Ojo enamorado

Ojo enamorado
En tu mirada

martes, 30 de noviembre de 2010

DE LAS RELACIONES DE PAREJA

PARA VIVIR CONTIGO
Por Ernesto de la Fuente

La conocí en una aburrida clase de Historia del Arte, a la cual me había inscrito para complacer los tontos deseos de mi jefe, quien deseaba redecorar la oficina con cuadros de talentosos pintores. Claro, tuve que asistir a las clases fuera de mi horario de trabajo ¿pues acaso creen que el jefe me hubiera permitido gastar mi valioso tiempo laboral en eso?

No me dormía, porque me entretenía mirar sus hermosos ojos color verde. Parecían dos pedacitos de mar incrustado en sus pupilas. Lo más enigmático es que, conforme la fui conociendo, me di cuenta que el color cambiaba de acuerdo a su estado de ánimo, al tiempo o a las fases de la Luna. Por lo que era siempre una dicha observarlos.

Como comprenderán me aferré a estar junto de ella tanto tiempo como me lo permitían las aburridas tareas, los insulsos exámenes o las interminables explicaciones de la maestra, tan enamorada del arte como yo lo estaba de la dueña de los ojitos verdes. Lucía, se llamaba Lucía, que en el mismo nombre conllevaba la dicha de su belleza.

Hice circo, maroma y teatro para poder ganarme su confianza y sacarle una cita para visitar un museo con algunos otros compañeros, que ni tardos ni perezosos comprendieron que andaban de comparsa y se fueron diluyendo entre las salas de arte para dejarnos solos. Oh, por Dios. Fue algo más que difícil lograr que me prestara atención, ya que estaba absorta en realizar la tarea que nos habían marcado. Hueso duro de roer, tuve que insistir una y otra vez para que me hiciera al menos un poco de caso.

Creo que fue mi sonrisa la que la cautivó, con la mala fortuna que soy de poco sonreír. Terminado el maldito curso, tuve que tomar otro más avanzado, ya por mi cuenta, para no perderla de vista. Y así en una casi infinita sucesión de tareas, proyectos y visitas, a las cuales me fui acostumbrando y llegué a realizar con mucha práctica. Con eso logré ser siempre el designado para conformar sus equipos de estudio y trabajo.

Llevaba ya dos años invertidos en el arte, que más bien era el arte de enamorar a Lucía, cuando al fin conseguí que saliera sola conmigo al cine a ver una película… de arte. No voy a negar que lo nuestro ya se había convertido en una simpática rutina que nos alegraba las tardes grises de nuestras vidas, pero uno no puede vivir de cotidianas rutinas sin terminar hastiado y en vías de momificación.

Al terminar nuestra veintiúnica clase, sucedió lo inexplicable, ella me invitó a su casa a celebrar y concluimos celebrando en la cama bañados de vinos y más borrachos que muertos. ¿Sexo? Bien gracias, no hubo nada. Ella quería casarse bien y no toleraba juegos con aspectos tan sagrados como la reproducción.

Mi curriculum no ayudaba: era viudo y doblemente divorciado, eso sin contar las numerosas parejas que habían pasado por mi vida. Por algo le llevaba 10 años. Por supuesto, a mi favor tenía que desde que se me metió entre ceja y ceja no había vuelto a salir absolutamente con nadie. Creo que ya hasta se me había olvidado que era el sexo. Hubo serias deliberaciones al respecto hasta que ella claudicó un día en que de plano me puse a llorar como un niño ante su negativa a vivir conmigo.

Nos casamos y nos fuimos a vivir a su casa. Bueno, hasta el más torcido se endereza con una mujer como Lucía. Tenía un carácter muy pacifico pero era de ideas firmes. Lo que era azul tenía que ser azul y me cargaba la tiznada. O sea, con ella no había medias tintas. ¿Y cómo no habría de ser así, si su papá era médico y para colmo militar? Todo ordenado, todo concreto, todo lógico. Bueno, no voy a negar que lo intenté, pero no me percaté del enorme embrollo en que me metía.

Los días dieron paso a las semanas, los meses y después los años. Llevábamos una relación sólida y agradable en que ella se desempeñaba como decoradora de interiores y yo como empleado de una empresa multinacional que estrangulaba todo y a todos con sus productos. Yo era una simple rueda de aquel engranaje. No obstante, no hay nada perfecto.

Comencé a percatarme que las cosas no andaban bien, cuando mis actitudes empezaron a ser cuestionadas una y otra vez por Lucía. Cosas tan sencillas como el color de la taza de café, la ración de frutas, la servilleta de la cocina o el lugar donde ponía la pasta de dientes, comenzaron a dar pie a diatribas y debates de alto vuelo. Al principio aquello me divertía, pero poco a poco fue abrumándome ya que ella tenía una capacidad asombrosa de indicarme cuales habían sido mis preferencias anteriores. El ¿por qué ahora usas una taza negra para tu café cuando por 3 años, 11 meses y 12 días utilizaste una amarilla?, se volvió un sonsonete repetitivo en todas y cada una de las cosas que hacía, desde bañarme (¿con la puerta abierta o cerrada?)  hasta dormir (¿con la almohada alta o la baja?). No comprendía ese afán de discutir por nimiedades.

Pensé recurrir a un terapeuta de pareja, pero el sólo pensar que me llevaría con algún amigo médico militar de su padre, me produjo un escalofrío. Así que no tuve más opción que quedarme en casa un día  para tratar de desentrañar los por qués de su comportamiento. Bueno, la verdad es que me quedé a arreglar el closet porque ya no cabía mi ropa y quería acomodar todo antes de una nueva discusión dialéctica. Fue entonces que encontré el libro de pastas verdes en su closet. No fue a propósito, simplemente buscaba una bolsa y me topé con él.

Cuando lo abrí, no pude menos de sentir un escalofrío en mi espalda. Era, ni más ni menos, que un Manual, un manual en donde me describía punto a punto y pelo a pelo. Lucía, mi esposa, a falta de hijos, se había dedicado concienzudamente a estudiarme. Tenía anotado todos los aspectos inimaginables acerca de mi persona y, sobre todo, acerca de mi comportamiento. Recuerdo que en ese momento pensé que era algo patológico y que me había casado con una loca peligrosa que, en cualquier momento, me podría asesinar con cualquiera de las tres almohadas que teníamos en la cama.

Pero no. Reflexioné y me percaté de la enorme cantidad de incongruencias que existían en mi comportamiento. No era constante, era errático en mis decisiones, gustos y costumbres. Yo era la que la estaba volviendo loca a ella con mi comportamiento incoherente. Rápidamente me encaminé a una empresa donde fotocopiaban documentos e hice una copia del libro verde, el cual deje religiosamente en su santo lugar.

Los siguientes días me la pasé estudiándome a mi mismo. Luego de leer con detenimiento lo que mi esposa había escrito de mi, comprendí en por qué de mis fracasos matrimoniales y hasta de mi propia viudez. Con mis actitudes poco comprensibles, desquiciaba a las mujeres y las hacía detestarme. Si, no fue fácil llegar a esa conclusión, pero es que Lucía no era una mujer cualquiera. Era el sueño de todo hombre cabal y yo no era tan estúpido como para tirar mi matrimonio por la borda.

Así que, libro en mano, me dediqué a tener un comportamiento definido y estable. ¿Qué si fue fácil? Para nada, fue de lo más difícil que puedan imaginarse. Pero creo que lo logré porque Lucía dejó de atosigarme y comencé a verla tranquila y feliz. Sus ojos adquirieron una bellísima tonalidad verde dulce y nuestra vida matrimonial alcanzó algo así como un preludio al paraíso.

Todo hubiera sido perfecto a no ser porque la fotocopiadora donde dupliqué el libro era digital. La maldita máquina guardó una copia de lo fotocopiado en su disco duro. La máquina se descompuso y, en lugar de repararla, decidieron venderla. El que la compró, debido a que el modelo era algo especial, decidió deshuesarla y venderla por piezas. Y un desgraciado pirata cibernético compró el disco duro, lo escaneó y encontró muchas cosas interesantes en la memoria, entre ellas el libro verde.

Lo primero que supe es que un libro llamado “Manual para vivir contigo”, causaba furor en Europa. Lo siguiente es que mi esposa lo había comprado. Lo último es que mi suegro vino por mi esposa y un abogado me visitó para plantearme los asuntos del divorcio. ¿La causa? Engaño contumaz. Lucía alegaba que había estado actuando por años para hacerle creer que era feliz con ella.

¿Qué creen que hice? Pues le llevé una mega serenata con decenas de flores y le supliqué su perdón ante la escopeta de mi suegro. ¿Ustedes creen que ella me perdonó? Bueno, se ve que no han leído el Manual… Tendremos que escribir uno nuevo entre los dos, máxime ahora en que se embarazó y se enteró que los niños no vienen con un Manual incluido...

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