Ojo enamorado

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En tu mirada

domingo, 6 de enero de 2013

REGALO DE REYES



VIRTUALMENTE REAL

Por Eduardo Ruz Hernández

Maldijo el calendario. Ese año el día de Reyes cayó en domingo y, lo que debiera ser una enorme alegría, se convirtió en un cruel dolor. Por el trabajo tuvo que cambiar de ciudad y el día de Reyes lo pasaría en el exilio, lejos de toda su familia, lejos de todos sus amigos. Por más que hizo para dilatar su llegada, se encontró con la firme determinación de su jefe: el miércoles 2 de enero lo quería trabajando.

No le quedó más remedio que obedecer. Era un excelente trabajo y no podía dejarlo. Tampoco se podía quejar de la ciudad donde laboraba, ya que era muy tranquila y bella. El problema era que no conocía a nadie. Si, como bien decía su tía Gabriela, con el tiempo iría teniendo amigos y ya no se sentiría tan ajeno, pero en tanto eso ocurría sentía que sería un día de Reyes muy amargo. Y como cada quien construye lo que piensa o desea, ese domingo 6 de enero se sentía fatal.

Para tratar de bajar la sensación de soledad, salió desde temprano a recorrer las Plazas Comerciales. Aunque había pocas personas, en todos los supermercados se ofrecían en venta las sabrosas roscas; pero ¿qué significa una rosca sin la familia, sin los amigos con quienes cortarla, saborearla y disfrutar en la búsqueda del muñequito? Acongojado y triste se encaminaba a su departamento cuando el escaparate de una pequeña panadería le llamó poderosamente la atención: una enorme rosca de 20 kilos estaba en venta. Era en verdad preciosa, como nunca antes la había visto. El dueño, muy amablemente, al notar su interés, se esmeró en describirle todos los ingredientes con que la habían elaborado y las bondades que derramaría hacia quienes la partieran.

En un arranque incontrolable, sin explicación ni sentido alguno, decidió comprarla. Entre dos empleados la cargaron a su auto. Al poco tiempo la tenía encima de la mesa del comedor, que a duras penas la contenía ¿Qué demonios haría con esa enorme rosca? Aturdido, encendió la computadora y se conectó a las redes sociales. Tenía muchos mensajes y comentarios de todo tipo. Meditabundo, examinó cuántos amigos tenía y se sorprendió al recordar las palabras del panadero: es una rosca como para 70 personas. Fue entonces que decidió compartirla. Tomó una foto de la rosca, la subió a la red y etiquetó a todos sus amigos. Luego, fue cortando y fotografiando dos veces, uno a uno, los pedazos con los nombres de sus destinatarios: una vez al momento de cortar y otra cuando los abría para ver si había muñequito adentro.

Una vez que terminó, les fue enviando las dos fotos a todos y cada uno de sus amigos. Fue toda una hazaña. Sus amigos y familiares estaban encantados, especialmente porque se abría la posibilidad de una próxima fiesta cuando regresara a casa en vacaciones. Todos estuvieron de acuerdo en que fue una idea muy original, cosechó, cientos de “Me gusta”, en especial los doce a los que le salieron muñequito: Álvaro, Eloísa, María, Laura, Katia, Xiomara, Miguel, Jorge, Carmen, Pilar, Ralf y Félix.

Apagó la computadora y se sentó. Se sentía algo cansado pero bastante alegre. Cuando al fin decidió recoger la mesa se encontró con veinte kilos de rosca despedazada. No se le antojó comerla ¿qué haría con ella? Tirarla a la basura se le hizo inadecuado. Por años su madre le había dicho que el pan nunca se tira a la basura, que era un enorme pecado hacerlo. ¿Entonces qué haría con todo ese pan? ¿Regalarlo? ¿A quién? ¿Quién querría una Rosca de Reyes despedazada como regalo?

Por más que le daba vueltas al asunto no encontraba solución posible. Tenía la certeza que no lo quería desechar, y que deseaba regalarla a personas que lo necesitaran, pero no encontraba el cómo ni el dónde. Fue entonces que se le ocurrió que si compraba una buena bebida, podría compensar el destrozo. Puso la rosca en una bolsa negra grande, la cargó y fue en su auto a un supermercado a comprar una bebida que valiera la pena. Entrando se topó con que estaban de oferta unas botellas de jugo de manzana espumoso. Venían en botella de cristal en presentación tipo sidra. Compró veinte, junto con platos y vasos desechables, y se encaminó con su dispar carga tratando de encontrar algún destinatario.

La ciudad era plana y predecible. Toda la gente de dinero vivía al norte, la clase media alta al poniente, la clase media baja al oriente y los más pobres al sur. Así que se encaminó hacia el sur. Un enorme embotellamiento lo entrampó. Le preguntó a un policía que sucedía y aquel le explicó que, como era el aniversario de fundación de la ciudad, se estaban llevando a cabo numerosos eventos que congestionaban todo. Fastidiado cambió de ruta y fue cortando camino hasta que de pronto se encontró por la zona del mercado mayor de la ciudad. Contrariamente a otros días, el lugar estaba vacío. Un solitario policía vigilaba la zona de estacionamiento que lucía desocupada. Se detuvo y bajó a preguntarle. Era un señor entrado en años de cara muy agradable.

Le explicó que llevaba un cargamento de rosca despedazada junto con jugo de manzana y estaba buscando a quienes poder obsequiárselos. El policía sonrío. “Vaya, vino usted al lugar indicado” y señalando con el dedo le hizo voltear. Al fondo del estacionamiento estaba el basurero del mercado y, alrededor de él, se veían varias personas que hurgaban en los desechos. Los miró extrañado como no entendiendo qué o quiénes eran. “Son teporochitos, personas alcohólicas y sin hogar que prácticamente viven aquí”. Por un momento titubeó, pero el recuerdo de las cientos de veces que su madre lo reprendió para que no desperdiciara el pan lo contuvo.

El policía, al ver su miraba, movió la cabeza. “Siempre es lo mismo. No los ven como personas. Pero bueno, como usted quiera joven”. Él no dijo nada, se comió sus miedos y bajó la bolsa de pan. Con dificultad se las aproximó a aquellos remedos de seres humanos. Los teporochos lo miraron con desconfianza y no se acercaron. El movió la cabeza. Tenía miedo de que todo terminara mal. Le pidió ayuda al policía y bajó las botellas de jugo de manzana espumoso. Fue entonces en que captó su atención.

“¿No tienen alcohol?” preguntó el oficial contrariado ante las botellas tipo sidra. “No, para nada. Es sólo jugo de manzana”. El hombre de la ley sonrío y decidió conciliar: “¡Miren, aquí este joven les trajo pan y sidra! ¡¡¡Vengan a disfrutar!!!”. Y ayudó a servir el jugo en los vasos. Comenzaron a acercarse y, cuando probaron el jugo, se alegraron. Era algo maravilloso que alguien les llevara sidra y pan. En pocos momentos aquello se animó. El pan de la rosca estaba delicioso y el jugo les sabía a champán. Varios de ellos llevaban tiempo sin probar bocado, así que todo les supo a gloria.

La fiesta estaba armada y nadie se percató que el pan era una rosca despedazada. La “sidra” los alegró enormemente. No obstante, tanto el pan como el jugo de manzana se agotaron. La mayoría se fue tan pronto se percataron de que no había más, pero dos de ellos se acercaron y agradecieron el gesto: “Que rico estuvo todo joven, muchas gracias”, mascullaron. Él recogió la basura en la bolsa negra en que llevó el pan, le agradeció encarecidamente al policía su ayuda y se marchó con un nudo en el estómago.

Cuando llegó a su departamento, encendió nuevamente la computadora, se conectó a las redes sociales y subió una foto muy extraña: en un basurero, rodeado de pordioseros, celebraba el Día de Reyes comiendo rosca y brindaba con desconocidos. Sin duda alguna, esa fue la mejor Rosca de Reyes de su vida.












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