Ojo enamorado

Ojo enamorado
En tu mirada

lunes, 4 de octubre de 2010

DE LA BÚSQUEDA DE PAZ

 V      A      C      I      O
Por Ernesto de la Fuente

Tenía todo lo que un hombre pudiera desear en la vida: poder, dinero, placeres de todo tipo, desde las mujeres más bellas hasta las comidas más deliciosas pasando por las drogas y licores más exquisitos, pero nada de lo mucho que tenía llenaba ese profundo hueco que tenía en su interior. Era un vacío tan hondo, tan profundo, que nada, absolutamente nada lo podía llenar. Y, lo peor, cada día se hacía más intensa su vaciedad.

Un día, le ordenó a su chofer que detuviera el auto en medio de un bosque. Sus guardaespaldas se bajaron nerviosos junto con él. Como si de perros amaestrados se trataran, el poderoso hombre les ordenó que lo esperaran. Caminó por un senderito alejándose de la carretera. Pronto llegó a un claro y ahí divisó un pequeño estanque de agua y una derruida construcción. Entró y, entre la maleza y las piedras caídas que alguna vez formaron el techo y las paredes, encontró un remanso de paz.

Cada cierto tiempo encaminaba sus pasos a aquel lugar. Ya no iba en su ostentoso auto ni con sus guardianes. Iba solo, en momentos inesperados y con una gran sed en su corazón. Un día durmió entre las ruinas. Soñó con un hombre vestido con harapos que irradiaba una enorme paz. Una sonrisa beatífica iluminaba su rostro y al levantar las manos mostraba unas impresionantes yagas de las que brotaba una luz intensa y dulce.

Sus enemigos comenzaron a tramar deshacerse de él. Y no era para menos, ensimismado en su búsqueda, había bajado la guardia y se había desentendido del negocio de ser poderoso y temido. No faltó uno de sus propios hombres que lo traicionó por una jugosa bolsa de dinero. Total, era la filosofía del mejor postor.

Esa noche, varios hombres armados lo siguieron cuando se encaminó al bosque en una vieja motocicleta que le había comprado al jardinero de su mansión. Vieron cuando se detuvo y se internó con el caballo de acero por la vereda. Siete hombres se bajaron y lo siguieron con sigilosa prontitud.

El hombre dejó la moto junto a las ruinas y entró con despreocupada alegría. Los sicarios rodearon el lugar y se fueron acercando muy lentamente. El que los dirigía, un hombre alto de gran musculatura y espeso bigote, hizo una señal con la mano derecha y todos se precipitaron por las aberturas empuñando sus mortíferas armas. La tenue oscuridad los encegueció momentáneamente. El lugar estaba lleno de silencio. Unas palomas batieron las alas y emitieron breves chillidos. La brisa sopló con deliciosa suavidad.

La orden era disparar al primer contacto visual, pero nadie lo hizo porque nadie lo vio. De hecho, a la par de algunas hierbas silvestres y las palomas en el derruido tejado, no había nada más en el interior de las ruinas. Los malhechores se miraron unos a otros sorprendidos, tratando de entender por dónde se les había escapado. No había explicación posible. Revisaron el lugar con milimétrica precisión: nada de nada. Derrotados, decidieron irse llenos de profunda perplejidad.

En la iglesia de San Damián, en las llanuras de Asís, Italia, un hombre se despojó de sus vestiduras para vestir el tosco hábito que el beatífico varón de los estigmas le había dado con profundo amor. Un profundo abrazo selló la sencilla ceremonia. Paz y bien.

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