Ojo enamorado

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En tu mirada

martes, 26 de mayo de 2009

El general Manuel Cepeda Peraza

Pocos hombres en Yucatán merecen el homenaje que año con año se le tributa a don Manuel Cepeda Peraza. No obstante, a las nuevas generaciones de yucatecos no se les enseña sobre su vida. Sólo se sabe que fue general, que restauró la República en Yucatán y que “algo” tuvo que ver con la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY), ya que el rector de la misma asiste a los actos cívicos en su honor. Muy pocos saben de la vida de miserias, sufrimientos y guerras por la que pasó este muy ilustre prócer. Nadie menciona que salvó la vida en noviembre de 1853 en tanto su compañero de armas, Sebastián Molas, era fusilado por levantarse en armas a favor de la República y en contra del despótico Antonio López de Santa Anna. Menos saben que, cuando sitiaba Mérida en los primeros días de junio de 1867, recibió la noticia de que habían bajado del vapor norteamericano “Virginia”, al mismísimo ex dictador Santa Anna con papeles comprometedores de incitar una conspiración. Cepeda Peraza tuvo en sus manos al “Quince uñas”, el mismo que años antes había ordenado su muerte. Como buen militar en el cumplimiento de su deber, mandó que lo fusilaran, pero el entonces joven Olegario Molina Solís le hizo ver el enorme problema que se suscitaría por fusilar al pasajero de un buque gringo. Cepeda reconsideró y procedió a mandar a Santa Anna a Veracruz, desde donde Juárez lo enviaría al destierro en las Bermudas.
Derrotado el imperio el 15 de junio de 1867, habiéndose rendido las tropas imperiales que tenían su cuartel en lo que hoy es el edificio central de la UADY, Cepeda respeta la vida del Comisario Imperial José Salazar Ilarregui, y la defiende a capa y espada pese a que el gobernante de Campeche Pablo García envía una fuerza militar a Sisal con el propósito de fusilar al militar imperialista. Hombre de guerra era Cepeda, pero eso no le impidió fundar el Instituto Literario de Yucatán, por ley del 18 de julio de 1867, nombrando a Olegario Molina Solís como su primer Director. Este Instituto fue el antecesor, o abuelo, de la actual Universidad.
Pero si me permiten mi opinión, la mayor gloria de Cepeda fue el tener que aplicar la ley y expedir, el 8 de octubre de 1867, una orden que recordaba la exclaustración forzosa de las religiosas del convento de madres Concepcionistas. La orden era de cruel dureza para la sociedad de esa época y la misma esposa del gobernador Cepeda Pereza, doña Pascuala Argüelles, movió cielo y tierra tratando de que no se le diera cumplimiento. Buenos tiempos eran aquellos en los que la consorte de un gobernante no lo podía doblegar en el cumplimiento de su deber, no como actualmente ocurre en que tal parece que se gobierna siguiendo los caprichos de la cónyuge. Las monjas fueron exclaustradas el 12 de octubre y el 28 del mismo mes Cepeda Peraza dispuso que se les asignara la cantidad de dos mil pesos a cada una de las religiosas. Cumplió su deber como gobernante, pero no las desamparó.
Y digo que esta fue su mayor gloria, porque muy pocos saben que don Manuel Cepeda Peraza era un católico practicante y hombre de fe a carta cabal. Tan es así, que cuando falleció a los 26 minutos del día 3 de marzo de 1869, recibió tres grandes homenajes. El primero en el Palacio de Gobierno, como gobernante y estadista; el segundo en el Instituto Literario, como promotor de la educación y la cultura; y el tercero en la Santa Iglesia Catedral, como católico devoto y ferviente. Los tres fueron muy concurridos.
Menos se sabe que sus restos fueron depositados en la capilla de la Iglesia Catedral que unía este templo con el Palacio Episcopal (hoy Ateneo Peninsular o MACAY), y que cuando el general Salvador Alvarado mandó destruir la capilla para crear el pasaje de la revolución, sus restos se perdieron irremediablemente en el polvo de la historia.
Sería muy bueno que en los homenajes que año con año el Gobierno del Estado y la UADY le rinden ante su estatua en el Parque Cepeda Pereza (mejor conocido como Hidalgo), se invitara al señor Arzobispo de Yucatán, Emilio Carlos Berlie Belauzarán, para conjuntar el postrer tributo a un hombre que supo ser excelente militar, gran estadista y caballeroso católico respetuoso de la ley aunque fuese a costa de su tranquilidad familiar y personal. Hombres como él rara vez se dan en nuestra historia. Mérida, Yucatán. eduardoruzhernandez@gmail.com

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