Ojo enamorado

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En tu mirada

viernes, 17 de septiembre de 2010

CARCELERO DE LIBROS

Por Eduardo Ruz Hernández


Las llaves suenan en mi bolsillo cuando camino. Su suave tintineo me recuerdan mi grave oficio: carcelero de libros.

- Pero, ¿cómo es posible -se preguntará curioso lector- que en las postrimerías del siglo XX exista un oficio tan absurdo?.

- No sé que le extraña tanto -le contestaré lleno de asombro- Mi oficio es de los más dignos y loables que existen sobre la tierra.

- ¿Qué tiene de digno o ensalsable cuidar como celoso perro guardian unos pobres libros que languidecen de hastío en los fríos anaqueles de una prodigiosa biblioteca? -me reclamará usted con justa indignación- ¿Qué tiene de digno cuidar que nadie toque esos libros, que nadie se adentre en sus secretos y en los mares de conocimientos que desean dar a conocer a cualquier lector que ose tocar sus páginas?

Con la cólera en la boca, sintiendo que la ira le llena de aire los pulmones, me gritará con la santa violencia de los justos:

- ¡Usted representa un abominable oficio en extinsión, un deplorable trabajo de entorpecer el libre correr de la sabiduría por los cerebros de los hombres! ¡Es usted la traba, el tope, la presa que no permite que las aguas del conocimiento impregnen a los hombres con su exquisito aroma.

Yo lo escucharé en silencio en tanto mis oídos recibirán andanada tras andanada de feroces palabras que acuchillarán mi alma con una mortal herida. Ya que la santa indignación se haya calmado, le contestaré con ese tono sereno y reposado que solemos tener los carceleros, aquellos que sabemos que somos inmunes a los gritos porque nosotros tenemos la llave que abre la puerta de la libertad:

- Amigo, los libros no fueron encarcelados por rebeldes o bandidos, ni siquiera por poseer un alto contenido subersivo o representar una ideología peligrosa para la especie humana. Estos libros fueron puestos en resguardo porque son muy valiosos. Contienen la manifestación cultural de un pueblo y sería más que un crímen si alguien los destruyera. No se perderían unas cuantas hojas de papel impreso, sino siglos de tradiciones, costumbres, ideas, pensamientos y hechos relevantes de un importante conglomerado humano. La muerte de estos libros sería tal vez peor que matar a todos los hombres que les dieron vida. Así como existe el genocidio, el asesinato de estos libros sería un culturicidio. Imagínese cuanta sabiduría se desparramaría en la nada del olvido, siglos y siglos de conocimientos se perderían en el caos de la negra noche de la ignorancia. ¿Comprendes ahora por qué estos libros están celosamente guardados? ¿Entiendes el por qué llevo en la bolsa estas llaves?

Me mirará con desconfianza y me disparará a quema-oreja esta terrible pregunta:

- Pero... ¿qué utilidad tiene un libro si nadie lo puede consultar? Un libro cerrado niega la esencia para que fue creado. Un libro asentado en el anaquel es peor que un cadáver refrigerándose en la morgue de un hospital. ¿De que sirven todos esos libros si nadie jamás podrá acariciar sus lomos, si nadie tendrá la dicha de posar sus ojos somos sus bien impresas letras? Un libro que jamás ha sido hojeado es como una mujer casada que nunca ha podido compartir el amor conyugal con su esposo. Tristes han de estar esos pobres libros que, con celo digno de mejor causa, has encarcelado en aras de su propio bienestar. Patético hombres eres que privas a unos pobres libros de su gloriosa esencia....

Le miraré con profunda tristeza y le diré casi entre susurros:

- Los libros no están en una cárcel sino en un pequeño paraíso. En realidad, los que están encarcelados son ustedes que vienen a esta Biblioteca... Los libros gozan de plena libertad en esta prodigiosa Biblioteca, libres de todo mal y destrucción, a los que estarían totalmente expuestos si ustedes, los usuarios, tuvieran pleno acceso a ellos. NO soy yo el carcelero, son ustedes los que, con su falta de cultura y amor a los instrumentos de la misma, han hecho que lleve estas llaves.

Y sin decir más palabras, me alejo lentamente en tanto el suave tintineo de las llaves sigue sonando en el bolsillo de mi camisa...

e susurros:

- Los libros no están en una cárcel sino en un pequeño paraiso

De un abominable oficio en extinsión, un deplorable trabajo de entorpecer el libre correr de la sabiduría por los c

Los hombres! ¡Es usted la traba, el tope, la presa que no permite que las aguas del conocimiento impregnen a los hombres!

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