Ojo enamorado

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En tu mirada

jueves, 16 de septiembre de 2010

De comidas y gordos

La maldición del comer

Ernesto de la Fuente

Aquel hombre era distinto a los otros. Detestaba tener que ir al baño a realizar sus necesidades fisiológicas. Aunque Freud habla de una etapa de placer anal, este hombre nunca la había tenido. Sentía que se denigraba a sí mismo cada vez que tenía que realizar la necesidad básica de desalojar los intestinos.
Tan pronto tuvo edad, estudió nutrición y fue examinando uno por uno los alimentos. Sólo ingería aquellos que eran adecuados. Luego estudió la teoría de un científico muy brillante que decía que el organismo debía consumir solo aquello que lo nutriera. Fue entonces que se hizo socio de aquel hombre de ciencias y se pusieron a buscar el alimento ideal, aquel que era absorbido totalmente por el organismo humano y no dejaba ningún residuo.
Su búsqueda duró varios años y al fin rindió buenos resultados. Pero como su amigo y socio falleció, aquel hombre quedó dueño absoluto de la fórmula, la patentó enseguida y la vendió con muy buenas utilidades. Tenía muchas aplicaciones, especialmente en el campo de la medicina y de la ciencia espacial. Los médicos la requerían para aquellos pacientes que iban a ser operados o que les tenían que corregir el orificio anal por problemas de diversas índoles. En el espacio, a la NASA le interesó porque reducía los desechos de las naves espaciales.
Todo parecía ser la felicidad, pero no faltaron las voces que predijeron que su uso prolongado podría tener desastrosas consecuencias para un ser humano. El no los escuchó. Como dueño absoluto de NUTRIVAC, él tenía todo el alimento que quería sin pagar un centavo. Porque era un alimento sumamente caro de elaborar.
Pero él solo eso comía. Por diez años disfrutó los placeres de no tener que ir al baño más que a expulsar líquidos. Era maravilloso. Sin embargo, la dicha nunca es eterna.
Una tarde salió de su oficina y se dirigió al parque a caminar. Unos niños jugaban llenos de risas en tanto sus madres los observaban. Se sentó a disfrutar el ambiente apacible. Un pequeñín se acercó a su madre y ella le dio una rica y jugosa manzana. El niño la devoró con verdadera delicia y él lo observó con ojos de deleite. En eso, el niño, en un acto espontáneo, se acercó a convidarlo a su manzana. Fue un acto tan tierno y bello, que él no se pudo negar y comió un pedazo ante la risa del niño. La manzana le supo a gloria luego de años de solo comer su alimento total.
Cuando el sol cayó, los niños se marcharon y él también. El incidente no habría tenido mayores consecuencias a no ser porque al día siguiente el estómago le comenzó a doler horriblemente. Era un dolor tan intenso que se dobló y lanzó alaridos de dolor.
Enseguida fue llevado al mejor hospital. Los más eminentes doctores trataron de ayudarlo, pero pronto se dieron cuenta de que nada podían hacer por él. Su estómago ya no era capaz de digerir alimentos que tuvieran residuos, y la cáscara de la manzana lo estaba matando. Además, su colon se había pegado, por lo que los desechos no tenían por donde salir.
Aunque intentaron una operación de urgencia, ya era demasiado tarde. Aquel hombre comenzó a morir y, en tanto sus ojos se cerraban para nunca más volverse a abrir, recordó con deleite el sabroso mordisco que le había dado a la manzana.
-Con razón Eva perdió el paraíso -se dijo a sí mismo en tanto expiraba su último aliento.

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