Ojo enamorado

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En tu mirada

viernes, 28 de diciembre de 2012

Santos Inocentes


SALUDABLEMENTE TRÁGICO

Por Eduardo Ruz Hernández

Marylinda siempre amaba las cosas saludables, por eso, cuando me invitó a desayunar a las siete de la mañana de un viernes, no me extrañé que me citara en el restaurante de comida “100% Orgánica”. A decir verdad, a mi juicio, el lugar era más bien un placebo para hacer sentir a la gente rica que comían saludablemente, ya que aunque servían alimentos relativamente de origen orgánico y natural, era un disfraz de la mercadotecnia para cobrar precios bastante exorbitantes.

No obstante, con tal de tener contenta a Marylinda, acepté el lugar y la hora que ella dispuso. Recuerdo que me remarcó que tenía que estar exactamente a las siete, porque más tarde se llenaba a reventar. Si, comprendo, la gente adinerada no es de levantarse temprano. ¿Para qué? No tienen que rajarse el lomo trabajando como los viles mortales.

 Aunque traté de ser puntual, no pude igualar a mi amiga, quien era de una puntualidad inglesa que sería la envidia de la misma Reina Isabel. Pero no crean que llegaba desarreglada. No, para nada. Parecía una modelo de figurín perfectamente maquillada y con ropa que combinaba con sus zapatos, bolsos y hasta con su ropa interior.

El café ya estaba servido y unos panes integrales me esperaban en una coqueta cestita. No puedo negar que el café hirviendo y el pan recién elaborado, hacían una perfecta mezcla para ablandar el paladar más exigente. Los ojos inquietos de Marylinda me recorrían el rostro como buscando respuestas ocultas a preguntas no formuladas.

Había escogido una mesa al fondo del local. Ella estaba sentada de espaldas a la entrada, pero yo podía ver perfectamente a las personas que ingresaban. Así que, en tanto escuchaba su conversación relativa a sus males y pesares de la vida, me entretenía escudriñando a los que llegaban. Nada más antropológicamente divertido que ver a la gente rica llegar a  desayunar. Una señora regordeta apartó una mesa para ocho personas cerca de nosotros. Vestía como jovencita pese a que sus carnes, canas y arrugas, denotaban la enorme contradicción. Bueno, pero eso a ella parecía importarle poco. Un matrimonio de personas mayores degustaba un regio banquete de pechugas de pollo asadas, con vegetales de todo tipo. Más hacia la entrada, un hombre en la medianía de edad esperaba tranquilamente la llegaba de su acompañante. Tomaba delicadamente taza tras taza de café orgánico “de la selva colombiana”.

Un “¿Me estás escuchando?”, perforó mis oídos, y mis ojos junto con mi mente, regresaron a contemplar sus inquietos ojos. Marylinda se estaba enojando por mi distracción y no tuve más remedio que mirarla con ojos de borrego soñador y decirle con mi más cínica sonrisa: “Claro, aquí estoy”. Cuando el mesero nos trajo el plato de frutas mixtas, observé por el rabillo del ojo que cuatro hombres uniformados entraron al local. Algo en mí se turbó.

Eran policías federales cubiertos con sus chalecos antibalas y portando sus enormes pistolas. Se sentaron a dos mesas de la puerta. Me sentí inquieto. Las ventanas del fondo me permitían ver también dos patrullas azules estacionadas. Marylinda seguía hablando y yo movía la cabeza automáticamente. Cualquiera diría que estaba muy interesado en sus palabras, pero realmente no recuerdo nada de lo que me dijo, y honestamente lo lamento con toda el alma.

En determinado momento le dije: “Cuando te diga que te tires al piso, hazlo”. Ella me miró como si bromeara y me dedicó una de sus más bellas sonrisas. Sólo recuerdo que me contestó: “Hoy es Santos Inocentes ¿verdad?”. En eso le ordené que se tirara al piso en tanto me echaba un clavado debajo de la mesa. Los sonidos de las detonaciones inundaron el local y mil cosas se rompieron simultáneamente. Fueron unos minutos escalofriantes. Después vino un silencio y cuatro detonaciones fulminantes lo terminaron. Ruido de pasos de gente que se aleja corriendo, chirriar de autos que arrancan con extrema rapidez y se pierden en la lejanía. Silencio, algunos ruidos, lamentos de personas heridas.

Cuando me incorporé de la mesa, el restaurante era un caos. Todo estaba roto y había gente tirada por todas partes. La sangre salpicaba el entorno y el olor a tragedia nos envolvía. “¿Marylinda?” pregunté atolondrado. La sonrisa vacía de ella seguía desplegada. La sangre le escurría por el rostro. Un agujero se perdía entre sus cabellos.

Fui el primero en irme. No quería dar explicaciones ni mucho menos figurar en la lista de “testigos rematables”.

Por la noche, cuando regresó del trabajo, mi esposa me comentó: “¿Escuchaste en las noticias lo de la balacera en el restaurante “100% Orgánica”? Hubo varios muertos. Parece que estaban cazando a unos federales”. La  miré con ojos de borrego soñador y le dije con mi más cínica sonrisa: “No, para nada. Sabes que no me gusta ver los noticieros. Bastantes tragedias ya tenemos en nuestras vidas personales para regodearnos en las ajenas”. Y seguí tomando mi te de Tila en tanto la mano me temblaba ligeramente.


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