Ojo enamorado

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En tu mirada

jueves, 16 de septiembre de 2010

De comidas y gordos bis



Despedida de gordura



Ernesto de la Fuente



El doctor se lo había dicho: tenía que bajar de peso o próximamente serviría de cena a los gusanos. Era horrible, no podía concebirlo. El siempre había sido gordo y le gustaba serlo. Nunca se había negado un bocado y ahora, que tenía 40 años, tendría que cerrar la boca para no morir. No podía concebirlo.
Salió del consultorio triste y desesperado. Vio pasar una muchacha hermosamente delgada comiendo un rico y delicioso pan dulce. Al rato, una alegre gordita comía una exquisita torta en su cara. Un poco después, su esposa servía la cena y él tenía que explicarle que estaba a dieta por orden médica. Enseguida vio como desaparecían las tortillas, el pan, las galletas, los helados, los deliciosos pasteles, las papas fritas y todo aquello que a él le gustaba. Ni hablar de gorditas, zopes, cochinita pibil o mole. Todo eso quedaba en el pasado.
La situación le estaba incomodando terriblemente. Siempre había sido de buen diente, y eso de comer galletitas dietéticas, cereal con fibra, carne a la plancha, verduras y frutas en exceso... era el colmo!
Lo peor, era que lo tenía que hacer porque ya le daba trabajo moverse y tenía un entumecimiento constante de la mamo derecha. Era la presión arterial, le había explicado el galeno, que le estaba enviando la sangre a las nubes y tenía su pobre corazón trabajando intensamente. No quería morir de un ataque cardíaco como le había sucedido a su joven tío...
La muerte lo atormentaba, pero el hambre era tenaz. Eso de vivir con la eterna sensación de que el estómago esta vacío no le gustaba. Para colmo, todos los días pasaba frente a una panadería y el puro olor lo estaba matando de hambre.
Llevaba una semana así, cuando decidió que tendría que despedirse de su gordura. Si, ¿por qué no?, si hay despedidas de soltero, despedidas de trabajo y demás, ¿por qué no hacerse a él mismo una despedida de gordura?
Lo planeo bien. Salio temprano de su casa y se tomó el día de trabajo libre.
Primero fue a desayunar a un hotel de 6 estrellas y comió de todo: huevos, frijol, carnitas fritas, cochinito, lechón asado, chicharrón, carne roja, pollo en escabeche... todo, menos las frutas. Después se sirvió café y devoró prácticamente todo el pan que encontró a su paso. A punto de reventar, subió a una habitación y se acostó a dormir. Se levantó al mediodía con hambre y bajo a seguir devorando todo lo que encontró. En la cena, se dirigió a un restaurante de comida mexicana y se dio un atracón con gorditas, zopes, suaves, panuchos, salbutes, tamales, vaporcitos, etc.
Lleno, plenamente satisfecho, abordó su auto y se dirigió a su casa. Al llegar le dijo a su esposa que estaba muy cansado.
-¿No vas a cenar? -le preguntó su solícita mujer
Como no quería levantar sospechas, se sentó y en dos segundos devoró la ensalada dietética que su mujer le preparó. Luego se desvistió y se metió a la cama.
Al día siguiente los gritos de su esposa despertaron a todo el vecindario.
Todos corrieron a ver que le acontecía a la buena señora. Ella, parada en la puerta de la calle, no podía explicarse solamente gritaba como loca señalando la parte de arriba de su casa. Cuando los vecinos entraron a la habitación, vieron una escena que les paró el pelo e hizo vomitar a más de tres. Una masa inmunda de gusanos se revolcaba en la cama dentro de las ropas de aquel buen gordo.

Se lo había dicho el doctor. Lástima que no le hizo caso...

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