Ojo enamorado

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En tu mirada

miércoles, 5 de enero de 2011

TRADICIONAL REGALO DE REYES

ROSCA DE POBRES
Por Ernesto de la Fuente

La vida nunca es necesariamente como queremos. Eso lo sabía muy bien Eduardo, a quien la vida, o mejor dicho los errores que él había cometido en ella, lo habían vapuleado. ¿Cómo se explican la frustración de alguien que tuvo todo para ser feliz y que al final se había quedado sin nada?

Empezaba el año luego de unas desastrosas fiestas donde había constatado, una y otra vez, que uno paga muy caro por sus faltas. Sus hijos se habían disgregado viajando a distintos lugares y él se había quedado sólo para celebrar esas importantes fechas familiares sin mayor familia que su gato Mantequilla, cuya única habilidad era untarse para recibir caricias y, por supuesto, su apreciada comida.

Claro, la cosa fue peor cuando se gastó casi todo su dinero en pagar las deudas que había creado durante el año, y para comprarse un caro acompañante para no estar solo: una fina botella de un exquisito whisky que le había costado tanto como lo que gastaba en alimentarse todo el mes.

Por eso ahora que sus hijos le dijeron que vendrían a verlo para partir la Rosca de Reyes, el jueves 6 de enero, se sintió miserable porque todo su capital constaba únicamente de 50 pesos, alrededor de cuatro dólares. ¿Qué demonios podría comprar con esa cantidad? En plena efervescencia pos navideña y de inicio de año, salió a visitar los supermercados, panaderías y tiendas de abarrotes, ya que con la mercantilización de la rosca, todo el mundo se esforzaba en venderlas.

Desde los primeros supermercados que visitó, aquellos donde solía surtir su despensa, se dio cuenta que los precios estaban bastante arriba de su presupuesto. En unas partes estaban a 170 pesos, en otras a 250 pesos, y en otras más, a 350 y 400 pesos. No había ninguna que bajara de 100 pesos. Negocios son negocios, y ningún comerciante está dispuesto a perder cuando la demanda es mucha y la fiesta está encima.

Se pasó prácticamente todo el día yendo de tienda en tienda, como si estuviera pidiendo posada, intentando inútilmente encontrar algo que de plano parecía no existir, una rosca de 50 pesos. Desolado, con la amarga sensación de quien ha bebido más que comido en los últimos 15 días, comenzó a tratar de encontrar alguna alternativa, tal vez comprando algunos panes baratos y poniéndoles algún betún dulce encima, tal vez combinando panes tipo francés con jarabe de chocolate…

No, no parecía haber mayores alternativas, especialmente cuando el betún dulce y el jarabe de chocolate costaban más de 50 pesos ¿qué podría entonces hacer? Derrotado, caminó sin rumbo por la zona del mercado, donde la gente realmente pobre trataba de sobrevivir. Fue ahí que se topó con una muy humilde mestiza maya, vestida de hipil, que ofrecía “Roscas de Reyes a muy buen precio”. Parada junto a un humilde sabucán, la mestiza cubría su pelo con su rebozo  y miraba con tristeza a la gente que pasaba sin detenerse a comprarle. Sin muchas esperanzas, Eduardo le preguntó el precio de sus roscas. “Están a 50 pesos. Llévela marchante, seguro le va a gustar”.

No muy convencido, bastante desengañado de las posibles ofertas, pidió verlas. La humilde señora sacó una rosca no muy grande envuelta en papel de estraza. La rosca no se veía nada espectacular, ni frutas cristalizadas ni adornos, pero tampoco tenía tan mala cara. Eduardo sacó el arrugado billete de 50 pesos y se lo entregó a la mestiza. A la mujer le brillaron los ojos a ver que al fin había logrado vender una de sus roscas. Metió la magra rosca en una bolsa de plástico transparente, con trazas de ser de medio uso, y se la entregó con una hermosa sonrisa. Eduardo la agarró y antes de darse la media vuelta para marcharse, en tanto la señora metía el billete dentro de su pañuelo bordado, le hizo la consabida pregunta: “¿Tiene muñecos?”

La sonrisa se congeló en el rostro de la mestiza y se hizo un breve pero incómodo silencio entre ambos. En eso otra persona se acercó a ver la mercancía atraída por la venta que se había realizado. Porque han de saber que un producto vendido es como la sangre derramada en el mar que atrae a cientos de tiburones-futuros compradores. Eduardo lo meditó un segundo y, antes de recibir respuesta, sonrió y se marchó ¿Cuánto más podía pedir por 50 pesos?

Esa noche sus tres hijos pasaron a visitarlo. Todos ellos bien vestidos y sonrientes. Una acababa de llegar de Europa. Había ido a Suiza a pasar las fiestas con la familia de su novio. Otro regresaba de Sudamérica. Había ido a Maracaibo a pasar el fin de año con su tía y sus primos, a quienes adoraba. Y la más pequeña se había ido por seis meses a Nueva Guinea a completar un curso de gastronomía en una prestigiosa escuela de Chefs.

Los miró lleno de ternura recordando sus vidas cuando eran niños y no se despegaban de él por ningún motivo. Cuántas fiestas habían pasado juntos, cuantas roscas habían partido cuando eran poco diestros en el manejo del cuchillo para cortarlas. Y qué decir de los pleitos que se armaban por los muñequitos y por el tamaño de los pedazos. Pero todo eso había quedado atrás y ya sólo quedaban recuerdos en su cabeza llena de canas, de soledades y de fracasos. Sólo eso quedaba y la magra Rosca de Reyes que le había vendido la mestiza.

Bueno, vamos a cortarla”-dijo la más grande ante la cara de desconcierto de sus hermanos que no sabían qué hacer ante el poco atractivo espectáculo de la raquítica y deslucida rosca.
La más pequeña de edad, que de tamaño no tenía nada de chica, tomó el cuchillo y cortó un pedazo, duro y seco como un hueso. Hubo risas de parte de todos y los demás fueron cortando con bastante trabajo el pan. Ya que todos tuvieron su pedazo, se procedió a la ceremonia de remojarlo en el chocolate batido que había llevado la mayor. Lo había traído de Suiza y se veía a leguas que era muy caro y de exquisita elaboración.

Eduardo sintió diferente ese bocado. Había comido decenas de roscas durante su vida y esta no sabía igual. Su sabor prevalecía sobre el exquisito sabor del chocolate caliente. Era un sabor diferente, extraño, casi se podría decir que exótico. “¿Dónde compraste esta Rosca papá?” –le preguntó su adoraba hija artista gastronómica- “Tiene un sabor único”. “Es verdad”-secundó el maracucho adoptivo que adoraba curar animales exóticos y se pasaba más tiempo en Venezuela que en parte alguna del mundo-“Me recuerda en algo al sabor de las arepas que hacen en Machiques”. “Yo diría más bien” –intervino la mayor que había viajado por medio mundo gracias a su trabajo como cineasta- “Que se parece al sabor del pan que elaboran al norte del Líbano”.

Eduardo se les quedó mirando asombrado. A sus tres hijos el sabor del pan les traían sensaciones diferentes, pero a él también. Buscó entre sus recuerdos el excepcional sabor en tanto sus hijos seguían tratando de adivinar de qué material estaba elaborada la rosca. “Esto no es trigo ni mucho menos maíz” –sentenció la menor. “Ni cebada” –completó el mediano. “¿Sera yuca?” –adivinó la mayor pero los otros dos movieron negativamente la cabeza. Eduardo seguía tratando de recordar ¿dónde había experimentado antes ese sabor tan peculiar?

En tanto dilucidaban si eran peras o manzanas, los tres hijos y su padre devoraron la rosca y saborearon el exquisito chocolate suizo. Posteriormente se pusieron a conversar y nadie recordó que la rosca no tenía muñeco alguno. Estaba más interesante la plática en que cada uno contó sus peripecias, las cosas bonitas y nuevas que habían experimentado en su vida. La mayor habló de nieve, montañas, un futuro proyecto cinematográfico, nuevos amigos y planes de boda. El mediano habló un poco de sus excursiones a las montañas de Trujillo, cerca de las cuales su tía tenía un chaletito de invierno, los animales que encontró y la aventura de curar a un caballo mordido por una rara especie de serpiente. Las anécdotas con sus primos, fóbicos a los animales, alegraron el corazón de Eduardo. Y por último, la menor relató sus descubrimientos culinarios y el montón de amigos que había hecho, lo cual le había abiertos nuevas puertas para viajar próximamente a Japón a impartir un curso de cocina latinoamericana y tomar, a su vez, otro de cocina oriental.

En tanto ellos hablaban, Eduardo se sintió feliz de tenerlos, aunque sea, unos momentos con él. Luego, uno a uno, se despidieron  y, con un fuerte abrazo, dijeron adiós. Una sensación de paz se apoderó de Eduardo cuando les hizo la mano al verlos irse. Cerró la puerta y se sentó. Quedaba el xix del whisky pero decidió no tomarlo. Quería paladear la dicha de haber estado con sus hijos y haber disfrutado una Rosca de Reyes sui géneris. Porque, ultimadamente, el pan se corta con las personas que uno ama, la familia y los amigos ¿no?

Se acostó en su hamaca, la cual no abandonaba pese al frío que había, y se fue meciendo lentamente. Siempre había sentido que la hamaca era una especie de nube que permitía a los humanos experimentar delicias que sólo los ángeles conocen. “Ese sabor” – se torturaba una y otra vez- “¿dónde lo he sentido antes?”. Con esa tortuosa duda, y mecido por el suave vaivén de su hamaca, se durmió.

Flotaba sobre la selva en tanto veía a los pájaros volar por debajo de su horizonte visual. Por un momento olvidó que soñaba y disfrutó como propia esa deliciosa sensación de no tener peso y estar siendo mecido por el viento. La selva se veía espectacular. De pronto, un agujero se abrió bajo sus pies y un enorme hoyo le mostró la exuberancia de un fabuloso cenote, un pozo natural que se abría al derrumbarse el suelo calcáreo y pedregoso de la península de Yucatán, último hogar de los mayas cuando los españoles invadieron el Nuevo Mundo.

El cenote era verdaderamente impresionante. Altos y enormes árboles echaban sus raíces, como si fueran cordeles de pesca, dentro de su enorme ojo de agua. Los animales y los pájaros acudían a saciar su sed en él. Recordó los numerosos cenotes que visitó cuando sus hijos aún eran niños y vivía su madre con ellos. No obstante, ese cenote no se parecía a ninguno que hubiera conocido antes. En un instante bajó de los cielos y se vio caminando en la espesura de la selva muy cerca del cenote. Distinguió varios venados que no se inmutaron con su presencia, así como un enorme jaguar que lo miró divertido desde la frondosa rama de un árbol, bastante cerca de su futuro almuerzo herbívoro.

Escuchó los angustiosos aullidos de los monos y viró a ver. Se veían colonias de monos colgados de las impenetrables ramas de monumentales árboles. Parecían extraños frutos negros que se movían de rama en rama, columpiándose con sus elásticas colas. Una parvada de loros voló encima del cenote haciendo un ruido espectacular. Por un momento sintió que miraba el paisaje desde los ojos del jaguar. Luego se vio como venado observando el entorno. Su corazón comenzó a latir rápidamente ¿acaso presentía que sería devorado por un depredador? Se columpió juguetonamente, gracias a su cola, por entre los árboles.

Sin poderlo evitar, llegó a un frondoso árbol. El viento movía su follaje una y otra vez. Él se sintió a gusto. El aroma que lo rodeaba era exquisito. Buscó con sus ágiles dedos y encontró sus frutitos, redondos, verde amarillentos. Los comió lentamente sujetado fuertemente de una rama con su cola. Degustó uno, dos, tres… mordió una hoja, masticándola suavemente. Que delicioso estaba aquello. Ese sabor tan especial, tan particular…

La risa de unos niños hizo que mirara hacia abajo. Ahí, debajo de las ramas, estaban tres niños sonrientes. Conocía a esos chicuelos, en especial al varoncito que lo miraba divertido. La niña mayor le tomaba fotografías con su cámara y la más pequeña lo observaba fascinada.  Que simpáticos niños, alegres, sonrientes, disfrutando la dicha de estar en la selva, rodeados de árboles, de animales, junto a la boca del cenote y debajo del árbol de ramón…

“¿Debajo del árbol de ramón?” - se preguntó así mismo en su sueño. “Si, es cierto” –repitió asombrado- “Es un árbol de ramón”. Despertó abruptamente y se pasó a caer de la hamaca porque se levantó como disparado por un resorte. “¡Es ramón!” -gritó a la soledad de su casa- “Comimos una rosca de ramón”. Y estalló en carcajadas en tanto buscaba la botella de whisky para apurar el resto del líquido, el xix, para celebrar haberse acordado del exótico sabor.


SEGUNDA POSIBLE ENTREGA

Si más de cuatro lectores del blog manifiestan su interés, se escribirá una continuación de este cuento

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