Ojo enamorado

Ojo enamorado
En tu mirada

viernes, 22 de octubre de 2010

LOS MISTERIOS DE LA VOCACION

FUERA DE MÍ
Por Ernesto de la Fuente


1.- AFUERA.

No voy a negar que siempre se me hicieron detestables las personas ricas. Me enojaba su hipocresía al tratar a los que menos tienen, su fantochada de sentirse los dueños del mundo y de la vida, y sus aires de desdén al mirarnos a todos los pobres por debajo del hombro. Pero en esta vida, uno siempre acaba enfrentándose a sus odios y teniendo que convivir con ellos.

No me puedo quejar de mis padres, mal que mal llevaban con sencilla pobreza nuestro hogar. Había siempre algo que comer, aunque no fueran grandes manjares. Un plato de frijoles, unas tortillitas, un poco de masita frita envolviendo alguna verdura saludable, lo que hubiera, mi madre lo presentaba de la manera más deliciosa posible. Nunca me quejé de eso, tal vez porque mis padres compensaban su pobreza con su gran amor hacia nosotros.

Mi padre era el perfecto mil chambas, le hacía de todo, con mucha voluntad y gran honradez, creo que por eso nunca le faltaba trabajo pero creo que también por eso mismo no ganaba gran cosa. La gente rica, que era la que lo contrataba, era muy tacaña a la hora de pagarle, y le ninguneaban el salario aprovechándose de su falta de estudios. Mi madre hacía maravillas con las telas. Costuraba ropa a cuanta señora se acercaba a ella. Ella le costuraba a pobres como nosotros, y ellos no le regateaban el salario, sólo que a veces no tenían con que pagarle y ejercían el trueque. Así, tres vestidos podían valer una sabrosa gallinita o los pantalones para los chamacos se pagaban con arroz, aceite y velas.

No, no me podía quejar. Pero para los que nada tienen la felicidad dura muy poco. Un buen día atropellaron a mi padre y todos los magros recursos familiares se tuvieron que invertir en su posible curación. Mi madre empeñó su máquina de coser, su posesión más preciada, para después acabar vendiendo la boleta de empeño. Pero nada pudo evitar lo inevitable y mi padre murió como un bendito, arrullado en los brazos de mi afligida madre.

Entonces, ante tanta desgracia y necesidad, tuve que dejar de estudiar para encontrar trabajo. ¿Qué de otra quedaba? Siendo joven, encontré varias oportunidades, pero en todas había que invertir hartas horas de rudo trabajo para sacar unos mugrosos pesos. Con grandes sacrificios fui ayudando a mi madre hasta que entre las dos pudimos comprar una máquina de coser de medio uso. Cuando mi madre la tuvo en casa, nuevamente sonrío. Entonces ella me instó a terminar la secundaria en una escuela nocturna. Al principio no quería, pero ella me animó una y otra vez: “Elda, sigue estudiando” –me decía con insistencia- “Deseo que te abras paso en la vida

Así que, sin mucho entusiasmo, terminé mi secundaria con muy buenas notas. Porque, modestia aparte, siempre me han gustado mucho los estudios. Se me da con facilidad leer, entender las matemáticas y escribir cualquier tarea encomendada, aunque fuera en cartones viejos o pedazos de papel para envolver que encontraba en la basura. Mis compañeros, al ver la facilidad con que me desenvolvía, me solicitaban ayuda y eran bastante generosos para agradecerme. Claro, trabajaban al igual que yo y no les sobraba dinero, pero la generosidad de los que menos tienen es muy rica: galletas, frutas, lápices, y hasta uno que otro cuaderno, sin olvidar algo de tela o cualquier cosa que desearan compartir conmigo. Y creo que me lo daban porque nunca les pedía nada y sabían de mi gran necesidad.

Al concluir los estudios me topé con la encrucijada de no saber qué hacer. Entrar en la Preparatoria implicaba muchos gastos, los cuales no me podía dar el lujo de pagar. Además, en la zapatería donde trabajaba, la dueña me había agarrado “cariño” y me aumentó la responsabilidad junto con el sueldo. ¿Cómo podría rechazar esa oportunidad?

No obstante, mi madre dijo la última palabra: “Vas a seguir estudiando”. Nunca me gustó contrariarla, pero esa vez si me enojé mucho con ella. ¿De dónde diablos sacaríamos el dinero para vivir si dejaba de trabajar y me ponía a estudiar? Mi madre, viendo que me estaba alterando, me dijo: “Elda, si no confías en mi, confía al menos en Dios. Él proveerá”. E inició una novena al Señor San José, de quien se había hecho muy devota a la muerte de mi padre, por aquello de que aquel santo siempre proveyó el hogar de la Sagrada Familia.

¿Ustedes le hubieran hecho caso a su madre ante una situación así? Bueno, pues yo estaba a punto de mandarla a volar e irme de la casa para poder seguir trabajando. Pero no tomé en cuenta la enorme fe de mi madre ni la divina intercesión del padre adoptivo de Jesucristo. La noche en que había decidido tomar mis cosas e irme, llegaron unas nuevas clientas de mi madre. Eran tres monjas, vestían con gran sencillez un hábito café claro y unas simpáticas sandalias cafés oscuras. Las tres muy alegres y amables, interrogaron a mi madre sobre sus servicios. Resulta que, aunque ellas costuraban, tenían un evento muy importante y necesitaban se les hiciera un pequeño chalequito para acompañar sus hábitos. Llevaban la tela y se involucraron en una intensa plática con mi madre sobre medidas y modelos.

Estaba muy intrigada por esas monjas. Así que decidí echar un vistazo. Grave error mío, tan pronto me vio una de ellas, me hizo unas fiestas increíbles, casi como si hubiera descubierto una novedad. Las otras dos rápidamente me sacaron de mi escondite y me rodearon apabullándome con preguntas. No supe que contestar. Mi mamá contestó por mí. Fue entonces que se enteraron que había terminado mi secundaria y que no teníamos recursos para que siguiera estudiando la Preparatoria. Las tres mujeres se voltearon a ver, compartiendo miradas de complicidad, y luego le dijeron a mi madre: “No se preocupe. Si ella quiere seguir estudiando, nosotras veremos que tenga todo resulto”

Mi progenitora se quedó perpleja y yo helada. “Si” –dijo la monja más alta- “Ella puede seguir estudiando con nosotras”. “Por supuesto” –sentenció la más bajita y gordita- “No faltaba más” –remató la más sonriente- “Esta niña se viene con nosotras para seguir preparándose

La cabeza me dio vueltas y para mi asombro escuché a mi madre lanzar una alabanza al Señor San José y romper en palabras de agradecimiento. Yo me quedé paralizada. No supe que decir o hacer. Me sentí entrampada por Dios.

2.- ENTRANDO.

Recuerdo muy vagamente cómo llegué al colegio de las monjitas. Me sentía como en un sueño que no era mío. El lugar estaba lleno de edificios monumentales cercados por enormes y bellos árboles. Las monjitas vivían en una pequeña casita al fondo de aquel enorme terreno, la cual contrastaba por su austeridad con sus lujosos vecinos. Me asignaron un pequeño pero hermoso cuarto con una ventana sencillamente deliciosa que daba a un jardín de rosas. Me sentí en un pedazo de paraíso. El cuarto tenía una cama individual, un ropero, una mesa con su silla y un baño para mi solita. ¡Jamás había tenido un baño para mi sola!

La reverenda Madre Superiora, llamada Josefina de la Inmaculada, me expuso a grandes rasgos cual era el plan de vida de esa pequeña comunidad integrada por 14 religiosas. “Todos los días” -me explicó- “Verás una hoja pegada con el horario de actividades en el pequeño pizarrón que está a la entrada de la capilla.” Ahí aprendí que las religiosas tenían planeado siempre todos sus días para no desperdiciar el tiempo. Lo más importante para ellas era las visitas a la capilla, que implicaba la misa, el rosario, el rezo de la Liturgia de las Horas y la oración personal. Una frase de Santa Teresa, empotrada en una lápida de cerámica en el comedor comunitario, sintetizaba su vida en común: “Aquí todas han de ser amigas, todas se han de amar, todas se han de ayudar

Todo eso era nuevo para mí, ya que si bien había crecido en un ambiente de religiosidad gracias a mi dulce madre, nunca la había practicado con tanta constancia ni dándole tanta importancia. Pero la vida en comunidad con las monjitas era lo más hermoso de todo, el reverso de una medalla cuya odiosa realidad la experimenté a la semana de haber llegado cuando comenzó el ciclo escolar.

Las religiosas pertenecían a Compañía de Santa Teresa de Jesús y ese colegio había sido fundado para contribuir a la formación cristiana de la mujer. La idea era “formar a Cristo Jesús en los corazones y en la inteligencia, a través de la educación, de las futuras madres cristianas”. Todo eso sonaba muy bonito, pero en la práctica, al menos uncialmente para mí, era un simple colegio de señoritas ricas, con los mayores defectos de esa clase de personas y muy pocas virtudes.

Ese periodo inicial de mi vida en el colegio fue muy difícil. Convivir con esas jóvenes de familia adinerada era algo que me amargaba el hígado. No obstante, la vida con las religiosas me gustaba mucho. Ellas eran en verdad muy buenas y dulces conmigo. Me fueron enseñando muchas cosas prácticas que me ayudaban en la vida diaria, cosas tan sencillas como cocinar, bordar, cantar y, sobre todo, rezar. Gozaba mucho la pequeña capillita rodeada de divinos jardines. Ahí me sentí libre de todo y llena de amor.

Como comprenderán, casi no me llevaba con nadie. Era una especie de “apestada” que me delataba por el color moreno de mi piel y mi pobre uniforme, que eran ropas dejadas por antiguas alumnas como donación para la gente pobre. Claro, la gente pobre era yo. Pero de la animadversión y el desprecio, pasé pronto a la envidia y la admiración de mis compañeras cuando constataron que yo era el mejor promedio de toda la clase y que siempre estaba dispuesta a contestar las preguntas que efectuaban las maestras. Aunque no faltó un grupito de las más ricas que aumentaron su desprecio por mi persona, hubo también otras que comenzaron a buscarme para que les ayudara con las tareas y unas pocas que me ofrecieron su amistad sincera.

Fue ahí que descubrí a Carolina, una chica dulce y muy simpática que veía la vida a través de los poderosos espejos de riqueza con que su padre la había deslumbrado. Yo era la primera pobre que había conocido en su vida y se sentí entre admirada y divertida por ser mi amiga. Al principio desconfié de ella, pero poco a poco me fui dando cuenta de que era un alma inocente y noble que había sido secuestrada por el ambiente de opulencia de su familia.

Pase muchos ratos agradables con ella y su amistad rompió los diques de desdén con que otras compañeras me trataban. Yo era su protegida y nadie se metía conmigo para no contrariar a Carolina. No comprendí muy bien eso hasta que ella me invitó a comer a su casa. Al llegar, quedé profundamente impactada por la riqueza de su familia. Ella tenía a su disposición un coche último modelo con chofer y su cuarto era tan grande como la residencia completa de las religiosas. Sus padres casi nunca estaban en casa y me divertí mucho recorriendo y conociendo su enorme y lujoso hogar.

Mientras, la vida seguía corriendo y yo, enamorada del convento y con mi nueva amiga, ya no sentía ganas de ir a mi casa a ver a mi madre. La Madre Josefina se percató y me lo hizo ver. No debía descuidar a mi madre. Debo confesar que no le hice mucho caso. Varias veces en que salía para ir a mi casa, acababa yendo a pasar el fin de semana a casa de Carolina. Quien lo iba a decir, yo que despreciaba a las niñas ricas estaba disfrutando viviendo como ellas lo hacían.

Pero Dios sabe lo que hace. Ni por mis estudios ni por mi nueva amistad, deje de descuidar la recién descubierta vida espiritual que me ofrecía el convento. Gozaba haciendo mi oración en silencio en tanto la brisa entraba por las ventanas y me llenaba los pulmones del aroma de los árboles y de las flores. Cerraba los ojos y me abandonaba a esa sensación de amorosa entrega. Para mi cumpleaños, las monjitas me regalaron un muy hermoso cuadro en que se representaba el pasaje de las escrituras en que Jesús le pedía agua de beber a una samaritana. “Era uno de los cuadros favoritos de Santa Teresa”-me explicó la siempre sonriente madre María Jesús- “Ante esta imagen solía repetir: Señor, dame de beber para que no vuelva a tener sed”.

Andábamos a medio año de estudios cuando algo grave trastornó mi nueva vida. Carolina faltó un día a clases y, cuando regresó al día siguiente, estaba completamente trastornada. Su padre había sido detenido por la Policía Federal acusado de delitos muy graves. Su madre no sabía qué hacer. En pocas semanas la situación en casa de Carolina fue deteriorándose catastróficamente. La mamá tuvo que ir vendiendo las cosas que estaban a su nombre, ya que todo el dinero de las cuentas de banco había sido congelado por un juez federal. Pronto de quedó sin las cosas que tanto disfrutaba. El colmo fue cuando su mamá habló con las monjitas para saber si la podían recibir en el convento mientras intentaba arreglar la situación. Las madres dudaban en aceptar, más por motivos de índole jurídico que económico. Toda la atención de la prensa estaba sobre el padre de Carolina y lo que menos deseaban era meter escándalo en el convento.

Ofrecí compartir mi cuarto con ella y las religiosas deliberaron que la caridad cristiana estaba antes que nada, y accedieron. La pobre Carolina llegó con una pequeña maleta y con mil lágrimas en el rostro. Su mundo se había derrumbado en unos días. Pero la desgracia no paró ahí. Su madre fue misteriosamente asesinada. La prensa especuló que como advertencia para que su padre no hablara de más. Carolina estaba horrorizada. Una tía vino por ella a los pocos días. Todavía recuerdo el abrazo que me dio cuando nos despedimos. Cuando se fue, sentí que me arrancaban un pedazo de mi corazón. Esa fue la última vez que la vi, ya que no regresó a la escuela nunca más.

Fui a la capilla a llorar la desgracia de mi amiga. Una de las religiosas había dejado un separador asentado en la banca. Lo recogí para poder sentarme y no pude evitar leer la frase que decía: "No quiero que converses con los hombres sino con los ángeles".  Me quedé helada. Sentí como si Dios me hubiera dejado esa nota especialmente a mí como respuesta a mis reproches por los problemas de Carolina. Me quedé en silencio contemplando el Sagrario que, con su pequeña luz roja, parecía hacerme guiños de amor.

3.- DENTRO DE MÍ.

Aquellos meses fueron de intensa vida espiritual. La ausencia de amistades cercanas que ofuscaran mis sentidos humanos, abrieron una puerta en mi corazón y mi espíritu comenzó a buscar a Dios como el ciervo busca el agua en el bosque. Sentía que lo necesitaba, que era algo que iba más allá de mí y que me llevaba a alturas insospechadas del ser. En todo ese tiempo, no dejaba de leer los escritos de Santa Teresa ni de escudriñar en su vida, llena de anécdotas sencillas pero profundas. Y es que Santa Teresa era una mujer excepcional, bondadosa, de corazón tierno y noble y con una imaginación llena de ingenio. Pero, lo que más me atraía de ella, era su extraordinaria madurez de juicio su profunda intuición para ver la realidad de las situaciones que le rodeaban y de la gente con que trataba.

Sumergida en la búsqueda de la espiritualidad, asistía a clases como una rutina más de mi vida. Hacía semanas que no tenía noticias de Carolina, cuando un día, a principios del abril, llegó como vendaval la noticia de la muerte de mi querida amiga. El golpe fue demoledor para mi corazón, máxime que las religiosas quisieron en todo momento ocultarme la mala nueva. Carolina había muerto. Pero el hecho en sí no era tan grave como la forma en que había muerto: se había suicidado.

Eso fue para mí algo horrible. Pensar que aquella tierna niña había tirado su vida a la basura y había condenado su alma para toda la eternidad fue algo en verdad terrorífico para mí. Quedé bañada en llanto y no había poder humano que me consolara. Fui a la capilla a buscar algún consuelo divino pero sólo encontré un pavoroso silencio. Dios parecía haber enmudecido ante mi dolor. La frase de Santa Teresa, reproducida en letras de metal en la pared de la capilla, me llegaba al corazón como fecha envenenada: "Y tan alta vida espero que muero porque no muero". Carolina estaba muerta y, lo peor, su alma también lo estaba, perdida en los recovecos del averno.

Fueron meses infaustos para mí en que todo lo veía negro. Sentía que Dios, no sólo me había olvidado, si no que se burlaba de mi vida, de mi persona, de mis pobres sueños. Mi carácter se volvió reservado, oscuro, poco amigable. La madre Ana María, la risueña cocinera a la que siempre me ponían a ayudar, me sentenció un día en que me observó hacer malas caras a la perspectiva de pelar papas y lavar ollas. Me dijo con severa objetividad: “Si haces cruces de nada, vivirás crucificada” –y añadió sonriente- “Al menos eso decía Santa Teresa y mira que lo decía bien”. Su alegría me hacía obligatorio sonreír, ya que no era posible evitar su risa contagiosa y su espíritu dicharachero.

Cada vez que me veía triste, invariablemente me relataba la siguiente anécdota, que de tanto oírla llegué a dudar que fuera cierta: Un día, en tanto Santa Teresa limpiaba la capilla, se cayó y se fracturó el brazo. La Santa, en su dolor, miró al Sagrario y le preguntó al Divino Prisionero Eucarístico: “¿Por qué te portas así conmigo?” En su corazón escuchó una respuesta: "Teresa, así trato a mis amigos". La Santa le impugnó: “Por eso tienes tan pocos...” La madre Ana María lo contaba con tanta gracia, que no puedo negar que era imposible no escucharla una y otra vez, ya que la entonación que le daba a las palabras y la forma en que entornaba sus ojos, hacían que la experiencia fuera incomparable. Siempre terminaba la anécdota diciendo: “Date de buenas que somos amigas de Jesús, porque si fuéramos sus enemigas…” Y estallaba en sonoras carcajadas que le hacían saber a las demás religiosas que había contado nuevamente su anécdota favorita. Como Santa Teresa, la madre Ana María hacía del humor una postura ante la vida.

La vida sigue, y en mi caso la situación no era diferente. Casi sin darme cuenta, concluí mis estudios. Las perspectivas que se me abrían no eran muy atrayentes: regresar con mi madre a retomar mi vida laboral o intentar seguir una carrera, cosa por demás imposible dada nuestras necesidades económicas.  No obstante, había una tercera alternativa: seguir mi vida en el convento convirtiéndome en novicia y preparándome estudiando como maestra para luego hacer mis votos perpetuos de religiosa y seguir mi vida en esa hermosa comunidad religiosa.

Por supuesto que esa perspectiva emocionaba mucho a mi madre, aunque le dejaba una cierta tristeza el hecho de ya no tener la dicha de ser abuela. ¿Y yo? Pues no sabía que decisión tomar. Aunque me atraía poderosamente el convento y la vida religiosa, tenía cierto resquemor por todo lo que en el colegio había vivido entre esa numerosas señoritas de “buena familia” y amplias posibilidades económicas. Mi opción por la vida religiosa iba a implicar tener que lidiar el resto de mi vida con “niñas ricas”, algo que me repelía desde el fondo de mi alma. Pero, la sombra de mi amiga Carolina me hacía dudar… ¿pude haber hecho algo por ella? Y, ahora que estaba muerta en las dramáticas circunstancias, ¿servía de algo rezar por ella? ¿Estaría su alma perdida en los infiernos?

4.- FUERA DE MÍ.

La última noche que pasé en la comunidad antes de regresar a casa, dado que no había tomado ninguna decisión sobre mi permanencia en el convento, decidí quedarme a rezar toda la noche en la capilla delante del Santísimo Sacramento. Deseaba con todo mi corazón que Dios me hablara, que me dijera claramente cuál era su voluntad para mi vida. Así que, cuando todas las religiosas se acostaron a dormir, salí de mi habitación y me dirigí a la capilla. El silencio de la noche era en verdad impresionante. Parecía que los grillos y otros insectos nocturnos, se habían callado por alguna extraña razón.

El desasosiego en mi alma era grande. Tantos sentimientos encontrados, tantas dudas y, sobre todo, tantos temores me carcomían el corazón. Me arrodillé y comencé a rezar el rosario tratando de poner mi mente en blanco. Mis labios repetían sin cesar el “Dios te salve María…” en tanto los dedos de mis manos pasaban lentamente las cuentas. No se en que momento cerré los ojos y dormité por unos momentos. Cuando abrí los ojos asustada por mi descuido, me encontré arrodillada junto a un árbol dentro de un hermoso jardín a través del cual corría un riachuelo.

Parpadee varias veces pensando que estaba soñando, pero todo era muy real, desde la luz de la luna que me bañaba con su pálida luz, hasta los la suave brisa que me acariciaba el rostro y mecía dulcemente las ramas de los árboles. ¿Qué estaba pasando? Me repetí una y otra vez que era sólo un sueño, pero mis percepciones del mundo que me rodeaban eran tan reales, que no podía dejar de pellizcarme una y otra vez para confirmar que era cierto lo que me rodeaba. Recuerdo que me dije: “Debo estar soñando que me pellizco, esto no puede ser real”. Lentamente me incorporé y miré, entre asustada y sorprendida, en entorno tan bello. El ruido del agua corriendo por el riachuelo era tranquilizador y la noche lucía esplendorosa con la luna, como director de orquesta, dirigiendo las estrellas y la brisa.

Recuerdo que comencé a caminar sin rumbo fijo disfrutando la naturaleza. Llenaba de aire mis pulmones y sonreía. “Que sueño más bello es este”, me repetía una y otra vez. De pronto, escuché un susurro extraño que desentonaba con el bello ambiente que me rodeaba. Era como el ruido de unos cencerros que se dirigían hacia mí. A lo lejos, divise una sombra que se movía con dificultad. Algo dentro de mí me incitaba a acercarme a ella pese a que me da un enorme pavor. No sé cuánto tiempo tardamos en encontrarnos, pero recuerdo que no fue nada grato. Era un bulto envuelto en sábanas que apestaba horrorosamente. Cada vez que se movía, el sonido de cencerros se acrecentaba. Cuanto estuve muy cerca, se detuvo y con una voz desgarradora me suplicó que no me acercara más.

Por mi mente pasó el recuerdo de los leprosos en tiempos de Nuestro Señor Jesucristo. El “bulto” pareció leer mi mente y me dijo: “Si, soy como una leprosa, cubierta de podredumbres y llena de terribles yagas que me consumen”. Su lastimera voz se me hizo conocida. “¿Quién eres?”, me atreví a preguntar. Denotando un enorme sufrimiento me dijo: “Soy aquella por quien rezas todos los días…”. No puedo relatar el impacto que esas palabras produjeron en mi corazón. Fue como si un mazo lo hubiera golpeado. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Ella prosiguió: “Dios me ha dado permiso para verte y decirte que tus oraciones producen un enorme alivio en mi lastimoso estado…”. Las lágrimas seguían corriendo por mis mejillas sin control. Tuve que taparme la boca para no gritar de dolor.

Dios quiere que sepas que mi alma no se perdió. Cuando estaba en agonía, después de la equivocada decisión que tomé de quitarme la vida, Dios escuchó tus oraciones y me ha permitido quedarme en el nivel más bajo del purgatorio. Estoy muy cerca del infierno, pero no adentro. Sufro terriblemente pero tengo el enorme consuelo de que algún día me purificaré y lo podré ver”. Para ese entonces lloraba desconsoladamente sin poder contenerme. El espíritu de Carolina concluyó la conversación diciéndome: “Una de las pocas cosas buenas que hice en mi vida fue ser tu amiga. Gracias a ello no me perderé en el infierno” Y añadió antes de marcharse: “Gracias Elda por no dejar nunca de ser mi amiga…” Los cencerros sonaron estrepitosamente y el bulto pútrido se fue alejando hasta perderse en el horizonte. Yo caí de rodillas en medio de una crisis de llanto y perdí el conocimiento.

Cuando desperté la hermana Ana María me ponía paños fríos en la frente. Estaba acostada y temblaba por la calentura. Luego me contó que me habían encontrada en la capilla inconsciente y ardiendo de fiebre. Ella se había pasado toda la noche cuidándome. No obstante, como la fiebre no cedía, estaban pensando llevarme a una clínica. Le suplique que no lo hicieran, que lo único que necesitaba era un sacerdote. La reverenda Madre Superiora, Josefina de la Inmaculada, accedió pues vio mi desasosiego. Cuando llegó el Padre Jorge, supliqué nos dejaran solos para poder confesarme. El sacerdote escuchó mi relato de la visión que había tenido y me dio como penitencia que siguiera rezando por el alma de Carolina. Tan pronto me dio la absolución, la fiebre desapareció y me pude levantar de la cama como si nada hubiera pasado. Las hermanas estaban más que sorprendidas, máxime cuando le externé a la Madre Josefina que deseaba quedarme en la congregación. Fue un momento muy especial cuando ella me miró y me interrogó con su dulce mirada. Yo había tomado una decisión y nunca más la cambiaría.

Los años pasaron pero nunca olvidé el verdadero sentido de mi vida. Como Santa Teresa, fui repitiendo cada día: "La única razón que encuentro para vivir, es sufrir y eso es lo único que pido para mí". Y lo he hecho con amor, ofreciéndoselo todo a mi esposo Jesús por el bien de las almas. Y créanme que he constatado que así es, ya que hace unos días soñé a Carolina caminando radiante por un bello jardín en tanto me sonreía llena de luz y alegría.

Concluyo este relato que he escrito, por órdenes de mi Superiora, para que en algo sirva de enseñanza a las queridas hermanas que forman esta hermosa Congregación de la Compañía de Santa Teresa de Jesús, y para que nunca olviden que, como bien dijo nuestra inspirada santa: "Guardaos de oponeros al Espíritu Santo". No hay mayor felicidad que hacer la voluntad de Dios. Madre Elda.

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