Ojo enamorado

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En tu mirada

jueves, 16 de septiembre de 2010

De la amabilidad de la muerte


LA LLAVE DE LA MUERTE


Por Eduardo Ruz Hernández


1.- FLORA

Se sentó a esperar a la muerte. En la terraza, con vista al jardín, en la cómoda silla-hamaca que su esposa había comprado en Campeche, frente a dos vasos de jugo de frutas, armado de infinita paciencia y acompañado por su fiel compañero, con su potecito de jugo de frutas también. Artimañas de su esposa que logró que el noble Florencio amara los jugos de frutas de la época tanto como las vísceras hervidas que le daba.
El viento mecía los árboles y las flores impregnaban el lugar con su dulce aroma. ¡Que mejor lugar para esperar! ¡Que paz y tranquilidad se respiraba! Sería la dicha completa si Flora, su amada esposa, estuviera a su lado.
Pero no. Se había ido. No se marchó de pronto, sino que lentamente se fue despidiendo, día con día, en tanto el cáncer devoraba su cuerpo. Los mejores médicos ofrecieron sus servicios gratuitos para prolongar la vida de su adorada esposa. Pero ella no aceptó. “Prefiero vivir tranquila mis últimos días, que matirizada en un hospital” –le dijo- “Además –añadió como excusa- ni Florencio ni tú podrían estar todo el tiempo a mi lado”
Filemón aceptó la decisión de su amada y pasó las últimas semanas de vida de su cónyuge cuidándola con sin igual amor. Hizo para ella lo que por años ella hizo para él. Le hacía de comer, la bañaba, arreglaba el jardín siguiendo sus indicaciones, y cuidaba de Florencio como si fuera el hijo que nunca pudieron tener (que de hecho lo era).
Cuando llegó la hora de partir, Flora bajó la mano para acariciar a su bienamado perro y regaló su más bella sonrisa a su desconsolado esposo. Así se fue la vida del cuerpo desgastado de su compañera y así perdió Filemón la roca firme de su vida.
El Banco de Occidente pagó todos los gastos del entierro de Flora, y el velorio fue el más concurrido que se haya tenido memoria en la ciudad. Todos fueron a darle sus condolencias al inconsolable viudo: desde los mendigos del parque hasta el alcalde y el gobernador, pasando por empresarios, artistas, obreros, policías, médicos, bibliotecarios, jubilados... No había nadie que no tuviera algo que agradecerle a este buen hombre que era la amabilidad hecha persona.
Tres camiones llenos de flores acompañaron el cortejo fúnebre y los aullidos de Florencio marcaron el descenso a la tumba de los restos de Flora. Extraño entierro fue aquel en donde los deudos fueron un abatido hombre y su afligido perro.
Luego de 43 años de feliz matrimonio, Filemón estaba por fin sólo. Bueno, ni tanto, tenía a Florencio a su lado. Para un hombre que se había consagrado a hacer feliz a su esposa a quien adoraba, la soledad no le vino muy bien que digamos. Todo le recordaba a ella. Y si bien su buen carácter no cambió, un dejo de tristeza llenó su mirada y fue consumiendo poco a poco sus interminables días de labores.
Por supuesto que no faltaron numerosas mujeres que lo buscaron tratando de conseguir su atención y deseando llenar su vida. No se piense que porque Filemón tuviera 73 años no era un buen partido, deseado por contemporáneas y jóvenes por igual. Cómo no serlo cuando este hombre destilada amabilidad y un carácter más dulce que la miel.
Varias se le ofrecieron, algunas no muy recatadamente, pero Filemón amablemente declinó todas las ofertas. No, nunca habría nadie como Flora. Una mujer tímida, delicada, que jamás se le impuso y cuyo único fin en la vida era disfrutar sus flores, la compañía de su marido y la dicha de su fiel perro tirado a sus pies.
El molde de Flora se había roto al nacer ella y jamás podría sentirse feliz con mujer alguna. Eso lo supo Filemón desde siempre, por lo que utilizó todos y cada uno de los días que vivió junto a su mujer para hacerla feliz en todo momento. Nada le dio más felicidad a Filemón que la dulce sonrisa de su musa.
Todavía recordaba cuando la veía pasar del brazo de su padre por el viejo parque de San Juan Caralampio. Ella tan frágil, tan dulce, tan bella, y su padre tan serio, tan rudo, tan orgulloso de tenerla a su lado. Cuánto no hizo Filemón por conseguir el tímido amor de tan angelical hembra. Movió viento, cielo, mar y tierra para alcanzar su corazón y ser su único propietario. Y nunca, nunca, se arrepintió de haberlo hecho.

2.- FLOR

La infancia de Filemón no fue nada fácil. Hijo único de una madre soltera que tuvo que abandonar el hogar paterno e irse muy lejos para sobrevivir, Filemón llevó una niñez llena de carencias materiales, pero pletórica de amor y dicha. Flor, su madre, vivía por y para él. Pero no se crea que lo mimó y/o consintió como ahora se acostumbra hacer con los críos. No, para nada. Su madre, bendita mujer, lo enseñó a ser responsable, trabajador y, sobre todo, le enseñó la dulzura de un buen carácter como cimiento para una vida feliz.
Jamás de los jamases, Filemón recibió de su madre un grito, un regaño o una mala cara. Flor siempre tuvo para con él, y para todo ser viviente que la trató, una sonrisa en el rostro y una palabra dulce. Con firme determinación, sin perder la paciencia, su progenitora lo fue educando. Diariamente, luego de arreglar la casa, lavar los platos, hacer su tarea y criar a los animalitos de su pequeño huerto, hijo y madre practicaban la educación del carácter.
Una y otra vez la noble señora le repetía: “Un buen carácter es la mejor inversión que puedes hacer en la vida”. Y remataba: “Una sonrisa te abrirá más puertas que una llave”. Cómo recordaba aquellas palabras dulces y sabias dichas con la verdad del corazón. El espejo siempre fue su gran maestro. Se miraba una y otra vez en él para aprender a controlar sus reacciones, a no dejar traslucir cualquier brizna de enojo o falta de caridad con el prójimo.
“Trata bien a todo el mundo”, “No permitas que tu egoísmo te domine”, “Sonríe, siempre sonríe”, “Preocúpate en todo momento por los demás”, “Nadie es más importante que tu prójimo” –le repetía una y otra vez su madre.
Pero no sólo le daba clases teóricas. Día con día, Filemón era testigo de la calidez y amabilidad conque doña Flor trataba a las personas con que se topaba. Recta, fina, sonriente, siempre tenía “algo” que ofrecerles a los demás.
Terminaba Filemón sus estudios básicos cuando su madre entro a trabajar de cocinera a un restaurante. Ahí se quedó. El dueño, don Germán, la adoraba y en más de una ocasión quiso profundizar la “amistad”. Pero su madre, con extrema suavidad, se negaba a ahondar aquello que no podía ser más que “relaciones obrero-patronales”. No obstante, Filemón disfrutó de la preferencia del dueño y pronto empezó a hacer sus pininos de ayudante de mesero. A los clientes les caí en gracia su gentileza y buena educación. Era todo un caballerito.
Cuando la adolescencia llegó a Filemón, doña Flor apretó las tuercas y le hizo cargar más responsabilidades. Tenía que estudiar y trabajar, además de cumplir con el apostolado de las “viejitas rotas”, como las llamaba él en secreto. Había que visitar casas de viejitas pobres para ayudarlas en algo. Filemón, cual hijo adoptivo de todas ellas, las visitaba y llevaba pequeñas ayudas, alimenticias y medicinales, que su madre les mandaba.

3.- EL BANCO DE OCCIDENTE

No es necesario decir que el buen carácter de Filemón, y su sentimiento sincero de ayudar al prójimo, le hicieron de muchos amigos. Fue precisamente este hecho, lo que le abriría las puertas del famoso Banco de Occidente. Andaba comenzando sus estudios de Contador Privado, los únicos estudios que su magro sueldo le permitía pagarse, cuando un compañero le suplicó fuera a ayudarlo a poner unas lámparas al citado Banco.
Filemón, que no sabía decir “no” a un buen amigo, acudió presuroso al llamado. Cuatro brazos terminaron rápido el trabajo, por lo que pronto se desocupó y aprovechó para recorrer el Banco. Pasaba por el área de atención al cliente, cuando escuchó los gritos de don Miguel Ladan. En aquella época. el hombre no era más que un pequeño comerciante, por lo que comprenderán que los encargados del área no le prestaban mucha atención a sus reclamos. Pero Filemón no pudo soportar ver a un hombre frustrado por la mala atención, por lo que hizo algo que cambió el rumbo de su vida, y el del Banco de Occidente también.
Con sin igual simpatía, tranquilizó a don Ladan. Cosa encomiable fue aquella porque el hombre no era de carácter sencillo. Y por si esto no fuera suficiente, le ofreció la resolución de su problema y un “bono de disculpa” por el error cometido. El comerciante, desarmado ante tanta amabilidad, se tranquilizó y se fue con una sonrisa en los labios prometiendo regresar al día siguiente a constatar las gestiones del improvisado empleado.
Filemón fue con el dueño del Banco, don Sóstenes De La Rocha y Coca, y, utilizando esa persuasión que sólo da el sincero deseo de ayudar al prójimo, consiguió resolver el error cometido por el Banco. En lo que el gerente no estuvo de acuerdo, es en el mentado “bono de disculpa”, que no tenía parangón en ninguna institución de crédito que se precie de serlo.
Entonces Filemón lo arriesgó todo con tal de no defraudar al comerciante. “Contráteme y no me pague nada en el primer mes de sueldo para que de ese dinero le de su bono a don Miguel”. Don Sóstenes sonrío: La idea no era nada mala. “Sólo le voy a poner una condición –mencionó el amable joven recordando los consejos de su madre- Si ese bono de disculpa le reditúa económicamente algo al Banco, regréseme el doble de mi salario”. La sonrisa del banquero fue mayor, pues había matado dos pájaros de un tiro: tener contento a un cliente y obtener un trabajador gratis por un mes.
Contra todo lo que podía esperar De La Rocha y Coca, el “bono de disculpa” redituó muchísimo al Banco, tanto que seis meses después le devolvió a Filemón el triple de su salario, y diez años después seguía cobrando las regalías por tan excelente idea. Y es que resulta que don Miguel Ladan, sumamente satisfecho por los egregios servicios del noble Filemón, recomendó el Banco con todos sus proveedores y clientes, y al llegar los recomendados y toparse con Filemón, lo recomendaban a su vez y se hizo una bola de nieve de recomendaciones que volvieron al Banco de Occidente el más cotizado de toda la ciudad.
Bueno, eso sin contar que los negocios de don Ladan crecieron tanto y con tan buen tino, que terminó volviéndose el principal accionista del Banco y uno de los hombres más ricos del país. ¿Y Filemón? Pues se convirtió en el principal atractivo del Banco ejerciendo un extraño puesto de Gerente de Relaciones Públicas-Vicepresidente del banco-Oficial de Mantenimiento y Supervisor de Servicios.
El exquisito trato de Filemón era algo que maravillaba y enamoraba a todos los clientes del Banco. Y es que el buen hombre nunca hizo discriminación con ningún cliente. Lo mismo atendía a connotados empresarios, que a ancianas, jubilados y obreros. Para él, como le enseñó su madre, todos merecías el mejor trato y la más bella sonrisa.
Pero lo más bello de Filemón era su falta de hipocresía. Todo lo que decía y hacía, era con total honestidad. No sonreía por quedar bien con nadie, ni trataba bien a la gente buscando que le redituara dividendos personales. Era amable, sencillo y dulce, porque esa era su forma de ser, porque así lo había educado su santa madre.
Comenzaba a enamorar a Flora cuando su mamá enfermó de gravedad. Filemón le pidió a Flora que tuviera a bien acompañarlo a ver a su madre al hospital. Quería que su progenitora le diera el “Visto Bueno” a su hermosa pretendiente. Doña Flor, llena de tubos y aparatos, sonrío al verlos. Sus ojos se llenaron de lágrimas cuando vio a Flora. Y sólo alcanzó a musitar cuando se iban: “Hazla tan feliz como me has hecho a mí”. Nunca hijo alguno obedeció tan bien a su madre como Filemón.

4.- FILEMÓN

La vida siempre sigue, eso ni dudarlo, y Filemón prosiguió su activo puesto en el Banco de Occidente. Si bien su trato no mermó ni un ápice, sus ojos reflejaban un dejo de tristeza que denotaba el enorme sufrimiento que llevaba en el alma. La muerte de su madre la había podido sobrellevar gracias al amor de Flora, pero ahora que ella había muerto, no encontraba motivo alguno para seguir adelante. La añoraba con todo su ser y deseaba reunirse con ella donde fuese que estuviese.
Soportó tres años más, pero ya no. Solicitó su jubilación, y ni todos los ruegos de don Sóstenes De La Rocha y Escudero, hijo, ni los ofrecimientos de mejores percepciones salariales le hicieron cambiar de opinión. Filemón se quería ir a su casa a acompañar al perennemente triste Florencio. Los otros bancos, al escuchar el rumor de la jubilación de Filemón, corrieron a hacerle jugosas ofertas. Poco les importó que nuestro hombre tuviera 76 años. Era lo de menos, ya que su salud de roble era por todos conocida y su trato era por todos codiciado.
Pero Filemón, como Jesús en el desierto, no cayó en las tentaciones y prosiguió sus planes de retiro. Edith, su sobrina política, hija de la difunta hermana de su esposa, lo apoyó en ese duro trance. Ella lo adoraba como a un abuelo y se había hecho cargo de las minucias de la casa para que él pudiese seguir trabajando.
La casa en si no era grande. No tenía más que una recámara, pero el 75 por ciento del enorme terreno era un jardín pletórico de flores y árboles frutales de diversos tipos: mango, guayaba, zapote, mamey, tamarindo, guanábana, zaramullo, ciruela, nance, piña, limones, naranjas agrias, plátanos, papaya, melón, sandía... Era un envidiable huerto que con amor había cultivado por años su adorada Flora, por lo que Florencio y él decidieron seguir cuidando ese pequeño paraíso tropical.
Flora nunca quiso que Filemón construyera más habitaciones ni que acrecentara la casa. “¿Para qué? –le había dicho- Si lo más hermoso de una casa es el jardín”. Filemón nunca le llevó la contra a su esposa. Ni tampoco insistió cuando el doctor les dijo que su mujer no podía tener hijos. “Adoptemos a uno” –le había sugerido él. Pero ella sabiamente le contestó: “Si Dios no nos da hijos es por algo –para sentenciar como lo hacía su madre- No debemos exigir aquello que Dios no considera necesario para nosotros”
Y al poco tiempo de decir esto, fue que se encontraron un pequeño y maltratado cachorro tirado en el parque como si fuera basura. Flora lo adoptó enseguida y lo amó tanto o más que si fuera su propio hijo. Fue él quien lo bautizó como Florencio, ya que era “hijo de Flora”. La ocurrencia le hizo gracia a su señora y Florencio entró a formar parte indispensable de sus vidas.

5.- LA MUERTE

Acomodó los vasos en la bandeja, junto con la jarra, y se dirigió a la terraza. “Ya estamos aquí Florencio” –le dijo con alegría a su acompañante que movió la cola alegremente. Aunque ambos ya eran ancianos, físicamente no se sentían como si lo fueran, pero era obvio que tampoco eran unos “jovencitos”. Filemón acarició al perro y luego sirvió el jugo de frutas, esta vez tocaba de naranja agria, en los dos vasos que puso sobre la mesita y en el potecito del animal. La brisa mecía las ramas de los árboles y la noche liberaba sus encantos. El viudo se dejó caer en la silla en tanto contemplaba la otra que había permanecido vacía por muchos días, ya ni sabía cuantos.
“En eso de esperar a la muerte –dijo a Florencio- Hay que saber tener paciencia”. Miró al noble animal y recordó cuando al principio ambos competían por la atención de Flora. Por un tiempo sintió que eran rivales de amores, pero la bella dulzura de su esposa suavizó cualquier confrontación de machos celosos. Ahora, el perro y él eran los mejores amigos y compañeros. La muerte de su ama, la de ambos, los había unido tremendamente.
Respiró hondamente y se quedó pensativo mirando las flores y el bamboleo de las hojas. Fue entonces que cabeceó un momento. El sonido del agua siendo bebida lo despertó. Sin inmutarse saludó a su esperada visitante con toda la amabilidad de que era capaz. El ángel de la muerte lo miró entre complacido y gratamente sorprendido.
“Son pocos los que me reciben con tanto agrado”-musitó. El anciano desplegó su magna amabilidad para agradecerle la visita y preguntarle, con sincero interés, como había sido su día y si le podía ayudar en algo. Las palabras de Filemón hicieron mella en el ángel cosechador de vidas, quien sinceramente conmovido tuvo que reconocer que nadie, en sus miles de años de existencia, había denotado un verdadero interés en él.
La conversación fluyó con simpatía. Filemón era un excelente oyente. El ángel habló desahogando sus numerosas penas, ya que no es fácil ni grato llevarse la vida de tantos que ni desean ni están preparados para irse. Florencio movió la cola interesado. Los amigos de su amo eran también sus amigos.
El jugo se gastó del vaso y Filemón, solícito, se ofreció a servir más. “Le agradezco –dijo el ángel de la muerte- pero ya me tengo que ir”. El rostro del viejo se iluminó: “¿Me iré contigo?” –se atrevió a preguntar. El ángel movió la cabeza negativamente: “Todavía no es hora”. Filemón comprendió y agradeció con fineza la visita. El segador de existencias se marchó. La brisa seguía soplando. En el reloj sólo habían transcurrido 33 segundos, pero él sintió que estuvieron horas conversando.
Los días continuaron su camino y Florencio y Filemón prosiguieron sus actividades cotidianas. Barrer las hojas del jardín, cosechar las frutas, abonar y podar los rosales, cortar las flores y, sobre todo, preparar los deliciosos jugos de frutas para la noche. El ángel de la muerte no venía todos los días, pero cuando lo hacía Florencio y Filemón pasaban una grata velada. Siempre tenía cosas interesantes que contar, y nada agradaba más a Filemón que ser de útil al prójimo, así fuera la mismísima muerte.

6.- LA LLAVE

El tiempo fue pasando con lenta rapidez y la vida fue cambiando. Edith, su sobrina, había muerto hacía largos años, lo mismo que Cristina, su sobrina nieta, y ahora quien veía por ellos, o al menos eso creía, era su sobrina bisnieta, Carla Florencia. La muchacha adoraba a los dos viejitos, hombre y perro, tanto como lo había hecho por muchos años su madre y su abuela.
Filemón ya no salía de su casa. Ella le traía cualquier cosa que necesitara. No lo hacía porque no pudiera, ya que físicamente estaba igual que a sus 76 años, sino porque le entristecía ir constatando la muerte de toda la gente que había conocido. Y es que no sólo sus amigos habían muerto, sino los hijos y hasta los nietos de sus amigos. El Banco de Occidente se había fusionado con un Banco de Escocia, tomando un extraño nombre con sabor a licor extranjero. Por pura vergüenza, había dejado de cobrar la pensión, para no tener que demostrar, cada cierto tiempo, que él era Filemón y seguía vivo.
Además ¿que más gastos hacía si el perro y él seguían una dieta más que frugal? Florencio era otra cuestión. A quien le preguntaba, tenía que decirle que el perro que veían era el tataranieto de aquel perro que hace años había vivido en esa casa. Porque se supone que los perros no viven tanto, pero Florencio seguía vivito y coleando.
La noche se acercaba y Filemón despidió a Carla. A la joven, 47 años tenía, le encantaba pasear por el jardín como hacía muchos años había hecho su tía bisabuela. Y por no sé que endemoniados vericuetos, la chica se parecía mucho a Flora. ¡Cómo le recordaba a su adorada esposa!
La noche llegó y Filemón procedió a sacar el jugo del refrigerador. Con estos modernos aparatos, ya era posible conservarlos varios días. El calor reinaba, así que el jugo helado les caería bien para refrescarse. Llevó la bandeja con la jarra y los dos vasos a la mesa y, luego de asentarlos, los llenó al igual que el potecito de Florencio. Cansado, se dejó caer en la silla-hamaca, la cual extrañamente había soportado tantos años sin romperse. Cualquiera diría que los hilos no eran de cáñamo sino de titanio entrelazado.
Se sentó a esperar a la muerte, como había hecho a lo largo de tantos días, semanas, meses, años. Dio el primer respiro y descubrió su llegada. El ángel de la muerte lo miraba. Estaba de pie, frente a él. Filemón sonrío. “¿Qué sucede viejo amigo? ¿Por qué no te sientas a disfrutar el jugo? Está muy rico. Florencio no te quiso esperar y ya se lo acabó” La sonrisa iluminaba su rostro. El ángel seguía serio. Filemón no dejó de sonreír. Era algo que no podía evitar. “¿Qué te agobia compañero?” –reiteró con sincera preocupación.
“Hoy te vas conmigo”-espetó el ángel contrariado. “¡Ah! Me da gusto. Siempre es bueno estar contigo” El ángel segador de vidas lo miró como lo hizo la primera vez: entre complacido y gratamente sorprendido. “Nunca dejas de sorprenderme”-le dijo como un sincero cumplido.
“¿Florencio nos acompañará?”-se arriesgó a preguntar el anciano hombre. “Por supuesto –sentenció la mal llamada muerte- El lugar a donde vamos no sería lo que es si Florencio no pudiese entrar. Por algo lo llaman paraíso”
Filemón le dio la mano al ángel y comenzó a caminar, en tanto Florencio trotando alegremente a su lado. “Dime buen amigo, si me es permitido saber –inquirió el hombre- ¿Por qué no me llevaste antes?”
El ángel sonrío y dijo con agria dulzura: “Porque si te llevaba me iba a quedar sin amigos”
Y, sonriendo, los tres se fueron alejando del jardín terrenal para entrar en el maravilloso jardín del edén donde su esposa Flora y su madre doña Flor los esperaban.
En tanto iban llegando, Filemón recordó las santas palabras de su progenitora: “Un buen carácter te abrirá más puertas que una llave”...

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