Ojo enamorado

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jueves, 6 de enero de 2011

DEL BAUL DE ARCHIVOS

Mérida, Yucatán, a 6 de enero de 2006

LA ROSCA DE DON ANDRÉS

Por Eduardo Ruz Hernández

La rosca de don Andrés era única. Cada seis de enero, todo el vecindario se reunía para departir alrededor del sabroso pan y tratar de encontrar el muñequito real que don Andrés, en una ceremonia parsimoniosa y secreta, escondía en tanto se elaboraba su enorme y gustada rosca. Nadie nunca tenía la menor idea del lugar donde encontrarían al bien elaborado muñequito de porcelana del niño Dios.
A diferencia de otras roscas donde se escondían tres muñecos, la rosca de Don Andrés sólo escondía uno y, lo mejor, no había castigo para quien los encontrara, sino un fabuloso premio. Año con año, sus vecinos fueron viendo como don Andrés echaba la casa por la ventana para celebrar tan excelsa fiesta. Y no era para menos, ya que ese día era su cumpleaños. La tradición había sobrevivido a todos los vaivenes de la vida de tan regio hombre, desde el nacimiento de sus hijos, hasta la muerte de su esposa, y el cúmulo del regalo había crecido a proporciones principescas, como cuando regaló un carro a don Julián cuando encontró el codiciado muñeco debajo de un higo cristalizado.
Este año el rumor del premio había hecho que el tumulto fuera mayor que otros años. Don Andrés ya era un anciano y la vida había sido más que espléndida con él. Sus tres hijos tenían exitosa carrera y sus inversiones habían hecho de él uno de los hombres más acaudalado de la región. Pero la edad no perdona y la salud se le escapaba de las manos.
Su ancianidad lo había atado a una silla de ruedas y requería la compañía diaria de una enfermera de planta para poder solucionar sus necesidades personales. Por eso, cuando la calle se cerró y don Mateo, el chinito panadero, comenzó a armar la enorme rosca de 300 metros, todo el mundo empezó a ver donde encontraría el valioso niño de porcelana.
La hora de partir llegó y la gente comenzó a pasar en riguroso orden. Primero iban a besarle la mano a don Andrés y después pasaban a cortar la tentadora rosca. Uno a uno fueron abriendo su pan, algunos con desesperación y otros con serena angustia. Todos querían obtener el desconocido premio. La rosca fue haciéndose cada vez más pequeña y no había rastros del muñeco. La agitación creció. ¿Este año don Andrés los había embromado y no había muñeco?
Al fin sólo quedaba un pedazo de 20 centímetros por cortar y tres niños faltaban por hacerlo. Los tres se acercaron a besarle la mano al anciano y él les acarició las cabezas: eran los hijos de la viuda Alicia. El primero cortó y la gente sostuvo la respiración. No faltó quien quisiera despedazarle el pan. Mateo lo impidió. El segundo y el tercero procedieron y no apareció el mentado muñeco. La gente se sentía defraudada y uno que otro reclamo se dejó sentir. El descontento comenzó a brotar.
Don Andrés los apaciguó y mirándolos con tristeza movió la cabeza.
- El muñequito está en la rosca –dijo con voz trémula.
La gente repitió sus palabras hasta que toda la masa popular asimiló un hecho que a todas luces era contradictorio: el muñeco estaba en la rosca, pero no había rosca donde buscar muñeco alguno. Los murmullos comenzaron.
Cuando se hizo la investigación posterior, muchos dijeron que fueron familiares de vecinos que nunca habían asistido los que lo iniciaron, pero otros fueron más sinceros al indicar que fueron los vecinos de toda la vida los primeros que comenzaron a decir palabras poco gratas contra el anciano. Y de lo dicho se pasó a los hechos. Una pequeña piedra fue lanzada, seguida por otras y al finalizar era una turba furiosa y sin ningún freno quien despedazó al noble anciano. Cuando la policía llegó, el cadáver aún humeaba y el lugar parecía una calle de Bagdad después de un ataque suicida de los rebeldes. El chinito Mateo lloraba desconsolado a la entrada de su panadería. ¿Cómo explicar que don Andrés no había mentido? Su único pecado fue querer hacer las cosas de una manera diferente.
La labor policíaca se centró en averiguar dónde había quedado el codiciado muñeco y por qué nadie lo había encontrado al cortar la rosca. La policía fue minuciosa en este caso, no podría serlo de otra manera, el mismo Presidente de la República había intervenido, sin contar los numerosos ministros, embajadores y funcionarios amigos de don Andrés o socios de sus hijos en sus múltiples negocios.
La calle fue revisada. Las casas fueron cateadas rigurosamente, con todo su contenido, desde el techo hasta los jardines. Los vecinos fueron encerrados e interrogados. Para desgracia de muchos, no faltaron los videos familiares que dejaron constancia visual de lo que había ocurrido. Los medios de comunicación, hicieron sus propias averiguaciones, algunas muy ligeras y otras hasta filosóficas. Desde que don Andrés quiso jugar una broma a sus vecinos, hasta que uno de sus enemigos había escondido el muñeco  para hacer que la turba lo eliminara. No obstante, había algo en lo que todos estaban de acuerdo: independientemente de que hubiera o no muñeco en la rosca, los vecinos habían cometido un deplorable crimen contra un hombre del que siempre habían recibido cosas buenas. ¡Que ingrata es la naturaleza humana!
Las investigaciones llevaban una semana cuando el detective investigador, Álvaro Roznev, recibió una llamada de una tienda especializada en la elaboración de dulces. La dueña, doña Ligia Martínez, quería comentarle algo que sucedió dos días antes del famoso día de Reyes. Don Andrés la había visitado y le había hecho una solicitud inusual: quería que al cristalizar una fruta ésta contuviera un pequeño secreto.
Roznev llamó al Depósito de Evidencias para saber si se habían recogido restos de frutas cristalizadas de la calle. La respuesta lo dejó helado: si, habían bastantes residuos. La gente, en su desesperación por abrir el pan de la rosca, había estado tirando las frutas. ¿El muñequito había quedado entonces en la calle? No, lo hubieran encontrado.
Álvaro Roznev no durmió esa noche mirando las cintas de video que se tenían del fatídico festejo. Algo no encajaba bien. ¿Dónde habían quedado los restos de la fruta cristalizada?

El chino Mateo salió a abrir la puerta de su panadería. Desde que murió don Andrés, ya no había querido seguir haciendo pan. La tristeza lo había embargado plenamente. Aquel hombre había sido siempre tan generoso con él, que verlo morir a manos de quienes se suponía eran sus vecinos, le había hecho perder la fe en el género humano. “¡Jamás volveré a hornear pan para esas alimañas!” –se había dicho para sí mismo el noble chino. No obstante, había tenido que ir a abrir la puerta ante la insistencia de los golpes.
Al abrir se topó con el detective Roznev acompañado por varios policías.
-¿En que le puedo servir señor? –preguntó con afligida amabilidad el panadero.
-Necesito que me conteste algunas preguntas –ladró el detective.
El chino escuchó con atención y respondió con honestidad. Si, toda la fruta cristalizada se había puesto en la rosca. Él no había tocado nada. Era un ritual que había realizado por más de 30 años y él era incapaz de tomar nada. Respetaba mucho a don Andrés. Si, el había sido testigo de que toda la gente cortara su pedazo de rosca. Eran pedazos chicos, no más de tres dedos para que les tocara a todos. No, no había notado nada inusual en la actitud de la gente. Bueno, estaban muy nerviosas y desesperadas porque había corrido el rumor que don Andrés estaba regalando su fortuna. Se había dicho de que el testamento se elaboraría con base a quien sacara el preciado muñeco.
El interrogatorio siguió y don Mateo contestó absolutamente todo. No le quedó la menor duda a Roznev de que ese hombre era fiel y leal a su otrora patrón.
-Sólo tengo una última pregunta don Mateo. ¿Dónde está su perro?
El chinito se sorprendió por la pregunta. Y por única respuesta se encaminó al patio para abrir la puerta. Un enorme martín inglés negro los miró con sus negros ojos entristecidos. Pese a su enorme tamaño, el perro no reflejaba ninguna fiereza en su rostro. Era tan manso como un gatito.
-Masaro –lo llamó su amo. Estos señores quieren conocerte.
El perro se acercó mansamente y lamió la mano de su amo con singular deleite.
Roznev hizo que sus hombres entraran al patio para buscar el muñeco perdido.

Al día siguiente la foto de Masaro adornada las portadas de todos los periódicos y un debate público se abrió para dilucidar si el perro debía obtener el premio o su amo. Los hijos de don Andrés resolvieron la cuestión: Masaro había ganado el premio al encontrar el muñeco y eso lo hacía dueño de la mansión de don Andrés y de una jugosa pensión para el resto de su vida. El chino Mateo se fue a vivir con él y lo siguió cuidando
Roznev fue promovido a Procurador de la República y nadie jamás puso en duda sus dotes policiacas.
Lo único triste de esta historia es que el chino Mateo jamás volvió a elaborar ninguna Rosca de Reyes, pero cada año le compraba una a su amado perro quien disfrutaba mucho encontrando los muñecos hechos de croquetas para perro que Mateo encargaba le metieran.
Descanse en paz don Andrés.

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