Ojo enamorado

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En tu mirada

sábado, 29 de octubre de 2011

CRÓNICAS DE ZURHER 5

BUSCANDO A SYOD

Por Ernesto de la Fuente, Elomnisciente


Hay órdenes que no me gusta obedecer, pero no me puedo negar a hacerlo. Y menos cuando es el mismo Rom Hazler quien me lo ha pedido. Él, tan mudo sobre sí mismo, tan poco dado a hablar de su persona, ha decidido romper su protocolo de silencio y me ha pedido a mí, su amigo más cercano y fiel, el hijo que el destino le quitó, para que relaté estos acontecimientos en un afán de dejar informes a la posteridad. Esto  simplemente me horroriza. Desde que tengo uso de razón lo conozco, lo he acompañado a un sinfín de lugares, hemos compartido oxígeno, agua y alimentos, así como innumerables batallas, guerras y mil y un sufrimientos, pero nunca me había solicitado que escribiera lo que nos acontecía.


Siempre sentí su desagrado en dejar constancia de su vida, por lo que ahora me siento más que confuso al tener que narrar lo que hacemos a unos lectores que no tengo ni la menor idea de quienes serán. Porque esto no es un documento para la Confederación Galáctica, ni para persona alguna en especial, son simplemente unas crónicas de lo que estamos haciendo para poder conseguir la contención y tal vez posterior derrota del enigmático y poderoso Imperio Latniuq.

Tratando de aclarar las ideas, para darle a esta crónica una continuidad en el tiempo, debo explicar que el Presidente del Consejo Supremo de la Confederación Galáctica, el anciano Xile Drago, le dio el mandato a Rom de establecer defensas en los Sistemas Planetarios limítrofes con el Imperio Latniuq, así como  elaborar una estrategia para derrotarlos si esto fuera necesario.

Esto hizo que Rom y yo recorriéramos varios sistemas planetarios en muy pocos días tratando de recabar información. Pero fue inútil. Casi nada se sabe de los Latniuq, a más de que son unos seres crueles y destructivos. No obstante, atraídos por las leyendas, visitamos el planeta Nobedet, donde nos hablaron de extrañas incursiones de seres inmisericordes que secuestraban a las mujeres embazadas de varones. Estos sucesos se han producido por cientos de años y los habitantes viven aterrorizados por sus mujeres, creando una sociedad muy peculiar donde la mujer es lo más preciado y alrededor de la cual gira toda su dinámica social, económica y política.

Visitamos algunos otros lugares pero la premura del cierre de la Base “Explorador Roznev” en el planeta Zur, nos hizo abandonar el recorrido e ir a dicho planeta intentando averiguar algo de los zurheranos, extraños y pacíficos habitantes que fueron quienes nos hicieron saber del movimiento expansionista de los Latniuq

Nunca habíamos visitado ese planeta y la razón es más que amarga: Nunca ha estado en guerra. El embajador de la Confederación Galáctica ante los excepcionales habitantes, quien parecía más un habitante de aquel lugar que un ser como nosotros, se limitó a darle a Rom un consejo algo estúpido, a regalarle una extraordinaria empuñadura de espada y a indicarle un interesante nuevo sendero de búsqueda: el planeta Aaragón.

Nuestra nave, la RM-749, en este momento está recorriendo la distancia que nos separa del sistema Aaragón, donde se encuentra el planeta del mismo nombre. No es un viaje corto, ya que está enclavado en una región alejada de  la Confederación Galáctica, a la cual no pertenece. Posee un gobierno neutral que ha permitido una sociedad desarrollada lejos de guerras y problemas, pacífica, muy amante de la cultura, la agricultura, ganadería y el comercio selectivo. Esto lo ha logrado no sólo gracias a una tecnología muy desarrollada y a un pequeño pero poderoso ejército, sino al hecho que está rodeado de un muro natural de asteroides que hace complicado, para aquellos que no conocen los senderes espaciales, el ingreso al sistema.

El planeta Aaragón, contra lo que pudiera pensarse, no es el principal del sistema, sino que está dedicada exclusivamente a cultivar alimentos para los diferentes mundos y cuenta con una ganadería muy bien desarrollada y controlada. Nuestro destino es el cuadrante sur, el monte Sohta, donde debemos localizar al etrum Syod,

Cuando escuché que los zurheranos le habían dado a Rom esta indicación, me sentí confuso. ¿Quién demonios sería el etrum Syod que le podría dar a Rom la información que necesitaba para derrotar a los Latniuq? ¿Qué tanto podría saber un habitante de un mundo agrícola y ganadero, un campesino o pastor, que pudiera ser de vital importancia? No obstante, Rom no dudó un instante y me ordenó dirigirnos ahí sin mayores demoras.


Rom ha estado muy callado durante el viaje. Bueno, él siempre suele estar callado, pero existe una gran comunicación entre ambos. No requerimos palabras para que nos entendamos. Desde que tengo uso de razón he aprendido a escudriñar sus ojos, sus gestos y sus muy expresivas manos. Pero ahora todo en él ha sido silencio. Cuando pone en blanco sus emociones y pensamientos, es totalmente inescrutable, aún para mí. Y no me preocuparía tanto a no ser por la orden tan sorprendente que me dio de escribir estas crónicas. Es curioso, aunque me repele, esto es algo que siempre quise hacer cuando era un niño. Era mi anhelo más grande cuando recibía las visitas de Rom los fines de curso. Recuerdo que lo abrazaba con todas mis fuerzas y le suplicara me contara sus “últimas aventuras”. Él siempre me sonreía y me decía invariablemente: “La guerra no es una aventura”. Y se dedicaba a interrogarme sobre todas mis actividades y a enseñarme mil y una cosas que había aprendido en sus numerosos viajes por todas las galaxias.


Cuando llegamos al Sistema Aaragón, y contra lo acostumbrado, Rom decidió que solicitáramos instrucciones al Centro de Comando del Gobierno para poder ingresar. Me sentí algo incómodo, ya que la RM-749 puede fácilmente vadear el cinturón de asteroides; pero si no seguíamos el protocolo crearíamos un incidente con un sistema no perteneciente a la Confederación. Y bueno, siendo Rom Hazler sinónimo de guerras, no creo que le cayera muy en gracia al gobierno Aaragón.

Nos concedieron la autorización con cierta desconfianza, en especial porque el modelo de nuestra nave no estaba catalogado en sus registros y porque sospecharon, con justa razón, que la RM-749 es una muy peligrosa nave de guerra. Acertaron en sus sospechas, pero nos franquearon el paso tal vez interesados en saber el por qué de nuestro interés en visitar el planeta Aaragón. La declaración de “simple viaje de descanso”, sonó demasiado falso, tanto para ellos como para nosotros mismos, pero las credenciales que el Consejo Supremo nos dio terminaron de borrar cualquier negativa. Así que estrechamente vigilados, ingresamos al planeta Aaragón cuando la noche caía sobre él.

Cuando los sistemas de vigilancia detectaron que se posaron mil cuatrocientos cincuenta y tres naves en el planeta, habrán enloquecido, pero no me pareció correcto revelar nuestro destino final. En el cuadrante sur detectamos inmediatamente el monte Sohta, y sobrevolamos los alrededores para tratar de ubicar a nuestro informante. No fue difícil, sólo había una granja cerca del monte, por lo que descendimos cerca de ella sin hacer el menor ruido. Lo último que queríamos era asustar a sus cientos de varaquiats, que dormían plácidamente dentro de sus muy bien cuidados corrales.

La noche acababa de caer y un ambiente muy grato nos recibió al bajar de la nave. Un aroma delicioso flotaba en el ambiente. Nos encaminamos lentamente hacia la puerta de la casa principal. Un bravo wakachi dormía junto a ella. Rom lo despertó con dulzura y lo acarició suavemente. El fiero animal le movió la cola. Nunca ha dejado de asombrarme esa habilidad que tiene Rom para con los animales. Vencido el obstáculo tocamos la puerta.

Una asombrada señora nos abrió. Sus ojos se abrieron como platos cuando nos vislumbró en el portal con el wakachi moviendo la cola como si fuéramos sus más grandes amigos. Rom la saludó con esa sonrisa encantadora que arrebata suspiros en las mujeres y le preguntó por Syod. El ceño de la mujer se frunció y llamó a gritos a su esposo, el cual descansaba plácidamente sentado en una rústica mecedora. Fue cómico escuchar cómo le reclamaba en su idioma la gentileza que había tenido para con ese extraño. Lazú, el ordenador límbico que comparto con Rom, nos tradujo hasta los insultos que le prodigó a su marido por haber contratado a esa “bestia que siempre supe que nos traería problemas”. Rom no permitió que las cosas llegaran a más y desplegó toda su diplomacia para con el hombre, quien no pudo evitar mirarlo con cierto temor. Y es que su estatura, su complexión y su porte, dejaban sin aliento a cualquiera.

Les explicó que no existía ningún problema y sacó la pequeña bolsa que le preparé con el preciado instrumento de cambio que se utiliza en ese sistema para las transacciones comerciales. Los ojos de la mujer brillaron de gusto y el hombre nos invitó a sentarnos junto con él sin mayores ceremonias. Parecía más acostumbrado que la mujer a vivir situaciones fuera de lo común. Ante de poder presentarnos, aquel hombre nos preguntó con una sonrisa si éramos amigos de Roznev Al Pastrany. Con naturalidad le dije que sí, ya que me era conocida la amistad que había unido a Rom con Roznev de mucho tiempo atrás.

El hombre se sintió más que satisfecho y ordenó a su esposa que nos sirviera algo de comer y beber. La mujer obedeció sin chistar al constatar que la bolsa había sido asentada sobre la mesa. Disfrutamos un rato de la conversación del simpático hombre en tanto probábamos la deliciosa comida. El ambiente se había puesto muy cordial, pero el tiempo se nos venía encima y Rom tuvo que volver a preguntar por Syod, el verdadero motivo de nuestro viaje. El hombre sonrío y nos guió a una pequeña cabaña algo alejada de la casa principal y muy cerca de los corrales de las varaquiats.

El lugar se veía limpio pero muy rústico. Había un olor muy fuerte en el ambiente, mezcla del excremento de las varaquiats y de algo más. El hombre golpeó la endeble puerta y gritó: “Syod te busca un amigo de Roznev”. La puerta se entreabrió con lentitud y una repulsiva creatura nos miró desde el fondo de su más profunda desconfianza.

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