Ojo enamorado

Ojo enamorado
En tu mirada

lunes, 9 de julio de 2018

EN EL DIVÁN


ANGELICA TURBA

 "Y le suplicaban los demonios: «Si nos echas, mándanos a esa piara de puercos.»"
Mateo, 8, 31

Por Eduardo Ruz Hernández

— ¿En qué puedo servirle? —con suave voz lo invita a desahogarse.
—Vengo por recomendación del padre Reyes. Quiere despejar cualquier duda sobre mi salud mental.
— ¿Y qué motivó al sacerdote Reyes a requerir mi opinión? Dígame por favor. —Y añade aclaratoriamente—: Espero comprenda que soy agnóstico, escéptico, descreído, ateo e incrédulo.
El paciente sonríe divertido.
—No todas esas palabras significan lo mismo, pero prefiero que sea así, aunque espero que eso no le impida entenderme.
—Lo escucho.
—Soy creyente desde niño y provengo de una familia de profunda fe religiosa. Aunque considero que eso ha sido algo muy bueno también me ha provocado severos conflictos…
— ¿De qué tipo? Trate de ser más específico.
—Bueno, no todo lo que creo es de mi agrado —hace silencio y se queda pensativo.
—Eso es muy normal. Los seres humanos somos complejos y no todos estamos hechos para encajar en los rígidos esquemas que las religiones pretenden imponernos.
El paciente mueve la cabeza y sonríe.
—No es lo que usted piensa. No tengo conflictos con mi fe, sino con aspectos que no me simpatizan de la misma.
—Por favor, le vuelvo a pedir que sea más específico. No estoy entendiendo.
—Creo en Dios y en todo lo que representa. —Hace una pausa antes de proseguir cautelosamente— Lo que no me gusta es reconocer la existencia de una entidad malvada, algo contrapuesto al Dios amoroso en que creo.
— ¿Se refiere usted al demonio, diablo, dianche, chamuco…?
—Sí, efectivamente, a él me refiero. No me agrada.
El especialista en enfermedades mentales lo mira algo confundido.
—Mire, el que usted crea o no en él es algo irrelevante. Es una entelequia. No comprendo el por qué el sacerdote que menciona lo mandó conmigo. Lo suyo parece ser un problema teológico, no mental. Usted puede escoger creer o no en el maligno si eso le permite tener un equilibrio mental sano.
—No es tan sencillo doctor.
— ¿A qué se refiere? No veo mayor problema.
—Sucede que quiero ser santo. Desde niño he deseado con toda mi alma ser santo, pero para serlo tengo que enfrentarme a Belcebú…
—Creo que tiene que reconsiderar sus conceptos —medió el galeno—. El mal es algo implícito en la naturaleza humana, no un ser.
—Sí creo en Dios como un ente, no puedo dejar de creer en la existencia de Lucifer como persona.
—Pero bueno, no acabo de comprender cuál es el problema. Sea usted santo, viva de acuerdo a su fe, ayude al prójimo ¿Qué demonios tiene que ver Mefistófeles en todo eso? —espeta el profesional perdiendo un poco la paciencia.
—Todo. No hay santo que no haya tenido que enfrentarse con satanás para conseguir su santidad. Cuando era niño me lo explicó muy bien el padre Flores: “Si no logras ver al diablo es porque está dentro de ti”.
El psiquiatra parpadea, enciende un puro de olor desagradable y comenta:
—Y por lo que estoy entendiendo usted no desea verlo ¿no es así?
—Efectivamente. No tengo ningún problema con darme a los demás, con buscar a Dios en los hermanos y en los acontecimientos de mi vida, pero no quiero tener tratos con ese despreciable ser, ni mucho menos con sus secuaces… Sólo imaginar tenerlos delante de mí, que me golpeen, escuchar sus insultos y gritos blasfemos, sentir sus hedientas presencias, me revuelve el estómago…
El médico lo observa detenidamente escudriñando sus palabras. Percibe una turbación oculta que va más allá de lo que el paciente manifiesta.
—El demonio es algo implícito en sus propias creencias. Usted es quien lo pone como obstáculo al creer en Dios. Pero a la vez, dentro de sus mismos dogmas está la solución. El bien está en lucha continua contra el mal, y por lo que sé los santos son “soldados” de Dios que deben enfrentarse al enemigo malo ¿No es así? Si acepta ser soldado, debe aceptar luchar contra los ángeles caídos. Ahora bien, si no le gusta el enemigo no sea soldado. Nadie lo está obligando a ir a esa guerra. Es su decisión.
Se hace un silencio prolongado. El doliente lo mira sopesando sus palabras. Hace un extraño calor. El facultativo sonríe: La táctica de seguir el discurso del paciente ha funcionado. Escribe en el expediente “Neurosis religiosa” y anota el medicamento antipsicótico que le dará. El aquejado no lo interrumpe en tanto hace sus anotaciones. Cuando lo ve terminar exclama:
—Tiene toda la razón. Le agradezco mucho sus palabras. Qué bueno que el padre Reyes me mandó con usted.
—Mire, le voy a dar esta la receta para que tome unas pastillas que le ayudarán a estar tranquilo, y así podrá realizar la mejor decisión que considere.
El hombre recuperado sonríe agradecido, mira la receta y después al especialista, se levanta, estrecha su mano y, sin esperar agendar una próxima cita, sale y paga los honorarios a la secretaria. Con un suave ademán se despide.
—Que paciente tan extraordinario, doctor —comenta la secretaria en tanto guarda el dinero—. Dejó el consultorio oliendo a rosas.
—Es un alma atormentada, como todos los que vienen a verme.
Dándose la vuelta el profesional de la salud entra a su consultorio, cierra la puerta, echa chispas por los ojos, humo por las orejas, y se extravía en profundas cavilaciones en tanto enciende un nuevo puro —con aroma a azufre— y juega con su rugosa cola.


martes, 26 de junio de 2018

PERSPECTIVA


Jueves 21 de junio de 2018
SOMBRA DE VIDA
Por Eduardo Ruz Hernández

Disciplina ante todo. Levantarse a las cinco de la mañana, meditar, orar, preparar desayunos, apurar a todos para ir al trabajo o estudio. A las siete, comenzar a escribir. Vaciar las ideas de la cabeza, convertirlas en palabras entrelazadas para darle forma a los cuentos, a las historias, a las nuevas realidades. Pausar a las once. Preparar comida o salir a comprarla. Ver las noticias. Tomar apuntes de ideas. Retomar la escritura a las doce, expulsar todas las ideas. Si hay bloqueo, cambiar de historia o retomar alguna no consumada. Pulir —una y otra vez— los cuentos.
Regresar la familia. Comer, conversar sobre los acontecimientos cotidianos. Lectura breve y/o siesta. A las seis, salir a caminar. Aprovechar el paisaje, la gente, los sucesos para crear nuevas ideas. Dejar deambular la mente. Volver a casa, escribir los hallazgos. Reunirse en familia: salir a cenar —breve cena en casa—, ir al cine —ver televisión—, juegos de mesa —simple conversación—.
Al llegar la noche, abrir resquicio de tiempo para leer —oferta exquisita en la bien surtida biblioteca personal—, alimentar nuevas ideas, incubarlas durante el sueño, por la mañana convertirlas en cuentos e historias fantásticas. Abrazos y arrumaco antes de caer rendido. Vida plena, fructífera, feliz…

Aporrea la vieja máquina de escribir. Se siente nauseoso, asqueado, vacío, harto. La abstinencia lo está consumiendo. Su párpado izquierdo se contrae repetidamente, le tiemblan las manos y un agrio sabor metálico llena su boca. Busca desesperadamente —por todas partes— algo que lo calme. No hay alcohol y mucho menos polvos para olvidar. La cabeza comienza a dolerle y el sol que va entrando lentamente por la ventana le taladra la vista.
—¡Maldita mierda! —rezonga furioso tratando de cerrar las raídas cortinas sin lograrlo.
Llora de rabia e impotencia mirando la pocilga donde habita: libros por todas partes, ceniceros llenos de colillas de cigarros, botellas vacías regadas, restos de alimentos. Un acre olor a humedad, sudor, sexo, orines y excremento llena el ambiente. La plenitud del vacío lo circunda.
Considera llamar a sus hijos pero recuerda que no quieren saber nada de él. Sus tres ex parejas tampoco lo soportan. Los ha defraudado tanto, que han perdido todo esperanza. Regresa a la máquina de escribir y arranca la hoja picoteada por las teclas del rodillo. Lee divertido lo que escribió: “Disciplina ante todo. Levantarse a las cinco de la mañana…”
Destroza el papel furioso. Se suicidaría si tuviera con qué y no fuera un cobarde. ¿De qué le han servido los reconocimientos, los premios que ha conseguido plasmando el mundo infernal en que ha vivido? No creo nada, simplemente narró su realidad cotidiana. Infecto y podrido mundo que aplaude la degradación que lleva a la muerte.
—¡Es un circo romano! ¡Un maldito circo romano! —grita desolado comprendiendo que destruyó su vida haciéndola un espectáculo para saciar el morbo literario de ignotos lectores—. ¡Malditos! ¡Mil veces malditos!

Despierta a las tres de la mañana sin comprender. Una horrible pesadilla lo ha golpeado. No era quien es, vivía una vida miserable y deseaba la muerte con avidez. ¿Qué demonios está pasando? Levantarse sin hacer ruido y, después de visitar al baño, entrar en el estudio cerrando la puerta. La computadora está esperando. En tanto la enciende, un amargo sabor metálico colma su boca, las manos le tiemblan y su párpado izquierdo se contrae repetidamente. Un Déjà vu lo invade. Cierra los ojos, la obscuridad se hace presente, en tanto, el espectáculo termina y en las pantallas mentales aparece en grandes letras la palabra: “F I N”.


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martes, 5 de junio de 2018

SUEÑOS REALES


ISLA

Por Eduardo Ruz Hernández

La aventura no comienza bien. La idea es cruzar a la isla y pasar el día ahí. Todo iba bien, a no ser por el accidente que presencian y que los lleva a detenerse para ayudar. Un trascabo se sale de la carretera que rodea la isla y el ingeniero que lo maneja sufre algunas contusiones. Nada grave, pero el tiempo se les va y cuando llegan al poblado para devolver el auto rentado los ferrys ya no están dando servicio. No tienen más opción que quedarse a dormir en la isla.
Aquello no le cae en gracia a su esposa. Sólo accedió a cruzar por complacerlo, ya que ella detesta la isla. Buenos motivos tenía, porque en dicha paradisiaca isla su esposo ha disfrutado alegres estancias con hermosas mujeres. La señora no disimula su disgusto ante la perspectiva de quedarse durante la noche, además de que no han llevado su equipaje y tendrán que permanecer con la misma ropa. El hombre, tratando de compensar, propone comprar algún vestuario para estar a gusto durante la forzosa estancia. Al día siguiente, en el primer ferry, saldrán a tierra firme. Ella accede de mala gana.
Deciden ver los hoteles nuevos que están junto al mar y cerca del poblado. En el primero, muy elegante, un empleado muy bien uniformado les explica, con notable acento italiano, que la habitación cuesta: “—Ottocentomila cinquecentotrentasette”. La cifra se les hace estratosférica, por lo que agradecen la información y siguen caminando.
Otro hotel está en su camino, se ve muy bien, lleno de palmeras, con bastantes turistas y una maravillosa arquitectura. Al entrar sienten la mirada de los empleados y escuchan un ligero cuchicheo. Los dos se miran y comprenden que no se ven muy bien; visten ropa de playa, y están bastante bronceados y sudados por el esfuerzo de caminar en medio del tropical calor.
Intenta que algún empleado les haga caso, pero los ignoran con evasivas. Tal parece que no existen. Se sienten un par de mendigos pidiendo limosna. No obstante, ante la cara de su esposa que denota que le gusta el lugar, insiste hasta llegar con el gerente. El administrador lo escucha sin interés y le dice tajantemente: “—No hay cuartos disponibles”. La forma en que lo hace no deja lugar a dudas de que no los quiere como huéspedes. Es una gran humillación. A salir, ella dice con amargura:
—Solo les interesa atender a los gringos. Nosotros, como nacionales, somos como perros sarnosos para ellos. De nada sirve que tengamos el dinero para pagar. Nos desprecian en nuestro propio país.
Está furiosa y no deja de despotricar contra los empleados malinchistas que desprecian a los suyos en favor de los malditos extranjeros.
— Tranquila —trata de calmarla— Llamaré a un hotel muy bueno donde me conocen y verás que enseguida tendremos un cuarto.
No ha terminado de decirlo cuando se arrepiente. La sombra de los celos nubla la vista de su esposa y un turbio presentimiento le recorre la mente: Pagará muy caro por eso. Ella se queda callada en tanto habla al hotel. Tal y como dijo, al ser reconocido por el empleado le dan una habitación y hasta ofrecen ir a buscarlos, ya que están bastante lejos del lugar. Muy contento cuelga el teléfono para enfrentarse al ceño fruncido de su mujer.
—Me da gusto saber que al menos en algún lugar somos bien recibidos, mi amor —las palabras suenan ácidas en la dulce boquita de su bella esposa—, pero no me parece la forma en que este último hotel nos trató.
—¿Y qué quieres que haga? —espeta él con falsa resignación.
—Qué bueno que lo preguntas. Quiero que entres a la página esa de consejos de viajes, donde eres miembro, y escribas sobre el pésimo trato que hemos recibido, para que todos sepan la clase de establecimiento que es. Quiero que todos nuestros connacionales estén enterados de lo que les espera ahí si van.
El hombre la mira algo perplejo. Su esposa siempre ha sido un adalid de la calma y el buen carácter, pero en este momento no la reconoce. Opta por obedecer para llevar la fiesta en paz. Abre la página en el Smartphone y, en tanto espera que vayan por ellos, describe con lujo de detalles el deplorable trato que han recibido en el susodicho hotel de lujo. Breve, conciso, directo, tiene amplia experiencia en redactar perfiles ya que lleva años haciéndolo, más por gusto propio que por obligación o pago.
Termina y duda un momento antes de mandarlo. No es muy afecto a poner notas negativas de los lugares que visita, ya que sabe pueden perjudicar a los trabajadores, pero en este caso prefiere no tentarse el corazón. Quiere complacer en algo a su esposa. Apretando los labios lo manda. El auto llega por ellos y se van exhaustos al hotel benevolente.
Contra todo lo que podría esperar, el hotel le gusta mucho a su esposa. Los empleados la tratan con una cortesía exquisita y los llenan de atenciones y amabilidades. Les dan un cuarto excelente con vista al mar y les dejan frutas y champaña de bienvenida. El jacuzzi en el baño es un sueño. Duermen maravillosamente y al día siguiente, cuando desayunan, su mujer le dice —ante su total sorpresa— que se quiere quedar un día más a disfrutar del hotel. Él accede encantado. Bajan a la tienda del hotel y compran algo de ropa. El gerente les regala batas, playeras y toallas de aniversario de bodas. Todo el mal sabor de boca del día anterior se desvanece ante lo bien que la pasan.
Al día siguiente, al irse, el gerente en persona se ofrece a llevarlos al embarcadero. En el camino pasan junto al hotel en donde fueron tratados con tanta desconsideración. El auto tiene que bajar la velocidad porque docenas de taxis están estacionados recogiendo pasaje.
—¿Qué está sucediendo? ¿Por qué hay tantos autos? —pregunta la esposa.
El gerente sonríe en tanto pasan con lentitud por el lugar.
—El hospedaje se vino abajo. Los huéspedes que ya estaban hospedados exigieron el cambio de hotel y las reservaciones se están cancelando.
La mujer voltea a ver a su esposo con cara de incredulidad.
—¿Tuviste algo que ver en esto? —pregunta asombrada.
El hombre contrae los labios y no contesta. El gerente lo mira con un dejo de sorpresa a través del retrovisor. El famoso escritor se encoge de hombros y una amarga sonrisa cubre su rostro. Recuerda lo que hace años le dijo un maestro: “—No hay veneno más poderoso que el de la pluma” —. Y concluye: “—Ni forma alguna de complacer a una mujer”.



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martes, 8 de mayo de 2018

SUEÑOS PERDIDOS


CAMINO

Por Eduardo Ruz Hernández

Salen de la iglesia colonial y miran el parque en donde se levanta la estatua a la madre. Sienten la urgencia de huir. Fieros sicarios los persiguen. Le da la mano a su esposa y caminan presurosos por las calles. Buscando multitudes se dirigen al mayor mercado de la ciudad. Muchedumbre por todas partes, sonido estridente de música, miles de voces promoviendo diferentes artículos, desde fruta hasta comida y calzado.
Moverse, confundirse entre la gente, hacer distancia entre ellos y sus sanguinarios perseguidores. Entran al mercado donde los estrechos pasillos se convierten en ratoneras pletóricas de personas que van y vienen. La mujer lo guía y él la sigue en completa sumisión. ¿A dónde más podrían ir? Los pasadizos laberínticos se van cerrando y llegan a un escondido negocio. Una mujer asiática —¿china, coreana, japonesa, filipina? — los recibe con una cordial sonrisa. Entran —hay varios sillones y un aroma extraño en el ambiente— y los invita a sentarse.
Su compañera cruza unas palabras con la encargada, quien mueve la cabeza en señal de asentimiento. Requieren quitarse los zapatos y calcetines. El hombre protesta: ¿cómo van a huir sin zapatos? Su mujer —con la mirada— lo incita a obedecer. La encargada trae dos recipientes de cerámica para que introduzcan los pies. En jarras de porcelana acarrea agua caliente para llenarlos. El hombre está nervioso, se siente terriblemente vulnerable.
La suave voz de la señora camboyana los conmina a cerrar los ojos. Obedecen.
—Imaginen el mejor sitio en donde podrían estar en este momento. …
Una playa con el cielo azul plagado de blancas nubes. El mar frente a él, infinito y de color turquesa. Las olas rompiendo suavemente en la playa, de fina arena, en tanto el viento mueve las ramas de cientos de palmeras. Está cómodamente sentado en una silla de tela, escuchado los sonidos que lo envuelven y adormecen: el mar lamiendo la arena, la brisa jugando con su cabello, las palmeras moviéndose bajo el sol, los graznidos de las gaviotas buscando alimento…
No hay lugar para la angustia y mucho menos para el miedo. Mira a su alrededor y encuentra a su esposa recostada en un camastro. Comprende —sin que nadie se lo explique—, que la imaginación de ella ha embonado con la de él, y que están compartiendo el mismo ensueño. Su mente toma posesión de la dicha de estar ahí y pierde contacto con el sillón, el agua caliente que moja sus pies desnudos y la dama vietnamita que aún le habla…


Entran violentamente al local y miran con recelo a su alrededor. Solo hay algunos sillones y una mujer extranjera. Sin mediar palabra, revisan el negocio abriendo puertas, mirando por debajo de los muebles y golpeado el piso con los zapatos. No, no hay nadie. El que los dirige ve su celular y confirma la ubicación. Deberían estar ahí. Vuelven a examinar y corroboran lo obvio: no están. Se miran confundidos y deciden irse. La dueña recoge los dos pares de zapatos guardándolos en un armario, donde yacerán olvidados —por siempre—junto con varios cientos más…





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viernes, 20 de abril de 2018

PODEROSO ARCÁNGEL



SANTA INDIGNACIÓN

 “¿O piensas que no puedo yo rogar a mi Padre, que pondría
 al punto a mi disposición más de doce legiones de ángeles?”
Mateo 25, 53

Por Eduardo Ruz Hernández

El capitán Darío Ferguen, jefe del Departamento de Investigación Criminal, baja a la morgue para hablar con el doctor Mosteiro. Está harto de las llamadas del alcalde, del gobernador y hasta del secretario de gobierno. Presionan para que aclare la cuestión de los sesenta y seis masacrados de La Cordunza, un violento barrio pero no hasta ese extremo de la gran ciudad. La prensa también está presionándolo, buscando la exclusividad de la inédita nota roja para alimentar el morbo enfermizo de sus ávidos lectores.
Parvada de desgraciados. Se alimentan de excremento social gruñe hastiado en tanto el elevador va llevándolo lentamente a su destino.
La morgue es un caos. Personal en bata entra y sale llevando muestras y trayendo resultados de los laboratorios, ubicados en el piso superior. Nadie se percata de su presencia. Sin inmutarse no está para susceptibilidadesentra a la oficina del encargado y lo encuentra con los teléfonos sonando en tanto lidia con tres médicos.
¡Mosteiro! ¿Qué demonios pasa con tu reporte? ¿Por qué no lo has entregado? Tengo a medio mundo fastidiándome y tú aquí jugando a los debates con tus colegas.
La abrupta entrada de Ferguen tiene el impacto deseado. Se hace el silencio y el veterano galeno indica a los demás que los dejen solos. Grita a su secretaria que corte las llamadas. La gente obedece, saben del mal carácter del jefe. Cuando quedan silenciosamente solos, el forense se deja caer en la silla y explica:
Esto es un desastre Darío. No veo ni pies ni cabeza a la investigación…
¿De qué carajos hablas? ¿Tan difícil es decir las causas de muerte de sesenta y seis malnacidos? ¿No encontraste suficientes evidencias? ¡Es una maldita masacre! Tengo todo el avispero oficial atosigándome en busca de explicaciones y no les puedo decir nada porque tú no has acabado de jugar al doctorcito. ¡Cabrón! ¡Quiero resultados, no que me maquilles los cadáveres para las fotos!
El doctor Mosteiro lo mira fijamente. Le molesta la tremenda grosería de su jefe y amigo, pero no le queda de otra que aceptar sin chistar sus reclamos. Él tampoco está satisfecho.
¿Quieres resultados? Bueno te diré lo que tengo: Sesenta y seis hombres muertos, certeramente asesinados. No hay balas. Se usó algo que debería llamarse “arma blanca”, pero nunca habíamos visto algo semejante duda, pero ante la inquisitiva mirada de su jefe prosigue. Suponemos que es una especie de espada… pero no estamos seguros.
¡No frieguen! ¿Qué los hace dudar? ¡Explícame!
Una cosa es el arma, el instrumento homicida, y otra la forma en que se usa. No comprendemos cómo una espada seccionó en dos los cuerpos, cortando la caja torácica como si fuera mantequilla, atravesándoles el corazón de lado a lado, partiendo en dos todas las cabezas… y todo en un solo corte. ¿Comprendes? El culpable de la masacre acabó con cada uno de esos hombres efectuando un solo golpe. Tanta fuerza y precisión son extraordinarias.
¿Estás hablando de un solo culpable? ¿Estás bromeando? Debieron ser como cien los involucrados en la matanza…
No capitán, toda la evidencia señala que fue la misma persona la que usó un solo instrumento para destazar, en fracciones de segundo, a todos y cada uno de esos malandros. No hubo mayor respuesta de las víctimas. Todo indica que murieron casi al mismo tiempo…
Darío Ferguen miró a Mosteiro sin creerle.
¿Estás idiota? ¿Cómo puedes afirmarlo? Eso no puede ser.
Darío, yo tampoco lo creía, pero la evidencia está ahí, muy clara, verificada completamente, en la escena del crimen y en los sesenta y seis cuerpos, por todos y cada uno de los médicos que trabajamos aquí.
¿Cómo demonios pudo ocurrir? ¡Está de locos!
No tengo ni la más remota idea… Estamos anonadados por los hechos. Va más allá de nuestra competencia científica hace una pausa y concluye para zafarse del embrollo: Yo te diría que intentes interrogar a la víctima, testigo, sospechoso y presunto culpable, o lo que sea ese hombre. Está en la jaula preventiva. Tal vez tú si le logres sacar la verdad.

La puerta se abre y el policía de guardia da un respingo al ver entrar a las solitarias cárceles al jefe del Departamento de Investigación Criminal, quien se encamina presuroso al área donde se encuentran los presos especiales. Ahí, en la última celda, está Miguel Kuzil, la única persona hallada con vida en medio de la carnicería de La Cordunza. El policía corre detrás de su jefe para abrirle. Sin mediar palabra, mete la llave y franquea el paso a un exaltado Ferguen, quien encarando al detenido le espeta:
Mira, sé que te han interrogado varias veces y que respondes con largos silencios. ¡No puede seguir así! ¡Requiero que me digas qué fue lo que realmente pasó en La Cordunza! ¡Si no hablas por las buenas, veré que hables por las malas! ¿Entiendes?
El hombre lo mira con suspicacia y contesta con hosquedad:
—¿Está dispuesto a aceptar la verdad cualquiera que esta sea?
—¡Claro! ¡Estoy harto de este embrollo!
—Siéntese por favor, se lo explicaré lo mejor que pueda…
Ferguen obedece, respirando hondo, deseando que la pesadilla acabe.
—Todo comenzó con mi nombre…
—Te llamas Miguel ¿no?
—Sí, precisamente, ahí dio inicio todo. Mi madre, al nacer, me puso bajo la protección del santo en cuyo honor me llamo. ¿Lo conoce?
—No veo la relación con toda esta situación.
—No la comprenderá si no advierte que me llamó Miguel por el príncipe de las milicias celestiales, a quien, como le dije, mi madre me encomendó cuando nací.
—¿San Miguel Arcángel? ¿El que sale blandiendo una espada en tanto pisotea al demonio?
—Sí, el mismo. ¿Va entendiendo?
—No muy bien, pero la espada parece darme un indicio…
Miguel ignora el comentario y prosigue su historia:
—Siempre fui muy miedoso de niño. Mi padre era un hombre fornido y yo era todo lo contrario: un niño delicado, más parecido a mi madre. Por eso ella me enseñó, desde pequeño, a invocar la protección de mi Santo Patrono.
Darío lo mira fijamente. Investigaron al testigo-sospechoso y no encontraron nada inusual en él: Maestro de literatura en una escuela de Educación Media Superior, no practica ningún deporte, no tiene cuerpo atlético, conocimientos de artes de defensa personal, ni mucho menos de esgrima. Soltero y con el pasatiempos de dar largas caminatas por la ciudad, algo que bien podría explicar su presencia en La Cordunza.
—¿Y qué tiene que ver San Miguel Arcángel con todo esto?
—¡Todo! — exclama jubiloso el detenido—. Él me defendió.
El funcionario lo observa tratando de dilucidar si debe requerir la presencia de un psiquiatra para evaluar al detenido, pero opta por seguirle el juego y dejarlo hablar.
—Si fue como dices… ¿Cómo lograste que tu protector se materialice? Tengo entendido que es un ser espiritual, no tiene cuerpo como nosotros...
—Gracias a mi madre. Ella me enseñó una poderosa oración para lograr su intercesión.
Ferguen considera irse, pero recuerda la descripción de los cuerpos tasajeados realizada por el doctor Mosteiro y se contiene. Debe tener paciencia. Hasta las mayores fantasías están cubiertas con algo de verdad. Con ánimo sereno dice:
—Por favor, cuéntame con detalle lo que aconteció…

El viernes el niño llega a casa con la ropa destrozada, sucia, y el labio roto y sangrando. Está muy triste pero no llora. Sabe esconder su dolor y frustración. La madre se angustia, el padre seguramente se enojará. Nunca ha podido comprender cómo él, un hombre fuerte, ha tenido un hijo tan enclenque. La mujer limpia el rostro de su hijo, hace que se cambie de ropa y lo llena de mimos. Después van al cuarto de su progenitora donde le muestra el hermoso cuadro que cuelga junto a su cama. La imagen de un ser alado, blandiendo una enorme espada y pisando a un horroroso demonio envuelto en llamas, lo mira desde arriba.
—Él es San Miguel Arcángel, tu santo patrono. Es el general de los ejércitos celestiales, quien dirige las huestes benditas que alaban a Dios. A él vas a invocar siempre que estés en peligro y ten por seguro que te librará de todo mal. Por eso llevas su nombre.
El niño mira el cuadro con cierta esperanza, pero después recuerda lo que le ha enseñado su maestro de historia en la escuela: Dios y los ángeles son frutos de la fantasía humana. Su madre descubre la incredulidad en su mirada y enfatiza:
—San Miguel sólo puede ayudarte si tienes fe. Debes creer en él o no conseguirás nunca su protección.
El chiquito no dice nada. Mira desconcertado al ángel guerrero. La mamá lo lleva hasta su ropero, lo abre y toma una caja de madera. Ahí, de un ajado sobre, extrae un papel amarillento, muy arrugado, y se lo muestra al niño. Miguelito lee sorprendido lo que dice el añejo documento escrito con elegante y dibujada letra.
—Apréndetela de memoria hijo. Te aseguro que si la rezas con verdadera devoción, nada malo podrá ocurrirte.
El niño abre los ojos y lee, una y otra, vez aquellas sacrosantas palabras que lo librarán de los golpes y burlas de los niños mayores.

El lunes, Miguelito prueba el poder resolutivo de aquella oración. Al salir de clases la recita en silencio, repetidas veces, en tanto camina presuroso a casa. Una cuadra después, se da cuenta que alguien lo sigue. Tiembla al ver que es Pipo, el matón de sexto grado, alguien que ha repetido tantas veces el curso escolar que es prácticamente un adolescente. ¿Servirá de algo su oración? Pipo camina detrás pero no se aproxima. Minutos después, la banda de los seis acosadores se acerca. Ahí está Mauricio, el que le pegó el viernes. Miguelito tiembla pensando en la nueva paliza que recibirá, pero cuando sus perseguidores están alcanzándolo, un chiflido se escucha y los atacantes se detienen, lo que aprovecha Pipo para tundirlos a golpes. Asustados, corren huyendo de la paliza. Desde ese día, Pipo lo escolta y nadie vuelve a molestarlo.
Miguelito está feliz. La oración ha dado resultado, aunque también observa extrañado que Pipo comienza a visitar su casa todos los sábados por la tarde y conversa con su padre, quien parece estar enseñándolo a boxear. Hasta se queda a cenar algunas veces y lo trata con serena indiferencia.
Con el paso de los años Miguel va olvidando la oración y perdiendo poco a poco la fe. Hasta que un día, 27 años después, en una de sus andanzas diarias por la ciudad, caminando por un parque, es testigo involuntario de una venta clandestina a gran escala. Ahí, rodeado por quienes no lo quieren de testigo, recita con desesperación extrema aquella antigua oración materna…

Darío Ferguen mueve la cabeza desconcertado. Es la historia más increíble que ha escuchado en toda su larga vida. Tan irreal que de sólo pensarlo duda de su cordura. ¿Una oración que invoca a un ángel para que aparezca y acabe con todos aquellos que desean hacerle mal al devoto? Inverosímil. El tipo está desquiciado y debe existir una explicación racional a todo aquello. Tal vez que un padre le pagó a un matón para que protegiera de por vida a su hijo. No, tampoco puede ser. Aquel hombre no tiene padres, murieron en un accidente muchos años atrás. Entonces: ¿una sociedad secreta de fornidos espadachines? Mientras más vueltas les da a los acontecimientos, más absurdos le parecen. Derrotado, llama al doctor Mosteiro a su oficina.   
—¿Qué pusiste al fin en el maldito informe? — pregunta sin ánimos de discutir.
—Algo impreciso, como pediste: La causa de muerte fueron heridas por armas blancas indeterminadas. No entré en detalles. Que saquen las conclusiones que les dé la gana. Tal vez hubo una convención secreta de ninjas en la ciudad y realizaron algún ritual de iniciación ¿No?
Darío sonríe amargamente y relee el boletín oficial que mandó a sus superiores y a la prensa. La explicación de que fue una venta de estupefacientes interrumpida por un nuevo Cartel de drogas fue brillante, aunque no justificase que nadie se llevara las dos toneladas que quedaron intactas en el camión. Así como tampoco tenía lógica la presencia de un testigo, Kuzil, de quien la policía negó tener conocimiento de su existencia.
—¿Qué hiciste con el sospechoso-culpable? — inquiere el forense.
—Lo mandé literalmente a tiznar a su madre…
—¿Y cómo es eso?
—Regresó al pueblito de donde era su mamá. Tiene terminantemente prohibido regresar, so pena de rajársela toda.
—¿Y aceptó sin chistar?
—Claro, parece que iniciará una nueva vida enfocada en lo espiritual.
Mosteiro ríe de buena gana.
—No te atreverías a tocarlo si vuelve, ¿verdad?
El curtido policía esboza una media sonrisa y mueve la cabeza.
—¡Ni de chiste! … Pero algo le tenía que decir para que se fuera...
—Estoy de acuerdo contigo, es mejor no tenerlo por aquí.
Se levanta. Estando por irse, recuerda algo y comenta:
—¿Te quedaste con la evidencia?
Por toda respuesta, Ferguen saca del cajón de su escritorio un papel —de los utilizados en las entrevistas con los sospechosos—, lo abre y los dos hombres leen lo que está escrito, guardando un silencio cómplice que dice muchas cosas y a la vez no dice nada.

Oración a San Miguel Arcángel en Jueves Santo.
   Glorioso príncipe de las milicias celestiales, servidor fiel y obediente del Dios trino y uno, arcángel que prefirió servir a Dios antes que caer en la soberbia de los demonios.
   Tú que la noche sagrada del Jueves Santo esperabas con las doce legiones de ángeles las órdenes de Dios Padre para intervenir, y que miraste profundamente consternado cómo era apresado como un vil malhechor el Hijo de tu Señor, amarrado, insultado, escupido, burlado, golpeado y torturado, y que a pesar de tu santa indignación obedeciste silenciosamente la orden de no intervenir.
   En este día y en este momento, te suplico que redimas el dolor que padeciste por esos agravios y lo descargues en aquellos que desean hacerle mal a este humilde devoto tuyo. Da libertad a tu espada para evita que el mal me haga daño. Amén.




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viernes, 30 de marzo de 2018

GATO INOLVIDABLE


                                                                                                       Para mi hija con todo amor

REGRESO

Por Eduardo Ruz Hernández

— ¡Abuelo! ¡Abuelo! ¡Hay un gato en el jardín maullando para que le abran la puerta!
El anciano se levanta con dificultad ante los requerimientos de su nieto. Hace años que no hay mascotas en la casa, debido a los constantes viajes que realiza. Se acerca y observa al animalito que chilla zalameramente requiriendo pronta atención. Es negro, de ojos verde amarillentos y muy buen porte.
—Debe ser de algún vecino —dictamina tratando de explicar su presencia—. Ábrele.
El gato entra como bólido y se dirige sin tardanza a la cocina. Parece conocer muy bien la casa. Sus maullidos se acrecientan. Se acerca al abuelo restregándose amistosamente en sus piernas. Un ronroneo persistente se escucha. El hombre abre el refrigerador y saca un par de rebanadas de jamón para dárselas. La alegría del felino es evidente y devora la comida con singular deleite.
— ¿De dónde habrá venido? —Cuestiona el niño—. Es muy dócil y amigable.
El viejo lo examina con detenimiento. Hay algo en él que llama su atención.
— Conozco a este gato negro —asegura con firmeza en tanto frunce el ceño denotando gran sorpresa—. Pero no puede ser…
En eso llega su hija, la tía del niño, quien mira al micifuz en tanto se relame los bigotes satisfecho, y exclama sorprendida:
— ¡Es igualito a Tomasito!
— ¿Quién es Tomasito? —pregunta extrañado el niño.
El pensativo anciano contesta:
— Un gato que tuvimos hace muchos años y que un buen día se fue y nunca regresó. Yo dije que murió, pero tu tía consideró que simplemente estaba desaparecido.
— ¿Desaparecido? —cuestiona extrañado el chiquillo.
El abuelo acaricia su cabeza explicándole:
— Es un término que se usa en las guerras, cuando un soldado participa en una batalla y nunca se vuelve a saber de él. No regresa y tampoco se encuentra su cadáver…
Contemplan al minino que ha comenzado a lavarse la cara con ayuda de su pata delantera y los mira de reojo. Después, como siguiendo una rutina establecida, busca una silla en el comedor y sube para acostarse. Parece estar tomando posesión de la casa que abandonó hace mucho tiempo.
— ¡No puede ser! —Sentencia el hombre—. Tomasito se fue hace 20 años. Ningún gato vive tanto tiempo.
El animal lo voltea a ver como si supiera que está hablando de él y lanza un maullido contestatario. Los tres lo observan con asombro.


— ¡Tía! ¡Tía! ¡Tía! ¡El abuelo no despierta!
La mujer corre a ver a su padre quien yace sentado en su silla favorita, con la cabeza ladeada, como si viera algo en el jardín. Intenta hacerlo reaccionar pero es inútil. El hombre se ha marchado dejando abandonado su estorboso cuerpo. Un viejo amigo ha venido a buscarlo y no ha podido negarse a acompañarlo. En tanto las lágrimas cubren el rostro de la hija, un maullido se escucha a lo lejos: Los gatos siempre regresan por sus amos.



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FOBIAS GENÉTICAS

SIN CERVEZA                                            

Por Eduardo Ruz Hernández

Acaba de ver un interesante capítulo de Viaje a las Estrellas, en donde el Señor Spock salva la nave Enterprise de un capitán colérico, loco y lujurioso. Está por comenzar a retomar la lectura del libro “Corazón: Diario de un niño”, de Edmundo de Amicis, cuando su madre lo llama. Es mediodía y su padre ha llegado con sed. Le da una jarra amarilla, dinero, y le dice que vaya a la cantina “La Negrita”, a la vuelta de la casa, frente a “El Motor eléctrico”, a comprar cerveza de barril.
Anda, no tardes, que tu papá ya quiere comer.
Sale y pone la trampa de la puerta para abrirla sin utilizar llave. Es una varita de metal que se empuja y por medio de un gancho abre la cerradura. En tanto camina bajo el sol se pregunta por qué lo han designado a él para realizar tan infausta tarea. Tiene dos hermanos mayores que no tiene idea en dónde pueden estar. El sólo tiene diez años y nunca, jamás, ha entrado a una cantina. Llega a la puerta del lugar y escucha el ruido, las conversaciones estentóreas, las risas, las burlas, la música de mala muerte. Sólo es empujar la mampara verde y entrar. Preguntarle a alguien por la cerveza de barril y para que llenen la jarra amarilla. Luego pagar e irse. Parece sencillo, pero algo no le permite hacerlo. Está petrificado agarrando la jarra, aterrado al pensar que debe entrar al lugar donde la gente sale cayéndose, diciendo leperadas y comportándose como payasos mal pagados.
No, no puede hacerlo. Imposible. Nadie se lo ha explicado, no lo sabe, pero lleva en la sangre el gen de su abuelo paterno que detestaba la cerveza y, peor aún, a los borrachos. Un abuelo que era el único, entre varios hombres, que no tomaba ni perdía la compostura ante el alcohol, que lo detestaba con todas las fibras de su ser. ¿Quién iba a decir que el más pequeño de sus nietos heredaría su fobia?
Al final, aterrado, regresa a casa y dice a su madre, en tanto le da la jarra amarilla vacía:
— No tienen cerveza de barril, se les agotó.
Su madre, amplia conocedora de sus siete críos, lo mira traspasando sus pupilas y le dice a quemarropa:
— ¿No hay peces en el mar? ¿No había cerveza o no la pediste?
El mutismo de su hijo, en una cara enmarcada por el pánico, le da la respuesta. Suspira resignada y enfrenta el mal humor de su cónyuge. No, no hay cerveza de barril, el negro Wacho no la surtió porque don Valentín Alonso, el cantinero, no se dio cuenta de que ya estaban vacíos los barriles. Sutil excusa que tuvo que tragar con su comida el padre, enfurruñado por tener un hijo que es copia al carbón de su padre, con todo y fobia.
Esa noche, arrullado por los frescos brazos de la hamaca, el niño da gracias a Dios y a todos sus angelitos porque no tuvo que entrar al infierno. Pobrecito, no sabe que 44 años después lo tendrá que hacer nuevamente para pelearse, rabiosamente, con los inmundos meseros incapaces de dar una mísera botana. No obstante, esa será la nueva fobia que heredará a su hijo.
— “¡Qué más!, cosas de la herencia y de las putas fobias” — concluye con resignación.




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