Ojo enamorado

Ojo enamorado
En tu mirada

sábado, 26 de marzo de 2022

AÑORANZA

 



FE DE ILUSOS

A Ucrania con profundo respeto. 

Por Eduardo Ruz Hernández


Aquel país, de larga política de neutralidad, se da cuenta que el mundo ha cambiado tanto que ya no está a salvo. Si bien cuenta con un ejército bien puesto, armamento convencional moderno y una orografía complicada que los favorece completamente, no está preparado para el cruento tipo de guerra que ahora se practica. El enemigo no se ensucia las manos haciendo que sus tropas terrestres, blindados y soldados, caigan tratando de tomar ciudades fortificadas. La aviación enemiga tampoco se pone en riesgo antes las bien puestas defensas que lo derribaban todo. Todo eso ha quedado atrás. Ahora misiles hipersónicos destruyen las ciudades y, cuando ya no queda nada en pie, se mueven los blindados para terminar de aplastar a los sobrevivientes. ¿Qué hacer ante aquellas armas que viajan a velocidades vertiginosas?

El avance de los ejércitos enemigos es inexorable. Lentamente se van comiendo todos los países vecinos y pronto llegaran a la frontera con su estela de caos y destrucción. Las principales autoridades se reúnen con la comunidad científica. Debe existir alguna forma de parar aquella execrable forma de destrucción. Todos opinan y cada quien dice lo que la lógica les dicta: construir misiles del mismo tipo para detenerlos en el aire. Imposible, son inalcanzables. Destruirlos desde sus bases. Impráctico, las bases están a cientos de kilómetros y pueden dispararse desde vehículos en movimiento, aviones, barcos y hasta submarinos. Construir un arma peor y atacar primero. No, va contra la naturaleza de la nación, sin contar con que no disponen de semejante tecnología. Murmullos, gritos, desesperación. Comienza el discurso de la rendición, tratan de salvar la dignidad del país preservando la esencia de su nación. Todos hablan, pero finalmente caen en la cuenta de que al enemigo no le importa nada de eso. Ya lo ha demostrado en Ucrania. La única forma de morir es peleando. Cualquier rendición o negociación siempre termina en la asimilación, esclavitud y destrucción de los pueblos.

Un gran silencio se hace.

—Solo queda cavar y sobrevivir como topos bajo tierra — sentencia el secretario de defensa.

Cuando todos parecen estar de acuerdo, resignándose a su cruel destino de exterminio, una suave voz se escucha. Un hombre muy delgado, de pelo revuelto, grandes anteojos y totalmente desconocido habla:

—Hay una opción, algo complicada, pero puede funcionar.

Un grupo de científicos lanza un bufido al reconocer quien habla. Es un hombre con ideas locas, gran inteligencia, pero nulos resultados: un pobre iluso. Expresiones de desagrado, descalificaciones, burlas plenas.

El presidente los hace callar:

—Cualquier idea es buena, por más disparatada que sea, si nos permite sobrevivir como nación…

Aquel hombre habla y bosqueja a grandes rasgos una manera de evitar el daño de aquellos cruentos misiles y la destrucción de las hermosas ciudades de su egregio país.

 

Llegan a la frontera. Avisan a las autoridades de aquel otrora país neutral que deben deponer las armas y rendirse si quieren sobrevivir. Silencio. No hay respuesta alguna. La frontera está fortificada y sus defensas a la vista, como indicando contra qué se enfrentarán si osan entrar. Avisan al comandante en jefe.

—Es de esperarse. Son necios, pero ya se comerán su orgullo cuando les llueva fuego del cielo. Deles un plazo de cinco horas y terminado el mismo comience el bombardeo de sus principales ciudades. Que no quede piedra sobre piedra.

Proceden a informarle a las silenciosas autoridades que deben rendirse en cinco horas o enfrentar la devastación de todo. Nadie responde. Siguen transmitiendo la orden cada quince minutos en todas las frecuencias y en los tres idiomas que se hablan en la región.

El tiempo pasa. Conforme se acerca el fin del plazo, las tropas invasoras se acomodan. Parece que van a disfrutar un espectáculo cinematográfico. Se verifican las coordenadas de las ciudades y programan los misiles. El armamento está listo para comenzar la función.

Al prescribir el tiempo se escucha la voz del comandante en jefe:

—Procedan.

Segundos después las estelas de luz cruzar el cielo. Imposible seguirlas, son tan rápidas que el ojo solo puede captar el lugar por donde ya pasaron. La tropa está a la expectativa esperando los estruendos, pero extrañamente nada ocurre. No escuchan las explosiones ni ven la devastación en forma de nubes, luces o fuego. Nada.

Los misiles siguen cruzando el cielo y el silencio de los blancos los intriga. ¿Qué demonios sucede?

—¡¡Estamos siendo atacados salvajemente!!¡¡Nuestra capital está ardiendo!! —grita irritado el comandante en jefe desde la capital del imperio invasor.

Llegan confirmaciones de las principales ciudades del enemigo. Han recibido poderosos impactos que devastaron todo. No comprenden qué está pasado. Sus satélites no han detectado ningún lanzamiento. Solamente los suyos. Para colmo, las ciudades que ellos han atacado están intactas.

—¡Esto no lo podemos permitir! ¡Destrúyalos completamente! —ordena perentorio totalmente de sí.

Se lanzan los misiles más potentes. En un parpadeo cruzan encima de las cabezas del ejército invasor, pero no hay impactos. La comunicación con el cuartel general se corta. Su capital ha sido completamente destruida. Están anonadados. ¿Qué ha pasado?

 

—¡Funciona! —gritan todos eufóricos. Nadie creyó que resultaría, parecía una locura, pero es un éxito total. El país está intacto y el enemigo se ha destruido a sí mismo.

El presidente, emocionado, abraza al delgado científico. Todavía no termina de creerlo.

—No entiendo cómo funciona su Campo de Intercambio Espacio-Temporal, pero lo consiguió. ¡Es usted un héroe! ¡Ha hecho algo extraordinario!

El hombre sonríe. Parece que ni él mismo se lo cree. Un aplauso atronador llena el lugar sobrepasándolo todo.

—Hay que reconocerlo —dicen sus pares— Hace falta tener la fe de los ilusos para conseguir el éxito.

Ellos también aplauden a rabiar.

El escuálido científico agrega humildemente.

—Solamente les devolví el mal que ellos mismos crearon. No tiene mayor ciencia…

 

 

jueves, 6 de enero de 2022

REGALO DE REYES 2022

 


Jueves 6 de enero de 2022.

 

EL FESTEJADO

Por Eduardo Ruz Hernández


La Rosca de Reyes debe siempre compartirse. Es algo que me enseña mi madre. Por eso, cuando en un café de la Plaza de San Marcos, en Venecia, estoy sentado en la única mesa disponible, no dudo en compartirla con una mujer que espera un lugar para sentarse.

Ella se niega, pero basta que le muestre el pan que llevo en una caja para que finalmente acepte. Los dos estamos de turistas y los dos, coincidencia de coincidencias, tenemos añoranza de nuestra tierra en ese bendito 6 de enero. Nada da más nostalgia que pasar días festivos en tierras lejanas.

Pedimos dos cafés con crema y nos disponemos a cortar la rosca, más bien un roscón español, con un pequeño cuchillo. El pan es una delicia culinaria de la repostería italiana dirigida a los numerosos turistas ibéricos. No soy español, pero aprovecho la maravillosa oportunidad para rememorar una añeja tradición familiar.

Debo confesar que primero comemos y después hablamos. Tanta es nuestro deseo de degustar nuestra nostalgia. Intercambiamos nombres y un breve repaso de nuestras actividades. Ella me dice, entre risas, que piensa que soy alemán o francés. Mi altura, barba y bigote, la confunden, amén de que por pasar largas temporadas dentro de archivos y bibliotecas mi piel es muy pálida. Pienso que es británica: de estatura mediana, piel bronceada, ojos azul grisáceos, hermoso pelo color negro azabache, habla un inglés deliciosamente perfecto. Para acabar de complicarlo todo, hablamos en italiano hasta que nos enteramos que somos originarios del mismo país. Es de risa.

Partir la rosca rememora situaciones familiares entrañables, al menos para mí. A ella la rosca le recuerda una abuela con quien solía pasar las fiestas de fin de año. Como yo soy el más nostálgico, me pregunta que tantos recuerdos me trae ese redondo pan. Con una sonrisa despliego un recuerdo muy especial, cuando mi madre me lleva a partir rosca con una provecta amiga suya, maestra de toda la vida, por quien siente un singular afecto.

Tendré siete años y aquello no implica nada interesante para mí. Vive la maestra en una pequeña casa en un rumbo alejado y hay que abordar un vetusto autobús para ir. Llegamos al comenzar la tarde y nos recibe con gran alegría. Hay un pequeño jardín, lleno de rosales, cuatro sillas de un vetusto comedor y la pequeña rosca encima de la mesa. Me sirve un vaso de leche con chocolate y alaba mi buen aspecto. En tanto, yo estoy más interesado en encontrar a su gato: un enorme felino color de caramelo llamado Turandot, que no tiene mucha simpatía por los niños.

Mirando por todos lados encuentro rápidamente el modesto Nacimiento sobre un mueble y un minúsculo arbolito a cuyos pies descansa un regalo bien envuelto. Habiendo pasado tantos días desde Navidad, día en que en mi ciudad se acostumbra dar los regalos, me extraña sobremanera aquel descubrimiento. ¿Quién no ha recogido su obsequio?

No encuentro al gato y regreso decepcionado a la mesa donde mi madre conversa alegremente con la gentil anciana. Después de un diálogo ininteligible para mí, al fin se levanta la anfitriona y regresa con un enorme cuchillo y tres platos. Me ceden el turno de cortar y saco, sin mayor esfuerzo, el único muñequito de la rosca. Al fin encuentro algo con que jugar. Sigue un tiempo interminable en que veo la televisión en tanto continúan la interminable plática.

Al llegar la hora de irnos, no puedo evitar preguntarle a la veterana educadora el motivo de aquel regalo abandonado a los pies del árbol. Ella suelta una alegre carcajada:

—Es el regalo del festejado.

Quedo desconcertado. ¿Qué festejado? Viendo la extrañeza dibujada en mi rostro, aquella gentil viejecita me conduce hacia la luz.

—A ver, ¿Qué festejamos en Navidad?

Como dándome la respuesta, me señala disimuladamente el humilde pesebre.

— El nacimiento de Jesús —respondo con aplomo.

—Pues bien, ese regalo es el que cada año dejo para él.

Aquello me deja perplejo. ¿Acaso el niño Jesús viene por su regalo? Eso nunca me lo ha dicho mi madre. Viendo mi confusión, vaya que sí es una excelente maestra, me explica:

 —El niño Jesús siempre agradece su regalo, pero como es muy generoso me pide que se lo ceda a un niño que en verdad lo requiera. Este año voy a aprovechar tu visita para pedirte el favor que tú lo entregues.

—¿Cómo voy a saber a qué niño dárselo? ¿El niño Jesús me lo dirá? —pregunto aterrado.

—¡Ah! ¡Tú vas a saberlo dentro de tu corazón! ¡No te preocupes!

Salgo de la casa llevándome un regalo que no tengo ni la más remota idea para quién será. Menudo problema. Mi mama camina a mi lado sin decir nada. Abordamos el autobús y cuando llegamos me hace caminar por diversas calles comerciales. Parece necesitar comprar algo.

—¿No se te ocurrió que el regalo podría ser para ti? —cuestiona mi compañera de partición de rosca— ¿Acaso eres tan inocente?

Tengo que admitir que sí. Nunca se me ocurrió. Recuerdo caminar con aquel paquete estrujándome una y otra vez la cabeza en tanto trato de adivinar a quién se lo entregaré. Pasamos junto a un mendigo que pide dinero y considero seriamente dárselo, pero no es un niño. Vemos algunos desventurados más pero tampoco califican para ser los afortunados.

Me están comenzando a doler los brazos cuando escucho el llanto de un infante. En la calle de enfrente hay una madre con su hija junto al escaparate de una tienda. La niña, menor que yo, llora a moco tendido en tanto la madre hace todo por apartarla de la vidriera para llevársela. Inútil, parece una pequeña boya atada al pavimento.

Miro a mi madre —ella me devuelve la mirada— y cruzamos la calle acercándonos a ellas. Me tiemblan los brazos. No tengo ni idea de qué hacer. Mi madre le pregunta algo a aquella señora y yo, como poseído por una extraña fuerza, le entrego el regalo a la chiquilla. La creatura queda paralizada y se le congela el llanto en la garganta. Mi madre me jala del brazo y nos alejamos rápidamente del lugar.

Estoy tan perdido en mis recuerdos que no me doy cuenta de la mirada asustada de mi compañera de café y rosca. Sorprendido, me disculpo sin entender por qué. No me contesta y estalla en llanto. Atolondrado me siento avergonzado. La gente nos ve pensando estar siendo testigos de algún tipo de violencia doméstica. La situación se pone peor cuando el mesero se acerca visiblemente preocupado por mi acompañante.

Ella tranquiliza al mesero con la mano. Sorpresivamente se levanta y me abraza con tanta fuerza que casi me tira de la silla. Lo siguiente que recuerdo es a los demás comensales estallando en aplausos. El universo se transforma cuando ella me dice pletórica de dicha:

—Yo soy esa niña.

Todas las mañanas del día de Reyes, después de cortar la rosca, contamos esta historia a nuestros hijos. Nunca se cansan de escucharla. El festejado también sabe dar muy buenos regalos.

miércoles, 6 de enero de 2021

REGALO DE REYES 2021

 


Miércoles 06 de enero de 2021.

 

 MUÑEQUITO SINIESTRO

 

Por Eduardo Ruz Hernández

 

Don Sebastián Escudero y de la Rocha mira anonadado el plato que tiene enfrente. En él reposan los restos del pedazo de rosca de Reyes que le ha tocado. Ahí, entre las migajas, un muñequito siniestro acecha. ¿De dónde demonios salió semejante engendró? ¿Dónde está el tierno niño Jesús que debió salir victorioso entre la harina de trigo fermentada y deliciosamente horneada? Mira alrededor observando a su esposa y a su nieta que conversan animadamente. Cómo extraña las tumultuosas reuniones familiares que eran la alegría de su vejez. Ya no puede ver a sus hijos y menos a sus nietos. Solamente convive con su esposa y su descocada nieta a quien la pandemia tomó por sorpresa visitándolos.

Don Sebastián deja las divagaciones y pregunta con voz profunda a la joven:

—Aurora, ¿dónde compraste esta rosca? Te han estafado. No trae niño Dios sino un horroroso esperpento.

La joven se ríe.

—Abuelo, es un extraterrestre, personaje de mi serie favorita. La compré porque me gusta mucho el tuchito. Regálamelo si no lo quieres.

El anciano valora las palabras de su descendiente y piensa qué debería decirle. Recuerda a su abuela, vestida siempre de negro, a quien acompañaba a la Iglesia y de quien mamó su acérrimo amor por la divinidad. Piensa en su madre, en su sonrisa amargada por la congoja, y en los rosarios que hacían juntos para paliar los terribles dolores causados por el cáncer que le carcomía los huesos. En su mente se comienza a configurar una dura diatriba contra ese insulto a las tradiciones religiosas de la familia.

Pero entonces —sin saber cómo— una pequeña luz se abre paso entre sus recuerdos. Se ve a sí mismo como niño. Está sentado en su duro pupitre de madera y la maestra está hablando. Es aquella viuda con dos hijos a quienes todos decían señorita Carmita, sin cuestionar siquiera su estado civil. Una maestra amorosa y buena que les enseñó el gusto por la lectura, que los llevaba al zoológico y les contaba historias maravillosas que sacaba de los diferentes libros de la Biblia. ¿Por qué se está acordando de ella cuando quiere ponerle una reprimenda de padre y muy señor mío a su atolondrada nieta?

La mente se le clarifica y parece estar escuchando aquella dulce voz que explica las intrincadas lecturas bíblicas:

—“También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor[Juan 10, 16]

La señorita Carmita aseguraba que Jesús se refería a la existencia de seres humanos en otros planetas a los que tenía también que redimir. Por algo aquel hijo suyo quería ser astronauta, y le escribió a la NASA para solicitar su ingreso. Pero no, terminó siendo sacerdote, y hace apenas tres años había sido nombrado Obispo de lejanas tierras.

Don Sebastián examina al muñeco de plástico y se da cuenta de que más que representar algo malo, esa creatura puede ser un signo de los tiempos que vendrán más tarde que temprano y que muy probablemente su nieta viviría.

—Está muy simpático el bichito y si no te importa lo quiero conservar.

Una sonora carcajada brota de la garganta de Aurora en tanto corre a darle un abrazo.

—Mi abuela pensó que te molestarías, que pontificarías que es un sacrilegio o cosas por el estilo, pero yo sé que eres un hombre inteligente y sabes ver más allá de las cosas.

Don Sebastián sonríe y palmea suavemente la cabeza de su amada nieta.

—Qué cosas dices muchacha, estoy viejo, pero todavía la sangre corre por mi cerebro.

Y en tanto toma un sorbo a su café —hirviendo como le gusta—, eleva una oración por su querida maestra que le enseñó a entender que Dios se hizo niño por todos, hasta por los siniestros extraterrestres…

 

 

 

Tuchito: De tucho, mono del género ateles, común en la región. Del maya xtuch. Por extensión vale también caricato y asimismo coco, fantasma, monstruo o espantajo, mayormente usado para meter miedo a los niños: "Pórtate bien porque si no viene el tucho".

jueves, 3 de diciembre de 2020

ESCAPE

 

MENJURJE DIVINO

Para el Angel que avivó la tinta

Por Eduardo RH

El insistente sonido de la alarma rompe los sueños. Es hora de levantarse, ir al baño a sacar todo aquello que sobra y lavarse la cara para borrar todo vestigio de dicha. Encaminase a la cocina para tragar algo y tener con qué sobrellevar la aridez de la jornada. Vestirse, cubrirse bien la cara y salir a jugarse la vida en el transporte urbano. Llegar al trabajo, saludar a los acompañantes de calvario, encender y poner en funcionamiento todo para que esté listo a las nueve en punto. El dueño llega 10 minutos antes a supervisar que estén en sus puestos y la mercancía disponible para la venta.

La hora llega y el ritual se cumple. Las puertas se abren y los empleados quedan a la expectativa temiendo que el mensajero de la muerte llegue disfrazado de cliente. Él es el encargado de recibirlos. Todos confían en su buen juicio para tomar la temperatura y descubrir los imperceptibles signos externos: alguna tos, un nerviosismo en los ojos, un ligero temblor. Es una responsabilidad muy grande. Ellos tienen familia que cuidar y nadie quiere llevarse la semilla de la desgracia al hogar.

Las horas pasan con aterradora lentitud. El tiempo no tiene prisa en irse, aunque los corazones cabalguen desbocados dentro de los angustiados pechos. Después de 10 tortuosas horas, un mal almuerzo y el intercambio de tres palabras con sus compañeros, al fin puede volver a casa. Otra vez debe embozarse, esterilizarse y cuidarse. Los autobuses urbanos son nidos infestados de chinches virales. No hay de otra, el riesgo está implícito en el regreso.

Es cosa de llegar, entrar por detrás, desnudarse y remojar toda su ropa en las cubetas preparadas para ello. Darse un baño cepillándose cada poro de la piel y cada hebra del cabello. Terminar agotado, devorado por el cansancio, y arrastrarse a la cocina a ver qué encuentra: dos panes duros y una salchicha congelada. Irse a la cama. No querer ver ninguna noticia en la televisión, ¿para qué?, todo es lo mismo: accidentes, guerras, huracanes, inundaciones, odios, protestas, tormentas, terremotos, violencia… y esa caterva de políticos empeñados en destruir el mundo y el pobre país donde vive.

Con manos temblorosas acercarse al preciado librero. Ahí reposan sus amigos, sus grandes compañeros que nunca le han fallado. ¿Qué leer hoy?: ¿la ficción infinita de Borges?, ¿la neurosis social e histórica de Vargas Llosa?, ¿el universo bíblico de Bashevis Singer?, ¿las historias polifónicas de Aleksiévich?, ¿la guerra entuértica de Grossman?, ¿o mejor las fantasías científicas de Asimov, Bradbury, Clark o Dick? Queda pensativo. Decide mejor intentar con los sueños de las bellas durmientes de Kawabata. Algo exótico, cercano a lo sublime.

Se acuesta y toma el libro como si fuera la mano de su amada. Lo abre y comienza a recorrer las palabras lentamente, una a una, sorbiendo su esencia hasta perderse en las honduras de un universo inexistente que solamente él puede recrear en su mente. Ya nada importa: ni el sucio y maldito trabajo, ni el desagradable sin sentido de la vida, ni la pastosa y ominosa muerte. Solo existe su ignoto mundo y él.

jueves, 9 de julio de 2020

PERSPECTIVA COVID


LIBERTAD
Eduardo RH

La paciencia se me agota. Años jugando con la idea de abandonar todo, escapar, y hasta este momento no me decido. No puedo negarlo: soy rehén del miedo, mi gran captor. Dejar todo lo conocido para irme detrás de una quimera es algo que no termina de convencerme, pero ahora no tengo alternativas. Las condiciones de mi encierro son insoportables. Aquella otrora amplia y confortable celda se ha convertido en una asfixiante oquedad. ¿Dónde quedó el ambiente tranquilo, la paz y el silencio que lo llenaban todo? El asfixiante calor y la estrechez de espacio me oprimen. No hay opciones, debo irme, escapar, huir hacia la libertad, aunque ello signifique abandonar todo lo conocido y perderme en la incertidumbre…

—Enfermera, desconecte al paciente. Tiene muerte cerebral y tenemos a tres muy graves esperando un respirador. El Covid 19 está ganando la partida.

domingo, 31 de mayo de 2020

INICIO



Por Ernesto de la Fuente

Estoy en cuarentena. Mi edad y el disfrute de una enfermedad previa me hacen candidato a ser parte del banquete de los gusanos si el virus me infecta. Lo sé y vivo cuidándome de todo y de todos.

Los días pasan y la angustia no cesa, crece y se agiganta. Estoy condenado a muerte, pero no sé cuándo vendrá el verdugo. Me imagino la tos carcomiéndome el pecho, la fiebre sofocante, el dolor mordiéndome el cuerpo, y la impotencia ante la asfixia. El aire entra a mis pulmones, pero el oxígeno no es recuperado.

Escucho la llamada a los servicios de emergencia, la sirena de la ambulancia, la cruel despedida, el hospital inmenso, lleno de contagiados, los médicos y enfermeras cubiertos como astronautas, ¿doctornautas?, la sala compartida con varios enfermos que luchan por atrapar un oxígeno que no les entra. Ruidos, sofocos, gritos y, lo peor, una inmensa soledad. Me he convertido en un apestado, un peligro para los sanos.

Cada momento la sensación es peor. Los médicos me rodean, su consenso es total: deben intubarme. Me niego, prefiero morir antes. No me preguntan. Me sedan y despierto bocabajo con un largo tubo introducido profundamente dentro de la tráquea. Lloro de impotencia en estado de narcotizada vigilia, pero la muerte no escucha mis ruegos.

Despierto sudando, buscando la pesadilla. Tengo la garganta seca por dormir con la boca abierta. Pasan trece meses y no me contagio. Me hago un estudio clínico, pagado de mi bolsillo, el cual revela que ya padecí la enfermedad, pero no experimenté mayores síntomas. A los tres días muero. Mi viuda insiste que en el acta de defunción diga como causa de muerte: Covid 19. El forense se opone pero ella replica:

De eso quería morir.

lunes, 6 de abril de 2020

CORONAVIRON


CUENTOS SOBRE EL CORONAVIRUS

Un escritor en cuarentena ¿qué puede hacer? Escribir sobre aquello que lo tiene encerrado. Es por ello que próximamente comenzaré a escribir cuentos sobre la tragedia biológica que amenaza la vida de quienes habitamos el planeta Tierra.

Ténganme un poco de paciencia, que muy pronto comenzaré.

martes, 4 de febrero de 2020

FÁBULA REAL


ENTRE OVEJAS Y LOBOS

Por Ernesto de la Fuente

En un lejano valle, perdido entre altas montañas, un rebaño de ovejas vive siempre atemorizado por una manada de lobos. Aquellas bestias son brutales y cada cierto tiempo, cuando el hambre aprieta sus insaciables estómagos, atacan y devoran cuanta pobre oveja se cruza en su camino. Por años, las ovejas han sufrido estos ataques y el rebaño está cada día más mermado, en tanto los lobos se incrementan más.
Cuando la situación es casi insostenible, una horrorosa noche en que los lobos atacan en masa y devoran a la mayoría de los corderitos, nace una oveja singular del vientre de una moribunda madre que muere desangrada con el cuello herido por feroz dentellada.
Aquella oveja, de grandes ojos y escuálido cuerpo, es llamada Agnus Magnus, debido a que no hace ningún ruido al nacer, no emite balido alguno, evitando de esa forma ser devorada por los fieros carniceros.
Crece con rapidez, pasando de borrego a carnero en breve lapso, como si sus ansias de vivir lo llevaran con prontitud a la adultez. Con suma atención observa el mundo de miedos perpetuos que circundan al rebaño. Los carneros dirigentes no ven solución ante el creciente sacrificio de numerosos integrantes del rebaño.
—La próxima primavera no quedará ninguno de nosotros —dice uno.
—Solo vivimos para alimentar a los lobos —sentencia otro con tristeza.
—Comemos más miedo que hierba —remata uno más.
Agnus Magnus escucha todo y medita su funesto destino. Parece que solo han nacido para ir muriendo cada noche esperando el inevitable ataque de los lobos.
Agnus Magnus no puede dormir. La noche luce espléndida, con millones de estrellas dispersando su luz a través del obscuro horizonte. Los grillos cantan alegremente llamando a la eterna necesidad del apareamiento. La vida sigue en tanto la muerte ronda. ¿Por qué las cosas deben ser así? Las ovejas no salen de noche, no solamente por cansancio o por falta de luz, sino porque el miedo es poderoso carcelero que inhibe cualquier conducta libertaria. Pero Magnus es diferente. No tiene miedo. Siente curiosidad y guiado por ella se encamina hasta la cueva de sus depredadores.
Lo que sus ojos ven y sus oídos escuchan lo marca para toda la vida. Los lobos están en asamblea y discuten los problemas de la manada. Ya son muchos y se dan cabal cuenta de que el rebaño —su preciado sustento— disminuye tanto que pronto se acabará y tendrán que abandonar el valle en busca de alimento. Dos bandos se forman: los que proponen tratar de encontrar solución al problema y los que porfían que nada sucede y no hay que lidiar con dificultades que aún no se presentan.
Lupus Sapientes defiende la pronta acción. Hay que encontrar otras alternativas de alimentación. Lupus Brutus es de la opinión contraria. No hay que crear problemas. La manada está confusa, las hembras claman por comida para las crías sin importar su origen.
La confrontación —como todos los pleitos entre lobos— concluye en una riña entre ambos. Lupus Brutus es más joven y fuerte, pero Lupus Sapientes tiene más experiencia en los enfrentamientos a dentelladas. La pelea luce pareja y quién sabe cómo hubiera terminado a no ser porque Agnus Magnus se hace visible y habla.
La manada de lobos —estupefacta— escucha el resoplido de la temeraria oveja y queda desconcertada: ¿qué hace una oveja en la sacrosanta guarida de los lobos? Todos los ojos y los fieros hocicos voltean ante el inocente carnero.
—Hermanos lobos —gruñe el susodicho— dejen de pelear. Vengo a traer un plan que dará solución a vuestros quebrantos alimenticios. Vengo a traer la paz.
Cientos de ásperos murmullos se escuchan. ¿Qué es aquello? Alguien quiere degollarlo, pero Lupus Sapiente lo impide.
—Oigamos al carnero. Si ha tenido el valor de venir hasta aquí, es digno de ser escuchado.
Y Agnus Magnus —cobijado por sus fieros verdugos— habla en la asamblea.


Los años pasan y la paz reina en el hermoso valle. El rebaño de ovejas vive con tranquilidad y en armonía con la manada de lobos. Las nuevas generaciones piensan que está paz siempre ha reinado y miran con recelo a los adultos que rinden honores al mítico Agnus Magnus, que hace años que marchó a las montañas. No entienden la profunda veneración que los mayores le tienen, ni comprenden cómo era aquella “época del miedo” de la que tanto se habla por las noches.
En esta nueva época —muy posterior a Agnus Magnus— nace Agnus Stultus, un corderillo extraño que no deja de balar y moverse tan pronto nace. Es ruidoso y pendenciero y pronto se hace notar en el rebaño. Conforme va creciendo, de borrego, encabeza los desmanes y desprecios a lo establecido. Hace ruido por las noches y se burla de las creencias de las ovejas mayores.
—Son chismes de viejas para asustar a los niños —dice mofándose de los temores reverenciales del rebaño y menospreciando los sagrados valores.
Su discordante voz encuentra eco en cientos de jóvenes borregos que lo siguen entusiasmados porque tiene el valor de enfrentarse a lo establecido. Es un líder nato y arrastra a la juventud en su rebeldía.
Cuando se convierte en carnero llega lo peor. Quiere gozar de los placeres de las hembras moriondas, pero se niega a aceptar sus responsabilidades de mardano. No, él está para lo placeres, no para hacerse cargo de corderitos. Huyendo de la presión del rebaño, convence a las hembras que no es obligatorio tener corderitos, que el sexo es mejor cuando se practica solamente por placer. Exalta que las hembras deban disponer de su cuerpo y deshacerse de los corderitos antes de que estos nazcan.
Aquello va contra todo lo que ha ponderado siempre el rebaño, contra las sagradas enseñanzas de Agnus Magnus. Muchos carneros apoyan sus extravagancias y numerosas hembras moriondas se niegan a ser madres. Es el caos. Hay confusión y desasosiego entre las ovejas. Su prédica no para hasta que le permiten aparearse con las hembras que quiera sin tener responsabilidad alguna con los corderitos que puedan nacer. Los dirigentes ceden en aras de que la población del rebaño no decrezca, pero no es suficiente para la oveja rebelde, quien sigue haciendo tropelías y plantando rebeldías cada vez que se topa con prohibiciones impuestas por las sagradas normas del rebaño.
Cuando la situación se vuelve insostenible por su alto costo social, los carneros dirigentes deciden conminar a Stultus para que marche a la montaña. Ya tiene la edad mínima requerida, además de ser la perpetua molestia que solivianta al rebaño. El carnero rebelde estalla: pontifica que es una estupidez el rito de “ir a la montaña”, los carneros en pleno vigor físico y mental no deben irse nunca. Su generación y las posteriores lo aclaman y le dan la razón.
Los carneros dirigentes están asustados. El orden social pende de un hilo y —lo peor— los adultos en edad de ir a la montaña se están negando a seguir la sagrada doctrina de Agnus Magnus. Una guerra civil está por iniciarse en el otrora pacífico rebaño.
—¿Qué vamos a hacer? —gimen angustiados.
Todos balan al unísono y un maremágnum de angustia recorre el lugar. El más anciano llama al orden y propone con temblorosa voz:
—Demos el poder a Agnus Stultus. No tiene caso que nos enfrentemos entre nosotros. Que sea él quien ahora gobierne el rebaño y enfrente las consecuencias.
El murmullo se hace insoportable, pero la idea va cuajando. Es eso o una inédita guerra que jamás se ha dado entre ovejas. Una por una las ovejas encargadas de preservar el statu quo aceptan resignadas la pavorosa propuesta. Agnus Stultus será ahora quien las dirija.
El rebaño está de fiesta. Han cambiado las cosas y Stultus manda. Las jóvenes exultan felicidad. Los adultos están llenos de incertidumbre. Lo primero que decreta el nuevo dirigente es la prohibición de ir a las montañas. Ya no es necesario. Son cosas superadas, se ha dejado atrás el pasado.
La fiesta dura varios días y todo parece ser felicidad. Nada ha cambiado y siguen pastando con placidez en el enorme valle. Pero una tarde todo cambia.
Un enorme lobo se acerca al rebaño. Los jóvenes lo miran estupefactos. Jamás han visto semejante animal. Solo en los cuentos se le menciona. El depredador pide hablar con los dirigentes. Le dicen que ya no gobiernan, que quien ahora los representa es Agnus Stultus, quien en ese momento no se encuentra disponible.
—Díganle que, si valora vuestra vida, vaya a verme a la cueva que está a la entrada del valle. Pero que no tarde mucho en hacerlo —remata mostrando sus bien afilados dientes.
El rebaño queda asustado. El monstruo de sus pesadillas se ha hecho presente.
Cuando Stultus regresa de su encuentro amoroso con la morionda de su predilección, el rebaño es un caos. El pánico se ha hecho presente. Los corderos lloran desconsolados, las hembras balan como si no estuvieran en el rebaño y los carneros están en silencio paladeando el dolor. Se ha roto la paz y la desgracia pude llegar en cualquier momento.
El flamante dirigente escucha en silencio la narración de la inesperada visita. En cada descripción que le hacen el lobo es más grande y más fiero. Es como si se multiplicara y agrandara ante el miedo que ahora corroe los corazones de todas las ovejas.
Stultus los tranquiliza. No pasa nada. Él irá a hablar con el lobo y todo se resolverá. Las ovejas lo aplauden y sonríen. Tienen fe en él. Son otros tiempos y se encontrarán nuevas soluciones.
Al día siguiente, Stultus sale en dirección a la cueva de los lobos, un lugar prohibido al que ni él se había atrevido nunca a ir. No puede negar que tiene miedo, pero a la vez siente un profundo desprecio por ese sentimiento que lo embarga. No puede aceptarlo. Es algo desconocido para su generación y no debe permitir que invada su corazón. Él es el dirigente de las ovejas y el miedo no forma parte de su vida.
Llega al lugar y siente un fuerte olor a muerte. Un enorme lobo sale a su encuentro mirándolo con desprecio. Gruñe mostrando sus bien afilados dientes.
—Soy Agnus Stultus, dirigente de las ovejas. He venido a hablar con ustedes.
El lobo mueve la cabeza y lo escolta dentro de la cueva. El sitio es enorme y Stultus observa con creciente horror los numerosos lobos que van saliendo de los diferentes ramales en que se divide el lugar.
Finalmente, al llegar al centro de la cueva —cercano a un oscuro pozo con agua— se detiene su acompañante y un gran lobo blanco sale de entre las rocas.
—Así que tú eres el nuevo dirigente de las ovejas. Vaya, hacía muchos años que uno de ustedes no venía a nuestra cueva. El último que lo hizo fue Agnus Magnus. Gracias a él hemos vivido en paz y armonía por largos años —Lo examina detenidamente y añade— Hasta que llegaste y rompiste los sagrados acuerdos que tenemos.
—¿Cuáles acuerdos? —preguntó la oveja que obtuvo el poder sin conocer sus vericuetos.
—Agnus Magnus nos convenció de dividir la manada. Una gran parte salió del valle y se fue a vivir al bosque, y la otra se quedó aquí a vivir en paz con ustedes. A cambio, el rebaño nos ha provisto de alimentos.
—¿Qué alimentos?
—Suenas muy ingenuo para ser el líder…
—Bueno —trata de recomponerse— yo también puedo ver cómo proveerlos de alimentos. Hay otros medios…
—Me agrada ver tu disposición a negociar, porque la manada del bosque volvió con nosotros.

Cuando Agnus Stultus regresa de la cueva tiene su lana manchada de negro. Todo el rebaño lo observa con asombro: Nunca han visto una oveja negra. Stultus les dice que no tienen nada de qué preocuparse.
—Los lobos se han portado bien conmigo. Nos respetan. No habrá guerra entre nosotros. No obstante, para firmar un nuevo tratado, han pedido que una delegación de carneros vaya conmigo para completar los nuevos acuerdos. Le he ofrecido que nuestros antiguos dirigentes estarían más que gustosos en participar.
Nadie pone objeción, ni siquiera los interfectos. Hasta ese grado ha llegado el conformismo y la confianza ciega en el nuevo líder.
Al día siguiente la delegación de ovejas parte hacia la cueva. Sobra decir que el único que regresa es Stultus, y lo hace con la lana aún más negra.
—Hemos firmado un nuevo tratado y como signo de nuestro compromiso, la delegación se ha quedado a trabajar en la cueva. Regresarán después de un tiempo.
Pero nunca vuelven, y después de un tiempo Stultus convoca a varios de sus seguidores a una excursión a las montañas. Les dice que irán en busca de las ovejas que por años se fueron ahí. Numerosos incautos lo acompañan. Días después Stultus regresa nuevamente solo.
—Hemos encontrado a nuestros compañeros que se marcharon a la montaña. Viven muy felices en una aldea que han fundado en la cima. El lugar es tan maravilloso que los que me acompañaron no han querido regresar. Es de lo mejor.
Tres excursiones más a tan paradisiaco lugar y las reservas de carneros se agotaron. No quedan machos en el rebaño, solamente hembras y corderitos. En el siguiente paseo lleva a las hembras de mayor edad que no son fértiles. Las convence de que se encontrarán con sus padres y esposos que ahí viven.
Cada vez que Stultus regresa, su vellón se hace más negro, formando una especie de costra dura que lo envuelve. Las moriondas ya no quieren estar con él, les repugna su color y su hediondo olor. Además, cada día les resulta más difícil creer en sus notorias mentiras. Nada de lo que dice tiene trazas de ser cierto.
Cuando Stultus convoca a una nueva excursión a las montañas, nadie quiere ir con él. Entonces tiene la pérfida idea de engatusar a los corderitos —a espaldas de sus madres—, para que lo acompañen. Aquello es el acabose. Cuando las madres se dan cuenta de que se ha llevado a sus hijos, montan en cólera y corren tras ellos.
Su apremio es inútil. Cuando llegan, son testigos de cómo el pérfido patán los entrega a los hambrientos lobos. Vuelven llorando al rebaño para contarlo todo. Cuando Stultus regresa no encuentra a nadie. Todas se han marchado. Prefirieron irse a quedarse a mal morir.
Stulus, horrorizado, se inquieta pensando en que hará cuando los lobos le requieran más donativos de ovejas. Pero no tiene que pensarlo mucho tiempo, ya que al día siguiente toda la manada ocupa el valle y cerca su casa. No, no queda nada de él: ni la negra lana, ni hueso alguno.
Las sobrevivientes escapan del valle por el sendero secreto —cuya existencia le es revelada por el sagrado libro de Agnus Magnus— refugiándose en las aldeas de los humanos, quienes las reciben con agrado metiéndolas en grandes corrales cuidados por fieros perros. Están felices de vivir sin miedo, protegidas, y si bien deben parir cada que pueden, permitir que les quiten la lana, y de cuando en cuando —cuando poseen abundantes carnes— desaparecer en misteriosos viajes, no pueden quejarse. No son rehenes de los lobos ni mercancía para trueque de políticos sin escrúpulos.
Por eso, si algún día pregunta a alguna oveja que fue de sus tiempos de libertad en el valle escondido, no espere escuchar como respuesta más que un tierno balido. Y es que han olvidado a aquella malvada oveja negra ¿O usted si la recuerda?





lunes, 6 de enero de 2020

REGALO DE REYES 2020




Lunes 6 de enero de 2020.

 LA GRAN FIESTA DE LOS MUÑECOS

Por Ernesto de la Fuente

Mientras algunos iniciaron el año con grandes esperanzas o enormes alegrías, otros lo hicimos con la amarga tristeza de ver partir a un ser amado. Mi abuelo, otrora médico notable, se fue sin grandes aspavientos aprovechando los festejos y dejando a mi madre la amarga dicha de tener que despedirlo sola, ya que mis tíos estaban de viaje. Yo tampoco pude estar ahí. Una visita a la tierra de mis ancestros me alejó de acompañar el ataúd a la última morada de aquel egregio hombre, compañero de mi infancia y a quien debo el gran amor que tengo a los libros y a las letras.
Decir abuelo para mí es rememorar las horas que pasamos juntos en su biblioteca explorando libros y leyendo cuentos. Su voz —grave y profunda— daba un toque inolvidable a las lecturas que me hacía. El ser solamente hijo de mi madre, hizo que mi abuelo nunca me desamparara. Otros tenían padre, yo lo tenía a él.
Regresé tres días después de su entierro, en la víspera del Día de Reyes, grata fecha de profundas connotaciones familiares ya que ese día era precisamente su cumpleaños. Siempre dijo que había sido un regalo de reyes para sus padres, y vaya que se esforzaba en denotarlo con las magnas celebraciones que organizaba. Todo el mundo lo festejaba. Se pasaba días cortando roscas con familiares, amigos y, sobre todo, con legiones de fervorosos pacientes agradecidos.
Esta vez es distinto. Estoy solo con mi madre en casa y he comprado una rosca pequeña en su recuerdo. Sobra decir que soy yo quien encuentra el muñeco, pero no escuchamos sus alegres carcajadas, solo el silencio de las lágrimas que inundan nuestros ojos y hacen que comamos  rosca empapada en la tristeza de su ausencia.
Terminando la “celebración”, cuando el dulce sabor del pan se pierde entre la sal de la amargura, mi madre me lleva a la biblioteca del abuelo para entregarme una gran maleta negra, que no es tan pesada como voluminosa.
—Te la dejó el abuelo  —dice como explicación y se marcha dándome a entender que el contenido es solo de mi incumbencia.
Con cuidado abro la maleta: resulta ser un contenedor de ampolletas. Filas y filas de pequeños botellitas de vidrio con su correspondiente tapón de corcho. Parecieran  medicamentos. Tomo una y con gran sorpresa veo su contenido: un muñeco pequeño, de los que se usan para rellenar roscas. El frasco está numerado. Reviso minuciosamente toda la maleta y constato que hay 400 frascos, de los cuales solamente 334 están numerados. Los voy sacando en estricto orden y contemplo los muñecos que contienen: son muy diferentes y representan diversas épocas.
Se me viene a la mente los frascos que vi de fetos conservados en formol en algún museo. ¿Para qué demonios guardaba mi abuelo estos muñecos? Reviso mejor la maleta y hallo al fondo una libreta ajada de pasta azul. La saco y encuentro en ella la explicación que necesito. Ahí, en letra gótica muy bien dibujada —que no parece de médico— hay anotaciones: Un número, la fecha y una breve explicación.
Un cuaderno de recuerdos. Mi abuelo anotó la fecha, el lugar y las personas con las que estaba cuando cortó la rosca y le salió el muñeco. Un tesoro, un enorme tesoro de recuerdos. No reconozco a las personas de las primeras anotaciones. Deben haber sido amigos o familiares de quienes nunca escuché. En la rosca 13 aparece el nombre de mi abuela. Para la 72 está el nombre de mi madre y para la 233 el mío. Es algo invaluable: fragmentos de la vida y felicidad de mi abuelo.
Las lágrimas acuden a mis ojos y empañan mi visión. Saco el muñeco que acabo de encontrar en la rosca, busco el frasco que sigue, escribo el número consecutivo —335— y procedo a escribir en la libreta la fecha, los participantes —mi madre y yo— y asiento como resumen de la reunión:
—“Primera rosca de reyes sin ti”.
Y agrego con letra vacilante:
—“Me dejaste en herencia las 334 ocasiones en que encontraste la felicidad a través de una rosca. Me obsequiaste la gran fiesta de los muñecos. Ahora soy dueño de tus recuerdos.”