Ojo enamorado

Ojo enamorado
En tu mirada

miércoles, 2 de abril de 2014

GELATINA VERDE

¡ESTÁS MUERTO!: 

GELATINA VERDE

A mi médico de cabecera

Por Eduardo Ruz Hernández

Todavía puedo recordar claramente la expresión que puso el médico al ver mi radiografía. Su profesionalismo, sus años de ejercer la medicina, su labor como docente en la más prestigiosa Universidad de la región, quedaron pulverizados en unos segundos. No pudo evitar transformar su rostro y denotar el asombro, la perplejidad y el pasmo, ante esa placa fuera de toda lógica.  
Fue en ese momento, y no en ningún otro, que comprendí que yo debería estar muerto y no sentado respirando tranquilamente en tanto esperaba que el doctor, Elías Pratanás, saliera de ese estado de estupor científico. Por un momento sentí ganas de darle una certera cachetada para despabilarlo, pero por supuesto no me atreví. ¿Quién era yo para cuestionar la ciencia médica? El doctor, moviendo la cabeza aturdidamente, salió del consultorio y fue a un despacho adjunto a hablar por teléfono.
Debo confesar que decidí marcharme antes que la situación se complicará. No tenía ningún sentido quedarme ahí a esperar que el doctor Pratanás reconociera algo que iba en contra de todos sus conocimientos médicos. Además, corría el riesgo de que avisara a la Organización Mundial de la Salud para que me secuestraran e hicieran mil y un experimentos para explicar lo inexplicable. No sería el primer caso, pero no quería ser el último.
Y todo por la maldita epidemia mundial de Coqueluche Ignoto. O eso es lo que nos quisieron hacer creer a los millones de seres humanos que, desde Brasil a China y de Australia hasta Rusia, nos enfermamos y morimos (o debimos morir), ante la incapacidad de los gobiernos y de las Naciones Unidas de evitar que la muerte cabalgara alegremente segando vidas sin restricción alguna. Fue algo macabro. De diez personas, cuatro irremediablemente morían y seis eran inmunes. ¿Qué las hacía inmunes? Nadie sabía. Tampoco se comprendía el por qué, el cómo y/o el a través de qué, se transmitía la mortal enfermedad.
Brotó en todo el mundo el mismo día y a la misma hora. Murió desde el Presidente de los Estados Unidos, hasta el barrendero más pobre de Paquistán, pasando por fornidos soldados, enclenques oficinistas, niños saludables y ancianos agonizantes. Pero todo fue sin una razón, sin una explicación y sin una sola lógica. Hasta uno de los cosmonautas de la Estación Espacial Internacional murió fulminado. Murieron también científicos aislados por meses en las bases de la Antártida, tripulaciones de submarinos nucleares y monjes de estricto claustro. Lo peor, es que no había tratamiento, no había absolutamente nada que hacer más que sentarse a ver morir al enfermo.
Los síntomas eran rápidos y brutales: el paciente tosía fuertemente sin ningún antecedente de enfermedad previa y, entre siete y doce horas, colapsaban sus pulmones y moría sin que nada pudiera hacerse por él. Al realizar la autopsia se encontraban los pulmones ahogados con una espesa flema verde, materia orgánica sin bacterias o virus, de una consistencia semejante a la gelatina. Por eso, aunque la enfermedad fue bautizada por los medios oficiales como Coqueluche Ignoto, fue conocida popularmente como “Gelatina de limón” o simplemente “Gelatina”.
La epidemia concluyó tan extrañamente como empezó: a los 21 días de iniciada. La gente ya no volvió a enfermarse y murió toda aquella que ya había contraído la enfermedad. Todos, menos uno: Yo…
Después de ver la cara del doctor Pratanás, decidí huir para no acabar como conejillo de indias en laboratorio médico. Digo, eso de ser el único sobreviviente de una pandemia que acabó con el cuarenta por ciento de la humanidad, no es una distinción que le deseo a nadie. Como sabía que el Sistema de Salud tenía todos mis datos y que me cazaría como si fuera el criminal más peligroso del mundo, me alejé de mi entorno conocido y hui por la permeable frontera sur de mi patria. Huir no fue difícil. Habían muerto tantos, que las personas estaban como atontadas. Nadie podía presumir de no haber perdido a un ser querido: una madre, un esposo, una hija, un amigo, una tía, un hermano, un sobrino, una amante… El sentido de depresión social era grande. No obstante, hasta en eso había tenido suerte. Yo no perdí a nadie porque simplemente no tenía a nadie…
Vagué hasta llegar al sur del continente y me perdí en pueblos semivacíos y entre personas semivivas. La tasa de suicidios se había disparado al cien por ciento, y los gobiernos encontraban difícil hacer que las instituciones funcionaran. El sentido de derrotismo era poderoso y la vida languidecía ante una ciencia que era incapaz de resolver los problemas de salud del ser humano.
No fue sino hasta que llegué al borde del mundo, cuando decidí descansar y dejar de huir. No podría decir que esto se llamara vida. Ahí, junto a los acantilados de la costa fría y lluviosa, encontré erigida una sólida casa. Mi instinto me llevó a golpear a la puerta. Nadie me contestó. La puerta no estaba cerrada con llave. Entré dando voces. Lo último que quería era perturbar la vida de alguien. Nadie se molestó en responderme. Recorrí la casa y sentí que me gustaba el lugar. Había dos cuartos en la planta alta, una terraza desde donde se podía otear el horizonte marino y una acogedora sala.
Entré a la cocina saboreando mi descubrimiento y fue ahí que la encontré. Era una mujer de unos 35 años. Pelo largo, castaño claro, piel morena clara, ojos verdes. Era en verdad hermosa. Asustado al verla, me disculpé ampliamente. Me presenté y le indiqué que en momento alguno había querido irrumpir en su casa y mucho menos molestarla. Que había llamado y dado voces pero que nadie me había respondido. Por un instante pensé que me dispararía con alguna pistola imaginaria que sacaría debajo de la mesa. Pero no, no hizo nada más que quedarse viéndome. Su mirada denotaba una profunda tristeza.
Con su mano derecha agarraba fuertemente una muñeca y con la izquierda la acariciaba. Dudé de su cordura hasta que vi una foto de una hermosa niña en el sitio de honor de la pared. Comprendí que era una sobreviviente, alguien que había quedado viva pero sin ningún deseo de estarlo. Me senté junto a ella y me puse a cantar. Comencé con canciones de cuna, luego con canciones de enseñanza infantil, y le fui subiendo el tono hasta pegar de gritos como recordaba que había hecho hace muchos años, cuando era un alegre niño en el jardín de infantes.
En algún momento una sonrisa apareció en su rostro. Revisé la cocina: tenía suficientes provisiones y agua almacenada (con tanta lluvia y un buen sistema de captación, no parecía tener problemas en este aspecto). Así que me instalé en uno de los cuartos y me dediqué a atender a Rowina, como se llamaba la callada mujer. Convivimos, o sería mejor decir que simplemente estuvimos juntos bastantes días. Ella no daba ningún problema y yo no le ocasionaba ninguno. La cuidaba como si fuera mi hermana, aunque a veces la consideraba más bien una hija. Ella se dejaba querer.
Me preocupaba que comiera algo y pronto me di cuenta que lo que más le gustaba era que la abrazara, como si ella fuera una muñeca. La situación rayaba en lo absurdo, pero mi vida era eso. No tenía ningún sentido lógico que estuviera todavía vivo, pero lo estaba, así que me limitaba a disfrutar el día a día. En tanto, hacía los quehaceres de la casa: barrer, cocinar, lavar algo de ropa. Trataba de darle un ritmo tranquilo a mi vida: leía, caminaba cerca de los acantilados, miraba el amanecer, meditaba acerca de mi vida, y cuidaba con infinito cuidado a Rowina.
Cada diez días viajaba en la camioneta de la casa al pueblo más cercano para abastecerme de mercancías. También aprovechaba para realizar algunos trabajos que me permitieran ir sobreviviendo. A falta de hombres fuertes, mi presencia en ese lejano pueblo era una bendición. Por eso cuando me iba, tardaba dos o tres días en regresar. Me preocupaba Rowina, pero no tenía otra forma de conseguir alimentos. Una de esas veces en que regresé a la casa, llevaría ya como seis meses viviendo en ella,  Rowina comenzó a tomar conciencia nuevamente de la vida. Me estaba esperando. Al verme, contrariamente a su apatía, corrió a abrazarme. No me dijo nada, solamente hundió su cara en mi pecho y me abrazó como si fuera la única tabla a la cual agarrarse en un amargo naufragio.
Esa noche hablamos por fin. Me contó acerca de su hija Yolimar, de apenas 10 años. De cómo le había comenzado la Gelatina de limón sin ningún antecedente (vivían lejos del pueblo ellas dos solas) y lo terrible que fue verla morir en menos de  diez horas. No tenía sentido: ¿Cómo demonios se había contagiado? ¿Cómo es que ella no se había enfermado? Había sido una muerte cruel y sin sentido. La dejé llorar largamente y acaricié sus largos cabellos. Mi corazón se estremeció de dolor.
Ya había pasado la medianoche cuando ella me preguntó acerca de mi vida. No tenía gran cosa que contarle, simplemente era un hombre solo que mal vivía en un lejano país del que ella nunca había escuchado hablar. La lengua me tembló cuando ella me preguntó si no había muerto nadie cercano a mí por culpa de la Gelatina. No, le expliqué, sólo gente que conocía o con quien trabajaba. Hice un profundo silencio que ella comprendió mejor de lo que esperaba. Sentí su mirada sobre mis manos, como tratando de encontrar en ellas una respuesta. E hice lo que no debí hacer: le dije que a mí me había dado la Gelatina
Volteó a verme y su mirada se clavó, hiriente, en la mía. Entonces me hizo la pregunta que no quise contestarle al doctor Elías Pratanás:
-“¿Cómo es que aún estás vivo?
No sé el por qué se lo dije. Dentro de mí sabía que esa confesión significaría el fin de nuestra idílica relación. Pero se lo dije. Creo que nadie más que ella merecía una respuesta. Aunque no fuera una que le gustara escuchar.

La primera tos la tuve al despertar. Es más, creo que eso fue lo que me despertó. Era el día 21 de la pandemia, así que enseguida supe que era lo que tenía. No iba a engañarme, como muchos hicieron al principio, creyendo que era una enfermedad respiratoria, una infección de la garganta, un catarro o alguna de las mil y una infecciones que solían atacar al ser humano. No, desde el primer acceso de tos supe que era la gelatina lo que me había atacado. Obviamente, como militar que soy, no me quedó de otra que reportar mi estado. Fue ahí que me trasladaron a un Centro de Atención, que no era más que una antesala al cementerio. El crematorio estaba a un lado, no se podía correr ningún riesgo con los cadáveres, y el doctor Pratanás fue enseguida a certificar mi estado. Se me hizo la radiografía correspondiente y se me indicó que dado el nivel de avance, tendría un lapso entre siete y doce horas antes que sucediera lo inevitable.
Me preguntaron si requería el auxilio de algún ministro de culto. Respondí que no. Mi único amigo religioso, el padre Remigio, había muerto al principio de la pandemia y yo ya no le tenía fe a ninguno. Así que me acosté a toser mi vida junto con muchos otros enfermos que me rodeaban. Hay que reconocer que, aunque los servicios médicos no podían hacer absolutamente nada por nosotros, intentaban hacer menos doloroso el tránsito al otro mundo. Cada cierto tiempo una hermosa enfermera venía a limpiarnos la frente, a tomarnos el pulso y a ofrecernos alguna bebida. No se podía hacer nada más que monitorear la muerte de los pacientes.
Así vi morir a la gente que me rodeaba. Era una sensación bastante irreal y desagradable. Todos tosíamos, hasta nos sincronizábamos para hacerlo, pero no podíamos expulsar esa espesa gelatina que nos llevaba a la muerte. El Coqueluche Ignoto era fatal. No puedo explicar el por qué, pero comencé a tener accesos de tos cada vez más fuertes, rompiendo la sincronía con los demás pacientes cuya tos se iba espaciando hasta que morían. Desesperado, me levanté como pude y corrí al baño. Como nadie podía ya incorporase, los baños estaban vacíos. Recuerdo que me incliné en el inodoro y tosí con todas mis fuerzas. Sentí que sacaba los pulmones de mi cuerpo por la boca. Fue un acceso profundo y persistente. Y entonces esgarré una enorme y dura flema verde bañada en sangre. Fue algo sorprendente. Cuando la vi en el agua del retrete no daba crédito a mis ojos. Pero eso no fue lo peor. La flema gelatinosa y verde, sacó unas pequeñas patitas, como de insecto, y comenzó a moverse.
Debí haber llamado a una enfermera o a un doctor, pero no hice nada más que contemplar estupefacto como aquella gelatina verde con patas se alejaba a paso rápido hasta perderse entre los sanitarios. Esa fue la señal para que comenzara a vomitar toda la gelatina que inundaba mis pulmones. Expulsé enormes pedazos de esa extraña materia que me asfixiaba. Al final, me sentí exhausto. Tardé en darme cuenta de que ya no tosía, pero me sentí envuelto en un enorme cansancio. Regresé arrastrándome y me metí a la primera cama vacía que encontré. Caí rendido sin saber nada de lo que me rodeaba.
Cuando desperté, no había nadie más en la sala de recuperación. Todos habían muerto. Las enfermeras me contemplaban a distancia y cuchicheaban entre ellas. Tan pronto vieron que abrí los ojos, corrieron a tomarme los signos vitales y pronto me vi rodeado de médicos. Habían pasado 24 horas desde mi ingreso y seguía vivo milagrosamente.
Alarmados, me tomaron la radiografía y me llevaron ante el doctor Elías Pratanás. Fue ahí cuando me escapé y vagué sin rumbo hasta que llegué a casa de Rowina, al borde del acantilado. Y ahora, después de contarle mi historia, sabía que tendría que irme nuevamente. Mi sobrevivencia era una enorme injusticia ante la brutal muerte de su hija. Me levanté de su lado y fui a hacer mi maleta. Eran pocas las cosas que tenía, así que no tardé mucho. Ella me miraba con un dejo de odio y de profundo desprecio. No pude sostenerle la mirada.
Simplemente me fui. Caminé durante la madrugada hasta el pueblo. Ahí me quedé una semana hasta que decidí irme cuando vi llegar a Rowina en su camioneta. Sabía que la historia correría y yo ya no sería bien recibido. Decidí cruzar hacia otro continente. Viajé de marinero en un viejo barco. Tardamos dos meses y medio en cruzar el océano y llegar a otro continente. De ahí seguí mi camino. La pandemia había cesado y sólo era un triste recuerdo en millones de vidas. También eran un temor constante de que resurgiera. Un terror pleno e inconsciente.
Seguí viviendo como nómada. Vivía unos días en cada pueblo y seguía mi camino sin rumbo fijo. Viajé mucho tiempo de esta forma y descuidé mi anonimidad. Fue así que me atraparon. Cometí el error de querer viajar en avión para ir a otro continente. No pensé que fuera tanta su necesidad de capturarme, hasta que no me vi rodeado de hombres armados. Rápidamente me transfirieron a un pequeño cuarto y en poco tiempo me subieron a un moderno avión, el cual voló sin descanso por varias horas hasta llevarme a una enorme ciudad, pletórica de poder y riqueza.
El temor de que regresara el Coqueluche Ignoto, sumado a la frustración de no poder hacer nada para controlarlo, hicieron que la cacería de mi persona se hubiera convertido en una prioridad mundial. Tan pronto llegué a los laboratorios militares de investigación, fui examinado como un peligroso animal. Me extrajeron sangre hasta martirizarme y todos mis fluidos corporales fueron examinados minuciosamente. Mis pulmones se volvieron más populares que las estrellas mejor cotizadas de Hollywood. Yo era el único sobreviviente a la Gelatina Verde y tenían que saber el por qué.
Luego que acabaron con todos los análisis que se les ocurrieron, pasaron al interrogatorio. Como comprenderán, con ellos no tuve la honestidad que le había demostrado a Rowina. Simplemente les dije que había vomitado la gelatina, pero no entré en más detalles. Me interrogaron una y otra vez, tratando de hallar contradicciones en mis explicaciones. Pero me ceñí al guion que yo mismo había creado y de ahí no pudieron sacarme. Veinte años de entrenamiento militar me habían hecho de roca. No obstante, no se dieron por vencidos y decidieron sacarme la verdad con drogas. Buscaban desesperadamente una “verdad” conforme a sus necesidades.
En esas estaban cuando sucedió algo que nadie se esperaba: de la nada surgió un brote de Coqueluche Ignoto en el laboratorio. El pánico fue bestial y la gente huyó. Obviamente yo también lo hice. No entendí muy bien que había sucedido pero tampoco me quedé a averiguarlo. Todos los que estaban en el laboratorio murieron tosiendo y con los pulmones llenos de gelatina verde. Lo trágico es que su muerte fue mucho más rápido está vez: de tres a cuatro horas.
Me escurrí en la ciudad para encontrarme que la habían cerrado completamente. La virulencia de la enfermedad pronostica un brote fatal para el mundo, ya que está vez habían muerto todas las personas del laboratorio de una manera extremadamente rápida. Y, lo peor, sospechaban que yo había sido el agente patógeno que la había desencadenado. Decidieron que servía mejor muerto que vivo.
No había forma de escapar de la ciudad, así que me resigné a esconderme en un departamento abandonado. La electricidad fue cortada, lo mismo que el agua potable. No parecía que quisieran acabar con todos los que estaban dentro de la ciudad: en verdad lo querían hacer. La muerte de unos miles era un precio necesario de pagar para exterminarme junto con la enfermedad. Me sentí miserable pero no me moví. Mi instinto de supervivencia me decía que era mejor no salir,
La obscuridad me rodeaba cuando escuche un persistente pero tenue sonido que venía del corredor. Se escuchaba como que algo se desplazaba lentamente. Encendí una vela y la pude ver. La extraña y dura flema verde, impulsada con sus pequeñas patitas, se dirigía hacia mí. Se detuvo a dos metros y quedó como en espera. Pensé que alucinaba, por lo que puse un dedo encima de la vela. El dolor me hizo darme cuenta que lo que veía era muy real. Un ligero murmullo brotó en mi mente. Parecían hojas que se llevaba el viento, pero poco a poco fue adquiriendo sentido. La flema gelatinosa se estaba comunicando conmigo.
¿Me habrían inyectado alguna droga en el laboratorio? Lentamente, el sentido de los susurros fueron haciéndose comprensivos. Parecía un diálogo a alto nivel entre la Gelatina y todo lo que representaba, (la muerte de todo ser humano) y un hombre aturdido y abandonado por sus congéneres. Estaba parlamentando con otra forma de vida. De todo lo que “hablamos”, lo que me aterró es que la Gelatina solicitaba mi permiso para volver a “entrar” en mí. No parecía una solicitud rechazable, porque mi negativa implicaba que el Coqueluche Ignoto se reiniciará nuevamente en todo el mundo como pandemia.
No obstante, la Gelatina no podía forzarme a aceptar. Tenía que dar mi aprobación para que entrara en mí. ¿Qué sacaba yo de beneficio si lo permitía? ¿No sería sellar con esa acción mi muerte? Gelatina con patas me tranquilizó. Ofreció que nada me pasaría. Que una vez que yo permitiera su acceso, cesaría toda enfermedad y nunca más se produciría. Simplemente me necesitaba como vehículo de traslado.
¿Qué hubieran hecho ustedes? Mi reacción inicial fue negarme, pero mi preparación militar, los largos años de obediencia a directrices superiores, la formación de valores y el sentido del sacrificio en aras de un bien mayor, hicieron que aceptara. Tome a Gelatina entre mis manos y me la introduje en la boca. Fue algo asquerosamente doloroso. Pasaron unos minutos y sentí como mi mente perdía el control de mi cuerpo. Sin que yo hiciera nada, mi cuerpo se levantó y comenzó a caminar, luego a correr y más tarde a huir con unos ímpetus desconocidos. Mi mente no controlaba nada ni sentía el dolor o el cansancio de mi cuerpo. Mi cuerpo huyó de la ciudad por lugares que no se me hubieran ocurrido. Se subió a un auto y manejó con experta precisión. Me sentí sumamente extraño en ser un simple observador de mí mismo.
Estaba ya bastante lejos de la ciudad cuando se detuvo. En medio de la noche, a lo lejos, una enorme nube en forma de hongo se elevó rápidamente hacia los cielos. Fue algo portentoso. La ciudad donde había estado preso ya no existía. La desaparecieron totalmente junto con todos los que ahí estaban. Comprendí lo peligroso que me consideraban y me sentí realmente muy mal. Mi cuerpo siguió moviéndose. Parecía tener energías inagotables. Mi mente se desconectó.
Al despertar, nuevamente tenía el control de mí mismo. Me dolían todos los músculos y sentí como si una aplanadora me hubiera pasado encima. En tanto recobraba el dominio de mi cuerpo, extraños recuerdos comenzaron a venir a mi mente. Eran recuerdos de sucesos que yo no había vivido. Eran recuerdos ajenos que se habían convertido en propios. Comencé a comprender que la Gelatina con patas me había dejado un mensaje.
Lo que me venía a la mente era un hermoso jardín lleno de toda clase de árboles frutales. Era algo en realidad hermoso. No obstante, pasado un tiempo, los árboles comenzaban a enfermarse y sus ramas se iban secando poco a poco. Entonces, unos extraños jardineros llegaban y comenzaban a podar el jardín quitando las ramas secas y/o podridas. Hacían mucho ruido y no se andaban con contemplaciones. Al terminar, el jardín se veía mermado pero nuevamente, con lento vigor, iba recuperando la vida y se llenaban los árboles de flores y frutos.
Comprendí el mensaje. Esa pandemia era necesaria. Se estaba “podando” a la especie humana para revitalizarla y que nuevamente pudiera dar frutos. Lo que no me quedaba claro es “quién” o “qué” eran los “jardineros”. Porque si algo me quedaba claro, es que esa Gelatina con patas representaba una inteligencia superior a la nuestra. Tal vez venían de otra Galaxia para evitar la destrucción de nuestro planeta, o tal vez habían invadido la Tierra y buscaban exterminar a la especie depredadora: Nosotros...
Tan pronto me hube recuperado, decidí regresar con Rowina. Era lo más cercano a una persona amada que tenía. Tardé varios meses en volver. El camino fue lento y problemático. La civilización estaba en crisis. Habían muerto tantas personas que hacían falta muchas cosas, especialmente gasolina para mover los vehículos. En muchas ciudades ya no había electricidad ni agua potable, por lo que las personas emigraban al campo en busca de alimentos y agua, deseosas de iniciar una nueva vida. El mejor medio de transporte era la bicicleta, por lo que conseguí una y seguí mi larga ruta al sur.
Llenaría miles de hojas contando las aventuras que corrí para regresar a la casa que consideraba mi hogar. No es la idea de esta historia. Sólo diré que al fin llegué. Contra todo lo que había cavilado, Rowina seguí en esa casa y me estaba esperando. Una hermosa bebé la acompañaba. Le había puesto el mismo nombre que su hija muerta, Yolimar, y estaba llena de una gran calma y paz. Me quedé con ellas y seguí una vida tranquila.
La Gelatina verde no ha regresado. El mundo ha cambiado mucho. Yo prefiero seguir viviendo en el anonimato, aunque todos aquellos que me perseguían han muerto. Al menos eso me dijo la Gelatina con patasY yo le creo…


-¿Qué opina de esta historia doctor Elías? -preguntó el hombre enviado por el Gobierno.
 Pratanás lo miró dubitativo. Era una pregunta que conllevaba una respuesta compleja.
-Es muy difícil darle una respuesta. Es un caso muy grave.
La enfermera entró al lugar llevando la hoja con los registros corporales del paciente.
-Gracias Rowina -dijo el médico y examinó los registros- Parece que ya no tiene fiebre -sentenció aliviado.
Los tres miraron a través del espejo el cuerpo del paciente que se movía inquieto en la cama. Gruesas correas lo sujetaban. El doctor Elías tomó nuevamente el cuaderno y revisó por enésima vez la historia que ahí estaba escrita. Luego se decidió a dar su opinión.
-La historia está muy bien elaborada y es la forma en que el paciente ha tratado de explicar lo que ocurrió en su vida. Pero…
Un silencio envolvió el lugar
-Pero qué... -Exigió el hombre del Gobierno.
Pratanás frunció el ceño.
-Pero no nos queda más opción que rezar porque todo lo que escribió sean delirios de su mente alterada…
El hombre del Gobierno lo miró sorprendido.
-No entiendo. Supuse que eso eran...
El doctor Elías Pratanás contuvo una mueca y con cierta precaución le explicó:
-Hay dos cuestiones que debemos considerar -hizo una breve pausa y continuó con delicadeza- La radiografía muestra un cuerpo extrañó en su garganta…
-Usted mismo me dijo que debe ser un tumor.
El médico suspiró.
-Tal vez no lo haya comprendido bien, pero los tumores no se mueven de un lugar a otro en cuestión de horas…
-¿Qué me está queriendo decir? -cuestionó alarmado el hombre del Gobierno.

Y en ese momento ambos comenzaron a toser sin poder contenerse…

sábado, 18 de enero de 2014

RECUERDOS DE UNA INFANCIA:


GATVIOTA

A mis hijas, con quienes comparto
el amor por los Gatos

Por Eduardo Ruz Hernández

El sol va declinando lentamente junto con mi ánimo. Los recuerdos revolotean cómo buitres sobre mi mente. Miro el horizonte y no alcanzo a distinguir dónde termina. La brisa juega con mi pelo y miles de pequeños sonidos envuelven mi entorno. Estoy sentada en una barca que navega sin moverse en la arena. El mar, el inmenso mar, está delante de mí. Algunas veces las olas van lamiendo la arena con suavidad, otras la golpean con serena fiereza, y unas pocas veces la besas con la intensa delicadeza de un amante enamorado. Extrañamente, el cielo está vacío. Ninguna ave lo cruza.
¿Dónde están los pelícanos, los rabihorcados, los frailecillos y las gaviotas? El cielo está vacío, poblado únicamente por lejanas nubes. Los recuerdos me siguen atormentando, pero no dejo que me ninguno se adueñe de mí. Qué extraño lo veo todo luego de tantos años de no venir a este lejano puerto donde pasé años felices de mi infancia. ¿Cuántos años hace de ello? No logro recordarlo. ¿Cuántos años tendría cuando vine con mi padre huyendo del naufragio familiar?
Un dolor me cruza el alma como un rayo en tanto el sol sigue cayendo por el horizonte. ¡El naufragio! Vaya que mi padre era ingenioso para inventar nombres y crear historias. Mi distracción hizo que un alevoso recuerdo cayera sobre mi mente: ¡Chano! No pude menos que sonreír ante el dulce nombre de mi querido amigo. No necesito cerrar los ojos para verlo contorneándose a mi lado, mirándome con esos ojos empalagosos que hacían que se me derritiera el corazón. ¿Por qué todo aquello se fue y por qué ya no queda nadie a mi lado?
El naufragio de mi familia fue algo que se venía venir desde casi el momento en que nos embarcamos. Mi padre era un hombre muy tranquilo y que no esperaba de la vida más que lo que él ponía en ella: tranquilidad. Mi madre, por el contrario, era una mujer de insatisfacción eterna, que jamás se contentaba con nada y a la cual le desesperaba la tranquilidad. Nunca acabé de entender cómo y por qué mis padres se embarcaron en el viaje familiar. Por algún tiempo creí que yo había sido la culpable, pero mi tardío nacimiento me hizo dudarlo. El caso es que los recuerdos que tengo de ambos, incluyen siempre tormentas aunque el mar estaba en calma. Todo era motivo de conflicto y siempre teníamos que navegar al ritmo vertiginoso de mi madre.
Mi padre reaccionaba contradictoriamente. Cómo que no acababa de comprender con quien navegaba, y se refugiaba en mi cuidado para encontrar su valiosa calma. Esto hizo que mi madre se desentendiera de mí y buscara mil pretextos para huir de nosotros. El trabajo era su máxima excusa. Esto no parecía disgustarle a mi padre, quien disfrutaba enormemente pasando el tiempo conmigo. Hacíamos mil y una locuras y procurábamos que mi madre no se enterara de ellas. Una de ellas era acariciar y alimentar gatos callejeros. Aunque mi padre nunca los llamaba así. Les decía “gatos libres”, y les tenía un fanático amor. Mi madre nunca nos había dejado tener uno por mascota, así que vagábamos por el rumbo enamorando gatos ajenos y libres.
Así que, el día en que nuestra familia naufragó porque mi madre ya no volvió a casa, lo primero que hice fue buscar a un gatito huérfano para adoptarlo. Se podría decir, en cierto modo, que disfruté el fin de mi familia, ya que siempre he considerado que me quedé con la mejor parte. Así que ahí me tienen recorriendo como loca el vecindario buscando algún gatito sin dueño. Tardé varios días en encontrarlo, aunque debo reconocer que no fui yo quien lo descubrió. Mi padre, camino al trabajo, halló un gato famélico abandonado como basura en la calle. Lo recogió, se lo llevó al trabajo y, ocho horas después, lo trajo a la casa. El pobre animal no dijo ni “miau” en todo ese tiempo.
Cuidarlo, criarlo y crecerlo fue la aventura más linda que corrí con mi padre. Los dos nos desvivimos por sacarlo adelante y el buen minino nos recompensó ampliamente el favor. No era un gato fino, diría que más bien era muy “corriente”, pero tenía un “no sé qué”, que lo hacía encantador. Bueno, es lo que no me gusta de describirlo, pero era negro, del negro más retinto, azabache y obscuro que puedan imaginarse. Nadie quiere a los gatos negros, así que nosotros nos sentíamos como llevando la contra a todos al adorarlo. Su nombre fue algo simpático. Mi papá se lo había encontrado cerca de la Iglesia de Santiago, por lo que lo bautizamos como “Santiago”, pero como el nombre era muy formal para un gato, acabamos diciéndole “Chano”, que es el apodo cariñoso con que se conoce a los que llevan ese nombre en mi tierra.
Esa fue la primera gran alegría luego del naufragio familiar. La segunda fue cuando mi padre me dijo que nos iríamos a vivir a otra parte. La casa le traía muy negros recuerdos y quería cambiar de rumbo para rehacer su vida. Al principio lloré y me opuse, dejando sumamente compungido a mi padre. Así que me ofreció un acuerdo: iríamos unos días al lugar donde quería llevarme a vivir y si no me gustaba, nos quedaríamos en la ciudad. Sobra decir que me fui con toda la intención de arruinarle el cambio, pero acabé enloquecidamente enamorada del lugar: Verduego.
Era un pueblo de pescadores algo alejado de todo lo conocido. El mar abarcaba todo y las casitas, hechas de madera, eran encantadoras. Entonces fui yo quien le supliqué a mi padre que nos quedáramos a vivir ahí. Era un lugar mágico, lleno de mar. Rápidamente, temiendo que cambiara de opinión, vendió la casa y alquilamos una pequeña casita en Verduego. Ahí nos fuimos a refugiar junto con Chano. Tenía un pequeño cuarto, sala, comedor, cocinita y un baño muy rústico, pero que fue la delicia de nuestro gato, ya que entraba a saludarnos, por las rendijas, cuando estábamos usándolo.
En Verduego el ritmo de vida era tranquilo, como le gustaba a mi padre, y rápidamente hice nuevos amigos. La Escuela era bastante buena y la maravilla de ver el mar todos los días hacía que valiera la pena el cambio. Porque, debo decirlo, casi todas las tardes me iba al muelle a ver la puesta de sol. Papá solía acompañarme, pero Chano ni de chiste iba, aunque tenía una enorme libertad de movimiento que disfrutaba plenamente.
El mar, la brisa, el sol muriendo, el ruido de las olas, el sonido de los pájaros marinos que merodeaban el muelle en busca de comida, los olores, los barquitos de pescadores que llegaban o se iban… es algo que jamás podré olvidar. Luego venía el juego de encontrar la primera estrella de la noche y la risa que me brotaba del alma cuando la encontraba antes que mi padre…
Algunos pescadores aprovechaban el muelle para pescar “carnada”. Pececitos que metían en cubos de agua de mar para utilizarlos al día siguiente en sus faenas. Esto alborotaba a los pájaros marinos que trataban de competir con los humanos en la cosecha marina. Debo reconocer que esos pájaros a veces me daban miedo. Solían ser bastante descarados y hasta algo agresivos cuando se trataba de conseguir alimentos. Un día me sorprendieron cuando llevé galletas para acompañar la tarde. Tan pronto me vieron comiéndolas, se tiraron sobre el paquete y si no me llevaron un dedo fue porque mi padre intervino y las espantó. No hace falta decir que nunca volví a llevar galletas.
No obstante mi temor hacia ellas, una tarde en que fui al muelle me encontré un pájaro lastimado. Mi padre me dijo que era una gaviota. Tenía el pico muy lastimado y una de sus alas se veía maltrecha. Tampoco se podía poner de pie. Un pescador nos contó que alguien había tirado un anzuelo con carnada al aire en dirección al mar, y la gaviota lo había atrapado. El hombre, que literalmente “pescó” la gaviota, pasó apuros con el ave que quedó volando en el aire como un cometa sujeto por el hilo del anzuelo. Bajarlo fue tan problemático, que el hombre se enojó con la pobre ave y de muy mala manera la zafó del anzuelo. -“Debió mejor matarla” -sentenció el pescador.
La miré llena de tristeza y le pregunté a papá si podíamos llevarla a casa. Él dijo que sí, pensando que la llevaría para alimentar a Chano. Pero cuando vio que deseaba curarla, sonrío con amargura y me explicó que era muy difícil que esa ave se recuperara. Sin embargo, hizo cuanto estuvo de su parte por ayudarme. Primero tuve que vencer el miedo que le tenía al ave, luego su agresividad natural, ya que como se sentía herida, luchaba para no ser lastimada nuevamente.
Ahora que lo pienso, no comprendo cómo logré ganarme su confianza y menos cuando la llevé a la casa y se encontró con Chano. El gato estaba lleno de curiosidad al ver a la gaviota, e hizo todo cuanto estuvo de su parte por acercarse. Pero el ave dejó bien claro que no lo quería cerca. Con todo, permitió que mi padre la examinara y “curara” sus heridas con aceite quemado y un extraño ungüento “cura todo”, que solía ponerme también a mí.
Los primeros días fueron difíciles, ya que Chano no le daba vida a la gaviota, pero cuando mi padre llevó un pescado grande para alimentarla, surgió una extraña camaradería entre Chano y la gaviota. El ave, aún con el pico roto, tenía una sorprendente habilidad para destripar el pescado. Mi gato, que venía de ciudad, era incapaz de comer un pescado recién sacado del mar, así que cuando la gaviota lo desbarató a picotazos, Chano y el ave se dieron juntos un gran banquete. Lo curioso es que se convirtió en costumbre, mi padre les echaba el pescado, la gaviota lo destripaba en un dos por tres, y luego cada quien comía una parte. Era todo un espectáculo.
Ese hombre maravilloso que era mi progenitor, hizo cuanto estuvo de su parte por devolverle la salud a la gaviota, a quien por su afinidad con el gato acabamos llamando “Chana”, ya que un amigo pescador nos dijo que era hembra. Llegó a tanto su preocupación por ella, que con gran tacto y mucho ingenio le elaboró una prótesis para el pico con un pedazo de marfil que le quitó a un calzador que le había heredado su abuelo. Lo hizo tan bien, que Chana se sentía soñada con el pico reparado y lo ejercitaba continuamente cuando comía.
Desgraciadamente Chana tenía otros problemas mayores. El ala no le había quedado muy bien que digamos, y tenía desviada una de sus patas, con lo que le resultaba difícil incorporarse por mucho tiempo y mucho menos volar. Por eso, hacíamos todo cuanto podíamos para que no la pasara tan mal. Le compramos una cubeta grande para que se metiera a bañar y tomara agua, y le dábamos buenos pescados para ver si con el tiempo se reponía. Pero de todo lo que hacíamos mi padre y yo, lo que más ayudaba a Chana era, increíblemente, la compañía del gato Chano.
Llegaron a desarrollar una cercanía tal, que se hicieron inseparables. Chano siempre estaba cerca de ella y parecía vigilarla para que nada malo le pasara. Y debo aclarar que se “moqueteó” a varios gatos que tuvieron la osadía de acercarse a curiosear al ave. La cuidaba celosamente. A su vez, Chana se esmeraba en darle las vísceras de los pescados al gato. Hasta una vez mi padre bromeó diciendo que parecía que la gaviota era el Chef del gato.
El colmo de ese compañerismo llegó cuando un día vi a Chano bañando con su lengüita al ave. Acababan de comer y el gato no quería desperdiciar las salpicaduras de sangre que impregnaban al ave. En aquella época no teníamos cámara, pero creo que una foto de aquel ritual, porque eso parecía, hubiera salido en la primera página de National Geographic. Así de fuera de lo común era esa relación.
Para alegrar a Chana, empecé a llevarla por las tardes al muelle para que viera a sus congéneres. Los pescadores me habían explicado que las gaviotas eran aves muy gregarias y que les encantaba estar juntas y “conversar”. De hecho, muchas veces parecía que estaban en pleno tertulia poniendo al tanto de los aconteceres del mar y sus pescadores. Las primeras veces la pobre Chana se angustiaba queriendo volar con sus amigas, pero luego se resignó. La llevaba en una caja de cartón y la dejaba solita para que las demás aves se acercaran.
Todavía me parece verla emitiendo esos agudos chillidos y disfrutando el vuelo de las demás aves. El corazón se me parte ante este recuerdo. ¿Y qué hacía Chano en nuestra ausencia? Al principio nada, pero luego acabó acompañándonos al muelle aunque se quedaba lejos del bullicio, al inicio del mismo, observando a su amiga y a las otras aves que la revoloteaban.
Las lágrimas me llenan el rostro ante estos recuerdos, ahora, tantos años después, cuando ya ninguno de ellos está conmigo. La vida puede ser muy cruel. Era yo tan feliz con mi padre y mis Chanos en Verduego… Nunca me pasó por la mente lo que  vendría, pero ahora que lo observo en la distancia que da el tiempo y la madurez, debo reconocer que era algo que se venía venir. Cuando hay un naufragio siempre llegan, al final, los saqueadores. Y, en mi caso, quien llegó fue un barco pirata: mi madre.
Se había enredado con un hombre mayor que ella, de bastante dinero, y no sé ni cómo apareció nuevamente en nuestras vidas, engatusando a mi padre para que me diera permiso para irme con ella unos días en las vacaciones. Fue el peor error que pudo haber cometido mi padre. Como ninguno de ellos había movido el divorcio, legalmente seguían casados, así que cuando me fui con mi madre, parecía no existir problema alguno. Pero si lo había. Aunque yo no quería ir, mi padre me convenció de que era necesario que lo hiciera. Aquella mujer era mi madre y tenía todo el derecho, dado que yo era menor de edad, de verme. Así que me despedí de mis adorados Chanos y me fui a pasar unos días con aquella mujer que me había abandonado.
Tan pronto estuve lejos, mi madre metió un buen abogado solicitando el divorcio y se quedó con mi custodia. Mis lágrimas no la conmovieron. No hubo manera de que la convenciera de que lo que hacía me estaba desgraciando la vida. Quería acabar con mi padre, y vaya que lo logró. Le inventó vicios, amantes e historias, y le quitó hasta el derecho de verme. Mi padre, sin dinero para pagar un buen abogado, perdió todo lo que amaba, se sumió en una depresión severa y falleció abrazando una botella.
Mi premio fue acabar internada en una preciosa Escuela en un lejano país de Europa. Fue algo de lo más cruel, pero a la vez, con la perspectiva de la madurez, debo reconocer que me hizo mucho bien. Estando en esa escuela encontré muy buenas amigas, niñas que, como yo, habían sido enviadas por sus familias para prepararse educativamente, pero también para mantenerlas alejadas. Todas proveníamos de familias donde sobraba el dinero, pero escaseaba el afecto. Todas éramos como refugiadas en un barco que, si bien sabía su destino, navegaba por aguas frías y perdidas.
Ellas, Noami, Valenty, Kim e Idali, se convirtieron en mi familia, en mis hermanas, en las personas que más quería y aún quiero. No sé qué hubiera sido de mi vida sin ellas. Curiosamente, en tanto fuimos niñas y adolescentes, jamás hablábamos de nuestras familias. Ahora que lo pienso, era en verdad extraño que no lo hiciéramos, pero creo que lo veíamos como una ley no escrita en nuestras vidas. Tuvieron que pasar varios años, cuando éramos ya mujeres desenvueltas, cuando una a una fuimos revelando nuestras “fabulosas” raíces familiares.
Naomi fue la primera que, saliendo del internado, se abrió paso en la vida. Sus padres le dejaron una casa en Roma y sobra decir que hacia ahí nos fuimos todas. Y eso se volvió costumbre, cada vez que alguna de nosotros se fue independizando, invitaba a las demás a que fuéramos a apoyarla. Valenty se fue a Barcelona, Kim a Paris e Idali acabó viviendo en Hamburgo. Yo fui la que me establecí de último. Fue algo muy contradictorio, tan pronto terminé mis estudios superiores, no regresé jamás a casa de mi madre. Me la pasé yendo con mis amigas y trabajando en cuanto país me brindara la oportunidad. Cuando mi madre murió, Jean, su viudo, que ya era un anciano, me contactó suplicándome que por favor fuera a hacerme cargo de las cosas de mi madre.
Confieso que fui buscando expresamente algún recuerdo del naufragio familiar. Sobra decir que lo encontré, comenzando con el expediente del divorcio. Fue duro leer las cosas que mi madre hizo idear sobre mi padre, sólo le faltó inventar que abusaba de mí. Jean me suplicó que me quedara con él administrando su casa y sus finanzas. Tenía serios problemas de salud y requería asistencia médica continua. No sé qué me motivó a aceptar, pero debo reconocer que fue bueno hacerlo. Aquel hombre se parecía a mi padre. Jamás se metió con mi vida y siempre estuvo pendiente de que nada me faltara. Cuando años después murió, sentí más su muerte que la de mi propia madre.
En última reunión que tuvimos todas las amigas, en Barcelona, en el departamento que Valenty compartía con su novio, rompimos la regla no escrita. Recuerdo que la estábamos pasando muy bien, cuando el novio de Valenty se disculpó y se fue a dormir. Cuando quedamos solas, algo se rompió. Kim fue la primera en hablar. Mi vida era un lecho de rosas comparada con la suya. Idali nos hizo llorar con los retazos familiares con que contaba, Naomi nos puso serias y Valenty resultó ser algo así como la hija de su propio tío. Cuando yo hablé sobre mi familia y mi infancia, mis amigas se quedaron muy calladas. No pude dejar de contar mi maravillosa vida en Verduego con mi padre, mi gato y la gaviota, los Chanos. Recuerdo que todas enmudecieron y nadie quería comentar nada, al contrario de como lo habían hecho con los relatos de las demás.
Al final, Kim se animó a preguntarme:
- Pero ¿qué edad tenías? -cuando no le supe responder, como hasta ahora me pasa, dejó caer una duda que no sólo era de ella- ¿No habrá sido algo que te imaginaste para hacer más llevadera tu infancia, como lo hice yo?
La duda me dejó petrificada. Si cualquier otra persona en el mundo me hubiera dicho eso, creo que le hubiera caído a bofetadas; pero era Kim quien me lo decía y mis otras amigas quienes tenían la misma duda. Así que no me quedó de otra que cuestionarme a mí misma si esos recuerdos eran reales. Les hablé con sinceridad, como siempre habíamos hecho entre nosotras:
- A decir verdad, nunca lo había pensado -dudé unos instantes y les abrí mi corazón- Aunque debo reconocer que siempre me ha parecido extraño que los recuerdos de Chano y Chana siempre han sido muy vívidos en mi memoria. Los tengo tan frescos como si los hechos hubieran ocurrido ayer…
Las cinco nos miramos y, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, nos levantamos y abrazamos emocionadas. Bendije a la vida por haberme dados a estas amigas-hermanas y por hacer que todas nos sintiéramos una verdadera familia.
A raíz de esa reunión, seguí mi vida nómada, viviendo entre ciudades y entre países, sin dejar de moverme entre las casas de mis amigas: Barcelona, Roma, Hamburgo y París. Había vendido la casa de Jean en Suiza y me había quedado sin lugar fijo de residencia. Las casas de mis amigas eran mis residencias. Con todo, ellas comenzaban a sentar cabeza. Valery vivía con su novio, Kim tenía una pareja fija que ni era novio ni esposo, Idali estaba por casarse y Naomi y yo éramos las únicas solteras sin compromiso. Así que Roma era más bien mi lugar de residencia, ya que aunque visitaba a las demás, me sentía incómoda habiendo un hombre en sus casas.
Naomi siempre me preguntaba si no quería sentar cabeza en alguna parte. De hecho, la última vez que me lo preguntó, hizo que me cuestionara mi estilo de vida y decidiera regresar por fin a Verduego. Avisé en el trabajo que requería unas vacaciones y partí hacia aquel lugar al que jamás había vuelto desde que mi madre me arrancó de los brazos de mi padre.
Fue así que acabé sentada en esta vieja barca, varada en la arena, esperando a que el sol se ahogue en el mar. Antes, recorrí todo el pueblo y me llevé la desagradable sorpresa de no conocer a nadie. Los que eran adultos cuando viví aquí, ya están muertos (los visité en el pequeño cementerio); y de mis compañeros de clase nadie seguía viviendo aquí. Tal parece que se repobló el lugar con gente nueva o que yo viví aquí hace tantos años que ya no queda ningún recuerdo vivo.
La brisa juega con mi pelo y el sol se está perdiendo. Una sombre me hace voltear: un gato camina por la arena. No me hace ningún caso y parece dirigirse en una dirección definida. Es muy lindo, de color negro como la noche. Camina sin prisa, meneando la cola. Escucho un sonido muy familiar y al mirar al cielo veo una gaviota cruzando el cielo. Es la primera que veo en todas las horas que llevo sentada aquí. Vuela con alegría, lo supongo por sus chillidos. Luego sucede lo inimaginable: cuando la gaviota cruza por encima del gato, deja caer algo. El gato, sin inmutarse, prosigue su camino que se cruza directamente con lo que tiró la gaviota. Se detiene. Juraría que está comiendo algo. No lo acabo de creer. Me incorporo para ver mejor: sí, es un pedazo de pescado. ¿La gaviota lo dejó caer a propósito o se le cayó sin querer? El gato sigue comiendo. La gaviota da unas vueltas en círculo, no sé si en reclamo por el pescado o verificando que el gato lo haya encontrado, y se aleja lentamente hacia el mar.

Las lágrimas surcan nuevamente mi rostro. Jamás supe qué fue de Chano y Chana. Hasta acabé dudando de su existencia, pero luego de haber visto esta escena, sé que ambos existieron y fueron tan reales como lo soy yo escribiendo esta historia. Gracias papá por haber sido el hombre que más me ha amado en mi vida.

lunes, 6 de enero de 2014

CUENTO DE REYES

Para mi amigo Álvaro, nadie como él

UN VERDADERO REGALO DE REYES

Por Eduardo Ruz Hernández

Se sentía bastante incómoda. Nunca pensó que entraría a una Iglesia para celebrar el Día de Reyes. Bueno, de hecho hacía bastante tiempo que no entraba a una iglesia. Era algo ajeno a ella. Pero no se pudo negar cuando su tía Emilia le pidió que la ayudara a llevar a su abuelita María a misa. ¿Cómo negarse? Adoraba a su abuela, quien la había crecido de niña ante las numerosas ausencias de sus padres, que siempre estaban trabajando. No había tenido opción, pero eso no evitaba que se sintiera muy fuera de lugar.
El sacerdote comenzó la misa y ella siguió los movimientos de la gente ante lo que se indicaba. Era una iglesia muy grande, más bien parecía una sala de conferencias. Su tía la prefería porque tenía un estacionamiento especial para discapacitados, en el cual era fácil bajar a la abuela del auto y abrir la silla de ruedas. Pero el lugar no invitaba al recogimiento ni dada sensación de profundidad espiritualidad. Era impersonal, con pocas imágenes religiosas: sólo un cristo envuelto en una sábana que daba la sensación de irse de prisa al cielo.
Marcela se preguntó una y otra vez que demonios hacía en ese lugar. Amaba a su abuela, pero la religión no era lo suyo. Dios nunca se había ocupado de ella, así que a ella poco le importaba Dios. Repasó uno a uno sus múltiples pendientes y recordó las palabras de Karla, su mejor amiga, con quien había estado conversando la noche anterior. Estaba de acuerdo con ella, un embarazo no era nada grato en su posición. ¿Qué haría con un chiquito cuando estaba por terminar su carrera y tenía un ascenso a la vista en su trabajo? Además, tal vez era lo más importante, Roberto se había desentendido del “problema”. ¡Que lindos son los hombres a la hora de asumir las responsabilidades! Pero ya se lo había dicho Karla: ella había sido la tonta por enamorarse de un hombre casado con su trabajo.
La misa prosiguió con sus lecturas y Marcela volteó a ver a su abuelita. ¡Qué diferente había sido su vida! Siete hijos, un marido desobligado, había trabajado toda su vida como una mula, para terminar enferma y postrada en una silla de ruedas. Y si no fuera por su hija viuda, habría sido enviada a un asilo por sus ingratos hijos. No, ella no quería una vida así. Quería labrarse un futuro, abrirse un camino y tener una mejor vida que la de su abuela María. No se llenaría de hijos, y menos los sacaría adelante sola.
La gente se puso de pie y el sacerdote proclamó con solemnidad una lectura en que hablaba de los reyes que habían venido de oriente a ver a un recién nacido. Escucho la lectura con cierta simpatía, recordando su niñez en que aquellos reyes le traían uno que otro regalo. No obstante, lo que más recordó fue la deliciosa Rosca de Reyes que solía hacer su abuela. Una tradición que hacía muchos años se había perdido al quedar discapacitada. Miró a su tía, ella seguía la misa con solemnidad. Que diferente era de su madre. Suspiró.
La gente se sentó y el sacerdote comenzó a predicar. Era la misa de niños y el hombre de Dios comenzó a interactuar con los infantes. “¿Qué fueron a hacer los Reyes Magos al ir a ver al niño Jesús?”- preguntó abriendo la participación. Un niño pequeño, de camisa de rayas azules, corrió al micrófono y dijo: “Fueron a pedirle cosas”. El sacerdote sonrío y explicó: “Fueron más bien a adorarlo y a ofrecerle oro, incienso y mirra”. Y remató con una nueva pregunta: “Nosotros ¿qué le podemos ofrecer al niño Dios?”. La chiquitearía prorrumpió en una nutrida participación, varios niños pasaron a exponer lo que ellos le regalarían al niño Jesús: “portarme bien”, “paciencia”, “alegría”, “tratar bien a mi hermana”… y aquel pequeño niño de la camisa de rayas azules regreso para decir: “mi corazón”.
La participación se había puesto agradable cuando Marcela vio que un niño vestido de blanco se acercó al sacerdote y dijo con una hermosa voz: “…la vida de tu hijo…”. Marcela se quedó helada, nadie pareció darse cuenta de lo que había dicho el niño y el hombre de Dios no hizo ningún comentario, como hizo con todos los demás comentarios de los niños que pasaron. Un sudor frío le recorrió la espalda y un calor intenso le penetró el vientre. Sintió que la cabeza le daba vueltas y antes de poder hacer nada, perdió el conocimiento.
Cuando despertó, su tía la abanicada ayudada por otra señora. Se sentía fatal. La sangre le había bajado de la cabeza y no tenía fuerzas en las piernas. Le dijo a su tía que estaba bien y la misa prosiguió aunque ella ya no se paró una sola vez más. Cuando la ceremonia terminó, su tía la llevó al auto en la silla de ruedas de la abuela, ayudada por otras buenas personas. Su abuelita la esperaba preocupada en el auto. Sin su consentimiento, la llevaron al médico, lo cual la aterró ya que no quería hacerlas participes de su secreto. El médico la examinó minuciosamente y comentó que era un agotamiento nervioso y que sería conveniente que hiciera mucho reposo. Ella se sentía mejor.
Regresaron a casa de su tía Emilia y ella la invitó a quedarse. -“No creo que sea buena idea que te vayas, hija -sentenció- Quédate a partir rosca con nosotras”. Marcela no protestó, realmente se sentí agotada. Al poco rato llegó el primo Alejandro trayendo una hermosa rosca de reyes. La saludo efusivamente. Era el único hijo de la tía Emilia y, aunque era casado, siempre estaba pendiente de su madre y de su abuela. Todos se reunieron junto a la mesa y dejaron que la abuela cortara primero la rosca. Ella, con mano temblorosa, cortó un pedacito. Todos aplaudieron. Luego lo hizo la tía Emilia y, a instancias de Marcela, siguió Alejandro. A nadie le salió ningún muñequito. Marcela, con mano aún más temblorosa que su abuela, cortó un pedazo.
No se lo podía creer: los tres muñequitos estaban dentro de su pedazo. Los miró sorprendida en tanto su primo se moría de risa y su tía lamentaba el “error” de la panadería de poner en un solo lugar los tres muñecos. Marcela no dijo nada. En su mente seguían resonando las palabras de aquel niño: “…la vida de tu hijo…”


-¡Jesús! ¡Vente corazón ya llegó la tía Emilia! -lo llamó jubilosa.
El niño vino corriendo desde el jardín. Nada le daba más alegría que ver a la tía Emilia, su adorada “Michia”, quien lo había cuidado tanto de pequeño y quien era como una segunda madre para él.
-¡Tía Michia! ¡Tía Michia! -la abrazo gozoso y la llenó de besos.
-¿Y qué tenemos acá? -preguntó la tía llevando el juego- ¡Un niño hambriento de besos! -y le llenó la cara y el pelo de melosos besos de tía consentidora.
Marcela los miró sonriente. Al menos su hijo tenía en su tía lo que ella había carecido con su madre. Su corazón latía dichoso en su pecho.
-¿Qué crees Jesús? -interrogó la tía al niño- ¿Quién crees que viene al rato?
El niño, conocedor del juego, sonrío.
-¡Nano! -y rompió a reír en tanto Marcela y la tía intercambiaban miradas de complicidad.
No pasó mucho rato cuando Alejandro, “Nano”, llegara con su esposa trayendo una caja muy larga. El niño se emocionó al verlos y corrió a abrazar a “Yaya” Eulalia, la mujer de Nano. Marcela los miró a todos y los condujo a la mesa donde asentaron la caja. Jesús se sentó rápidamente en la silla mirando expectante la enorme caja.
-¿Ya te lavaste las manos? -preguntó Marcela en tono de madre.
El niño hizo una mueca y corrió al baño. Los adultos intercambiaron saludos y sonrisas y Marcela y Eulalia conversaron brevemente, en tanto Alejandro llevaba los platos a la mesa junto con su madre. Jesús regresó enseguida y se sentó derechito en la silla. Su carita de ansiedad era evidente.
-¿Por qué tanta prisa? -le interrogó Nano.
El niño sonrío pícaramente y alzó los hombros. Todos los adultos se sentaron a la mesa y Marcela levantó la tapa de la caja: una hermosa Rosca de Reyes resplandeció desde dentro. Un “¡Ohhhhh!” profundo se escapó de la garganta del niño.
-Bueno -aclaró la tía- Vamos a partir esta deliciosa rosca en recuerdo de nuestra querida abuela María y en honor al niño Jesús.
-¿En honor a mí? -preguntó divertido el niño.
-No exactamente hijo -aclaró Marcela- Pero en cierta forma también en tú honor -y al decir esto una sonrisa le cruzó el rostro en tanto agarró el cuchillo y se lo pasó a la tía Emilia para comenzar el ritual.

No falta decir a quien le salió un muñequito.

martes, 12 de marzo de 2013

CUENTOS CATÓLICOS



RAYO DE FUEGO

Por Eduardo Ruz Hernández

Santísimo Padre:

El voto de obediencia me obliga a escribir lo que usted me ordena y, siendo el último de los cardenales conocidos como los “ciento doce apóstoles”, no me queda más que plasmar mis vivencias tal y como usted me requiere.

Habiéndome levantado el voto secreto que hice al participar en la elección del Sumo Pontífice San Pio XIII, paso a narrarle lo que aconteció en aquellos días en la Capilla Sixtina en el Vaticano.

Yo era un cardenal joven, apenas recién nombrado por el Santo Padre dimitente, y desconocía los protocolos. Me sentía lleno de inquietud y temor. Y no era para menos: Ahí, entre los muros de la Capilla Sixtina, estaba Cardenales de reconocido prestigio, santos varones de la Iglesia que me aventajaban en virtud y experiencia. Me sentía menos que un niño tonto a su lado.

Había una gran inquietud en la Iglesia y en todo el mundo, había la sensación de que se estaba ante un momento determinante en la historia en que estaba en juego, no sólo el futuro de la Iglesia si no también el destino mismo de la humanidad ante Dios. La atmósfera era de tranquila presión, en tanto se realizaban toda clase de elucubraciones por parte de la prensa internacional y de los gobiernos del mundo.

Pero no deseo alargarme con estos detalles, así que iré al punto. Entramos 115 Cardenales, luego de que algunos reportaron no poder asistir. Después de la misa de apertura para solicitar la elección del nuevo Papa, se sacó a todo mundo ajeno y se cerraron las puertas. El cónclave comenzó a marchar tal y como dijeron que sería. No obstante, en la tarde del segundo día, luego de dos votaciones que no llevaron a nada porque los votos se dividían entre varios candidatos, dos Cardenales, cuyos nombres omito por secreto de confesión, iniciaron un cabildeo muy sutil por un tercero. Fue algo tan tenue que casi nadie se percató de ello.

El punto es que el cónclave fue llegando a un punto de ruptura muy desagradable, ya que  conforme se fueron configurando dos Cardenales que encabezaron la votación, surgió a la par ese tercero que fue subiendo de una forma poco clara. No le puedo explicar qué sucedió realmente pero la situación se salió de control. Un candidato renunció y quienes votaban por él, y otros más, se negaron a respaldar al tercer candidato que había sido insertado con engañosa sagacidad.

El ambiente se puso bastante pesado y nadie parecía dispuesto a ceder. Más de la tercera parte de los Cardenales no querían aceptar al candidato que sentíamos perversamente impuesto, pero él siguió ganando votos muy lentamente. La situación era crispante y aquello no parecía obra del Espíritu Santo si no del maligno.  

Cuando parecía que aquel candidato ganaría irremediablemente, sucedió algo extraordinario que nunca contamos quienes participamos de aquel cónclave y que ahora me veo obligado a revelar en obediencia a Su Santidad. Era la votación de la tarde y sentíamos que la barca de Pedro se nos iba de las manos, pero, antes de poder comenzar a llenar las papeletas de la votación, se escuchó un estruendo dentro del recinto cerrado de la Capilla Sixtina. Fue como un ventarrón que entró de ninguna parte e hizo volar todos los papeles que estaban sobre las mesas. Todos nos quedamos asombrados y vimos como un intenso fuego surgía de la nada y se posaba en el centro del recinto.

No sabría cómo explicarle, era una asombrosa lengua de fuego que contenía una bellísima cruz de un blanco muy vivo adentro. Todos estábamos maravillados y no sabiendo qué hacer. Entonces, los dos Cardenales que habían propuesto sutilmente al nuevo candidato que estaba ganando la elección, cayeron al suelo y comenzaron a dar de gritos. Eran unos sonidos indescriptibles y horripilantes. El candidato se incorporó e hizo una mueca demoníaca, no hay otra forma de explicarla, y cayó al suelo fulminado.

De pronto se hizo un silencio impresionante y la lengua de fuego se desplazó muy lentamente hasta posarse encima de la cabeza de un muy humilde Cardenal por el que nadie había votado y al cual no se había tomado en cuenta. Fue entonces como si se nos abriera el entendimiento: era el último cardenal que había llegado al cónclave procedente de un país con un régimen de gobierno abiertamente ateo y que le negada la salida. Para colmo, el pobre Cardenal, cuando consiguió a duras penas el permiso, no había podido trasladarse a Roma por carecer de los medios económicos. La Santa Sede había tenido que socorrerlo. Vestía muy pobremente una vieja sotana raída que había pertenecido a su martirizado antecesor y era tan humilde que pocos se habían percatado de él.

Cuando la lengua desapareció, el Cardenal encargado llamó rápidamente al médico para que evaluara al candidato caído. Nada se pudo hacer por él: había muerto de un infarto fulminante con un rictus monstruoso en la cara. Los otros dos cardenales que habían caído al suelo gritando, estaban como en estado de coma, pero con los signos vitales estables. La votación se suspendió hasta el día siguiente y fui testigo de una decisión increíble por parte de tres Cardenales. Se le solicitó al Cardenal encargado que llamara al Padre Amath, un exorcista anciano muy reconocido que vivía retirado en un convento en Roma.

Esa noche, en tanto todos los demás Cardenales decidieron realizar turnos de adoración toda la noche delante del Santísimo Sacramento, el Padre Amath ingresó a la Capilla Sixtina para participar en un exorcismo junto con siete cardenales, yo incluido. Fue una experiencia muy aleccionadora. El príncipe de la mentira estaba en posesión de aquellos hombres, en el seno mismo de la Iglesia. Usando el viejo ritual, el Padre Amath conminó a los demonios a que salieran, pero ellos se negaron. Hablaban un idioma desconocido para mí pero que el sacerdote exorcista comprendía.

El exorcismo se completó cuando se presentó, a solicitud de los demonios, el humilde Cardenal ungido por la lengua de fuego. Dando de gritos los demonios abandonaron a aquellos Cardenales y la paz volvió a reinar en sus corazones. Yo confesé a uno de ellos y el Padre Amath al otro. Ambos estaban muy arrepentidos y avergonzados por haber permitido que Satanás entrara en ellos. Los dos solicitaron no seguir participando en el cónclave y se decidió que así fuera, pero que no salieran del mismo para no despertar rumores de la prensa.

Al día siguiente se hizo la votación con los 112 Cardenales presentes. El cardenal ungido tuvo 111 votos y en una papeleta estaba escrito la palabra “Fiat” (Si). Fue así que comenzó el luminoso pontificado de San Pio XIII, el Misericordioso, aquel Santo Papa que transformó radicalmente a los pastores de la Iglesia y nos encauzó nuevamente a los pobres. Debo admitir que fui testigo de cómo el Espíritu Santo nos recordó a todos que la Iglesia es de Jesucristo y que el demonio jamás podrá hacerse con ella.

De ahí partió la historia que usted conoce, de cómo los 111 Cardenales apoyamos al Santo Padre en su ministerio, ayudándolo a evangelizar nuevamente a un mundo cada día más descreído y paganizado. Después, cuando la Iglesia fue perseguida y mataron uno a uno a sus Cardenales, él tomó el báculo de pastor y prosiguió el camino cumpliendo cabalmente lo que la Santísima Virgen María reveló en el Tercer Secreto de Fátima, hasta que fue martirizado al pie de la cruz en tanto abandonaba la destruida Roma.

Cumpliendo mi voto de obediencia, es esto, Su Santidad, lo que ocurrió en aquel extraordinario cónclave en el que participé y donde Dios nos hizo conocer perfectamente su Santa Voluntad. Alabado sea Jesucristo.