus nietos heredaría su fobia?
Al final, aterrado, regresa a casa y dice a su madre, en tanto le da la jarra amarilla vacía:
— No tienen cerveza de barril, se les agotó.
Su madre, amplia conocedora de sus siete críos, lo mira traspasando sus pupilas y le dice a quemarropa:
— ¿No hay peces en el mar? ¿No había cerveza o no la pediste?
El mutismo de su hijo, en una cara enmarcada por el pánico, le da la respuesta. Suspira resignada y enfrenta el mal humor de su cónyuge. No, no hay cerveza de barril, el negro Wacho no la surtió porque don Valentín Alonso, el cantinero, no se dio cuenta de que ya estaban vacíos los barriles. Sutil excusa que tuvo que tragar con su comida el padre, enfurruñado por tener un hijo que es copia al carbón de su padre, con todo y fobia.
Esa noche, arrullado por los frescos brazos de la hamaca, el niño da gracias a Dios y a todos sus angelitos porque no tuvo que entrar al infierno. Pobrecito, no sabe que 44 años después lo tendrá que hacer nuevamente para pelearse, rabiosamente, con los inmundos meseros incapaces de dar una mísera botana. No obstante, esa será la nueva fobia que heredará a su hijo.
— “¡Qué más!, cosas de la herencia y de las putas fobias” — concluye con resignación.




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viernes, 9 de marzo de 2018

BIBLIOTECA DE ARENA


Martes 21 de febrero - jueves 8 de marzo de 2018.

BIBLIOPOTAMORREA

Por Eduardo Ruz Hernández

El paso del tiempo lleva a José Luis a la edad en la que ya no desea seguir trabajando. Opta por solicitar la jubilación. Y lo que antes le hacía falta ahora le sobra a mares. Ante la enorme existencia de tiempo libre, decide cultivar sus aficiones: Diariamente visita una biblioteca para leer, y una vez al mes acude a la librería “Katzenleser” a comprar algún libro que satisfaga su curiosidad literaria. Pero no es suficiente, por lo que toma la decisión de participar en un taller literario.
Aquello le sirve de mucho, ya que durante toda su vida ha cultivado el gusto por escribir. Además, consigue algunos amigos que, como él, disponen de tiempo, ganas de leer y gusto por escribir. Entre esas nuevas amistades tropieza con Rodolfo, un hombre cercano a su edad, de caminar pausado, al que la empresa ha pensionado pese a su renuencia. Aquel nuevo amigo gusta de las letras, la buena lectura, escribir algo de vez en cuando y tiene la costumbre de frecuentar la misma librería.
Nace así una sólida amistad basada en conversaciones literarias, intercambio de libros, comentarios de sus breves escritos, una que otra novedad, y un ingesta moderada de brebajes calientes, hechos con selectas infusiones de hojas aromáticas, para acompañar las charlas. Una vez por semana, los viernes, los amigos se encuentran en una cafetería para pasar la mañana en amena plática. Disponen de seis días para llenarse de lecturas, escribir algún cuentecillo, y crear anécdotas literarias que contarse mutuamente. Sobra decir que esperan con ansias ese día para deleitarse con los gratos encuentros.
El intercambio de libros afianza la compartición de vivencias literarias y la amistad se acrecienta, haciéndose más profunda y sincera. Ambos se alegran la vida y palian así las desdichas de la vejez, las enfermedades y la cruel soledad. Autores van y vienen narrando sus historias ante los ojos de los buenos amigos: Borges, Joyce, Cortázar, Hemingway, García Márquez, Faulkner, Vargas Llosa, Camus, Piglia, Bulgákov, Bolaño, Canetti… Siempre hay un nuevo escritor por conocer en el gran universo literario.
Rodolfo da en préstamo a José Luis un libro de cuentos del guatemalteco Rey Rosa. Ha comprado el libro en oferta y quiere que su amigo sea el primero en leerlo. José Luis acepta la deferencia y lee con detenimiento las historias, algunas muy buenas, pero otras demasiado predecibles y convencionales. En la siguiente reunión aquel libro es motivo de discusión, análisis y comentarios. Un día después, Rodolfo va a “Katzenleser” y se encuentra con cuatro novelas cortas, del mismo autor, publicadas en un solo libro. No adquiere el sugestivo hallazgo porque ve otros libros que le resultan más interesantes y que se llevan su exiguo presupuesto.
El viernes comenta el descubrimiento con José Luis, quien muestra interés y se compromete a comprar el libro para compartirlo después. Acude a la librería pero no puede encontrarlo. Un amable dependiente intenta infructuosamente dar con él, verifica en la estantería y posteriormente en los registros bibliográficos computacionales, para certificarle que no queda ningún ejemplar del libro. José Luis se retira compungido, con el ánimo por los suelos, ante el bocado literario perdido.
En el nuevo encuentro le informa a su amigo del fracaso de sus pesquisas.
— Es extraño —comenta Rodolfo— Habían varios ejemplares y no considero que en tan corto tiempo se hayan podido vender todos.
— ¿En qué lugar de la librería estaban? ¿En el librero de autores latinoamericanos? —cuestiona su amigo.
— No exactamente. Junto a ese librero hay una computadora de consulta. En el librero que sigue, abajo, a mano derecha— detalla Rodolfo.
— ¿No están ahí los libros de administración? — inquiere José Luis.
— Hay una zona libre antes, donde han puesto libros rezagados.
Cualquiera que escuche la plática pensaría que hablan de un lugar imaginario, pero lo sorprendente del caso es que ambos conocen a la perfección la librería “Katzenleser”, a la que acuden con singular asiduidad.
El siguiente viernes los dos amigos celebran el regreso de José Luis a la librería y el hallazgo del libro que buscó en vano la semana anterior. Les maravilla que ni los mismos empleados conocieran sus propias existencias bibliográficas.
— Debe ser un error —conjetura Rodolfo—. Es una librería seria y de prestigio.
— No creo —intuye José Luis—. Podría ser algo más…
— ¿A qué te refieres? — indaga sorprendido su compañero de tertulias.
José Luis pierde su mirada en el vacío y juega con la cucharilla del té. Algo le ronda la cabeza.
— Tal vez hemos descubierto una “Biblioteca de Arena”, no muy diferente al “Libro de arena” que descubrió Borges.
El silencio se hace presente entre ellos.
— ¿Estás hablando de una especie de bucle espacio-temporal que permite la existencia de libros aparentemente inexistentes en una librería? —sonsaca Rodolfo.
La risa estalla en la mesa y los amigos se miran divertidos. Innegable: Borges era genial. No obstante sus risas, sus visitas a “Katzenleser” se hacen más frecuentes. Compiten por hallar libros inencontrables, cuya existencia los empleados desconocen debido a que no están registrados en sus catálogos, ni ubicados en donde deberían estar según la clasificación por temas que el negocio utiliza.
El divertimento alcanza categoría de deporte cuando José Luis localiza “El maestro y Margarita” de Bulgákov, libro que según los dependientes no tienen en la librería. Aquello es una apoteosis literaria.
En la reunión semanal comentan jubilosos lo extraño de aquellos desconcertantes hallazgos bibliográficos.
— Hemos encontrado el santo grial de los bibliófilos. Una librería que contiene todo libro que se busque con sincero corazón —sentencia Rodolfo.
— Debe existir alguna clave, puede ser que ciertos días y a determinadas horas se abre un portal dimensional que permite la entrada a nuestra realidad de aquellos libros ansiosamente buscados por los coleccionistas expertos —prosigue José Luis.
— Es una librería prodigiosa. Es como un río de libros que fluye en el espacio tiempo bibliográfico. Una bibliopotamorrea —concluye Rodolfo.
Las horas pasan volando en tanto realizan elucubraciones literarias de aquellos enigmáticos y maravillosos sucesos. Ya no pueden hablar de otra cosa en tanto escriben un plan de acción para ir constatando sus notables hallazgos.


Julio, el gerente, mira nervioso a Jorge Luis, el dueño de la librería. La visita constante de aquellos ancianos lo está poniendo muy nervioso.
— ¿Está seguro de que no son peligrosos? — pregunta angustiado.
— Para nada — responde divertido el empresario—. Solamente son dos viejos que en las postrimerías de sus vidas están tratando de encontrar un nuevo sentido a su existencia. ¿Ya dieron con el nuevo libro que escondimos?
— En eso están — dice Mijaíl, el empleado de piso que todos los viernes, sin ser notado, toma café en el mismo lugar que los dos longevos amigos —. No creo que tarden mucho en encontrarlo…




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lunes, 19 de febrero de 2018

ANOTACIONES

ROBO POSPUESTO

Por Eduardo Ruz Hernández

Los golpes en la puerta despiertan al cura párroco de la Iglesia de Nuestra Señora de la Soledad y de la Alta Gracia. — “¿Quién rayos será a esta impropia hora?” —se cuestiona el anciano sacerdote en tanto se levanta aturdido de la cama y camina al ropero, seminconsciente, a ponerse una sotana, férreo uniforme sin el cual se le hace imposible enfrentar la vida. Los golpes no cesan y se ve en la necesidad de gritar para indicar que, muy lentamente, va en dirección a la puerta.
Más dormido que despierto, el Muy Ilustre Señor Canónigo don Miguel Reyes, de 86 años, barriga prominente y grandes achaques, quita lentamente la tranca y abre la puerta. Frente a él, saliendo de entre las sombras, logra distinguir a doña Cecilia, la viuda del otrora hombre más rico del valle, don Trinidad Farías (a quién Dios tenga en su santa gloria y el demonio en su enorme decepción). Junto a ella está una muchacha enfundada en un vestido verde y portando un sombrero de girasoles que cubre su largo cabello teñido de azul. Su desparpajado aspecto asusta al cura.
— ¿Qué sucede doña Cecilia? ¿A que debo el honor de su visita a estas horas de la noche? Usted sabe que a mi edad es casi de madrugada para mí.
Doña Cecilia frunce el ceño, se pasa la mano por la peluda barbilla y exclama con voz chillona.
— No vendría a importunarlo si no fuera importante, señor cura.
Hace una pausa conteniendo la rabia y prosigue atropelladamente:
— Encontré a esta rapazuela dentro de mi casa revisando mis cosas…
El anciano sacerdote la mira sin entender la situación.
— Pero doña Cecilia, yo no soy el Ministerio Público, soy solo un pobre sacerdote. Mi jurisdicción no llega a dar mayores castigos que los espirituales. Le ruego vaya al Ayuntamiento, con don Genaro, el Jefe de la Comandancia de Policía… — deja de hablar al ver como gruesos lagrimones resbalan por los ojos de la vieja rica.
La muchacha los mira divertida en tanto juega con su pelo y masca vulgarmente un chicle.
— ¿Cómo te llamas chiquilla? — pregunta el cura intentando distraer la insólita y desagradable situación.
— Soy Alicia cotamadre hieloquemada.
El cura contrae la cara ante el espantoso lenguaje de la chica, y viendo que por ahí no sacará nada, interroga nuevamente a la anciana viuda,  a quien mucho respeta por sus generosas aportaciones al mantenimiento de la Iglesia y por los obscuros secretos de juventud que de él sabe.
— ¿Y qué desea que yo haga, doña Cecilia?
— ¡Que hable con esta mequetrefe! ¡La encontré en mi casa, jugando con lo que es mío!… — nuevo reguero de lágrimas cae como cascada de los ojos de la mujer acaudalada.
Don Miguel capta al fin el problema: una joven jugando con las “pertenencias” de la anciana viuda. Recuerda que doña Cecilia contraerá matrimonio con Gregorio, el peón de rancho al que le dobla la edad. El cura, conciliador, toma a la joven del brazo y la pone a buen resguardo detrás de él, dentro de la casa.
— Pierda cuidado doña Cecilia, yo hablaré con la joven para que aprenda a respetar las cosas ajenas y ya no la moleste más.
— Limones dulcimargos — dice la muchacha siguiéndole la corriente al anciano sacerdote con tal de que la vieja la deje en paz.
Doña Cecilia se marcha, el cura cierra lentamente la puerta y Alicia respira aliviada de estar en un lugar donde al fin podrá usar la larga noche para dormir, y no para sacudir desenfrenadamente la cama.