Ojo enamorado

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En tu mirada

miércoles, 2 de abril de 2014

GELATINA VERDE

¡ESTÁS MUERTO!: 

GELATINA VERDE

A mi médico de cabecera

Por Eduardo Ruz Hernández

Todavía puedo recordar claramente la expresión que puso el médico al ver mi radiografía. Su profesionalismo, sus años de ejercer la medicina, su labor como docente en la más prestigiosa Universidad de la región, quedaron pulverizados en unos segundos. No pudo evitar transformar su rostro y denotar el asombro, la perplejidad y el pasmo, ante esa placa fuera de toda lógica.  
Fue en ese momento, y no en ningún otro, que comprendí que yo debería estar muerto y no sentado respirando tranquilamente en tanto esperaba que el doctor, Elías Pratanás, saliera de ese estado de estupor científico. Por un momento sentí ganas de darle una certera cachetada para despabilarlo, pero por supuesto no me atreví. ¿Quién era yo para cuestionar la ciencia médica? El doctor, moviendo la cabeza aturdidamente, salió del consultorio y fue a un despacho adjunto a hablar por teléfono.
Debo confesar que decidí marcharme antes que la situación se complicará. No tenía ningún sentido quedarme ahí a esperar que el doctor Pratanás reconociera algo que iba en contra de todos sus conocimientos médicos. Además, corría el riesgo de que avisara a la Organización Mundial de la Salud para que me secuestraran e hicieran mil y un experimentos para explicar lo inexplicable. No sería el primer caso, pero no quería ser el último.
Y todo por la maldita epidemia mundial de Coqueluche Ignoto. O eso es lo que nos quisieron hacer creer a los millones de seres humanos que, desde Brasil a China y de Australia hasta Rusia, nos enfermamos y morimos (o debimos morir), ante la incapacidad de los gobiernos y de las Naciones Unidas de evitar que la muerte cabalgara alegremente segando vidas sin restricción alguna. Fue algo macabro. De diez personas, cuatro irremediablemente morían y seis eran inmunes. ¿Qué las hacía inmunes? Nadie sabía. Tampoco se comprendía el por qué, el cómo y/o el a través de qué, se transmitía la mortal enfermedad.
Brotó en todo el mundo el mismo día y a la misma hora. Murió desde el Presidente de los Estados Unidos, hasta el barrendero más pobre de Paquistán, pasando por fornidos soldados, enclenques oficinistas, niños saludables y ancianos agonizantes. Pero todo fue sin una razón, sin una explicación y sin una sola lógica. Hasta uno de los cosmonautas de la Estación Espacial Internacional murió fulminado. Murieron también científicos aislados por meses en las bases de la Antártida, tripulaciones de submarinos nucleares y monjes de estricto claustro. Lo peor, es que no había tratamiento, no había absolutamente nada que hacer más que sentarse a ver morir al enfermo.
Los síntomas eran rápidos y brutales: el paciente tosía fuertemente sin ningún antecedente de enfermedad previa y, entre siete y doce horas, colapsaban sus pulmones y moría sin que nada pudiera hacerse por él. Al realizar la autopsia se encontraban los pulmones ahogados con una espesa flema verde, materia orgánica sin bacterias o virus, de una consistencia semejante a la gelatina. Por eso, aunque la enfermedad fue bautizada por los medios oficiales como Coqueluche Ignoto, fue conocida popularmente como “Gelatina de limón” o simplemente “Gelatina”.
La epidemia concluyó tan extrañamente como empezó: a los 21 días de iniciada. La gente ya no volvió a enfermarse y murió toda aquella que ya había contraído la enfermedad. Todos, menos uno: Yo…
Después de ver la cara del doctor Pratanás, decidí huir para no acabar como conejillo de indias en laboratorio médico. Digo, eso de ser el único sobreviviente de una pandemia que acabó con el cuarenta por ciento de la humanidad, no es una distinción que le deseo a nadie. Como sabía que el Sistema de Salud tenía todos mis datos y que me cazaría como si fuera el criminal más peligroso del mundo, me alejé de mi entorno conocido y hui por la permeable frontera sur de mi patria. Huir no fue difícil. Habían muerto tantos, que las personas estaban como atontadas. Nadie podía presumir de no haber perdido a un ser querido: una madre, un esposo, una hija, un amigo, una tía, un hermano, un sobrino, una amante… El sentido de depresión social era grande. No obstante, hasta en eso había tenido suerte. Yo no perdí a nadie porque simplemente no tenía a nadie…
Vagué hasta llegar al sur del continente y me perdí en pueblos semivacíos y entre personas semivivas. La tasa de suicidios se había disparado al cien por ciento, y los gobiernos encontraban difícil hacer que las instituciones funcionaran. El sentido de derrotismo era poderoso y la vida languidecía ante una ciencia que era incapaz de resolver los problemas de salud del ser humano.
No fue sino hasta que llegué al borde del mundo, cuando decidí descansar y dejar de huir. No podría decir que esto se llamara vida. Ahí, junto a los acantilados de la costa fría y lluviosa, encontré erigida una sólida casa. Mi instinto me llevó a golpear a la puerta. Nadie me contestó. La puerta no estaba cerrada con llave. Entré dando voces. Lo último que quería era perturbar la vida de alguien. Nadie se molestó en responderme. Recorrí la casa y sentí que me gustaba el lugar. Había dos cuartos en la planta alta, una terraza desde donde se podía otear el horizonte marino y una acogedora sala.
Entré a la cocina saboreando mi descubrimiento y fue ahí que la encontré. Era una mujer de unos 35 años. Pelo largo, castaño claro, piel morena clara, ojos verdes. Era en verdad hermosa. Asustado al verla, me disculpé ampliamente. Me presenté y le indiqué que en momento alguno había querido irrumpir en su casa y mucho menos molestarla. Que había llamado y dado voces pero que nadie me había respondido. Por un instante pensé que me dispararía con alguna pistola imaginaria que sacaría debajo de la mesa. Pero no, no hizo nada más que quedarse viéndome. Su mirada denotaba una profunda tristeza.
Con su mano derecha agarraba fuertemente una muñeca y con la izquierda la acariciaba. Dudé de su cordura hasta que vi una foto de una hermosa niña en el sitio de honor de la pared. Comprendí que era una sobreviviente, alguien que había quedado viva pero sin ningún deseo de estarlo. Me senté junto a ella y me puse a cantar. Comencé con canciones de cuna, luego con canciones de enseñanza infantil, y le fui subiendo el tono hasta pegar de gritos como recordaba que había hecho hace muchos años, cuando era un alegre niño en el jardín de infantes.
En algún momento una sonrisa apareció en su rostro. Revisé la cocina: tenía suficientes provisiones y agua almacenada (con tanta lluvia y un buen sistema de captación, no parecía tener problemas en este aspecto). Así que me instalé en uno de los cuartos y me dediqué a atender a Rowina, como se llamaba la callada mujer. Convivimos, o sería mejor decir que simplemente estuvimos juntos bastantes días. Ella no daba ningún problema y yo no le ocasionaba ninguno. La cuidaba como si fuera mi hermana, aunque a veces la consideraba más bien una hija. Ella se dejaba querer.
Me preocupaba que comiera algo y pronto me di cuenta que lo que más le gustaba era que la abrazara, como si ella fuera una muñeca. La situación rayaba en lo absurdo, pero mi vida era eso. No tenía ningún sentido lógico que estuviera todavía vivo, pero lo estaba, así que me limitaba a disfrutar el día a día. En tanto, hacía los quehaceres de la casa: barrer, cocinar, lavar algo de ropa. Trataba de darle un ritmo tranquilo a mi vida: leía, caminaba cerca de los acantilados, miraba el amanecer, meditaba acerca de mi vida, y cuidaba con infinito cuidado a Rowina.
Cada diez días viajaba en la camioneta de la casa al pueblo más cercano para abastecerme de mercancías. También aprovechaba para realizar algunos trabajos que me permitieran ir sobreviviendo. A falta de hombres fuertes, mi presencia en ese lejano pueblo era una bendición. Por eso cuando me iba, tardaba dos o tres días en regresar. Me preocupaba Rowina, pero no tenía otra forma de conseguir alimentos. Una de esas veces en que regresé a la casa, llevaría ya como seis meses viviendo en ella,  Rowina comenzó a tomar conciencia nuevamente de la vida. Me estaba esperando. Al verme, contrariamente a su apatía, corrió a abrazarme. No me dijo nada, solamente hundió su cara en mi pecho y me abrazó como si fuera la única tabla a la cual agarrarse en un amargo naufragio.
Esa noche hablamos por fin. Me contó acerca de su hija Yolimar, de apenas 10 años. De cómo le había comenzado la Gelatina de limón sin ningún antecedente (vivían lejos del pueblo ellas dos solas) y lo terrible que fue verla morir en menos de  diez horas. No tenía sentido: ¿Cómo demonios se había contagiado? ¿Cómo es que ella no se había enfermado? Había sido una muerte cruel y sin sentido. La dejé llorar largamente y acaricié sus largos cabellos. Mi corazón se estremeció de dolor.
Ya había pasado la medianoche cuando ella me preguntó acerca de mi vida. No tenía gran cosa que contarle, simplemente era un hombre solo que mal vivía en un lejano país del que ella nunca había escuchado hablar. La lengua me tembló cuando ella me preguntó si no había muerto nadie cercano a mí por culpa de la Gelatina. No, le expliqué, sólo gente que conocía o con quien trabajaba. Hice un profundo silencio que ella comprendió mejor de lo que esperaba. Sentí su mirada sobre mis manos, como tratando de encontrar en ellas una respuesta. E hice lo que no debí hacer: le dije que a mí me había dado la Gelatina
Volteó a verme y su mirada se clavó, hiriente, en la mía. Entonces me hizo la pregunta que no quise contestarle al doctor Elías Pratanás:
-“¿Cómo es que aún estás vivo?
No sé el por qué se lo dije. Dentro de mí sabía que esa confesión significaría el fin de nuestra idílica relación. Pero se lo dije. Creo que nadie más que ella merecía una respuesta. Aunque no fuera una que le gustara escuchar.

La primera tos la tuve al despertar. Es más, creo que eso fue lo que me despertó. Era el día 21 de la pandemia, así que enseguida supe que era lo que tenía. No iba a engañarme, como muchos hicieron al principio, creyendo que era una enfermedad respiratoria, una infección de la garganta, un catarro o alguna de las mil y una infecciones que solían atacar al ser humano. No, desde el primer acceso de tos supe que era la gelatina lo que me había atacado. Obviamente, como militar que soy, no me quedó de otra que reportar mi estado. Fue ahí que me trasladaron a un Centro de Atención, que no era más que una antesala al cementerio. El crematorio estaba a un lado, no se podía correr ningún riesgo con los cadáveres, y el doctor Pratanás fue enseguida a certificar mi estado. Se me hizo la radiografía correspondiente y se me indicó que dado el nivel de avance, tendría un lapso entre siete y doce horas antes que sucediera lo inevitable.
Me preguntaron si requería el auxilio de algún ministro de culto. Respondí que no. Mi único amigo religioso, el padre Remigio, había muerto al principio de la pandemia y yo ya no le tenía fe a ninguno. Así que me acosté a toser mi vida junto con muchos otros enfermos que me rodeaban. Hay que reconocer que, aunque los servicios médicos no podían hacer absolutamente nada por nosotros, intentaban hacer menos doloroso el tránsito al otro mundo. Cada cierto tiempo una hermosa enfermera venía a limpiarnos la frente, a tomarnos el pulso y a ofrecernos alguna bebida. No se podía hacer nada más que monitorear la muerte de los pacientes.
Así vi morir a la gente que me rodeaba. Era una sensación bastante irreal y desagradable. Todos tosíamos, hasta nos sincronizábamos para hacerlo, pero no podíamos expulsar esa espesa gelatina que nos llevaba a la muerte. El Coqueluche Ignoto era fatal. No puedo explicar el por qué, pero comencé a tener accesos de tos cada vez más fuertes, rompiendo la sincronía con los demás pacientes cuya tos se iba espaciando hasta que morían. Desesperado, me levanté como pude y corrí al baño. Como nadie podía ya incorporase, los baños estaban vacíos. Recuerdo que me incliné en el inodoro y tosí con todas mis fuerzas. Sentí que sacaba los pulmones de mi cuerpo por la boca. Fue un acceso profundo y persistente. Y entonces esgarré una enorme y dura flema verde bañada en sangre. Fue algo sorprendente. Cuando la vi en el agua del retrete no daba crédito a mis ojos. Pero eso no fue lo peor. La flema gelatinosa y verde, sacó unas pequeñas patitas, como de insecto, y comenzó a moverse.
Debí haber llamado a una enfermera o a un doctor, pero no hice nada más que contemplar estupefacto como aquella gelatina verde con patas se alejaba a paso rápido hasta perderse entre los sanitarios. Esa fue la señal para que comenzara a vomitar toda la gelatina que inundaba mis pulmones. Expulsé enormes pedazos de esa extraña materia que me asfixiaba. Al final, me sentí exhausto. Tardé en darme cuenta de que ya no tosía, pero me sentí envuelto en un enorme cansancio. Regresé arrastrándome y me metí a la primera cama vacía que encontré. Caí rendido sin saber nada de lo que me rodeaba.
Cuando desperté, no había nadie más en la sala de recuperación. Todos habían muerto. Las enfermeras me contemplaban a distancia y cuchicheaban entre ellas. Tan pronto vieron que abrí los ojos, corrieron a tomarme los signos vitales y pronto me vi rodeado de médicos. Habían pasado 24 horas desde mi ingreso y seguía vivo milagrosamente.
Alarmados, me tomaron la radiografía y me llevaron ante el doctor Elías Pratanás. Fue ahí cuando me escapé y vagué sin rumbo hasta que llegué a casa de Rowina, al borde del acantilado. Y ahora, después de contarle mi historia, sabía que tendría que irme nuevamente. Mi sobrevivencia era una enorme injusticia ante la brutal muerte de su hija. Me levanté de su lado y fui a hacer mi maleta. Eran pocas las cosas que tenía, así que no tardé mucho. Ella me miraba con un dejo de odio y de profundo desprecio. No pude sostenerle la mirada.
Simplemente me fui. Caminé durante la madrugada hasta el pueblo. Ahí me quedé una semana hasta que decidí irme cuando vi llegar a Rowina en su camioneta. Sabía que la historia correría y yo ya no sería bien recibido. Decidí cruzar hacia otro continente. Viajé de marinero en un viejo barco. Tardamos dos meses y medio en cruzar el océano y llegar a otro continente. De ahí seguí mi camino. La pandemia había cesado y sólo era un triste recuerdo en millones de vidas. También eran un temor constante de que resurgiera. Un terror pleno e inconsciente.
Seguí viviendo como nómada. Vivía unos días en cada pueblo y seguía mi camino sin rumbo fijo. Viajé mucho tiempo de esta forma y descuidé mi anonimidad. Fue así que me atraparon. Cometí el error de querer viajar en avión para ir a otro continente. No pensé que fuera tanta su necesidad de capturarme, hasta que no me vi rodeado de hombres armados. Rápidamente me transfirieron a un pequeño cuarto y en poco tiempo me subieron a un moderno avión, el cual voló sin descanso por varias horas hasta llevarme a una enorme ciudad, pletórica de poder y riqueza.
El temor de que regresara el Coqueluche Ignoto, sumado a la frustración de no poder hacer nada para controlarlo, hicieron que la cacería de mi persona se hubiera convertido en una prioridad mundial. Tan pronto llegué a los laboratorios militares de investigación, fui examinado como un peligroso animal. Me extrajeron sangre hasta martirizarme y todos mis fluidos corporales fueron examinados minuciosamente. Mis pulmones se volvieron más populares que las estrellas mejor cotizadas de Hollywood. Yo era el único sobreviviente a la Gelatina Verde y tenían que saber el por qué.
Luego que acabaron con todos los análisis que se les ocurrieron, pasaron al interrogatorio. Como comprenderán, con ellos no tuve la honestidad que le había demostrado a Rowina. Simplemente les dije que había vomitado la gelatina, pero no entré en más detalles. Me interrogaron una y otra vez, tratando de hallar contradicciones en mis explicaciones. Pero me ceñí al guion que yo mismo había creado y de ahí no pudieron sacarme. Veinte años de entrenamiento militar me habían hecho de roca. No obstante, no se dieron por vencidos y decidieron sacarme la verdad con drogas. Buscaban desesperadamente una “verdad” conforme a sus necesidades.
En esas estaban cuando sucedió algo que nadie se esperaba: de la nada surgió un brote de Coqueluche Ignoto en el laboratorio. El pánico fue bestial y la gente huyó. Obviamente yo también lo hice. No entendí muy bien que había sucedido pero tampoco me quedé a averiguarlo. Todos los que estaban en el laboratorio murieron tosiendo y con los pulmones llenos de gelatina verde. Lo trágico es que su muerte fue mucho más rápido está vez: de tres a cuatro horas.
Me escurrí en la ciudad para encontrarme que la habían cerrado completamente. La virulencia de la enfermedad pronostica un brote fatal para el mundo, ya que está vez habían muerto todas las personas del laboratorio de una manera extremadamente rápida. Y, lo peor, sospechaban que yo había sido el agente patógeno que la había desencadenado. Decidieron que servía mejor muerto que vivo.
No había forma de escapar de la ciudad, así que me resigné a esconderme en un departamento abandonado. La electricidad fue cortada, lo mismo que el agua potable. No parecía que quisieran acabar con todos los que estaban dentro de la ciudad: en verdad lo querían hacer. La muerte de unos miles era un precio necesario de pagar para exterminarme junto con la enfermedad. Me sentí miserable pero no me moví. Mi instinto de supervivencia me decía que era mejor no salir,
La obscuridad me rodeaba cuando escuche un persistente pero tenue sonido que venía del corredor. Se escuchaba como que algo se desplazaba lentamente. Encendí una vela y la pude ver. La extraña y dura flema verde, impulsada con sus pequeñas patitas, se dirigía hacia mí. Se detuvo a dos metros y quedó como en espera. Pensé que alucinaba, por lo que puse un dedo encima de la vela. El dolor me hizo darme cuenta que lo que veía era muy real. Un ligero murmullo brotó en mi mente. Parecían hojas que se llevaba el viento, pero poco a poco fue adquiriendo sentido. La flema gelatinosa se estaba comunicando conmigo.
¿Me habrían inyectado alguna droga en el laboratorio? Lentamente, el sentido de los susurros fueron haciéndose comprensivos. Parecía un diálogo a alto nivel entre la Gelatina y todo lo que representaba, (la muerte de todo ser humano) y un hombre aturdido y abandonado por sus congéneres. Estaba parlamentando con otra forma de vida. De todo lo que “hablamos”, lo que me aterró es que la Gelatina solicitaba mi permiso para volver a “entrar” en mí. No parecía una solicitud rechazable, porque mi negativa implicaba que el Coqueluche Ignoto se reiniciará nuevamente en todo el mundo como pandemia.
No obstante, la Gelatina no podía forzarme a aceptar. Tenía que dar mi aprobación para que entrara en mí. ¿Qué sacaba yo de beneficio si lo permitía? ¿No sería sellar con esa acción mi muerte? Gelatina con patas me tranquilizó. Ofreció que nada me pasaría. Que una vez que yo permitiera su acceso, cesaría toda enfermedad y nunca más se produciría. Simplemente me necesitaba como vehículo de traslado.
¿Qué hubieran hecho ustedes? Mi reacción inicial fue negarme, pero mi preparación militar, los largos años de obediencia a directrices superiores, la formación de valores y el sentido del sacrificio en aras de un bien mayor, hicieron que aceptara. Tome a Gelatina entre mis manos y me la introduje en la boca. Fue algo asquerosamente doloroso. Pasaron unos minutos y sentí como mi mente perdía el control de mi cuerpo. Sin que yo hiciera nada, mi cuerpo se levantó y comenzó a caminar, luego a correr y más tarde a huir con unos ímpetus desconocidos. Mi mente no controlaba nada ni sentía el dolor o el cansancio de mi cuerpo. Mi cuerpo huyó de la ciudad por lugares que no se me hubieran ocurrido. Se subió a un auto y manejó con experta precisión. Me sentí sumamente extraño en ser un simple observador de mí mismo.
Estaba ya bastante lejos de la ciudad cuando se detuvo. En medio de la noche, a lo lejos, una enorme nube en forma de hongo se elevó rápidamente hacia los cielos. Fue algo portentoso. La ciudad donde había estado preso ya no existía. La desaparecieron totalmente junto con todos los que ahí estaban. Comprendí lo peligroso que me consideraban y me sentí realmente muy mal. Mi cuerpo siguió moviéndose. Parecía tener energías inagotables. Mi mente se desconectó.
Al despertar, nuevamente tenía el control de mí mismo. Me dolían todos los músculos y sentí como si una aplanadora me hubiera pasado encima. En tanto recobraba el dominio de mi cuerpo, extraños recuerdos comenzaron a venir a mi mente. Eran recuerdos de sucesos que yo no había vivido. Eran recuerdos ajenos que se habían convertido en propios. Comencé a comprender que la Gelatina con patas me había dejado un mensaje.
Lo que me venía a la mente era un hermoso jardín lleno de toda clase de árboles frutales. Era algo en realidad hermoso. No obstante, pasado un tiempo, los árboles comenzaban a enfermarse y sus ramas se iban secando poco a poco. Entonces, unos extraños jardineros llegaban y comenzaban a podar el jardín quitando las ramas secas y/o podridas. Hacían mucho ruido y no se andaban con contemplaciones. Al terminar, el jardín se veía mermado pero nuevamente, con lento vigor, iba recuperando la vida y se llenaban los árboles de flores y frutos.
Comprendí el mensaje. Esa pandemia era necesaria. Se estaba “podando” a la especie humana para revitalizarla y que nuevamente pudiera dar frutos. Lo que no me quedaba claro es “quién” o “qué” eran los “jardineros”. Porque si algo me quedaba claro, es que esa Gelatina con patas representaba una inteligencia superior a la nuestra. Tal vez venían de otra Galaxia para evitar la destrucción de nuestro planeta, o tal vez habían invadido la Tierra y buscaban exterminar a la especie depredadora: Nosotros...
Tan pronto me hube recuperado, decidí regresar con Rowina. Era lo más cercano a una persona amada que tenía. Tardé varios meses en volver. El camino fue lento y problemático. La civilización estaba en crisis. Habían muerto tantas personas que hacían falta muchas cosas, especialmente gasolina para mover los vehículos. En muchas ciudades ya no había electricidad ni agua potable, por lo que las personas emigraban al campo en busca de alimentos y agua, deseosas de iniciar una nueva vida. El mejor medio de transporte era la bicicleta, por lo que conseguí una y seguí mi larga ruta al sur.
Llenaría miles de hojas contando las aventuras que corrí para regresar a la casa que consideraba mi hogar. No es la idea de esta historia. Sólo diré que al fin llegué. Contra todo lo que había cavilado, Rowina seguí en esa casa y me estaba esperando. Una hermosa bebé la acompañaba. Le había puesto el mismo nombre que su hija muerta, Yolimar, y estaba llena de una gran calma y paz. Me quedé con ellas y seguí una vida tranquila.
La Gelatina verde no ha regresado. El mundo ha cambiado mucho. Yo prefiero seguir viviendo en el anonimato, aunque todos aquellos que me perseguían han muerto. Al menos eso me dijo la Gelatina con patasY yo le creo…


-¿Qué opina de esta historia doctor Elías? -preguntó el hombre enviado por el Gobierno.
 Pratanás lo miró dubitativo. Era una pregunta que conllevaba una respuesta compleja.
-Es muy difícil darle una respuesta. Es un caso muy grave.
La enfermera entró al lugar llevando la hoja con los registros corporales del paciente.
-Gracias Rowina -dijo el médico y examinó los registros- Parece que ya no tiene fiebre -sentenció aliviado.
Los tres miraron a través del espejo el cuerpo del paciente que se movía inquieto en la cama. Gruesas correas lo sujetaban. El doctor Elías tomó nuevamente el cuaderno y revisó por enésima vez la historia que ahí estaba escrita. Luego se decidió a dar su opinión.
-La historia está muy bien elaborada y es la forma en que el paciente ha tratado de explicar lo que ocurrió en su vida. Pero…
Un silencio envolvió el lugar
-Pero qué... -Exigió el hombre del Gobierno.
Pratanás frunció el ceño.
-Pero no nos queda más opción que rezar porque todo lo que escribió sean delirios de su mente alterada…
El hombre del Gobierno lo miró sorprendido.
-No entiendo. Supuse que eso eran...
El doctor Elías Pratanás contuvo una mueca y con cierta precaución le explicó:
-Hay dos cuestiones que debemos considerar -hizo una breve pausa y continuó con delicadeza- La radiografía muestra un cuerpo extrañó en su garganta…
-Usted mismo me dijo que debe ser un tumor.
El médico suspiró.
-Tal vez no lo haya comprendido bien, pero los tumores no se mueven de un lugar a otro en cuestión de horas…
-¿Qué me está queriendo decir? -cuestionó alarmado el hombre del Gobierno.

Y en ese momento ambos comenzaron a toser sin poder contenerse…

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