Ojo enamorado

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En tu mirada

martes, 26 de mayo de 2009

¿DÓNDE QUEDARON LOS RESTOS DEL GENERAL?

Revisando una antigua revista universitaria yucateca, ORBE, me encontré un interesante artículo escrito por Rina Enriqueta Vadillo Gutiérrez, una estudiante de esa época, 1940, que escribió una bien documentada biografía del General Manuel Cepeda Peraza. Al leerla, se me vinieron a la mente muchos gratos recuerdos y también el amargo sabor de saber que tan heroico General estuviera perdido. Si, tal y como usted, mi curioso y simpático lector, lee, Cepeda Peraza está perdido. Año con año los tres poderes del estado de Yucatán y las más altas autoridades universitarias, se reúnen en el día de su muerte, 3 de marzo, para rendirle un homenaje a los pies de su estatua. Las más altas autoridades repiten este ritual cívico, año tras año, para nunca olvidar a tan egregio patriota. Pero nadie sabe, no se tiene ni la más remota idea, que este General tan venerado y respetado en Yucatán está completamente perdido. Y lo escribo con todo el sentido que conllevan éstas palabras. "¿Cómo puede ser esto?", se preguntar usted, caro aficionado a la historia de nuestros héroes ilustres. Pues muy sencillo: nadie sabe donde quedaron los restos mortales del General Don Manuel Cepeda Peraza. Se le rinde homenaje a una fría estatua que se eleva imponente en un pedestal, pero los despojos mortales, los retos áridos, el esqueleto de tan gran hombre, yace perdido en la sórdida negrura de la historia. Se le rinden honores a una estatua vacía, porque no se tuvo el cuidado de preservar sus restos...
Pero demos una breve repasada a su fructífera vida para poder entender mejor la grandeza de este héroe de nuestra patria chica.

YUCATECO CIEN POR CIENTO

Si hay algo que nos queda muy claro, es que ningún héroe es digno de mayor admiración en todo Yucatán que el General Manuel Cepeda Peraza. Yucateco de pura cepa, Cepeda Peraza nació el 19 de enero de 1828 en una casa situada al poniente de la Iglesia de Santiago en Mérida. Fueron sus padres don Andrés Cepeda y doña Narcisa Peraza. Tuvo cinco hermanos: Andrés, José Apolinar, Eutemia, Pilar y María del Carmen. ¿En que radica la grandeza de este hombre? Pues bien, en que don Manuel Cepeda Peraza fue uno de los más grandes defensores de la libertad y la república, además del ser el fundador del Instituto Literario, abuelo de la actual Universidad Autónoma de Yucatán. Porque en Yucatán, en esos tiempos, la educación media y superior estaba exclusivamente en manos del clero y se tenía que estudiar en el Seminario Conciliar de San Ildefonso, único plantel de enseñanza media superior, para luego estudiar las 3 únicas carreras que existían en ese tiempo: Sacerdote, Abogado o Médico. Cepeda Peraza optó por una cuarta: Soldado.
Y aunque Cepeda Peraza realizó otras importantes obras y servicios a la patria, nada lo ha hecho alcanzar más la gloria como el hecho de haber fundado esa escuela. Porque, le diré, Cepeda Peraza luchó por la defensa del sistema republicano y federal desde que era muy joven, entró a los 16 años a la Guardia Nacional, cuando el 15 de septiembre de 1853 secundó el levantamiento de Sebastián Molas que se levantó en armas contra la dictadura del General Antonio López de Santa Anna. Derrotados, Cepeda Peraza tuvo que huir, primero a Belice y después a Nuevo Orleans, salvando su vida por un pelo cuando ya tenía precio su cabeza: 500 pesos por entregarlo vivo o muerto. Molas no tuvo tanta suerte y fue ignominiosamente fusilado.
En los Estados Unidos de Norteamérica conoció a don Benito Juárez que estaba también en el destierro, y después luchó con las fuerzas republicanas en los estados del norte. El entonces Capitán Ignacio Zaragoza, quien años más tarde se cubriría de gloria en la famosa batalla de Puebla, escribió de Cepeda Peraza: "... manifestó un valor y serenidad que admiraban a todo el Ejército Libertador, que siempre le veía en los puntos más peligrosos recorriendo constantemente la línea con laudable actividad y celo, estas circunstancias unidas a las cualidades de su bello carácter y delicada educación, lo han hecho acreedor al aprecio de todos los Nuevo Leoneses y muy particularmente al de aquellos que tuvimos el honor de militar a sus órdenes..."
Volvió Cepeda Peraza a su tierra y años más tarde luchó denodadamente por impedir que el imperio francés se abatiera sobre Yucatán. Derrotado en 1864, sufrió un breve destierro en la isla de Cozumel y después recibió permiso de vivir en Mérida. Un fiero león tenía que vivir como cordero entre sus enemigos. Dedicado a confeccionar jaulas para pájaros para ganarse el sustento, Cepeda Peraza vivía en el barrio de San Sebastián, en una casa situada en el cruzamiento de las calles 64 y 75, esquina conocida con el nombre de la "Punta del Diamante". De ahí se escaparía para acaudillar el movimiento libertador que restauró la república en nuestra península. Luego de un sitio de 56 días, que costó 1,500 muertos, la ciudad de Mérida cayó en sus manos el 15 de junio de 1867. Un mes después, el 18 de julio, decreta la creación del Instituto Literario del Estado, que el 15 de agosto abrió sus puertas teniendo a don Olegario Molina Solís como su primer director. Verificadas las elecciones, las gana y asume la gubernatura en medio de mil dificultades. Pero no por ello se olvidó de la cultura, y en ese mismo año de 1868 fundó la Biblioteca que después llevaría su nombre (actualmente está situada en el cruzamiento de las calles 62 y 55).
Hombre recto e inteligente, murió a los 41 años de edad el 3 de marzo de 1869; y aunque era Gobernador, justo es confesar que murió como termina todo hombre honrado: en la pobreza. La causa de su muerte fue una tuberculosis laríngea.

UNA GRAN VIRTUD

Ninguna virtud resalta tanto en el General Manuel Cepeda Peraza como la obediencia. Un aspecto de su vida que a mí me impactó, fue la exclaustración de las Monjas Concepcionistas de su Convento de Mérida. Resulta que Cepeda Peraza tuvo que llevar a la práctica las Leyes de Reforma decretadas por don Benito Juárez. Para tal efecto, el 8 de octubre de 1867 expidió una orden recordando que el 12 del mismo mes vencía el plazo que la ley del 26 de febrero de 1863 señalaba para la clausura del Convento de Madres Concepcionistas, determinando que el gobierno se hiciera cargo del edificio. La sociedad yucateca puso el grito en el cielo, ya que la mayoría de las religiosas eran personas de edad, casi ancianas, y sacarlas de su Convento era como arrojarlas a la miseria. Lo más curioso del asunto, mi fino y culto lector, es que se encabezó un movimiento para impedir que dicha orden se llevar a cabo. Se le escribió a don Benito Juárez invocando razones de humanidad, solicitando clemencia, para que aquellas pobres mujeres no fueran echadas a la calle. Eran unas religiosas que no le hacían daño a nadie, ¿para qué quitarles su casa y la única forma en que sabían vivir? ¿Y quién cree usted que encabezaba dicho movimiento? Pues ni más ni menos que doña Pascuala Argüelles y Medina, esposa del General Manuel Cepeda Peraza. Se había casado con ella el 21 de febrero de 1852 en Motul. Sólo tuvieron un hijo, Manuel, el cual falleció a los 4 años de edad a consecuencia de la tosferina. Patético, por no decir dramático, debió ser para el General Cepeda tener que enfrentarse a su propia esposa, pero no por ello claudicó. Órdenes son órdenes y Cepeda Peraza se mantuvo firme en su cumplimiento, aunque no podemos dejar de mencionar que no fue indiferente al destino de las Monjas exclaustradas, ya que expidió una Orden por la que asignaba dos mil pesos a cada una de dichas religiosas, aunque la dote que hubiesen dado al Convento no hubiese ascendido a tal cantidad. ¡Qué rectitud en el cumplimiento del deber! Definitivamente que el General Cepeda tenía la obediencia de un Santo, aunque no estemos muy de acuerdo en esta acción liberal.

LIBERAL Y CREYENTE

Pero como a todos los mortales, la hora de su muerte llegó, y a los 26 minutos del día 3 de marzo de 1869, falleció el General Manuel Cepeda Peraza. Tenía solamente 41 años. Yucatán se vistió de luto y sus restos recibieron muy sentidos homenajes. Primero en la casa mortuoria, marcada hoy con el número 505 de la calle 59, después en el Instituto Literario del Estado, que él había fundado, y después en el Palacio de Gobierno, ya que murió siendo el Gobernador Constitucional. Terminados estos homenajes, el viernes 5 de marzo, su cadáver fue trasladado a la Santa Iglesia Catedral. Como bien nos explica Rina Enriqueta Vadillo Gutiérrez, quien era pariente de la esposa del General, llevaron sus restos a la Catedral porque Cepeda Peraza era Católico. ¡Qué interesante! Un católico republicano y liberal que, obedeciendo órdenes, tuvo que exclaustrar a las religiosas concepcionistas. Mi admiración crece aún más por este guerrero. Luego de que la Iglesia le rindiera los últimos honores, el General Cepeda fue enterrado en el Cementerio General. En el lugar donde fue sepultado se levantó un monumento con la siguiente inscripción: "C. GENERAL MANUEL CEPEDA PERAZA. Falleció el 3 de marzo de 1869. Dedica esta memoria su esposa Pascuala Argüelles de Cepeda".
El 26 de abril de 1869 fue declarado "Benemérito del Estado", y su nombre se mandó inscribir con letras de oro en el salón de sesiones del Congreso del Estado, declarándose día de duelo el 3 de marzo de cada año. Un año después de su muerte, el Lic. Manuel Cirerol diría en un homenaje frente a su tumba: "Morir como tú es una inmensa dicha, porque es vivir para siempre en la memoria de todas las generaciones".
El 27 de mayo de 1870 el Gobierno del Estado concedió a la señora Pascuala Argüelles Viuda de Cepeda, la propiedad del sepulcro que guardaba los despojos mortales de su amado esposo, y el terreno que ocupaba en el Cementerio General de Mérida.

HISTORIA DE UNA INFAMIA

A los cinco años de haber sido enterrado el cadáver del General Cepeda Peraza, nos cuenta Vadillo Gutiérrez, comenzó a correr el rumor de que los adictos al Imperio pretendían sacarlo de su tumba para arrastrar su cadáver por las calles de la ciudad. Ante tan alarmante rumor, su viuda se entrevistó con el Coronel Manuel Fuentes, su compadre, para que éste gestionara que a escondidas fuera extraído el cadáver de su esposo para trasladarlo a otro lugar más seguro, a fin de evitar que se consumara cualquier atentado contra su memoria.
Extraído el cadáver a escondidas y de noche, fue trasladado inmediatamente a la Capilla de San José, en la Santa Iglesia Catedral, donde se le dio nueva sepultura. Ahí, una lápida de mármol de 63.5 por 43 centímetros resguardó sus restos por muchos años.
Cuarenta y siete años después de su muerte, en 1916, el General sinaloense Salvador Alvarado, quien importó la Revolución a Yucatán, mandó destruir la Capilla de San José para abrir el llamado "Pasaje de la Revolución" (entre la Catedral de Mérida y el Ateneo Peninsular, que antes era la sede del Obispado). En las excavaciones que se hicieron se encontraron numerosos huesos que fueron depositados en barriles para ser llevados a tirar, como si de basura se tratara, a las afueras de la ciudad. Y no hay duda de que entre éstos se encontraban los restos del general Cepeda Peraza, pues hasta el día de hoy se ignora por completo donde reposan los despojos mortales de tan célebre General.
Pero, ¿es que nadie hizo nada por evitar tan sacrílega barbarie? - se preguntará usted visiblemente escandalizado - ¿Nadie impidió que los restos del Benemérito del Estado fueran tirados a la basura? ¿Tan ingratos somos los yucatecos? No, mi escandalizado lector, sí hubo alguien que lo hiciera. Los doctores Domingo Vadillo y Argüelles, padre de Rina Vadillo Gutiérrez autora del artículo que comento, y Andrés Sáenz de Santamaría y García Rejón, Duque de Heredia, ambos emparentados con la familia de la esposa del General Cepeda Peraza, trataron de sacar los restos del Fundador del Instituto Literario cuando se derruía la Capilla del Señor San José. Localizaron la placa de mármol que indicaba el lugar donde habían estado los restos áridos de Cepeda Peraza, pero sólo encontraron las maderas de su caja mortuoria hechas polvo y confundidas con las varillas de metal que circundaban las orillas del féretro. Nada más. Por lo que se limitaron a recoger la lápida sepulcral de mármol para donarla al Museo del Estado.

ENTRE LA GLORIA Y EL OLVIDO

Este año, el 3 de marzo de 1994 se cumplieron 125 años de su muerte. Como cada año, las más altas autoridades le fueron a rendir homenaje a su estatua, ubicada en el monumento levantado a su memoria en la plazoleta situada frente al Gran Hotel, 60 por 59; lugar que oficialmente se llama "Parque Cepeda Peraza", aunque nadie lo conoce por este nombre sino con el nombre de "Parque Hidalgo". Los festejos de este año fueron muy discretos, no se publicó ningún artículo para recordarlo en los periódicos. Sólo una foto perdida en que se ve a las autoridades poniendo una corona fúnebre al pie de la estatua, la cual mira al norte desafiando los nuevos peligros que nos pueden venir de esas latitudes. Nadie mencionó, tal vez no lo sepan, lo injusto que fueron los hijos de Yucatán al no saber preservar el respeto debido a los restos mortales de este gran hombre. Nadie se acordó tampoco de su también heroica viuda, Pascuala Argüelles Medina de Cepeda, cuyo nombre, a mi parecer, debería llevar alguna escuela como homenaje a esta sufrida esposa, que pasó grandes penurias al no dejarle su marido más herencia que su acrisolada honradez. No hay que olvidar que detrás de un gran hombre, se encuentra siempre una gran mujer.
Ojalá que los yucatecos no nos olvidemos del ejemplo de este General, liberal y católico, que supo servir a su patria con heroísmo y abnegación, quien nos dejó el recuerdo de su memoria inmortalizado en una Escuela, semillero de la cultura y el saber, abuela de la Universidad Autónoma de Yucatán, y una Biblioteca, fuente inagotable de conocimiento, que hasta hoy perdura. Todo esto sin olvidar que tal vez nunca sabremos dónde quedaron los restos del General.

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