Ojo enamorado

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En tu mirada

martes, 26 de mayo de 2009

LA ESPERA

Se sentó a esperar a la muerte.
Pero la muerte no llegó. Había arreglado todo lo que quedaba de su vida o, mejor dicho, todo lo que la vida le había dejado. Luego de 50 años, un marido huido y un hijo de 24 años muerto, ¿para qué demonios seguir viviendo día con día el martirio de los recuerdos perdidos?
Por eso se sentó a esperar a la muerte. Eso sí, dejó todo arreglado. Ninguna deuda, ningún problema. El testamento hecho, las cosas repartidas, el funeral pagado. ¿Qué demonios más faltaba sino que la enterraran?
Ya los gusanos estarían hambrientos esperándola. Por que eso sí, ella quería pudrirse en su ataúd. ¿Qué eran aquellas tonterías que cremarla? No, ella quería pudrirse, corromperse, como toda materia orgánica que existe sobre esta tierra.
La mecedora sonaba cada vez que se echaba para atrás. Una y otra vez se mecía esperando a la muerte.
Pero la muerte no llegaba.
Al principio pensó que algo no había entendido bien, pero luego de repasar una y otra vez las cosas, tuvo que reconocer que ese no era el motivo. El médico le había dicho que tenía cáncer, que no le quedaban más que tres meses de vida sino se sometía a una peligrosa operación para tratar de arrancarle el cangrejo negro del cuerpo y después recibía agresivos tratamientos de quimioterapia. Ella se negó. Su lógica había sido más que simple: “Si ya estoy muerta, ¿para que carajos prolongar mi agonía y causarle problemas a mis pocos familiares?”
Así que optó por dejar todas las cosas en orden y sentarse a esperar a la muerte. Pero la maldita muerte no llegaba. Es más, cada día que pasaba se sentía mejor.
Bueno, tenía que reconocer que nunca se había sentido mal, pero con eso de que “el cáncer no duele”, no le había dado mayor importancia.
Y ya habían pasado cinco meses. No le quedó de otra que levantarse de la mecedora y regresar con el médico.
El doctor la vio entrar como si se tratara de una aparecida. ¿Cómo demonios seguía viva si debería estar muerta?
Nuevamente la revisó, ni cobrar le quiso, le hizo todos los análisis habidos y por haber y, totalmente incrédulo, le volvió a repetir el mismo diagnóstico: era necesaria la operación y la quimioterapia. Y otra vez la sentencio a menos de dos meses de vida.
La mujer lo escuchó taciturna. No renegaba del diagnóstico, ni dudaba de los conocimientos médicos del galeno, pero ya le estaba hartando no morirse.
Así que nuevamente regresó a su mecedora a esperar a la muerte. Pero la muerte no llegaba y el hambre le estaba atornillando el estómago. No tenía dinero. Había renunciado a su trabajo y gastado sus ahorros en los preparativos para morirse. Así que decidió, más por cuestión práctica que por necesidad, ponerse a tejer en tanto se mecía y esperaba a la muerte.
Como le habían cortado la electricidad por falta de pago, sacó su mecedora a la puerta y ahí se sentaba por las mañanas a tejer ropa para bebe. La hacía con tanto cuidado y dedicación, que pronto fue asediada por las vecinas y otras mujeres más allá de su rumbo, que le pedían todo tipo de prendas para sus críos.
Los días fueron pasando, con ellos las semanas y los meses. Cuando los años la sorprendieron, ya tenía un taller de ropa para niños muy productivo y exitoso. Les daba trabajo a 23 mujeres y todo el día su casa estaba llena de actividad y vida.
Ya nunca regresó al doctor ni se metió a averiguar que demonios había hecho el cangrejo negro que la carcomía. Pero, de tarde en tarde, se sentaba en su mecedora a esperar algo, a alguien o lo inesperado. Pero lo único que le llegaba, puntualmente, era la nostalgia.
Ya era una anciana cuando, una tarde, recordó a quien esperaba y el por qué se sentaba en la mecedora en la puerta de su taller. Estaba por irse la administradora, su más fiel empleada, cuando aquella vieja mujer recibió la visita que tanto había anhelado. Pero no llegó como ella había creído.
La administradora contaría después, a la policía, que el auto negro subió a la acera y la atropelló, aplastando a la anciana y su mecedora contra la pared. Había muerto instantáneamente. Treinta años, tres meses y tres días después de que el doctor le había dicho que sólo le quedaban tres meses de vida sino se sometía a una peligrosa operación para extirparle el cáncer y a quimioterapia.
Se funeral fue magnífico. Sus 400 empleadas asistieron y la llenaron de bendiciones por haberles dado un trabajo y un sentido a sus vidas. Sus clientas la lloraron, nadie como ella para complacer todos sus caprichos.
No obstante, quien más lloró su muerte fue el médico que se la diagnóstico. Su hijo había sido el conductor del fatídico coche negro. No, el cáncer no la mató. Sus genes, sin querer, lo habían hecho.
Por eso dicen que no es bueno sentarse a esperar a la muerte. Porque la muerte no llega.
Es que la muerte es algo tímida, siempre le gusta llegar cuando no la esperan.

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