Ojo enamorado

Ojo enamorado
En tu mirada

martes, 6 de enero de 2015

REGALO DE REYES 2015


REY QUIQUE
Por Eduardo Ruz Hernández

Acabamos de regresar de Valladolid, una hermosa ciudad colonial enclavaba en la Península de Yucatán. Fuimos en busca de descanso, y nos encontramos una interesante historia que, si no lo hubiéramos escuchado de labios de quien la vivió, diríamos que es sólo un cuento. Resulta que una de las cosas que más nos gusta hacer en Valladolid es caminar por las noches por la Calzada de los Frailes, una calle en diagonal que inicia en un lugar conocido como “Las cinco calles”, y termina en el convento de San Bernardino de Siena, en el barrio de Sisal. Es una calle con profundo sabor colonial, pletórica de historia y de recuerdos.

Tan pronto caía el sol, mi esposa y yo nos encaminábamos hacia ahí y disfrutábamos el lento caminar por entre sus altas casas. Al llegar al parque, junto al enorme atrio del convento, nos tomábamos un cafecito en un romántico puestecito en forma de carreta de madera, que diariamente ofrecía la bebida caliente en tanto se disfruta de la noche y de un carrusel movido por los hábiles brazos de un obrero. Una delicia de momento. Los niños correteaban en el atrio y terminaban cerca de nosotros enamorando a los caballitos de madera. Las gratas noches yucatecas se llenaban de alegres risas y ruidosas pisadas. Luego, cada hora, veíamos llegar un autobús turístico que vomitaba sus curiosos visitantes que merodeaban al arte sagrado del convento.

Desde el primer día de nuestro singular periplo, nos fijamos en un ancianito que “tomaba el fresco” en una silla del parque, cerca de la cafetería ambulante, vistiendo una alba guayabera y un sombrero de los que ya no suelen verse por estos lugares. Pasado un buen rato, un silencioso enfermero, distinguible por su pulcra bata, se acercaba a él y lo ayudaba a incorporarse para luego irse caminando a paso muy lento a una cercana casa del rumbo, casi en frente de una casa maya que aun adorna los alrededores del barrio de Sisal.

El tercer día de verlo tan sólo, algo nos movió a acercarnos a él y acompañarlo. Tal vez fue que nos acabamos pronto el café o que habían demasiados niños dando vueltas en los potrillos de madera. Nos sentamos a su lado y nos saludó con una leve inclinación de cabeza. No recuerdo ni siquiera cómo comenzó la conversación, pero en breve nos estaba contando su vida. La cual, justo es decirlo, se nos hizo muy interesante.

Aunque el ancianito parecía más yucateco que el chile habanero, nos aclaró desde el principio que él era yucateco por adopción. “Tomé agua de pozo” -nos dijo sonriendo- “En la mano de la mujer más hermosa que ustedes pudiesen imaginar”. Provenía este buen hombre de lejanas tierras y por azares del destino había llegado a Valladolid en una época en que sólo se podía llegar a Yucatán en barco. “No había autobús que llegara por estas tierras, y mucho menos tren”. El avión era para ricos y había que pasar la vergüenza de tener que ser pesado, como bulto, antes de poder abordarlo. “Eran aviones de hélices, pequeños y escandalosos” -nos contó entre risas.

¿Qué vino a hacer a esta lejana ciudad? Es algo que ni él mismo lo sabe, ya que fue su padre quien lo trajo siendo él apenas un jovencito. Como no tenía gran cosa que hacer, ya que su padre se iba a realizar sus negocios en los pueblos cercanos, él se dedicaba a recorrer el lugar y, más por ociosidad que por devoción, entraba a cuanta iglesia se encontraba. En una de ellas, “la de San Juan”, descubrió a unas señoritas que preparaban niños para su Primera Comunión con la ayuda de unas graciosas monjitas, que en aquella lejana época vestían unos hábitos impresionantes que hacían temblar el calor de estas tierras. Entre la belleza de las muchachas y la singularidad de las monjas (él pensaba que sólo en los conventos vivían monjas y que nunca salían) se aficionó a ir a la mencionada iglesia. Para que no lo vieran raro, se encubrió con un rosario que compró a las puertas de la Iglesia de San Servasio.

Varios días estuvo yendo hasta que una de las religiosas se le acercó y, dada sus muestras de “piedad”, lo involucró en las actividades. Fue así como conoció a las simpáticas señoritas e hizo amistad con ellas. “Fueron tiempos hermosos”- nos dijo con una sonrisa. Claro que él ya le había echado el ojo a una chica e hizo hasta lo imposible por conseguir su atención. “Era una mujer en verdad hermosa. Llena de vida… y de fe” -nos dice suspirando. “Yo no le caía muy en gracia, ya que para ella era un vulgar huach, un simple foráneo despreciable”. Los tres nos reímos antes sus palabras. “Pero yo estaba dispuesto a todo con tal de conseguir su cariño”.

Resulta que las primeras comuniones pasaron y él siguió frecuentando la Iglesia y el grupo apostólico que habían conformado las monjitas, las cuales se habían ido a misionar a otros lugares. Su padre decidió quedarse en Valladolid, sus negocios prosperaban, y le había conseguido un trabajo para ocuparlo, pero él sacaba tiempo para ir a la iglesia a ayudar en lo que se pudiera, con tal de estar cerca de su adorada Teresa, que así se llamaba su dulce dama. El sacerdote encargado de la iglesia les había pedido que visitaran comunidades marginadas cercanas a Valladolid, pero abandonadas por las autoridades. Ya había pasado la Navidad y no encontraban una actividad que motivara a los pobladores de un lejano pueblito situado a dos horas de Valladolid por camino malo. Entonces a él se le ocurrió que bien podrían celebrar el Día de Reyes.

La idea no cayó muy bien al principio, ya que en Yucatán no estaba muy arraigada esa celebración, pero al Padre le gustó la idea. “Los santos Reyes fueron los que le llevaron regalos al niño Jesús” -les explicó el sacerdote- “Nosotros podemos hacer lo mismo”. Entonces él, para impresionar a Teresa, propuso conseguir una Rosca de Reyes. Todos lo miraron extrañados cuando dijo eso, ya que nadie en Yucatán tenía ni sabía de esa ajena costumbre, que era algo más propio del interior del país y de los migrantes españoles. Él les explicó en qué consistía y se comprometió a conseguirla, algo fuera de toda lógica dada la lejanía de Yucatán con el resto del país.

Pero don Enrique, que así se llamaba el ahora viejito, la consiguió. Fue un plan con maña, ya que su padre, descendiente de españoles, había encargado una a la metrópoli. Sólo hubo que pedir que duplicaran el pedido e ir a buscarlas a Mérida, con dos días de anticipación, en que llegaron como carga en los avioncitos. Ni que decir que aquello había costado una buena suma, pero su padre la pagó muy contento de verlo tan trabajador e involucrado en las cosas del Señor. “Luego se molestó conmigo cuando supo que mi religiosidad tenía faldas”-nos dijo muerto de risa.

Pues allá fue el grupo apostólico el 6 de enero a esa lejana comunidad campesina maya a llevar regalitos para los niños, el mensaje de salvación para los adultos y una extraña y desconocida Rosca de Reyes para la comunidad. “Tere no me quitaba los ojos de encima durante todo el camino. Claro, no era porque me hubiera aceptado, sino porque yo llevaba la rosca en una caja bien cerrada y ella se moría de ganas por verla”. El camino fue accidentado, ya que no estaba pavimentado, sino era de simple tierra y muchas piedras. “Íbamos en tres camionetas, pero acabamos en dos cuando a una se le rompió el eje. Estábamos apretujados y yo feliz de tener a Tere junto de mi”.

Su llegaba a la población atrajo la atención de todos sus habitantes. “Serían unos 150, muy pobres todos. Nos recibieron con desconfianza, aunque conocían al Cura que hablaba muy bien la maya. Fuimos a la iglesita, medio derruida, y el Padre comenzó a hablarles. Nosotros invitábamos a los niños a venir, pero ellos no se despegaban de las faldas de sus madres, unas mestizas muy serias con sus hipiles descoloridos.”

La misión no marchaba nada bien, por lo que el joven enamorado, desesperado por atraer la simpatía de su dama, le pidió al sacerdote que tradujera lo que iba a decir. “Ya ni recuerdo lo que dije ni mucho menos sé lo que el Padre dijo en maya, pero el resultado fue sorprendente. La gente se interesó por conocer el contenido de la caja. Creo que entendieron que era algo así como pan de reyes”. Al abrir la caja todos quedaron como hipnotizados por la gruesa rosca. Alguien trajo un cuchillo, y un integrante de cada familia pasaba a cortar un pedazo. “Eso fue maravilloso”-comentó el anciano- “Ni los regalos, ni la oratoria del cura lograron moverlos tanto como la rosca. La comían con devoción y tierna curiosidad, pero el clímax fue cuando salió el primer muñequito hecho de cerámica. No hombre, los chiquitos brincaban de felicidad. Todos querían un muñequito aunque sólo a tres les tocó”.

Don Enrique sonríe con beatitud. Luego se queda callado saboreando esos gloriosos recuerdos. “¿Y qué pasó después?”-inquirimos picados por la curiosidad. El anciano sonríe y nos comenta. “Pues que como vieron que yo hablé y el Cura les dijo que yo había llevado la rosca, pensaron que yo era una especie de rey que les regalaba mi pan. Y los niños me empezaron a decir: Rey Quique, ya que los compañeros por llamarme Enrique me decían Quique. Y así pasé de Huach Quique a Rey Quique”.

La historia estaba en verdad interesante y teníamos ganas de que nos siguieran contando sus aventuras en esas lejanas épocas, pero su enfermero llegó y entendimos que le quedaba poco tiempo en la banca. Don Enrique le sonrió a su fiel ayudante e hizo ademán de incorporarse para irse. Con todo, mi esposa no pudo evitar preguntarle: “¿Y Teresa?”. Don Enrique sonrío radiante: “Se casó conmigo. Nos fuimos a Mérida unos años, luego a Guanajuato, pero al final regresamos… uno siempre regresa al lugar donde fue feliz.” Y añadió con tristeza. “Por sesenta años fui el hombre más feliz sobre la tierra, pero Tere ya se fue y  me quedé aquí venerando su ausencia”.

El enfermero la sujetó suavemente del brazo y lo ayudó a incorporarse. Don Enrique se levantó, se arregló la guayabera, agarró su bastón e inclinó ligeramente el sombrero como despedida. Dio unos pasos y volteando nos dijo: “Este fiel y maravilloso enfermero es Julio, mi ahijado, hijo de uno de aquellos niños que se sacó un muñequito…

El buen hombre le recriminó dulcemente: “Vámonos Don Rey Quique, debe tomar su medicina, ya se nos hizo tarde”. Y con paso lento se fueron alejando. Mi esposa y yo nos abrazamos en tanto las sombras de la historia poblaban la fresca noche en Valladolid…

     

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