Ojo enamorado

Ojo enamorado
En tu mirada

martes, 28 de abril de 2015

TEXTEANDO 4

IDENTIFICACIÓN 
Por Eduardo Ruz Hernández

Siempre estuve detrás de ella, como perrito faldero. Todo el mundo lo sabía. Era como su eterna sombra pero nada más que eso. Intenté una y otra vez ganarme su corazón ubicado junto a su bien dotado pecho, pero fue cosa inútil. Eso sí, era su inseparable amigo del alma. Nada más.
Por años me resigné a ese desdichado papel con tal de disfrutar la dicha de su bella compañía, pero las migajas que recogí terminaron por ser más amargas de lo que pude imaginar. Y es que Shantal era una mujer exuberantemente bella. Su cuerpo era un monumento y verla hacía a cualquier hombre suspirar.
No era una mala persona. No se podría decir que era un cuerpo vacío o que tuviera relleno de paja el cerebro. Nada de eso. Era muy inteligente, noble y una gran amiga. Supongo que siempre supo que yo moría por ella, pero creo que quería más mi corazón que mi endeble cuerpo. Lo que fuera, el resultado fue muy agrio.
Como estuve eternamente enamorado de ella, siempre fui alguien en quien ella confiaba y en quien recurría. Nadie como yo para acompañarla de compras o al cine. Sabía que podía confiar en mí. De hecho, llegó a abusar de mi cordura al llevarme de compañero para comprar su ropa interior en una exclusiva boutique de ropa sexy.
Una noche recibí una llamada. Antes debo decir que todas las noches esperaba una llamada de ella. En mi febril deseo, esperaba que me llamara para ir a su lado… bueno, a algo más íntimo de ir al supermercado a comprar tomates. Tal vez algo como cambiar las sábanas de su cama y probar con ella su textura. Pero bueno, la llamada que llegó no era de ella, pero si con referencia a ella. Una cansada voz me preguntó mi nombre y, al recibir respuesta afirmativa, interrogó si conocía a mi deseada amiga.
Por ella haría todo, así que no la negué. La voz me dio una imperiosa orden: tenía que presentarme al Hospital Tal-cuál con el Teniente Perengano, de la policía de la ciudad. Asombrado, asustado y desconcertado, me vestí y acudí presuroso. El hombre me esperaba. No tenía el aspecto que ponen de los policías en las series de televisión: ni estaba mal vestido, ni fumaba, ni tenía sombrero, ni nada por el estilo. Era un hombre de alrededor de 40 años, vestido con una traje verde obscuro y con cara de extremo cansancio.
Sin mediar palabra me pidió que lo acompañara. El viaje se me hizo extraño porque en lugar de ir a los pisos superiores, donde están las distintas áreas de enfermos, bajamos hasta el sótano del edificio. Una extraña sensación comenzó a carcomerme el corazón. La incertidumbre de nuestro destino se acrecentó ante la horrorizada certeza que nos dirigíamos a un lugar poco grato: la morgue.
El encargado nos recibió indiferente. Era más que obvio que había realizado ese trámite por cientos de veces, y a las indicaciones del policía abrió uno de los cajones metálicos del archivo de cadáveres.
-“¿Es la señorita Shantal Perezequis?”-preguntó sin mayores emociones en la voz.
Me quedé pasmado. Delante de mí, sin mayores pudores, estaba el cuerpo desnudo de quien, en vida, había sido mi amiga Shantal. El cuerpo rígido, la cara lívida, sin color, calor ni vida. Era algo verdaderamente impactante. Ella, tan plena, tan hermosa, se veía como lo que ahora era: un pedazo duro de carne sin vida. No lo pude soportar, me desmayé.
El teléfono me despertó. Me moví torpemente en mi cama. Miré atontado la hora: eran las cinco de la mañana. Descolgué sin saber muy bien que sucedía y escuché la voz de Shantal que me llamaba. No entendí lo que dijo. Ella sólo escuchó mis gritos. Colgué. Cerré los ojos y cuando los abrí el Teniente Zutano me daba a oler un algodón con una sustancia muy fuerte. Lo aparté de un manotazo y me incorporé más rápido de lo que debía. Todo me daba vueltas. El policía movió la cabeza y terminó de llenar el reporte. Lacónicamente me dijo: -“Ya se puede ir” –y me fui.
Que Shantal no me hubiera hecho caso como hombre nunca, lo acepto, pero que después de muerta me hubiera perjudicado la vida es algo que jamás le perdonaré. Desde ese día mi sexualidad murió completamente. No me es posible ver a una mujer desnuda sin recordar su exuberante cuerpo hecho cadáver en la morgue del Hospital. Toda belleza se convierte en nada al morir. El cuerpo, como casa vacía, pierde todo su encanto tan pronto el corazón deja de bombear sangre.

¡Oh Dios! Por culpa de ella tuve que abandonar la ciudad e irme a vivir muy lejos, cambiar de vida, de trabajo, de aspecto... y todo porque no quiso entender que, antes de ser su amigo, era un hombre con necesidades. Si al menos me hubiera dicho que Si aunque fuese una sola vez, no hubiera terminado en aquel cajón frío del depósito de cadáveres, ni yo hubiera tenido que ir a identificar su cuerpo. Todo por identificarla. No fue suficiente el matarla, tuve también que identificarla. Maldita mujer, hasta en eso me fastidiaste.

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