Ojo enamorado

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En tu mirada

martes, 8 de mayo de 2018

SUEÑOS PERDIDOS


CAMINO

Por Eduardo Ruz Hernández

Salen de la iglesia colonial y miran el parque en donde se levanta la estatua a la madre. Sienten la urgencia de huir. Fieros sicarios los persiguen. Le da la mano a su esposa y caminan presurosos por las calles. Buscando multitudes se dirigen al mayor mercado de la ciudad. Muchedumbre por todas partes, sonido estridente de música, miles de voces promoviendo diferentes artículos, desde fruta hasta comida y calzado.
Moverse, confundirse entre la gente, hacer distancia entre ellos y sus sanguinarios perseguidores. Entran al mercado donde los estrechos pasillos se convierten en ratoneras pletóricas de personas que van y vienen. La mujer lo guía y él la sigue en completa sumisión. ¿A dónde más podrían ir? Los pasadizos laberínticos se van cerrando y llegan a un escondido negocio. Una mujer asiática —¿china, coreana, japonesa, filipina? — los recibe con una cordial sonrisa. Entran —hay varios sillones y un aroma extraño en el ambiente— y los invita a sentarse.
Su compañera cruza unas palabras con la encargada, quien mueve la cabeza en señal de asentimiento. Requieren quitarse los zapatos y calcetines. El hombre protesta: ¿cómo van a huir sin zapatos? Su mujer —con la mirada— lo incita a obedecer. La encargada trae dos recipientes de cerámica para que introduzcan los pies. En jarras de porcelana acarrea agua caliente para llenarlos. El hombre está nervioso, se siente terriblemente vulnerable.
La suave voz de la señora camboyana los conmina a cerrar los ojos. Obedecen.
—Imaginen el mejor sitio en donde podrían estar en este momento. …
Una playa con el cielo azul plagado de blancas nubes. El mar frente a él, infinito y de color turquesa. Las olas rompiendo suavemente en la playa, de fina arena, en tanto el viento mueve las ramas de cientos de palmeras. Está cómodamente sentado en una silla de tela, escuchado los sonidos que lo envuelven y adormecen: el mar lamiendo la arena, la brisa jugando con su cabello, las palmeras moviéndose bajo el sol, los graznidos de las gaviotas buscando alimento…
No hay lugar para la angustia y mucho menos para el miedo. Mira a su alrededor y encuentra a su esposa recostada en un camastro. Comprende —sin que nadie se lo explique—, que la imaginación de ella ha embonado con la de él, y que están compartiendo el mismo ensueño. Su mente toma posesión de la dicha de estar ahí y pierde contacto con el sillón, el agua caliente que moja sus pies desnudos y la dama vietnamita que aún le habla…


Entran violentamente al local y miran con recelo a su alrededor. Solo hay algunos sillones y una mujer extranjera. Sin mediar palabra, revisan el negocio abriendo puertas, mirando por debajo de los muebles y golpeado el piso con los zapatos. No, no hay nadie. El que los dirige ve su celular y confirma la ubicación. Deberían estar ahí. Vuelven a examinar y corroboran lo obvio: no están. Se miran confundidos y deciden irse. La dueña recoge los dos pares de zapatos guardándolos en un armario, donde yacerán olvidados —por siempre—junto con varios cientos más…





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